18-02-2024, 03:52 PM
Bajo la atenta mirada del astro rey, y una vez desembarcados, todos los allí presentes comenzaron a recorrer las respectivas rutas que se extendían frente a ellos sin saber a donde les depararía el sendero de sus pasos ni lo que les esperaba más adelante. El grupo de los Piratas de las Alas negras se adentraron por la ruta de más a la izquierda, y pronto comenzaron a notar como la vegetación se hacía más grande, más gruesa, más alta y más densa, empezando a enmarañarse sobre sus cabezas, a más de diez metros de altura, llegando a prácticamente privar de la luz solar a aquel angosto y sinuoso camino que pareciera albergar depredadores y criaturas varias ocultas en la oscuridad y la frondosidad de ese bosque, mientras acechaban a los recién llegados estudiando qué hacer con ellos. El camino fue poco agradable: insectos, ruidos extraños de hojas alborotadas, ramas partidas de cuando en cuando, siseos y algún gruñido leve en la distancia. Tres horas que se hicieron lentas y tediosas para los viandantes que recorrían tal senda, hasta que pudieron comenzar a ver la luz del mismo modo que la habían perdido: Según se adentraban más. Al final de dicho camino, podrían observar la civilización perdida de Shandora, un dato sólo al alcance de los estudiosos.
Por su parte, la organización Magna se adentró por la ruta central, cruzando la linde del bosque y pudiendo apreciar conforme avanzaban cómo desaparecía progresivamente la vegetación y daba lugar a un paisaje pedregoso y abrupto, que ascendía en forma de ladera, como si quisiera acercarse aun más al sol. Tres horas de recorrido que ponía a prueba la resistencia física de sus ocupantes, finalmente culminaba con una de las vistas más grandiosas y maravillosas que la isla del cielo podía ofrecer: La gran ciudad de oro perdida de Shandora. Desde aquella ventajosa posición se podía apreciar como, a la izquierda, una ruta surgía a duras penas de una enmarañada vegetación. A su lado a unos pocos metros, un gran camino mejor preparado y acondicionado. A la derecha un camino flanqueaba un río que ascendía hacia el norte, y más a la derecha una ruta que parecía un término medio entre las dos de la izquierda.
El grupo pirata Shogun Gari acompañados de Don Bambú, el Revolucionario superviviente a la catástrofe de Little Garden, se adentraron por la ruta a la derecha de la ruta central. Su camino fue acompañado por un río que de pronto desaparecía bajo tierra, como entrando en un túnel natural - y por eso no lo veían en la costa - pero que parecía provenir de mucho más al interior de aquel bosque. Si lo seguían, tendrían un recorrido tranquilo, pudiendo apreciar los colores y la variedad de la flora, lo cristalino de las aguas del río y la multitud de peces de colores y tamaños diversos que había en su cauce. Tres horas de marcha los llevarían a aparecer en la linde opuesta del bosque, frente a unas construcciones doradas coronadas por un inmenso palacio de oro al fondo. Puede que lo supieran, o puede que no, pero estaban frente a la legendaria ciudad de oro, Shandora.
Por su parte, una vez todos estos grupos se hubieron adentrado en las profundidades del bosque, los Marines consiguieron desembarcar y pudieron apreciar a los civiles que hacían lo propio, a su par. Pareciera que el destino había querido que los aventureros, criminales y justicieros remunerados llegasen antes para poder adentrarse y no iniciar una campaña en la costa.
Las órdenes de los batallones fueron claras, pero cuando los Marines se dispusieron a avanzar por la ruta central obtuvieron una respuesta fatídica: Del cielo - aun más en el cielo que ellos - se proyectaron dos grandes sombras que súbitamente impactaron contra el suelo próximo a la ruta del extremo izquierda, y la central, levantando algo de arena y polvareda. Cuando esta se disipó, pudieron ver como dos enormes bolas gigantescas, de diez metros de alto por diez metros de ancho y color marrón se presentaban ante ellos. Eran aves. Aves del tamaño de rocas de montaña, que tapaban la entrada de ambas rutas con sus enormes cuerpo. Y claro, se las podía flanquear, pero las aves estaban comunicando un mensaje. Eran gordas, feas y con cara muy malhumorada. Miraban a los Marines bajo unas densas cejas negras muy pobladas y con gesto apático, realizando un sonido realmente extraño, como agua fluyendo sin control. Aquellos estudiosos de los tomos, pergaminos y libros, podrían identificar sin dudas a aquellas aves dada su complexión, gesto, color y sonido, como un tipo de ave especial autóctona de Skypiea: Los Ñordikis.
