11-03-2024, 06:59 PM
Parecía que mi intervención le había confundido más. Me reconoció, eso sí, porque nombró la taberna. De lo que no pareció acordarse fue del corte que aquel desgraciado le había hecho en la cara, pues lo tocó con sus dedos con mezcla entre sorpresa y dolor.
—No, no ganamos —me vi obligada a responder; se me oscureció la mirada—. Conseguí acercarme a ti y salir de la taberna. Huimos. O, más bien, hui llevándote. —Por el momento no proporcioné más detalles. Primero debía asimilar la información que le faltaba, entenderla, y después ya veríamos—. No podíamos ganar. Si nos hubiésemos quedado, tú estarías muerto y yo en una celda de mala muerte, con suerte. —Suspiré—. El rubio... No sé qué sería de él, imagino que se marcharía de allí con sus compañeros gilipollas. —Me encogí de hombros.
El chico me miraba y, por alguna razón, me hacía sentir incómoda. No, no era incomodidad, era... inquietud. Tal vez fue porque clavaba sus iris azules en los míos sin retirarlos, o porque lo hacía con una intensidad arrolladora, hasta que rompió el contacto visual. Para mi sorpresa, sacó un paquete de tabaco junto con un mechero dorado. Era de los rectangulares, de estos que hacen que fumar se vea con más clase. Luego le dedicó un gesto cariñoso y encendió un cigarro, disfrutando del humo que entraba en sus pulmones como si lo revitalizase. Luego, me ofreció uno a mí.
—No, no ganamos —me vi obligada a responder; se me oscureció la mirada—. Conseguí acercarme a ti y salir de la taberna. Huimos. O, más bien, hui llevándote. —Por el momento no proporcioné más detalles. Primero debía asimilar la información que le faltaba, entenderla, y después ya veríamos—. No podíamos ganar. Si nos hubiésemos quedado, tú estarías muerto y yo en una celda de mala muerte, con suerte. —Suspiré—. El rubio... No sé qué sería de él, imagino que se marcharía de allí con sus compañeros gilipollas. —Me encogí de hombros.
El chico me miraba y, por alguna razón, me hacía sentir incómoda. No, no era incomodidad, era... inquietud. Tal vez fue porque clavaba sus iris azules en los míos sin retirarlos, o porque lo hacía con una intensidad arrolladora, hasta que rompió el contacto visual. Para mi sorpresa, sacó un paquete de tabaco junto con un mechero dorado. Era de los rectangulares, de estos que hacen que fumar se vea con más clase. Luego le dedicó un gesto cariñoso y encendió un cigarro, disfrutando del humo que entraba en sus pulmones como si lo revitalizase. Luego, me ofreció uno a mí.
No estaba entre mis vicios fumar, pero de vez en cuando podía aceptar, y las posibilidades aumentaban si me lo ofrecían. Me negaba a pagar por tabaco. Ni siquiera robarlo. Pero ese día, después de lo que habíamos pasado, decidí que no me sentaría mal.
Siendo consciente del esfuerzo que le suponía mantener el brazo en alto —sus gestos lo delataban—, yo también alargué el mío para aceptar su ofrecimiento. Incluso dejé que lo encendiera. A juzgar por lo que parecía significar para él el mechero, no se me pasó por la cabeza pedírselo prestado. Cuando lo hubo hecho, acerqué el cigarrillo a mis labios, aspirando y dejando que la sustancia entrase en mi cuerpo, reteniendo la respiración unos segundos. Luego, expulsé el humo lentamente mientras este tomaba formas espectrales.
Se presentó como "Z". Nadie se llamaba "Zeta" —que yo supiese—, así que deduje que estaba siendo cauteloso al evitar revelar su nombre real. Y, por cómo se había agitado en sueños, con mi correspondiente sobresalto, también pensé en que, quizá, en su interior guardaba esa clase de cosas que uno prefiere no recordar, o que se castiga recordándolas. Tengo experiencia en esas mierdas.
—Maeve —le respondí. Que supiese mi nombre no cambiaría nada, así que había decidido dárselo.
Y también se fijó, igual que yo había hecho hacía unos minutos, en que la venda de su estómago estaba pasando del blanco al rojo.
Me encaminé hacia el rincón en el que había dormido (de aquella manera, pero dormido al fin y al cabo), y cogí la botella de whiskey. Regresé y me coloqué a su lado. Me senté en el colchón. Había dejado más tela en la mesita de noche, igual que los utensilios de costura.
—Te dije que no te movieras —le solté tras dar otra calada al cigarro. Después lo sostuve con los labios, pues necesitaría las manos.
No era lo mismo encargarme de él si estaba dormido que ahora que tenía los ojos abiertos mientras me miraba y, tal vez, mientras me juzgaba. Pero ya que había empezado el trabajo, debía seguir con ello, ¿no? O bien podría dejar que se las apañase como pudiese. Escogí la primera opción.
Quizá había sido impresión mía, pero noté algo de recelo cuando me acerqué. Sin embargo, seguí adelante.
Aproximando ambas manos a su abdomen, comencé a deshacerle el vendaje que con tanta maestría —mentira— le había colocado antes. A diferencia de mis dedos, su piel estaba caliente. Esperaba que no fuese porque su herida se hubiese infectado o similar, porque mis conocimientos de esas cosas eran limitados. Por suerte, no era así. Simplemente, mi grandísimo trabajo de sutura había fallado en algunos puntos y por ahí escapaba la sangre.
—Aguanta —le dije con una voz desprovista de emociones mientras seguía sosteniendo el cigarro humeante entre los labios.
Acto seguido, derramé un poco de whiskey sobre su herida. Su reacción fue tal y como esperaba.
—Aguanta —repetí.
Luego, utilicé la parte limpia de las vendas sucias para secarle el exceso de whiskey. Desinfecté otra vez la aguja y el hilo.
—Aguanta —pronuncié una vez más.
Me esforcé porque pareciese que sabía lo que estaba haciendo. Hundí la aguja en su piel, casi sintiendo en mis propias carnes el dolor que le podía estar causando. Pero era eso o que se terminase de abrir la herida. Elegí el mal menor.
No tardé mucho, pues tan solo había perdido un par de puntos, pero a mí se me hicieron eternos. No quería imaginar lo que habría supuesto para él. Luego, volví a vendar la zona, necesitando pasar las tiras blancas por debajo de su espalda, así que esta vez sí le pedí colaboración, ahora que podía. Además de cálida, su piel era suave.
Me reprendí de forma interna por fijarme en esos detalles.
—Ahora sí, hazme caso o a la próxima te lo coses tú —le advertí.
El cigarro casi se me había consumido en el proceso, así que di una nueva calada larga y agoté el cilindro. Luego, lo tiré al suelo de madera y lo pisé. No necesitábamos un incendio, gracias.
—¿Qué ha hecho el tipo rubio que merecía tu ira de esa forma? —le solté de repente. Tal vez no quisiera responderme, pero me arriesgué de igual forma.
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