Existen varios momentos importantes en la vida de un hombre. Tu primer amor, tu primer afeitado y tu primera paliza. Lo importante es saber cuando retirarse, y el pelirrojo, lejos de saberlo, tenía la boca más grande que el caparazón. Durante mi técnica, el pequeño marine decidió utilizar su transformación parcial, generando un caparazón en su espalda que debió absorber parte del impacto, ya que no sentí que tuviera la efectividad que me hubiera gustado. En parte, no puedo evitar sentirme frustrado en cierta medida, pero por suerte la pasividad en mi semblante era una de mis fortalezas. El otro marine, el recio del bigote, pese a tenerme de espaldas decidió lanzarse contra mi compañero con todo el pecho descubierto. Desde luego, los marines son valientes. E inconscientes. No cargaría desarmado contra un hombre que no conozco ni loco. ¿Resultado? El pobre bigotudo recibió una sesión dental en menos de un suspiro, cayendo de espaldas. Vaya par de locos.
Mi rival, sin embargo, se recompuso y adoptó una posición de espera, retándome a golpearlo, a apenas unos metros de mí. A esto me refería con lo de la boca. La pequeña tortuga aguardaba mi embate justo delante de mí, con sus pezuñitas en la arena y las piernas abiertas en posición estable.
- Acabas de besar el suelo y quieres más, desde luego eres idiota - pensé con desdén – y piensas que yo soy igual de idiota que tú.
Llegados a este punto, la cosa se iba a volver caótica, estaba claro que Sohem podía manejar con soltura viejo marine, pero, ¿por qué jugar limpio? A fin de cuentas, en este punto, casi se siente como una clase de “Cómo sobrevivir a tu primer pirata real”. Tiene sentido que le haga sudar, no solo de esfuerzo, sino también de terror. La costa estaba justo detrás de mí, apenas un par de metros me separaban de las olas. Normalmente no podía coger a alguien del pecho y lanzarlo, pero, mi rival era lo suficientemente bocazas como para retarme en fuerza. Trabajo fácil.
Chasqueé mi cuello de un lado y con el segundo chasquido, entré de una zancada con mi zurda a máxima velocidad en dirección a su cadera, contactando con mis brazos y hombro derecho para, usando su centro de gravedad en mi favor sumada a mi fuerza, levantarlo sobre mí con todas mis fuerzas y con un simple pivotaje sobre mi pie izquierdo, arrojé al animal marino a donde pertenece. Al mar.
Empujé a la bestia, que no debía pesar ni la mitad que yo, en línea recta contra las olas, a una zona que parecía cubrir mínimo medio metro. Y ahora, que nade la tortuga.
Aclaraciones
