12-01-2024, 06:20 PM
Mientras caminábamos juntos bajo las estrellas, me encontré compartiendo mis sueños y aspiraciones con el comandante. Él, a su vez, compartió sus experiencias y cómo había ascendido desde una posición similar a la mía, aunque estuvo más tiempo que yo. Su apoyo y comprensión hicieron que el paseo nocturno se volviera inmensamente más placentero. Le confesé que mi sueño siempre había sido cambiar el mundo, un deseo grandioso, lo sé, pero en lugar de ridiculizarlo, Joe me animó con palabras alentadoras.
En ese momento, me sentía extrañamente cómoda, recordándome al día que pasé con Erika en Ohara. Al señalar una constelación en el cielo y compartir su historia, una oleada de timidez me invadió. Sin darme cuenta, había agarrado su brazo en un gesto espontáneo que no era habitual en mí. Joe, pareciendo ligeramente ruborizado, comentó que encontraba la historia encantadora a la vez que me miraba. Me tomó por sorpresa cuando, tras expresar su creencia en mi capacidad para realizar mi sueño, expresó su deseo de verlo cumplirse con la vista fija en el cielo. Algo abrumada por su gentileza, desvié la mirada y me alejé unos pasos creando una distancia física y emocional, aprovechando para preguntarle sobre sus propias razones para enlistarse, impulsada por una curiosidad genuina.
Joe, con la mirada todavía perdida en el firmamento, se abrió a mí con una franqueza que no esperaba. “Ambos nos sentimos cómodos”, pensé mientras me ocultaba discretamente bajo el ala de mi sombrero, escuchándole con toda la atención posible.
Comenzó contándome sobre un período de soledad y desamparo en su vida, hasta que un hombre llamado Spike lo acogió. Este hombre lo había salvado de piratas en su infancia. “Piratas… Siempre entrometiéndose”, pensé con un deje de tristeza. Observé a Joe, aún con la vista fija en el cielo, hablando con cariño de su mentor, a pesar de reconocer que también le había enseñado cosas no tan positivas. Sin embargo, deduje que Spike debió ser una buena persona por la manera en que Joe hablaba de él, agradecido por haberle salvado y por ser la razón de su esfuerzo por ser mejor. Me miró con disimulo añadiendo que no solo por Spike, sino por todos los que lo rodeaban y se acercó un poco a mí.
-Yo... creo que lo haces bien. Ya me he dado cuenta de que eres muy buena persona, de verdad te importa la gente. Es algo que no se suele ver. -respondí con una sonrisa- Seguro que está orgulloso.
Luego, su conversación se tornó melancólica al hablar de sus padres, quienes lo habían abandonado siendo un bebé. Sentí una profunda empatía por él; a pesar de las circunstancias, yo había tenido la fortuna de conocer a mis padres y atesorar momentos con ellos. Reflexioné sobre la dureza de la vida. Después, su tono cambió al mencionar a Kofu, un cocinero que lo crió y a quien consideraba su verdadera familia. Me alegró saber que tenía a alguien tan significativo en su vida. Estaba a punto de decirle que me encantaría probar alguna de las recetas de Kofu, cuando su mirada se elevó de nuevo al cielo, y sus palabras sobre cómo los piratas habían acabado con su sueño de dedicarse a ello.
-Lo siento mucho, Joe -dije con voz entrecortada, mientras él bajaba la cabeza. Me agarré el brazo, intentando contener un dolor profundo- Yo también he perdido mucho por culpa de los piratas.
Joe compartió entonces su verdadero deseo: ser un buen Marine y salvar a la gente, ser capaz de protegerlos y cuidar de los que quiere. Ese era su sueño. Sentí su pesar, pero también su fortaleza y resolución a través de aquellas palabras. Me recordaba bastante a mí. Era curioso, había conocido a muchos Marines en la base, pero la mayoría carecían de ideales reales, muchos de ellos simplemente ansiaban una posición alta por la fama, riqueza y poder. Pero Joe era diferente, genuino en su deseo de hacer el bien. Me gustaba, su sueño.
Luego, con una mirada tierna, sugirió hacer un deseo a las estrellas que le había mostrado.
-Recuerda que lo que pidas no puede deshacerse -le advertí, consciente de la importancia de aquel acto, mientras buscaba un lugar para sentarnos.
A pocos metros, encontré un banco de madera en la penumbra, frente a lo que parecía una tienda de comestibles.
-Ven -le dije, tomando su mano y llevándolo hasta allí.
Nos sentamos juntos en el banco, miré al cielo y después a él.
-Lo único que tienes que hacer es mirar la estrella que hay en su centro, con determinación. Después, piensa en lo que deseas y a lo que te comprometes. Cuanto más fuerte sea tu compromiso, más fuerza tendrá el deseo. Tómate tu tiempo, sin prisas.
