18-01-2024, 11:57 AM
Incline la cabeza a un lado mirando a Peteiro. Por primera vez desde que lo conocía, mostraba una emoción que clasifiqué como tristeza. No es que fuese un libro abierto pero, dentro de su peculiaridad —a la que ya me estaba acostumbrando—, había algo más. Algo que, como Eaa, no contaría. ¿Quién podía culparle? Yo era la primera que me guardaba la mayoría de las cosas.
Todos tenemos nuestros secretos.
Después, regresó a su tono de "siempre", entendiendo que nuestro siempre era desde el día anterior. De algún modo sentía que los conocía desde hacía más tiempo, tal vez por todas las horas seguidas que había pasado con ellos. Es inevitable sentirse algo cercano a alguien si, en menos de veinticuatro horas desde que los conoces, ya habéis machacado a un puñado de guardias en sincronía. Y, lejos de irnos cada uno por nuestro lado, seguimos compartiendo tiempo juntos como masoquistas.
—Sí, cuidaste de nosotras. Tengo que agradecer que no dejaras que terminásemos en alguna alcantarilla o similar —admití. O en el mar, pensé. Borracha como iba, cualquier cosa podría haber sucedido.
Después, Eaa insistió en que no nos contaría su gran secreto, y no sé si no entendió mi referencia a la sangre o fingió no hacerlo. Por la imagen que tenía de ella, me parecía inocente en muchas ocasiones, siempre y cuando con "inocente" no me refiriese a libre de delito. Como apuntaba en su libreta, entre los tres sumábamos muchos posibles años de prisión.
Todos tenemos nuestros secretos.
Después, regresó a su tono de "siempre", entendiendo que nuestro siempre era desde el día anterior. De algún modo sentía que los conocía desde hacía más tiempo, tal vez por todas las horas seguidas que había pasado con ellos. Es inevitable sentirse algo cercano a alguien si, en menos de veinticuatro horas desde que los conoces, ya habéis machacado a un puñado de guardias en sincronía. Y, lejos de irnos cada uno por nuestro lado, seguimos compartiendo tiempo juntos como masoquistas.
—Sí, cuidaste de nosotras. Tengo que agradecer que no dejaras que terminásemos en alguna alcantarilla o similar —admití. O en el mar, pensé. Borracha como iba, cualquier cosa podría haber sucedido.
Después, Eaa insistió en que no nos contaría su gran secreto, y no sé si no entendió mi referencia a la sangre o fingió no hacerlo. Por la imagen que tenía de ella, me parecía inocente en muchas ocasiones, siempre y cuando con "inocente" no me refiriese a libre de delito. Como apuntaba en su libreta, entre los tres sumábamos muchos posibles años de prisión.
Se bebió el vino de un trago. Sonreí al recordar que le gustaba llamarnos "salvajes" por beber cualquier otra cosa con alcohol, pero ella no mostraba apuro alguno para devorar su refinada bebida. Sí, parecía que Eaa no estaba dispuesta a admitir algunas cosas que en realidad hacía.
Pareció sorprenderle mi pregunta. Pensé que su repuesta se limitaría a un sí o un no, pero decidió ir más allá y darnos detalles. Su madre oni. Su padre malnacido. Un abandono cuando era un bebé. Un pelo y unos ojos que habían cambiado de color. Un abandono.
Abandono por su condición.
Abandono.
Me impactó conocer su historia —al menos, un diminuto resumen— y saber que había vivido algo similar a lo que yo experimenté. ¿Cómo sería que, al menos, alguno de los progenitores decidiese no desecharte por tu albinismo? ¿Era así como se procedía en el mundo cuando tu descendencia nacía con rasgos diferentes a los que había esperado? Por su color de ojos y cabello, no habría imaginado que también era albina, así que ahora oficialmente era la única que conocía además de mí.
Su relato me hizo sentir asco, asco porque hubiese gente que tratase así a su propia familia por no cumplir unos estándares impuestos. Cuando una nace es totalmente vulnerable, y lo sigue siendo durante varios años; no debería recibir maltrato por aquellas personas cuyo deber es protegerla del mundo hostil.
Bajo mi pecho, también sentí dolor. Tal vez por el recuerdo anterior, plagado de llamas, que ya me había hecho daño, o porque si pensaba mucho en ello, mi origen me terminaba hiriendo.
No, ahora no, me dije cuando noté cómo la humedad ascendía a mis ojos.
Me levanté de golpe y comencé a andar hacia la puerta, dejando a mis dos compañeros atrás sin ningún tipo de explicación. Salí al exterior de la taberna y, cerrando los ojos, dejé que la lluvia cayese sobre mí, las gotas fundiéndose con las dos lágrimas solitarias que resbalaron por mis mejillas sin mi permiso.
Odiaba profundamente que me viesen llorar.
Odiaba profundamente no ser capaz de reprimir las lágrimas.
Normalmente, era yo quien le ganaba la batalla al llanto si este amenazaba con aparecer, pero por algún motivo no pude controlarlo ahora.
Cerré los ojos, respiré hondo mientras me dejaba invadir por las gotas que del cielo caían y, tras unos segundos controlando mis emociones y volviendo a levantar un escudo alrededor de ellas, volví a entrar al local.
Regresé a mi sitio, dejando huellas mojadas a mi paso, y tomé asiento.
—Lamento que hayas tenido que pasar por algo así.
—Lamento que hayas tenido que pasar por algo así.
No eran palabras vacías, realmente lo sentía. ¿Cómo sería su vida si su padre no la hubiese intentado matar? ¿Cómo habría sido la mía si no me hubiesen hecho acabar en aquel maldito circo? No me arrepiento de ser pirata, pero esos desalmados que me engendraron sí deberían hacerlo por dejar a tan pequeña criatura a manos de aquellos monstruos. Y no me refiero a mi familia circense, sino a quienes lo regentaban. En especial, al Patrón.
No sabía qué más decirle, y no porque no me importase, sino porque ni tenía la confianza como para hacerlo, ni resultaba cómodo para mí. Pensé en apoyar mi mano sobre la suya para transmitirle mi apoyo, pero deseché la idea: a ella no le gusta que la toquen y yo me siento violenta al exponer mis emociones.
Fingiendo que nada había pasado, que hacía unos minutos no me había ido a la calle cual trastornada, miré a Peteiro. Mentiría si dijese que el gyojin no me producía una gran curiosidad también. Su peculiaridad me resultaba muy interesante.
—Me gustaría conocer a Balban —le solté a bocajarro—, ¿crees que en algún momento nos lo podrás presentar?
RESUMEN
