16-02-2024, 01:54 AM
Podía sentir las frías gotas de agua salada impactando sobre mi rostro, lamiendo mi piel, empujadas por las fuertes embestidas de viento. Mi brazo extendido rozó la punta de los dedos de Triana, dispuesta a salvarme de aquel impuesto salto al vacío, pero el glorioso gesto fue en vano. El ensordecedor sonido de la corriente ascendente de agua contrastaba con aquel canto angelical que me hacía sentir en el paraíso, a las puertas del cielo; aunque en cierta forma, sí que me encontraba en un reino celestial. Nuestras miradas se cruzaron durante un parpadeo que se me antojó eterno, durante el cual encontraba miles de formas de insultar la fuerza de la espadachina, incapaz de retener mi ligero y nada pesado cuerpo de la brutal despedida. – Bravo Triana, bravo – dije de forma irónica mientras aplaudía el fútil intento de mi compañera por salvarme. - Sashay… ¡ME VOOOOOOOOOOOY! -despegué con fuerza alejándome del navío, dejando tras de mí, o al menos deseaba que así fuese, una estela de purpurina y destellos de colores.
El frio y colérico aire me forzaba a cerrar los ojos, lacrimosos, por lo que me sacudía cegado como un títere a merced del azar. Mis falsos senos rebotaban enloquecidos en el interior de mi irrisorio atuendo, que amenazaba con abandonar mi cuerpo y fundirse con el cielo azul. Mechones de mi espectacular melena rubia se me pegaban a los labios, haciendo que intentase librarme de ellos con estúpidos soplidos y escupidas al aire. Las frías nubes se adherían a mí, sentía como la cómoda humedad calaba a través de mi piel hasta tocar hueso. ¿Iba a morir? ¿Caería en el mar? ¿Acabaría aplastado contra el duro suelo? Sentí que poco a poco me adormecía, como si mi cuerpo no me perteneciera: solo podía esperar, a lo que sea que fuese a ocurrir.
Habiéndome ya acostumbrado a la inercia del movimiento, abrí los ojos para descubrir que mi ascenso se había estabilizado y que comenzaba a caer en una de las numerosas superficies que se distribuían por el moteado cielo. Aquella era la ciudad de las nubes, una leyenda que cobraba vida bajo mis pies. El caótico movimiento me impedía distinguir formas con claridad, por lo que solo podía entrever una enorme masa de vegetación aproximándose a mí. Bueno, más bien todo lo contrario, era yo el que se acercaba a ella. Encogiendo mi cuerpo sobre si mismo en un acto reflejo que buscaba reducir la fuerza del impacto, me precipité al vacío cual estrella fugaz. - ¿Alguien habrá pedido un deseo al verme surcar el cielo?
Y el mundo se paró. Pensé que el golpe iba a ser mucho más duro de lo esperado, o tal vez estuviese muerto y mis sesos se hubiesen desparramado por todo el suelo.- ¿Aún así…sigo estando guapo?- aquella necesidad sería mi ultima petición, un ruego a quien fuese a decidir si iba al cielo o al infierno tras mi muerte. Cuando quise darme cuenta, sentí mi cuerpo reposar sobre una superficie relativamente blanda. Mi cara ardía y apretaba los ojos con fuerza. Al abrirlos, pude ver como un tenue rayo de luz se colaba por entre las ramas de los frondosos árboles que encapotaban parte del celeste azul, hasta llegar al suelo que me cobijaba. Me incorporé lentamente, dolorido y confuso, sujetando con mi diestra una frente que se me antojaba pesada. - ¿Dónde…? -corté mi pensamiento al ver, a pocos metros de mí, un bulto negro en el suelo. ¿Alguien había sufrido el mismo destino que yo o ya estaba allí antes de mi caída? No estaba seguro, pero dejando de lado la punzada de dolor que recorría mi espalda como un relámpago, tenía que estar alerta: estaba solo, herido y desprovisto de comentarios sarcásticos con los que amenizar la situación.- ¿Hola? ¿Hellou?
El frio y colérico aire me forzaba a cerrar los ojos, lacrimosos, por lo que me sacudía cegado como un títere a merced del azar. Mis falsos senos rebotaban enloquecidos en el interior de mi irrisorio atuendo, que amenazaba con abandonar mi cuerpo y fundirse con el cielo azul. Mechones de mi espectacular melena rubia se me pegaban a los labios, haciendo que intentase librarme de ellos con estúpidos soplidos y escupidas al aire. Las frías nubes se adherían a mí, sentía como la cómoda humedad calaba a través de mi piel hasta tocar hueso. ¿Iba a morir? ¿Caería en el mar? ¿Acabaría aplastado contra el duro suelo? Sentí que poco a poco me adormecía, como si mi cuerpo no me perteneciera: solo podía esperar, a lo que sea que fuese a ocurrir.
Habiéndome ya acostumbrado a la inercia del movimiento, abrí los ojos para descubrir que mi ascenso se había estabilizado y que comenzaba a caer en una de las numerosas superficies que se distribuían por el moteado cielo. Aquella era la ciudad de las nubes, una leyenda que cobraba vida bajo mis pies. El caótico movimiento me impedía distinguir formas con claridad, por lo que solo podía entrever una enorme masa de vegetación aproximándose a mí. Bueno, más bien todo lo contrario, era yo el que se acercaba a ella. Encogiendo mi cuerpo sobre si mismo en un acto reflejo que buscaba reducir la fuerza del impacto, me precipité al vacío cual estrella fugaz. - ¿Alguien habrá pedido un deseo al verme surcar el cielo?
Y el mundo se paró. Pensé que el golpe iba a ser mucho más duro de lo esperado, o tal vez estuviese muerto y mis sesos se hubiesen desparramado por todo el suelo.- ¿Aún así…sigo estando guapo?- aquella necesidad sería mi ultima petición, un ruego a quien fuese a decidir si iba al cielo o al infierno tras mi muerte. Cuando quise darme cuenta, sentí mi cuerpo reposar sobre una superficie relativamente blanda. Mi cara ardía y apretaba los ojos con fuerza. Al abrirlos, pude ver como un tenue rayo de luz se colaba por entre las ramas de los frondosos árboles que encapotaban parte del celeste azul, hasta llegar al suelo que me cobijaba. Me incorporé lentamente, dolorido y confuso, sujetando con mi diestra una frente que se me antojaba pesada. - ¿Dónde…? -corté mi pensamiento al ver, a pocos metros de mí, un bulto negro en el suelo. ¿Alguien había sufrido el mismo destino que yo o ya estaba allí antes de mi caída? No estaba seguro, pero dejando de lado la punzada de dolor que recorría mi espalda como un relámpago, tenía que estar alerta: estaba solo, herido y desprovisto de comentarios sarcásticos con los que amenizar la situación.- ¿Hola? ¿Hellou?
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