Reclinada en el banco, bajo la luna sonriente y las estrellas resplandecientes, me sumí en un estado de tranquilidad profunda. No supe cuánto tiempo pasó hasta que Joe completó su deseo, pero la serenidad de esa noche allí con él era tan placentera que, sin darme cuenta, me quedé dormida apoyando mi cabeza en su hombro. El cansancio, la paz del momento y una ligera embriaguez me sumieron en un sueño profundo hasta la mañana siguiente.
En ese momento, me sentía extrañamente cómoda, recordándome al día que pasé con Erika en Ohara. Al señalar una constelación en el cielo y compartir su historia, una oleada de timidez me invadió. Sin darme cuenta, había agarrado su brazo en un gesto espontáneo que no era habitual en mí. Joe, pareciendo ligeramente ruborizado, comentó que encontraba la historia encantadora a la vez que me miraba. Me tomó por sorpresa cuando, tras expresar su creencia en mi capacidad para realizar mi sueño, expresó su deseo de verlo cumplirse con la vista fija en el cielo. Algo abrumada por su gentileza, desvié la mirada y me alejé unos pasos creando una distancia física y emocional, aprovechando para preguntarle sobre sus propias razones para enlistarse, impulsada por una curiosidad genuina.
Joe, con la mirada todavía perdida en el firmamento, se abrió a mí con una franqueza que no esperaba. “Ambos nos sentimos cómodos”, pensé mientras me ocultaba discretamente bajo el ala de mi sombrero, escuchándole con toda la atención posible.
Comenzó contándome sobre un período de soledad y desamparo en su vida, hasta que un hombre llamado Spike lo acogió. Este hombre lo había salvado de piratas en su infancia. “Piratas… Siempre entrometiéndose”, pensé con un deje de tristeza. Observé a Joe, aún con la vista fija en el cielo, hablando con cariño de su mentor, a pesar de reconocer que también le había enseñado cosas no tan positivas. Sin embargo, deduje que Spike debió ser una buena persona por la manera en que Joe hablaba de él, agradecido por haberle salvado y por ser la razón de su esfuerzo por ser mejor. Me miró con disimulo añadiendo que no solo por Spike, sino por todos los que lo rodeaban y se acercó un poco a mí.
-Yo... creo que lo haces bien. Ya me he dado cuenta de que eres muy buena persona, de verdad te importa la gente. Es algo que no se suele ver. -respondí con una sonrisa- Seguro que está orgulloso.
Luego, su conversación se tornó melancólica al hablar de sus padres, quienes lo habían abandonado siendo un bebé. Sentí una profunda empatía por él; a pesar de las circunstancias, yo había tenido la fortuna de conocer a mis padres y atesorar momentos con ellos. Reflexioné sobre la dureza de la vida. Después, su tono cambió al mencionar a Kofu, un cocinero que lo crió y a quien consideraba su verdadera familia. Me alegró saber que tenía a alguien tan significativo en su vida. Estaba a punto de decirle que me encantaría probar alguna de las recetas de Kofu, cuando su mirada se elevó de nuevo al cielo, y sus palabras sobre cómo los piratas habían acabado con su sueño de dedicarse a ello.
-Lo siento mucho, Joe -dije con voz entrecortada, mientras él bajaba la cabeza. Me agarré el brazo, intentando contener un dolor profundo- Yo también he perdido mucho por culpa de los piratas.
Joe compartió entonces su verdadero deseo: ser un buen Marine y salvar a la gente, ser capaz de protegerlos y cuidar de los que quiere. Ese era su sueño. Sentí su pesar, pero también su fortaleza y resolución a través de aquellas palabras. Me recordaba bastante a mí. Era curioso, había conocido a muchos Marines en la base, pero la mayoría carecían de ideales reales, muchos de ellos simplemente ansiaban una posición alta por la fama, riqueza y poder. Pero Joe era diferente, genuino en su deseo de hacer el bien. Me gustaba, su sueño.
Luego, con una mirada tierna, sugirió hacer un deseo a las estrellas que le había mostrado.
-Recuerda que lo que pidas no puede deshacerse -le advertí, consciente de la importancia de aquel acto, mientras buscaba un lugar para sentarnos.
A pocos metros, encontré un banco de madera en la penumbra, frente a lo que parecía una tienda de comestibles.
-Ven -le dije, tomando su mano y llevándolo hasta allí.
Nos sentamos juntos en el banco, miré al cielo y después a él.
-Lo único que tienes que hacer es mirar la estrella que hay en su centro, con determinación. Después, piensa en lo que deseas y a lo que te comprometes. Cuanto más fuerte sea tu compromiso, más fuerza tendrá el deseo. Tómate tu tiempo, sin prisas.
Reclinada en el banco, bajo la luna sonriente y las estrellas resplandecientes, me sumí en un estado de tranquilidad profunda. No supe cuánto tiempo pasó hasta que Joe completó su deseo, pero la serenidad de esa noche allí con él era tan placentera que, sin darme cuenta, me quedé dormida apoyando mi cabeza en su hombro. El cansancio, la paz del momento y una ligera embriaguez me sumieron en un sueño profundo hasta la mañana siguiente.