Tras su particular graznido, el ave frente a ellos que taponaba el acceso a la ruta central extendió su ala para indicarles que debían ir por la ruta paralela. Para reafirmarlo, el ave que taponaba la ruta de la extrema izquierda hizo el mismo gesto, señalando entre los dos a la ruta intermedia - la ruta dos - para invitar a los Marines a proceder por ahí. Era la ruta más preparada más ancha y más adecuada para el acceso al interior de la isla, y los Ñordikis se estaban asegurando que los civiles, mercaderes, espectadores, trabajadores y por extensión, las fuerzas de seguridad, accediesen por el camino recomendado. Su recorrido sería apacible, en un camino de diez metros de ancho con claridad y cuyas copas de vegetación tapaban sutilmente los rayos del sol para no resultar calurosos, hirientes o molestos: Era un auténtico paraíso. Y había suficiente espacio para que la tropa marchase sin disolverse. Tres horas de marcha llevarían a los Marines - seguidos por todos los civiles y demás, buscando su protección - hasta la linde opuesta del bosque en la que se encontrarían de bruces con una legendaria civilización perdida de oro. La ciudad de Shandora, para quien hubiese leído e investigado lo suficiente.
En cuanto a aquellos despedidos de sus barcos y aterrizados forzosamente en las inmediaciones del bosque, si buscaban ligeramente en derredor, podrían encontrar un sendero común y sin nada reseñable que seguir. Vegetación gigante, sonidos de animales y una ruta clara hacia el extremo del bosque que les llevaría a poder observar una civilización completamente de oro, antigua y perdida en el paso del tiempo. Por suerte o desgracia para ellos, podrían llegar antes que los demás al haber aterrizado ya en medio del bosque, y su travesía sólo les tomaría dos horas. Dándoles algo de tiempo de ventaja frente a los demás - sin saberlo aun - participantes de los juegos de Skypiea.
La civilización estaba dispuesta en forma de óvalo, coronado por un palacio que ocupaba cien metros de lado a lado. Hacia el fondo, podía cubrir más de cincuenta metros, y se alzaba hacia el cielo por quinientos metros majestuosos, brillando con más intensidad que le resto de las casas doradas. Un poco antes de la cumbre, brotaba un balcón con un gran trono, también de oro, y en la base del palacio, una gran puerta de doble hoja de cuarenta metros de alto indicaba el punto de entrada en el mismo. Dicho palacio estaba a más de cien metros de distancia del otro extremo del ovalado límite de la ciudad dorada.
Prácticamente en el centro de esta, y flanqueado por una inmensidad de casas doradas, había un recinto de tierra batida y dispuesta, que estaba a su vez contenido por palcos y gradas de madera antiquísima y resistente. Una estructura de cinco metros de alto, con cinco niveles de asientos, repartidos a uno por metro de altura.
En la parte perfectamente opuesta al palacio, fuera de esta pista de arena, había cuatro parcelas de arena separadas entre si, y que ocupaban un espacio de seis por seis.
Tanto en el pueblo como en las gradas, había ciudadanos con una peculiaridad: Todos tenían alas.
Skypieanos, Birkanianos y Lunarias por igual - pero ninguna otra raza más - interactuaban alegremente y se preparaban para asistir al evento que tanto les llenaba de orgullo y que tan emocionados les tenía: Los Juegos de Zarutsuki.
Por su parte, la organización Magna se adentró por la ruta central, cruzando la linde del bosque y pudiendo apreciar conforme avanzaban cómo desaparecía progresivamente la vegetación y daba lugar a un paisaje pedregoso y abrupto, que ascendía en forma de ladera, como si quisiera acercarse aun más al sol. Tres horas de recorrido que ponía a prueba la resistencia física de sus ocupantes, finalmente culminaba con una de las vistas más grandiosas y maravillosas que la isla del cielo podía ofrecer: La gran ciudad de oro perdida de Shandora. Desde aquella ventajosa posición se podía apreciar como, a la izquierda, una ruta surgía a duras penas de una enmarañada vegetación. A su lado a unos pocos metros, un gran camino mejor preparado y acondicionado. A la derecha un camino flanqueaba un río que ascendía hacia el norte, y más a la derecha una ruta que parecía un término medio entre las dos de la izquierda.
El grupo pirata Shogun Gari acompañados de Don Bambú, el Revolucionario superviviente a la catástrofe de Little Garden, se adentraron por la ruta a la derecha de la ruta central. Su camino fue acompañado por un río que de pronto desaparecía bajo tierra, como entrando en un túnel natural - y por eso no lo veían en la costa - pero que parecía provenir de mucho más al interior de aquel bosque. Si lo seguían, tendrían un recorrido tranquilo, pudiendo apreciar los colores y la variedad de la flora, lo cristalino de las aguas del río y la multitud de peces de colores y tamaños diversos que había en su cauce. Tres horas de marcha los llevarían a aparecer en la linde opuesta del bosque, frente a unas construcciones doradas coronadas por un inmenso palacio de oro al fondo. Puede que lo supieran, o puede que no, pero estaban frente a la legendaria ciudad de oro, Shandora.
