05-03-2024, 10:20 PM
Al comenzar a andar tan solo puedes ver un camino que avanza hacia adelante rodeado por un vasto bosque. La espesura de la vegetación hacia inviable desviarse hacia cualquier dirección que no fuese hacia adelante. Las zarzas se enmarañaban y retorcían entre ellas y los árboles alzaban sus ramas pobladas hacia el cielo, impidiendo que parte de la luz del sol se filtrase. En todos lados reinaban los colores verdes y ocres, apagados por la escasa iluminación. El suelo también estaba compuesto por césped, tierra, hojas caídas y restos de alguna rama, lo cual hacía que cualquiera que caminase por allí no pasase desapercibido, pues el sonido de los crujidos sería lo único que se escuchase acompañado, ocasionalmente, de algún que otro sonido de animal. Apenas se oían los trinos de los pájaros, los ruidos que se podían percibir eran más bien el de bestias rondando la zona, demasiado llenas, tímidas o cobardes como para salir de su escondite a atacar.
En medio de este paisaje, apenas unas pocas flores silvestres lograban destacar y aportar un toque de color diferente, abriéndose paso a través de la salvaje maleza y las posibles inclemencias del tiempo. Sin embargo, lo más llamativo de todo eran los grupos de setas, que surgían de manera espontánea a lo largo de la senda, encontrando refugio en los recovecos más sombríos y oscuros. Allí, guarecidas bajo la sombra de los robustos troncos de los árboles o incluso aferrados a la misma madera, estas setas encontraban su hábitat ideal, alimentándose de la humedad del aire y de la tierra circundante para prosperar en aquel ecosistema.
El viento mecía suavemente los helechos y las hojas, haciendo que el paisaje se zarandease como si de un baile se tratase, en contraste con las rocas, que permanecían inmutables cubiertas parcialmente de musgo. Se podía percibir que llevaban en su lugar durante muchos años, más tiempo que cualquier insecto que buscara refugio bajo su cobijo podría comprender jamás. Todo este escenario se desplegaba majestuosamente alrededor de un único camino, un sendero que avanzaba con determinación en línea recta, sin pérdida, hacia lo desconocido (o no tan desconocido).
En medio de este paisaje, apenas unas pocas flores silvestres lograban destacar y aportar un toque de color diferente, abriéndose paso a través de la salvaje maleza y las posibles inclemencias del tiempo. Sin embargo, lo más llamativo de todo eran los grupos de setas, que surgían de manera espontánea a lo largo de la senda, encontrando refugio en los recovecos más sombríos y oscuros. Allí, guarecidas bajo la sombra de los robustos troncos de los árboles o incluso aferrados a la misma madera, estas setas encontraban su hábitat ideal, alimentándose de la humedad del aire y de la tierra circundante para prosperar en aquel ecosistema.
El viento mecía suavemente los helechos y las hojas, haciendo que el paisaje se zarandease como si de un baile se tratase, en contraste con las rocas, que permanecían inmutables cubiertas parcialmente de musgo. Se podía percibir que llevaban en su lugar durante muchos años, más tiempo que cualquier insecto que buscara refugio bajo su cobijo podría comprender jamás. Todo este escenario se desplegaba majestuosamente alrededor de un único camino, un sendero que avanzaba con determinación en línea recta, sin pérdida, hacia lo desconocido (o no tan desconocido).
Narración
