05-03-2024, 07:47 PM
(Última modificación: 05-03-2024, 07:48 PM por Maeve Knox.)
Día 27, 23:04h, verano, año 8
West Blue | Reino de Ilisia | Ciudad Akarui
OST DE LA ESCENA
Restos de espuma de la cerveza se posaban sobre mi labio superior. Los limpié con la punta de la lengua mientras dejaba la jarra en la mesa. A continuación, introduje la mano en la pequeña bolsa de cuero que llevaba conmigo, a la que no quitaba ojo de encima, y saqué lo que contenía su interior. Entre mis manos, disfruté de su tacto, aunque sin exponerlo demasiado ante ojos indiscretos. Con todo, una no sabe quién podría estar mirándola ni cuándo. Por eso, devolví aquel pequeño, perfecto, suave y rojo rubí a su escondite.
Lo había robado, por supuesto.
Al llegar al Reino de Ilisia no tardé mucho en enterarme de su negocio de exportación de piedras preciosas, entre otras cosas. Escuché de refilón una conversación mientras paseaba por el puerto. Lo tomé como una provocación, un reto. Tras visitar diversas joyerías y evaluar las posibilidades, lo intenté en aquella que, por inexperiencia de los dueños, aumentaba mis probabilidades de éxito. No es que yo conociese a la gente de aquel lugar —de hecho, era la primera vez que lo visitaba—, pero el cartel que indicaba "¡Oferta de apertura, descuento en todos nuestros productos!" era indicativo suficiente. La segunda variable que jugó a mi favor fue que el dependiente había caído en mi encanto. Bueno, mi encanto... Una sonrisa tímida, una caída de ojos y colocar un mechón de mi cabello detrás de la oreja fueron mis armas. El resto, tan solo juego de manos.
Mi pequeño botín le sentaba muy bien a mi buen humor. Qué pena que el estar rodeada de gente me lo amargara.
Sí, soy consciente de que si frecuento tabernas o tugurios similares, gente va a haber. Posiblemente gente odiosa, babosa, sucia, asquerosa y un sinfín de adjetivos similares. Incluso en una ciudad como Akarui, existía ese tipo de lugares. Irónicamente, y a pesar de la fauna, también era donde prácticamente más cómoda estaba. No en vano me pasaba media vida en sitios de mierda como aquel como si me pagaran por ello, cuando en realidad lo único que hacía era gastarme el dinero. Si no me marchaba sin pagar, claro.
Dinero que era mío y que, antes de que se lo arrebatara, solía ser de otro.
Lo había robado, por supuesto.
Al llegar al Reino de Ilisia no tardé mucho en enterarme de su negocio de exportación de piedras preciosas, entre otras cosas. Escuché de refilón una conversación mientras paseaba por el puerto. Lo tomé como una provocación, un reto. Tras visitar diversas joyerías y evaluar las posibilidades, lo intenté en aquella que, por inexperiencia de los dueños, aumentaba mis probabilidades de éxito. No es que yo conociese a la gente de aquel lugar —de hecho, era la primera vez que lo visitaba—, pero el cartel que indicaba "¡Oferta de apertura, descuento en todos nuestros productos!" era indicativo suficiente. La segunda variable que jugó a mi favor fue que el dependiente había caído en mi encanto. Bueno, mi encanto... Una sonrisa tímida, una caída de ojos y colocar un mechón de mi cabello detrás de la oreja fueron mis armas. El resto, tan solo juego de manos.
Mi pequeño botín le sentaba muy bien a mi buen humor. Qué pena que el estar rodeada de gente me lo amargara.
Sí, soy consciente de que si frecuento tabernas o tugurios similares, gente va a haber. Posiblemente gente odiosa, babosa, sucia, asquerosa y un sinfín de adjetivos similares. Incluso en una ciudad como Akarui, existía ese tipo de lugares. Irónicamente, y a pesar de la fauna, también era donde prácticamente más cómoda estaba. No en vano me pasaba media vida en sitios de mierda como aquel como si me pagaran por ello, cuando en realidad lo único que hacía era gastarme el dinero. Si no me marchaba sin pagar, claro.
Dinero que era mío y que, antes de que se lo arrebatara, solía ser de otro.
Otras veces, como aquella, la cerveza (o lo que se me antojase) me salía gratis, porque llegaba el pegajoso de turno y me invitaba con la esperanza de poder llegar a algo más conmigo. Las mujeres solían ser más sutiles, pero si buscaban lo mismo, utilizaban idénticas estrategias. En cualquier caso, yo solía beneficiarme y esos idiotas se quedaban con las manos vacías. Y los bolsillos, todo sea dicho.
La taberna en la que me encontraba recibía el nombre de El Dragón Rojo. No era tan ponzoñosa como otras que había visitado. Sucia y algo rancia, pero con un alma algo más decente. La iluminación otorgaba cierta calidez al lugar y lucía grandes telares con dragones rojizos que le hacían honor a su nombre.
No nos emocionemos: seguramente esto era obra de la ciudad, pues tenía pinta de que en aquella isla la gente se comportaría más. Un poco, al menos. Eso sí, gilipollas hay en todas partes y Akarui no iba a ser diferente. ¿Es que no sabían tener una conversación sin dar voces, joder?
Eso sería como pedirle al Gobierno Mundial que se preocupara por el pueblo.
Me llevé la jarra de nuevo a los labios. Era una cerveza fuerte, nada de esas gilipolleces de color claro que saben a meados. Miré a mi alrededor. Podrá cambiar el lugar, pero el tipo de gente permanecía.
Se podría decir que, si yo frecuentaba tanto las tabernas y similares, podría entrar en ese grupo de miserables. Puede ser, por qué no. Pero mucho más hermosa y más letal que el noventa y nueve por ciento de ellos. Ah, y sola. Siempre me sentaba sola. La soledad es mucho mejor compañera que la mayoría de los mortales.
El verano estaba golpeando con su calor habitual, incluso por la noche. Mi corsé negro dejaba al descubierto los brazos y los hombros, y la falda corta de encaje, también negra, permitía a la piel de mis piernas respirar. Aun así, mi propio cabello largo y las botas altas y oscuras de tacón eran casi un suplicio. No sufrí por mi maquillaje negro, pues no me preocupaba que no luciera perfecto.
Me abaniqué con una mano mientras con la otra recogía mi pelo blanco en una coleta improvisada que desaparecería en cuanto soltase.
Necesitaría otra cerveza.
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