Por su parte, una vez todos estos grupos se hubieron adentrado en las profundidades del bosque, los Marines consiguieron desembarcar y pudieron apreciar a los civiles que hacían lo propio, a su par. Pareciera que el destino había querido que los aventureros, criminales y justicieros remunerados llegasen antes para poder adentrarse y no iniciar una campaña en la costa.
Las órdenes de los batallones fueron claras, pero cuando los Marines se dispusieron a avanzar por la ruta central obtuvieron una respuesta fatídica: Del cielo - aun más en el cielo que ellos - se proyectaron dos grandes sombras que súbitamente impactaron contra el suelo próximo a la ruta del extremo izquierda, y la central, levantando algo de arena y polvareda. Cuando esta se disipó, pudieron ver como dos enormes bolas gigantescas, de diez metros de alto por diez metros de ancho y color marrón se presentaban ante ellos. Eran aves. Aves del tamaño de rocas de montaña, que tapaban la entrada de ambas rutas con sus enormes cuerpo. Y claro, se las podía flanquear, pero las aves estaban comunicando un mensaje. Eran gordas, feas y con cara muy malhumorada. Miraban a los Marines bajo unas densas cejas negras muy pobladas y con gesto apático, realizando un sonido realmente extraño, como agua fluyendo sin control. Aquellos estudiosos de los tomos, pergaminos y libros, podrían identificar sin dudas a aquellas aves dada su complexión, gesto, color y sonido, como un tipo de ave especial autóctona de Skypiea: Los Ñordikis.
Tras su particular graznido, el ave frente a ellos que taponaba el acceso a la ruta central extendió su ala para indicarles que debían ir por la ruta paralela. Para reafirmarlo, el ave que taponaba la ruta de la extrema izquierda hizo el mismo gesto, señalando entre los dos a la ruta intermedia - la ruta dos - para invitar a los Marines a proceder por ahí. Era la ruta más preparada más ancha y más adecuada para el acceso al interior de la isla, y los Ñordikis se estaban asegurando que los civiles, mercaderes, espectadores, trabajadores y por extensión, las fuerzas de seguridad, accediesen por el camino recomendado. Su recorrido sería apacible, en un camino de diez metros de ancho con claridad y cuyas copas de vegetación tapaban sutilmente los rayos del sol para no resultar calurosos, hirientes o molestos: Era un auténtico paraíso. Y había suficiente espacio para que la tropa marchase sin disolverse. Tres horas de marcha llevarían a los Marines - seguidos por todos los civiles y demás, buscando su protección - hasta la linde opuesta del bosque en la que se encontrarían de bruces con una legendaria civilización perdida de oro. La ciudad de Shandora, para quien hubiese leído e investigado lo suficiente.
En cuanto a aquellos despedidos de sus barcos y aterrizados forzosamente en las inmediaciones del bosque, si buscaban ligeramente en derredor, podrían encontrar un sendero común y sin nada reseñable que seguir. Vegetación gigante, sonidos de animales y una ruta clara hacia el extremo del bosque que les llevaría a poder observar una civilización completamente de oro, antigua y perdida en el paso del tiempo. Por suerte o desgracia para ellos, podrían llegar antes que los demás al haber aterrizado ya en medio del bosque, y su travesía sólo les tomaría dos horas. Dándoles algo de tiempo de ventaja frente a los demás - sin saberlo aun - participantes de los juegos de Skypiea.
La civilización estaba dispuesta en forma de óvalo, coronado por un palacio que ocupaba cien metros de lado a lado. Hacia el fondo, podía cubrir más de cincuenta metros, y se alzaba hacia el cielo por quinientos metros majestuosos, brillando con más intensidad que le resto de las casas doradas. Un poco antes de la cumbre, brotaba un balcón con un gran trono, también de oro, y en la base del palacio, una gran puerta de doble hoja de cuarenta metros de alto indicaba el punto de entrada en el mismo. Dicho palacio estaba a más de cien metros de distancia del otro extremo del ovalado límite de la ciudad dorada.
Prácticamente en el centro de esta, y flanqueado por una inmensidad de casas doradas, había un recinto de tierra batida y dispuesta, que estaba a su vez contenido por palcos y gradas de madera antiquísima y resistente. Una estructura de cinco metros de alto, con cinco niveles de asientos, repartidos a uno por metro de altura.
En la parte perfectamente opuesta al palacio, fuera de esta pista de arena, había cuatro parcelas de arena separadas entre si, y que ocupaban un espacio de seis por seis.
Tanto en el pueblo como en las gradas, había ciudadanos con una peculiaridad: Todos tenían alas.
Skypieanos, Birkanianos y Lunarias por igual - pero ninguna otra raza más - interactuaban alegremente y se preparaban para asistir al evento que tanto les llenaba de orgullo y que tan emocionados les tenía: Los Juegos de Zarutsuki.
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