20-02-2024, 10:36 PM
Aquel lugar era un tesoro, literalmente, pero Jolyne y Yamamura solo sabían delirar y fascinarse por cosas absurdas, como el gran coliseo o la gente con alas. ¿A quién le importaba eso? ¡Estábamos en una maldita ciudad de oro! Aunque suponía que tenía cierto sentido que se obsesionasen con los seres alados. Por lo que ambos habían contado, estaban un poco confusos respecto a sus orígenes y era probable que en este lugar pudiesen hallar alguna respuesta. Aun así, tampoco me parecía algo excesivamente relevante. Si habían vivido toda su vida sin saber de dónde venían ni conocer a sus padres no les hacía ninguna falta a estas alturas. El pasado, pasado estaba. Pero el presente requería toda nuestra atención para que pudiésemos forjarnos un futuro brillante.
Yamamura parecía confuso, pero eso no le impidió tomar las riendas y proferir cuatro órdenes bien claras: encontrar a Aspros, robar el oro, participar en los juegos y averiguar algo sobre sus orígenes. Me sobraban las dos últimas, especialmente la de los juegos. No quería contrariar a Yamamura, pero no podían importarme menos. —¿Lo de los juegos es opcional o…? —antes de que pudiese terminar la frase un sonido atronador retumbó con fuerza. Parecía que provenía del palacio y que anunciaba el inicio de un evento de gran relevancia, seguramente aquellos juegos. Cuando el sonido cesó, un destello cegador me forzó a entrecerrar los ojos. De la nada apareció un ser que se asemejaba a los ángeles, un hombre alto, de pelo largo, alas blancas y ataviado con prendas solemnes se erigía ante nosotros. Llevaba un cetro que no sabía si tenía un uso bélico o ceremonial y su casco impedía ver por completo su rostro, tan solo la mitad de él. Pero lo que más llamaba la atención era una esfera plateada que parecía que estaba incrustada en su pecho izquierdo.
Al igual que las caracolas, nos dio la bienvenida en nombre de ese tal Zarutsuki y nos pidió que nos identificásemos. Seguía sin querer participar en lo que fuera eso, estaba a tiempo de retirarme, pero no me fiaba de dejar solos a Yamamura y a Jolyne, así que no me quedaba más remedio. Era sencillo, lo teníamos ya pensado, solo teníamos que dar nuestros nombres falsos. Sin embargo, Yamamura no titubeó al decir su nombre real. Apreté los labios intentando contenerme. Algún día nos matarían por alguna gilipollez así. De perdidos, al río. No tenía sentido mentir si ya tenían el nombre de nuestro capitán y de la banda.
—Triana Tempesta. Parte de la tripulación de los Alas Negras —respondí de forma clara y concisa. Sentía que estábamos yendo directos al matadero. Mientras tanto, el mundo continuaba girando a nuestro alrededor. Los habitantes del lugar no parecían prestarnos atención, estaban enfrascados en sus tareas. Me daban bastante envidia. Yo solo quería comer, pasear por aquellas calles entre edificios dorados, tal vez ver los juegos desde la grada mientras bebía algo y me fumaba un puro, descansar en sus camas que tal vez también fuesen de oro y, por último, largarme de allí con un buen souvenir. Me conformaba con un pedrusco de la pared de una de las casas. Sin embargo, me tocaba estar delante de un ángel con una pinta no muy amistosa identificándome para participar en un absurdo juego. Si es que llegábamos a participar y no nos mandaban un pelotón de marines para detenernos o matarnos.
Yamamura parecía confuso, pero eso no le impidió tomar las riendas y proferir cuatro órdenes bien claras: encontrar a Aspros, robar el oro, participar en los juegos y averiguar algo sobre sus orígenes. Me sobraban las dos últimas, especialmente la de los juegos. No quería contrariar a Yamamura, pero no podían importarme menos. —¿Lo de los juegos es opcional o…? —antes de que pudiese terminar la frase un sonido atronador retumbó con fuerza. Parecía que provenía del palacio y que anunciaba el inicio de un evento de gran relevancia, seguramente aquellos juegos. Cuando el sonido cesó, un destello cegador me forzó a entrecerrar los ojos. De la nada apareció un ser que se asemejaba a los ángeles, un hombre alto, de pelo largo, alas blancas y ataviado con prendas solemnes se erigía ante nosotros. Llevaba un cetro que no sabía si tenía un uso bélico o ceremonial y su casco impedía ver por completo su rostro, tan solo la mitad de él. Pero lo que más llamaba la atención era una esfera plateada que parecía que estaba incrustada en su pecho izquierdo.
Al igual que las caracolas, nos dio la bienvenida en nombre de ese tal Zarutsuki y nos pidió que nos identificásemos. Seguía sin querer participar en lo que fuera eso, estaba a tiempo de retirarme, pero no me fiaba de dejar solos a Yamamura y a Jolyne, así que no me quedaba más remedio. Era sencillo, lo teníamos ya pensado, solo teníamos que dar nuestros nombres falsos. Sin embargo, Yamamura no titubeó al decir su nombre real. Apreté los labios intentando contenerme. Algún día nos matarían por alguna gilipollez así. De perdidos, al río. No tenía sentido mentir si ya tenían el nombre de nuestro capitán y de la banda.
—Triana Tempesta. Parte de la tripulación de los Alas Negras —respondí de forma clara y concisa. Sentía que estábamos yendo directos al matadero. Mientras tanto, el mundo continuaba girando a nuestro alrededor. Los habitantes del lugar no parecían prestarnos atención, estaban enfrascados en sus tareas. Me daban bastante envidia. Yo solo quería comer, pasear por aquellas calles entre edificios dorados, tal vez ver los juegos desde la grada mientras bebía algo y me fumaba un puro, descansar en sus camas que tal vez también fuesen de oro y, por último, largarme de allí con un buen souvenir. Me conformaba con un pedrusco de la pared de una de las casas. Sin embargo, me tocaba estar delante de un ángel con una pinta no muy amistosa identificándome para participar en un absurdo juego. Si es que llegábamos a participar y no nos mandaban un pelotón de marines para detenernos o matarnos.
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![[Imagen: 8Rsjucn.png]](https://imgur.com/8Rsjucn.png)
