14-02-2024, 03:58 PM
Habían sido días emocionantes de preparación para el gran evento en el cielo. Desde que nos enteramos a través de rumores en la isla Elíseo de la celebración de una festividad exclusiva, habíamos estado indagando hasta averiguar cómo conseguir pasar el control hasta Skypiea. No nos costó mucho esfuerzo tomar prestadas las velas y las acreditaciones para zarpar, pero sabía que lo más interesante todavía estaba por llegar. No podía imaginar, es más, mi cabeza no podía entender, que no pudiéramos participar en el acontecimiento más importante de todos los tiempos: una verbena. Ya las celebrábamos en mi pueblo los primeros domingos de cada mes y, si cerraba los ojos, aún podía recordar el olor a carne asada de los puestos, el sonido de la gente animando a otros o las peleas por elegir al ternero que mereciera el primer premio. Si se tiraba la casa por la ventana, hasta podía haber fuegos artificiales. -Ahhhhhh – suspiré profundamente. Eran buenos tiempos y ahora teníamos la oportunidad de vivir una a lo grande. No me hizo falta convencer a Yojimbo para que tomara la decisión de ir, ya que parecía que estaba esperando ese momento con la misma impaciencia que yo.
Por muy satisfecha que estuviera solo con eso, había otra razón más por la que quería ir a ese lugar. Desde que era una cría que se amamantaba con leche de cabra, mis viejos me dijeron que si tenía alas era por ser una bendición caída del cielo. No me gustaba dudar de su palabra, pero como si fuera el zumbido de una mosca detrás de mi oído, algo en mí me decía que en esa isla podría encontrar una pista sobre mis raíces. Aunque solo era un pequeño presentimiento, nunca antes había estado tan cerca de comprobar esa afirmación que tanto me habían repetido.
Hasta ahora había pasado los controles de seguridad transformada en camaleón y escondida por el barco. Suponía que una vez arriba también tendríamos que ocultarnos hasta que pudiéramos ir a lo nuestro, así que me tocaba seguir adoptando mi forma animal. El corazón me latía con fuerza, y mientras pensaba en cómo sería aquel maravilloso sitio, las gaviotas llegaron con el reparto del periódico. – Veamos qué se cuece por aquí – dije mientas me agarraba a Triana para leer el periódico del capitán. En portada estaba Skypiea y el gran festival en el que, si la suerte quería, estaríamos en breves. Cuando Yojimbo pasó la página, vi un rostro que reconocí enseguida. - ¡Pero si es Garnet! - grité hacia Aspros, aunque no se si me prestó atención porque estaba demasiado ocupado acicalándose. Ahora que lo pensaba, todo el aspecto de Garnet me resultó familiar en su momento excepto el color de sus alas. Desafortunadamente no volvimos a saber nada de él ni de Sasha desde nuestra pequeña escapada en Toko y ahora leía que habían perdido a la mitad de su tripulación. Conocía el dolor de perder a varios amigos desde que aquella enfermedad repentina azotó nuestra granja y se llevó por delante la vida de varias de nuestras vacas sin que pudiéramos hacer nada por ellas. – Espero que Sasha y Gronn estén bien… - me lamenté ante todos. Después de lo vivido con ellos, sería para mí una gran pérdida.
El asunto de Kosax también había llegado a oídos del periódico, diciendo de nosotros que éramos unos maleantes cuando lo único que habíamos hecho era sacar un pedrusco de un hotel. Todo lo demás habían sido daños colaterales. Así que, sin querer darle más importancia, leí por encima la última noticia y concluí que, en esta parte del mundo, todos se creían los dueños del gallinero.
Cuando Yojimbo sacó los wanteds, me llevé las manos a la cabeza. - ¿Desde cuándo han subido tanto? Esto no es un buen augurio – le repliqué angustiada. - Van a venir a por nuestras cabezas como en día de matanza. Me alivió ver que entre los carteles también estaban las recompensas de Sasha y de Garnet. Seguro que ellos estarían orgullosos, pero me preocupaba no ver la del hombre pez. Ya transformada, seguí a Yojimbo a la bodega. Pasó un tiempo hasta que el barco empezó a tambalearse y me agarré a un listón para no salir volando. Con un sentimiento similar al de los Cabos, noté cómo estábamos siendo propulsados hacia arriba con una gran presión y, ante el grito desesperado del capitán y solo pude contestar. - ¡No, por favor!
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