05-03-2024, 12:06 PM
Leyenda
Mi amiga Maeve no tardó mucho en ponerse en acción. Como me suponía, su manejo del látigo era algo que escapaba a mi entendimiento, y por mucho. Sumado a ello, se movía grácilmente, saltando en los hombros de uno de los guardias, para volver al suelo y saltar nuevamente. Por momentos parecía como si volara. "Voló" hasta que uno de los guardias le agarró del brazo. - No enfadarla cuando tenga hambre - pensé, para anotarlo después en mi libreta. - Bueno, mejor no enfadarla cuando tenga hambre o algún cubierto cerca - Estaba algo ensimismada viendo a la albina pelear. Los látigos eran realmente armas muy bonitas de ver en acción. Había sufrido en mis carnes demasiadas veces un látigo, pero aquella vez era diferente, hipnótico.
Quedarse embobada en medio de una pelea, admirando a una mujer de ojos bonitos deshacerse de tres agentes de la ley tenía sus consecuencias. En este caso las consecuencias eran ser atacada por dos los otros guardias. Estos se abalanzaron contra mí, armas en mano, enormemente enfadados. No les culpaba, acababa de noquear al que parecía su superior (o por lo menos al que le había tocado llevar la voz cantante en ese grupito) y a dos de sus compañeros. Y no solo eso, si no que les había ignorado completamente acto seguido.
Uno de ellos clavó la punta de su espada en mi brazo izquierdo, en la parte exterior del bíceps mientras que la otra espada, dirigida a mi cadera, rebotó con un pequeño "cling" en vez de alojarse en mi costado. - Algo bueno tenía que tener - solté una risita. Agarré a ambos de las cabezas y les levanté. No pudieron hacer gran cosa, a decir verdad. Entonces, golpeé las cabezas entre sí, lo cual hizo un ruido muy gracioso, pues parecían unos cocos chocando. - Ostia, que guay - me reí y les solté. Cayeron al suelo inconscientes. - Como los caballos de esa obra. Era algo de caballeros y una mesa cuadrada - me reí. Vi el panorama, y como los otros tres guardias estaban plantados frente a Maeve.
- Voy a hacer una cosita super importante, ahora vengo. - le avisé, mientras sacaba la libreta y la pluma. - Dales duro amiga, enséñales lo que haces con ese látigo - me giré y me alejé rápidamente entonces del sitio, mientras apuntaba las dos notas mentales anteriores, así como seis guardias más a la lista de Maeve, y cinco más uno a la mía. El panorama que me encontré al volver la esquina era extraño. Un hombre y una mujer, con pintas muy extravagantes y que parecían vivir en su propia burbuja, daban indicaciones al resto de clientes, diciéndoles que se pusieran en la entrada. - Bloquead la puerta, para que no puedan salir hasta que vengan más guardias. - dijo el hombre. - Vamos, repetid conmigo - les animó la mujer, antes de ponerse todos a cantar. Era una situación muy lamentable. Yo misma les hubiera dado una patada a todos, con la única intención de que dejaran de hacer el tonto, y ni podía llegar a imaginarme todas las horribles cosas que les haría Maeve si les viera. Eran bastante peores que Diana, en ese sentido, y encima eran unos cuantos. Pero tenía algo más importante que hacer, así que entré en la cocina sin perder un instante. - Panda de colgados - Allí se encontraba la pelirrosa, sentada en una silla y llorando a mares, mientras se atiborraba de un helado de color azul radioactivo. A su lado se encontraba un hombre mayor, de unos casi cincuenta años. Tenía una mano apoyada sobre su hombro, y la otra en uno de sus muslos. Repetía estupideces que parecían sacadas de unos de esos libros de "Como aprovecharte de una mujer triste". Como era de esperar, la joven no le hacía ni caso, pero aquella situación me ponía realmente enferma. Agarré al hombre por el cuello de la camisa y le levanté. - ¡Aparta, baboso! - grité y con todas mis fuerzas le lancé fuera de la cocina. Se golpeó en la cabeza contra la ornamentada columna que había justo enfrente de la puerta, quedando sentado a sus pies. Por un momento los cánticos se apagaron, y pude ver que la música que sonaba en el local había cambiado. Ahora era una cutre y dramática canción triste. Como era de esperar, la camarera se percató de mi presencia. Era lo que quería, a decir verdad. - ¡Fuera, no quiero veros más! - me gritó, sin mirarme, - ¡Fuera! ¡Fuera! - me tiró un pañuelo rosa con flores.
- Vengo a por la receta de la Red Velvet - le respondí. Era bastante urgente, por lo que traté de ser concisa. Lo último que quería era tener que seguir peleándome con los guardias, para ser sincera.
Resumen
Aclaración
Akuma
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