13-03-2024, 01:49 PM
No vi venir el movimiento.
La reacción de Z a mi acusación fue instantánea: me agarró de la cara. Pese a su estado, la presión me hacía daño, pero ni me aparté. Solo podía mirar cómo una sombra se cernía sobre sus ojos, convirtiendo el azul en un océano nocturno. Dejó ver sus dientes, aquellos con los que había asesinado sin piedad a algunos de los imbéciles de la noche anterior.
Y lo que me dijo al señalar mi error de haberle supuesto marine sonó a amenaza aunque no lo fuese.
Y lo que me dijo al señalar mi error de haberle supuesto marine sonó a amenaza aunque no lo fuese.
Al menos no era uno de esos putos desgraciados.
Aflojó la sujeción, pero yo continuaba quieta, mirándole. Retándole y odiándome a la misma vez.
No esperaba que me fuese a contar que esos tipos habían asesinado a personas importantes para él; fue más allá: su padre y su hermana, aunque no tenía muy claro esta última parte. Joder. No me hacía falta haber pasado por lo mismo para entender el profundo dolor que debía de estar sufriendo. Una herida abierta que el paso del tiempo no cierra, solo camufla, a la espera de hacerte sangrar de nuevo.
Aflojó la sujeción, pero yo continuaba quieta, mirándole. Retándole y odiándome a la misma vez.
No esperaba que me fuese a contar que esos tipos habían asesinado a personas importantes para él; fue más allá: su padre y su hermana, aunque no tenía muy claro esta última parte. Joder. No me hacía falta haber pasado por lo mismo para entender el profundo dolor que debía de estar sufriendo. Una herida abierta que el paso del tiempo no cierra, solo camufla, a la espera de hacerte sangrar de nuevo.
Hubo un momento en el que ya no apretaba, sino que entre su mano y mi rostro solo había contacto. Luego, nada.
Se cubrió los ojos. El gesto no me pasó desapercibido. Entre aquellas confesiones, tapar aquella parte del cuerpo que dejaba entrar al alma era un acierto si no quería que nadie se asomase. A mí no me hacía falta. A pesar de la apariencia feroz que él podía llegar a adoptar, ahora me parecía vulnerable.
Quería saber si podía confiar en mí. Y tenía hambre. Y no distinguía más que un par de sabores.
—Siempre puedo mentirte y decir lo que quieres escuchar, ¿no? Si te respondo que sí, ¿te sería más fácil confiar en mí? —respondí mirando a la mano que le cubría los ojos—. En realidad, no sabrás si puedes confiar hasta que lo juzgues por ti mismo. Y lo mismo me pasa a mí. —Suspiré sin hacer ruido; mi siguiente intervención podría cambiarlo todo o absolutamente nada—. Me perseguían porque había robado una piedra preciosa a un imbécil. —Recordé mis recientes elucubraciones—. Ya no tengo muy claro si me buscaban viva porque formaba parte del trato por la recompensa o porque esos gilipollas me querían para ellos. Si esperabas una damisela en apuros, te confundes conmigo. Ah, y si vuelves a tocarme, te corto la mano.
Que alguien me tocase sin mi permiso —y no hace falta que sea con turbias connotaciones— era algo que me molestaba mucho. Me enfadaba, me encolerizaba en según qué ocasiones. Esta vez, sin embargo, habiéndome pillado desprevenida, habiéndome hecho daño y por algún motivo que no sabía especificar, no fue tan desagradable. Pero la advertencia quedaba dicha y no supondría ningún trauma para mí cumplirla.
Incluso cuando había algo en ese chico que captaba mi atención.
—Sí, claro, tengo todos los manjares que te puedas imaginar, qué pena que solo distingas el café y el tabaco, porque es justo lo que no me queda —ironicé, cruzándome de brazos—. Te he dicho que huimos de aquel lugar, ni siquiera sé dónde estamos. Esta es una casa abandonada que, convenientemente, apareció en mi camino.
Entonces, me di cuenta de que yo también tenía hambre. Joder.
Sin dedicarle ninguna otra palabra, me levanté, me di la vuelta y salí de la habitación. No conocía aquella casa, y solo había abandonado el cuarto para ir al cochambroso baño, así que me dediqué a recorrerla en busca de algo de comer. Fue complicado, ya que ni siquiera sabía desde cuando estaba deshabitada. Había que olvidarse de cualquier cosa fresca, tal vez tuviera más suerte con alimentos enlatados. ¿Tuve suerte? No mucha. A no ser que un bote de galletas rancias, una lata de judías en conserva y una botella por la mitad de a saber qué refresco se considerase suerte. Ah, y cinco bollos de chocolate envueltos en plástico cuya fecha de caducidad era un insulto para nuestros estómagos. Nada de café. Lo que sí que era suerte fue que las cañerías aún funcionasen, lo que me permitió llenar un vaso de agua. Dos, por deferencia hacia ese Z.
Sujetándolo todo como podía, teniendo en cuenta que mis manos ya estaban ocupadas con los vasos, subí las escaleras. Sí, ese desastre de casa tenía dos pisos y desconocía si también sótano. Obviamente, la habitación donde nos resguardábamos estaba arriba, pues era a la que me dio acceso el agujero del tejado. Que, en verano como estábamos y con el calor que hacía, era una delicia que entrase el aire por allí arriba, ventilando aquel lugar que olía a rancio y abandono.
Al llegar, dejé las cosas en la mesita de noche.
—Esto es lo que hay, si queremos otras cosas habrá que salir.
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