16-05-2024, 01:53 AM
(Última modificación: 16-05-2024, 09:09 AM por Irina Volkov.)
La responsable de aquello era yo, si la misión fracasaba había sido por mi culpa. Estaba en las últimas, era consciente de ello, pero no pude refrenar una sonrisa maníaca en la cara y mirar a mi rival a los ojos. Aquella situación era… intensa. Había llevado a la muerte a tantas personas que había perdido la cuenta. En ninguna de las ocasiones sentí ni un mínimo de empatía ni remordimientos. Realmente, no recordaba sentir nada nunca, más allá del odio y del desprecio. Pero allí, en aquel lugar y en aquel momento, las emociones fluían por mi cuerpo por primera vez. Como un remolino desatándose en mi interior que me hacía sentir viva de verdad. Ira, rabia, miedo, desesperación, tristeza, ansiedad, preocupación, un río de sensaciones nuevas que embotaba mis sentidos, algo peligroso que despertaba mis instintos más arraigados. Cuando las personas se enfrentan a un peligro inminente, reaccionan de una de estas formas: paralizarse, huir o luchar. Como esta era la primera ocasión para mí, no tenía respuesta para conocer cuál de ellas sería mi reacción. Ahora lo tenía claro. El revolucionario pelirrojo lanzó una patada dirigida a mi muslo.
—Kami-e. —dije a la vez que mi cuerpo, como si de una hoja al viento se tratase, se volvía ligero y esquivaba con precisión el golpe, casi como si por un instante hubiese desaparecido del lugar fundido con el aire.
No iba a desaprovechar su acercamiento.
—Michelangelo. —intenté gritar, pero incluso con aquella sensación en mi interior, mi voz sonó carente de cualquier emoción como siempre.
A la vez que de mi boca salía el nombre, con la pierna izquierda golpeé su muslo derecho por la parte externa. Justo a la vez, el condenado de Derrik golpeó en la cabeza al hombre. La mueca de mi cara, transformada en aquella bestia anfibia, debía ser aterradora. Una bestia rosa de gran envergadura con apéndices a los lados de la cabeza y una mirada llena de ansias de sangre. Seguro que mi aspecto reflejaba la locura de emociones que bullían en mi ser. Debía compartir aquello con Daryl… “¿Daryl?” me pregunté, perdiendo lentamente la expresión de la cara. Me giré, observando su cuerpo en el suelo. La sangre había dejado de manar, a diferencia de la de mi herida, que arrebataba el poco calor que me quedaba en el cuerpo.
—Levanta de ahí, perro. —dije girándome hacia su cuerpo y dejando de lado por completo lo demás.
Algo en mi cabeza estaba fallando, algo en todo aquello no cuadraba, pero no era capaz de entender que era. Hundí mi pie en el costado de mi compañero, dándole toquecitos intentando que despertase consciente de su pavor por el contacto.
—¿Tan inútil eres que has decidido tomarte una siesta en mitad de una pelea? ¿Acaso estás borracho? Tch… No me extraña viniendo de ti. —continué diciendo siguiendo con los toquecitos— Si no peleas, no me sirves de nada. Vamos, arriba.
Debía haberse pasado demasiado si ni aquello le estaba despertando.
—Kami-e. —dije a la vez que mi cuerpo, como si de una hoja al viento se tratase, se volvía ligero y esquivaba con precisión el golpe, casi como si por un instante hubiese desaparecido del lugar fundido con el aire.
No iba a desaprovechar su acercamiento.
—Michelangelo. —intenté gritar, pero incluso con aquella sensación en mi interior, mi voz sonó carente de cualquier emoción como siempre.
A la vez que de mi boca salía el nombre, con la pierna izquierda golpeé su muslo derecho por la parte externa. Justo a la vez, el condenado de Derrik golpeó en la cabeza al hombre. La mueca de mi cara, transformada en aquella bestia anfibia, debía ser aterradora. Una bestia rosa de gran envergadura con apéndices a los lados de la cabeza y una mirada llena de ansias de sangre. Seguro que mi aspecto reflejaba la locura de emociones que bullían en mi ser. Debía compartir aquello con Daryl… “¿Daryl?” me pregunté, perdiendo lentamente la expresión de la cara. Me giré, observando su cuerpo en el suelo. La sangre había dejado de manar, a diferencia de la de mi herida, que arrebataba el poco calor que me quedaba en el cuerpo.
—Levanta de ahí, perro. —dije girándome hacia su cuerpo y dejando de lado por completo lo demás.
Algo en mi cabeza estaba fallando, algo en todo aquello no cuadraba, pero no era capaz de entender que era. Hundí mi pie en el costado de mi compañero, dándole toquecitos intentando que despertase consciente de su pavor por el contacto.
—¿Tan inútil eres que has decidido tomarte una siesta en mitad de una pelea? ¿Acaso estás borracho? Tch… No me extraña viniendo de ti. —continué diciendo siguiendo con los toquecitos— Si no peleas, no me sirves de nada. Vamos, arriba.
Debía haberse pasado demasiado si ni aquello le estaba despertando.
Aclaraciones
