El mundo no paraba de sorprenderme.
La joven, que, de primera momento, hubiera pensado que estaba desahogando su furia contra algún tipo de enemigo ficticio mientras lanzaba golpes a diestra y siniestra con su enorme arma, resultó estar simplemente “practicando”. Era algo obvio, practicas por algo, para un fin. Sin embargo, la muchacha contestó aseverando que no existía un motivo real para su entrenamiento más allá del insomnio. ¡Ja! No la culpo. Parecía entrenar por el simple afán de mejorar y poder defenderse de quien lo merezca. O al menos esa es la explicación que dio justo antes de llamarme viejo. Vie-jo. Mi cara debió ser un poema. — Pero, ¿qué edad se cree que tengo? — pensé — ¿Me estarán saliendo arrugas? — no entendía qué rasgo físico mío le hacía llegar a la conclusión de que tenía una edad avanzada. Intenté no darle importancia y sonreí levemente, realmente, me hizo gracia.
De pronto la semioni se acercó a mí, inclinándose desde las alturas y resaltó mi cicatriz, preguntando por su origen. Ni siquiera me dio tiempo a responder, comenzó a relatar de manera continuada que ella también tenía una hecha por su hermano al hacerle un piercing con una uña. — ¿Pero qué…? — pensaba mientras la muchacha contaba su historia y mantenía cara de máxima concentración por su historia, más que nada para evitar echarme a reír al suelo, sería terriblemente maleducado. Finalmente, la muchacha se presentó como Sasha. — Sasha… yo he leído ese nombre antes. — estaba casi seguro. Ya me había quedado bastante claro que la chiquilla era bastante joven y que, al margen de su enorme fuerza, escondía bastante más. Cuando la rubia me sonrió tras presentarse no pude evitar la ocasión. — ¿Esta cicatriz? — pregunté mientras palpaba con sumo cuidado mi pómulo derecho con los dedos de mi diestra. — Me la hizo un cura cuando intentó matarme azotándome con un rosario. — contesté terriblemente serio y con tono grave, mirando a la muchacha a los ojos desde mi improvisado asiento. — Y antes de que preguntes… Le di un katanazo. — continué, esta vez sonriendo y cambiando el tono a uno más relajado mientras quitaba mi abrigo del hombro y mostraba su interior, dejando ver el Santoral en su bolsillo, asomando la enorme cruz.
El recuerdo de Blackmore aún pesaba y pretendía pasar por encima esos detalles lo más rápido posible. — Viktor. — me presenté finalmente. — ¿Sabes? Desde fuera sí que parece que peleas contra alguien. Lo mismo es contra ti, pero no te das cuenta… ¿Quién te ha enseñado a combatir? — pregunté a la muchacha mientras me cruzaba de brazos.
La joven, que, de primera momento, hubiera pensado que estaba desahogando su furia contra algún tipo de enemigo ficticio mientras lanzaba golpes a diestra y siniestra con su enorme arma, resultó estar simplemente “practicando”. Era algo obvio, practicas por algo, para un fin. Sin embargo, la muchacha contestó aseverando que no existía un motivo real para su entrenamiento más allá del insomnio. ¡Ja! No la culpo. Parecía entrenar por el simple afán de mejorar y poder defenderse de quien lo merezca. O al menos esa es la explicación que dio justo antes de llamarme viejo. Vie-jo. Mi cara debió ser un poema. — Pero, ¿qué edad se cree que tengo? — pensé — ¿Me estarán saliendo arrugas? — no entendía qué rasgo físico mío le hacía llegar a la conclusión de que tenía una edad avanzada. Intenté no darle importancia y sonreí levemente, realmente, me hizo gracia.
De pronto la semioni se acercó a mí, inclinándose desde las alturas y resaltó mi cicatriz, preguntando por su origen. Ni siquiera me dio tiempo a responder, comenzó a relatar de manera continuada que ella también tenía una hecha por su hermano al hacerle un piercing con una uña. — ¿Pero qué…? — pensaba mientras la muchacha contaba su historia y mantenía cara de máxima concentración por su historia, más que nada para evitar echarme a reír al suelo, sería terriblemente maleducado. Finalmente, la muchacha se presentó como Sasha. — Sasha… yo he leído ese nombre antes. — estaba casi seguro. Ya me había quedado bastante claro que la chiquilla era bastante joven y que, al margen de su enorme fuerza, escondía bastante más. Cuando la rubia me sonrió tras presentarse no pude evitar la ocasión. — ¿Esta cicatriz? — pregunté mientras palpaba con sumo cuidado mi pómulo derecho con los dedos de mi diestra. — Me la hizo un cura cuando intentó matarme azotándome con un rosario. — contesté terriblemente serio y con tono grave, mirando a la muchacha a los ojos desde mi improvisado asiento. — Y antes de que preguntes… Le di un katanazo. — continué, esta vez sonriendo y cambiando el tono a uno más relajado mientras quitaba mi abrigo del hombro y mostraba su interior, dejando ver el Santoral en su bolsillo, asomando la enorme cruz.
El recuerdo de Blackmore aún pesaba y pretendía pasar por encima esos detalles lo más rápido posible. — Viktor. — me presenté finalmente. — ¿Sabes? Desde fuera sí que parece que peleas contra alguien. Lo mismo es contra ti, pero no te das cuenta… ¿Quién te ha enseñado a combatir? — pregunté a la muchacha mientras me cruzaba de brazos.
off
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