10-05-2024, 09:14 AM
Leyenda
Caminaba por los diferentes pasillos sin ningún rumbo fijo. Veía los distintos cuadros, así como las esculturas de la llamada "exposición permanente". - ¿Por qué lo llaman permanente? ¿A caso van a tenerlas aquí para siempre? - pregunté a Mandarina, como si esperando que este resolviera mis dudas. Aquellas obras de arte eran bonitas, no podía negarlo, pero admirar ese arte no me generaba las mismas sensaciones que la lectura. Al fin y al cabo, no hacían que mi imaginación viajara a lugares de fantasía o se sumergiera de lleno intentando resolver un misterioso crimen. Parece que mis palabras llamaron la atención de uno de los guías, pues se acercó a mí rápidamente. - Disculpe, señorita - me saludó. Obviamente le devolví el saludo. - La he notado algo... desorientada - habló. No es que me agradara demasiado la forma refinada en la que hablaba, pero tampoco iba a decirle nada. A todas luces daba la impresión de que era una forma de contentar a los ricachones que iban de visita. Pensar en aquello me trajo instintivamente recuerdos de lo sucedido en la biblioteca de Ballywood. Me acordé también de lo sucedido después, de cómo llamé a Maeve para que viniera a coserme las heridas en un hotel para gente con gustos... que escapan de la norma. Para sorpresa de nadie, recordar aquello y las palabras que le dije a la mujer, aunque no las recordara bien (gracias a la gran cantidad de whisky que bebí aquella noche) hicieron que mi cara tomara un tono rosado. Me giré instintivamente para evitar que el hombre lo viera, lo cual hizo que se asustara. - No, no. No se vaya - me pidió. - Será solo un momento - la mentira más grande que había escuchado en bastante tiempo, aunque todavía no lo supiera. Asentí, pues daba toda la impresión de que aquel hombre iba a perseguirme por todo el recinto hasta que aceptara. - Pues lo primero, bienvenida a la majestuosa Biblioteca de Arte de Toroa - comenzó, con un tono alto. Parecía como si estuviera hablando para un grupo de personas, o tal vez pensaba que yo estaba sorda. - Me he dado cuenta de que ya ha podido deleitar su vista con algunas de las maravillosas obras de arte de nuestra exposición permanente - seguía explicando. - Estas obras son la seña de identidad de esta Biblioteca de arte. Están expuestas durante todo el año, así que indiferentemente del día en que venga, puede apreciar maravillas como - comenzó a señalar diferentes cuadros. - "Tambores en lo profundo". Si te fijas, puedes apreciar los matices y los detalles de su autor. - hizo una breve pausa - O también "Un hombre salvando a su amigo de caer al río Sandora". De hecho, este último tiene una interesante historia detrás - comenzó a explicar. - No, si ya veo lo que tiene detrás - suspiré, con una mueca de gran molestia. Ignoré por completo su explicación, pues era más que obvio que las dos personas retratadas se encontraban en medio del acto sexual. Tras casi una hora de aburridas explicaciones y de escuchar acerca de un Tudor que debía de ser un conocido artista, finalmente el hombre terminó con su explicación. - Bueno, al final se ha alargado un poco, pero, cuanto más mejor, ¿verdad? - pregunté. Me limité a mirarle, con molestia, sin articular palabra. - Cómo he sido un buen guía, qué menos que una propina, ¿no? - habló, esta vez con un tono menos elegante. - ¿Propina? - la molestia se convirtió en enfado. - ¿Me había dado la brasa durante casi una hora de mi vida, y ahora me pedía dinero? - Me giré, enfadada, antes de comenzar a alejarme. - ¡Será tacaña! - exclamó, mientras me alejaba. - Tranquila, Eaa. Recuerda, no hay que llevar la sangre a la biblioteca - me decía a mí misma, mientras contenía las crecientes ganas de darle una paliza a aquel desgraciado.
