13-04-2024, 12:41 PM
A pesar de su firmeza, el líder de la tribu no sabía qué esperar de aquella situación. Era probable que, debido que te superaban en número, decidieses rendirte, pero también era posible, incluso más aún, que decidieses luchar hasta la muerte, no considerar la rendición y tratar de escapar o de matar al mayor número de personas antes de caer. Cualquiera de las opciones posibles estaban en la mente de Ukhtulu, que quería estar preparado para lo que fuese y ser así capaz de proteger su aldea de los desconocidos, tratando de mantener una paz relativa. Por ello, aunque tu actitud fuese de rendición, no bajó la guardia. Te acompañó hasta la salida sin despegar la punta de la lanza de tu cuello ante la asustada mirada de las dos mujeres.
Fuera, una turba de birkaninanos permanecían con sus armas listas sin saber muy bien qué esperar. Tu actitud ayudó bastante, por el momento, a ninguno le pareció que existiese un peligro inminente, así que se mantuvieron quietos, aguardando las órdenes de su líder y, tal vez, conocer más adelante cuál había sido tu crimen. Ukhtulu no pronunció ni una palabra, no le dio tiempo. Antes de darse cuenta, ya habías comenzado tu discurso. Pudo haberte callado o, al menos, haberlo intentado, pero no lo hizo. Puede que no considerase tus palabras una amenaza, que no considerase que pudieses manipular a su gente o puede que estuviese siendo considerado y quisiera darte la oportunidad de pronunciar unas últimas palabras antes de encerrarte para siempre. De cualquier manera, todos permanecieron en silencio, escuchando tu discurso sin inmutarse. A ninguno pareció convencerle, pero era imposible saber si esto era así o si estaban disimulando con una expresión neutra, tratando de no parecer impresionados por el discurso de un desconocido.
Tras tus palabras, se hizo el silencio. Ante los que se encontraban fuera de la cabaña, tu actitud no era agresiva, te habían acogido, ofrecido ayuda y no parecía que hubieses cometido un grave delito por el que encerrarte, pero ninguno iba a contrariar a Ukhtulu, sobre todo sin conocer la verdad de lo ocurrido. Eso sí, no parecían saber cómo proceder o actuar al no tener ni idea de por qué su líder había considerado encerrarte. Fue él el que, ante el silencio y la pasividad, actuó primero.
—No intentes meternos en guerras que no nos convienen. Hemos sobrevivido durante generaciones de esta forma, no es perfecta, pero vivimos tranquilos. No comprendo tus intenciones, pero nos perjudican. Eres un peligro para nosotros. No obstante, valoraremos cómo juzgarte —dijo mostrando algo de sensatez y cediendo a su impulso inicial de encerrarte para siempre. Tu actitud calmada y la decisión de entregarte de manera pacífica habían calado en él y en los demás, haciéndoles dudar ligeramente sobre sus decisiones, pero sin alterar sus acciones. Era posible que por su mente pasase la idea de que te había juzgado antes de tiempo y de forma excesivamente severa, pero el miedo a que pusieses en peligro su estilo de vida le había nublado el juicio y era en lo único en lo que podía pensar. Eso, unido a tus misteriosas intenciones que no era capaz de descifrar.
—Ahora, síguenos —dijo sin alejar su arma de ti y empujándote en una dirección clara, hacia la derecha. Para señalar todavía más el camino, todos los que te rodeaban se fueron abriendo paso hacia aquella dirección, donde se encontraría el lugar el que pensarían mantenerte encerrado hasta tomar una decisión. Más adelante en el camino, se podría ver una especie de pozo, una estructura de piedra no muy elevada con una gran caída hacia abajo.
Fuera, una turba de birkaninanos permanecían con sus armas listas sin saber muy bien qué esperar. Tu actitud ayudó bastante, por el momento, a ninguno le pareció que existiese un peligro inminente, así que se mantuvieron quietos, aguardando las órdenes de su líder y, tal vez, conocer más adelante cuál había sido tu crimen. Ukhtulu no pronunció ni una palabra, no le dio tiempo. Antes de darse cuenta, ya habías comenzado tu discurso. Pudo haberte callado o, al menos, haberlo intentado, pero no lo hizo. Puede que no considerase tus palabras una amenaza, que no considerase que pudieses manipular a su gente o puede que estuviese siendo considerado y quisiera darte la oportunidad de pronunciar unas últimas palabras antes de encerrarte para siempre. De cualquier manera, todos permanecieron en silencio, escuchando tu discurso sin inmutarse. A ninguno pareció convencerle, pero era imposible saber si esto era así o si estaban disimulando con una expresión neutra, tratando de no parecer impresionados por el discurso de un desconocido.
Tras tus palabras, se hizo el silencio. Ante los que se encontraban fuera de la cabaña, tu actitud no era agresiva, te habían acogido, ofrecido ayuda y no parecía que hubieses cometido un grave delito por el que encerrarte, pero ninguno iba a contrariar a Ukhtulu, sobre todo sin conocer la verdad de lo ocurrido. Eso sí, no parecían saber cómo proceder o actuar al no tener ni idea de por qué su líder había considerado encerrarte. Fue él el que, ante el silencio y la pasividad, actuó primero.
—No intentes meternos en guerras que no nos convienen. Hemos sobrevivido durante generaciones de esta forma, no es perfecta, pero vivimos tranquilos. No comprendo tus intenciones, pero nos perjudican. Eres un peligro para nosotros. No obstante, valoraremos cómo juzgarte —dijo mostrando algo de sensatez y cediendo a su impulso inicial de encerrarte para siempre. Tu actitud calmada y la decisión de entregarte de manera pacífica habían calado en él y en los demás, haciéndoles dudar ligeramente sobre sus decisiones, pero sin alterar sus acciones. Era posible que por su mente pasase la idea de que te había juzgado antes de tiempo y de forma excesivamente severa, pero el miedo a que pusieses en peligro su estilo de vida le había nublado el juicio y era en lo único en lo que podía pensar. Eso, unido a tus misteriosas intenciones que no era capaz de descifrar.
—Ahora, síguenos —dijo sin alejar su arma de ti y empujándote en una dirección clara, hacia la derecha. Para señalar todavía más el camino, todos los que te rodeaban se fueron abriendo paso hacia aquella dirección, donde se encontraría el lugar el que pensarían mantenerte encerrado hasta tomar una decisión. Más adelante en el camino, se podría ver una especie de pozo, una estructura de piedra no muy elevada con una gran caída hacia abajo.
Narración
