23-02-2024, 05:56 AM
La semioni estaba tan concentrada en su pequeño entrenamiento matutino que no percató que alguien la observaba, por lo que al escuchar una voz se giró de golpe hacia su izquierda. Un hombre de menos de dos metros con pelo blanco y una cicatriz increíblemente épica en el ojo derecho en vertical se encontraba mirándola con una sonrisa, Sasha lo miró curiosa inclinando ligeramente la cabeza hacia la derecha escuchando como le volvía a hablar apoyándose sobre una roca. El humano daba por hecho que la rubia iba a pegar a alguien y que a él no le gustaría recibir uno de esos golpes. — No hay ningún culpable — contestó la joven con una sonrisa encogiéndose de hombros viendo que venía con buenas intenciones. — Solo entreno para pegarle un kanabazo en la boca a un futuro culpable, viejo — añadió mientras se llevaba el arma al hombro derecho - sujetándolo con la mano diestra - mientras se llevaba la mano izquierda a la cintura. La adolescente no sabía si era muy mayor y por eso tenía canas o era únicamente fruto del estrés, pero no iba a perder las costumbres de llamar viejo a alguien mayor que ella. — He venido a entrenar porque no puedo dormir — respondió a su acompañante matutino.
Sasha se acercó al hombre con curiosidad quedando a cinco metros de él, pudo ver la katana en su lado izquierdo por lo que aquel hombre tenía que ser espadachín - o tenía un arma muy querida que nunca usaba como Kuraku - por lo que se inclinó ligeramente mirando la cicatriz del ojo. — ¡Tu cicatriz mola mucho! — comentó emocionada con los ojos brillantes. — ¿Cómo te la hiciste? — preguntó manteniendo el mismo tono mientras volvía hacia atrás para ponerse recta. — Yo tengo una en la oreja. Me la hizo mi hermano mayor con las uñas cuando me intentó hacer un piercing — añadió la semioni a la vez que con la mano izquierda se retiraba el mechón del mismo lado para y así enseñar una pequeña cicatriz en el hélix. — Ah, me llamo Sasha — se presentó por fin la rubia con una sonrisa dándose cuenta que se había puesto a hablarle sin ni siquiera presentarse, mirando enseguida al hombre de forma expectante tanto por su historia de la cicatriz como por su nombre.
