07-10-2026, 01:21 PM
La promesa de un nuevo inversor tan importante como el Heraldo, uno de los lugartenientes de la Catástrofe ni más ni menos, le quitó durante un segundo la respiración a Andrés. Su corazón se saltó un latido y durante un breve instante llegó a pensar que le había dado un patatús y que sería el último. Sin embargo, su corazón volvió a latir a un ritmo normal. Su respiración regresó cuando la presión en su pecho disminuyó y una alborozada sonrisa se dibujó en su viejo rostro. Esperaba, no, deseaba de todo corazón haber preparado el plato de su vida, porque de acertar podría disfrutar de una vida mucho más tranquila bajo el ala del Heraldo, pero si fallaba... Bueno, no parecía mal tipo, pero había arrasado barrios enteros en un instante. Quetzalli Jr. era una persona poderosa y uno debía intentar tenerlo siempre en cuenta y contento. Andrés regresó a la barra como llevado por una nube flotante y aunque se dedicaba a sus quehaceres con la pasión y la entrega de los primeros días de su negocio, no podía evitar descuidarlas ligeramente para mirar de vez en cuando la Quetzalli, que se bebía con avidez el zumo que le había preparado mientras Ibrahim le contaba la historia de su vida. ¿Por qué le interesaba tanto su historia? No que no fuera interesante. Le había escuchado a Ibrahim su historia unas cuantas veces porque le encantaba hablar y contarla, aunque últimamente parecía más apagado que de costumbre y caminaba raro, como si estuviera herido... De aquellos pensamientos terribles le sacó el Heraldo, que con un gesto de su mano hizo entender a Andrés que de repente tenía un nuevo inversor y que su negocio prosperaría donde otros habían caído en el olvido. No pudo disimular su alegría de modesto tabernero y su cara esbozó una sonrisa que valía por diez Hachinosus. Sus brazos reposaron sobre ambos lados de sus caderas y sus codos apuntaron al exterior de sus laterales en una clásica postura de jarra. Le devolvió el gesto del pulgar hacia arriba inmediatamente y como el Heraldo parecía interesado en la historia de Ibrahim, no les interrumpió y continuó con sus quehaceres entonando una alegre melodía con un silbido a bajo volumen para no interrumpirles.
Cuando terminó de relatar su historia y llegó el momento en el que Quetzalli podía hacer todas las preguntas que quisiera, Ibrahim escuchó atentamente mientras devoraba su plato de comida con una sonrisa de satisfacción, aunque se quedó boquiabierto y tuvo que parar de comer cuando el enmascarado empezó a hablar de leyes y de un cuerpo de élite para proteger a los ciudadanos de Hachinosu. También le aseguró a Ibrahim que nadie más iba a hacerle daño porque había sido visto con el Heraldo. ¿Era aquel día el día en el que la fortuna volvía a sonreírle por fin? La respuesta parecía ser afirmativa. Ser protegido por alguien importante en Hachinosu significaba volverse prácticamente invulnerable en las calles. Una lágrima recorrió la mejilla izquierda de Ibrahim mientras veía marcharse al Heraldo, era una lágrima de alegría que se limpió rápidamente, esperando que nadie le hubiese visto llorar. —Supongo que mi vida no ha llegado a su final todavía... —Murmuró para sí mismo con una sonrisa antes de volver a su delicioso desayuno.
Andrés se puso firme cuando el Heraldo se le acercó a hablarle. Al parecer, quería hablar del rumbo que iba a tomar el negocio a partir de ese momento, porque le estaba hablando una ampliación en el local, pero dicha ampliación tenía un objetivo que nada tenía que ver con la prosperidad del Bar Andrés, sino con el bienestar de Ibrahim. —Un cuarto para... —Empezó a decir con incredulidad, pero las palabras de su inversor eran para tomárselas en serio, así que sacudió su cabeza casi al instante de pronunciar aquellas palabras y asintió. —Por supuesto, Heraldo, así lo haré. —Y en cuanto Tenoch regresó a la mesa con Ibrahim, Andrés se escabulló a la cocina para preparar otra jarra del mismo zumo de mango que les había servido. Esta vez, eso sí, su cabeza estaba intentando componer un mensaje convincente para Ibrahim. Tenía que convencerle de que todo estaba bien ahora y que iba a ampliar el bar para dejarle vivir allí. Técnicamente el sitio ya estaba habilitado, porque Andrés vivía en la parte de arriba del local, pero se preocuparía de hacer más habitaciones y un baño y de proporcionarle un hogar a aquel pobre y castigado pirata para que pueda vivir le resto de sus días.
Mientras el regente del local meditaba sobre todo esto, Quetzalli había regresado a la mesa para preguntarle a Ibrahim sobre los tiempos de Shinji Kagayaku. Muchos de los piratas que habitaban Hachinosu hoy en día habían servido bajo su nombre, incluyendo entre ellos a Ibrahim, pero su lealtad por el Shichibukai murió con la llegada del nuevo líder. En concreto, el Heraldo parecía interesadísimo en saber algo de Ugama, la mano derecha del antaño líder de los piratas Mittsuami. —Puez no zé que decirle Heraldo... —Se rascó la nuca ante la pregunta. Lo cierto es que nunca había entablado conversación con el enorme wotan de 7 metros y, de hecho, le sorprendió que Quetzalli dijera que lo que tenía en el rostro no era una máscara, sino que era su rostro de verdad. —Creo que nunca dijo nada parecido, pero... Bueno, quien zabe zi en la privacidad de la calavera tenía algún zantuario o algo azí, pero yo no apoztaría por ello. —Dijo simplemente. Sin embargo, no quería que su benefactor saliera de aquel intercambio con las manos vacías. —Pero zi quiere puedo llevarle al navío del que le hablé. Creo que dijeron que iban a quedarze un par de zemanaz mientraz preparaban algo, como un homenaje. ¡Igual puede venir uzté también! Zeguro que eztarán encantadoz de contar con el Heraldo para la ceremonia. —Dio un traguito a su jarra de vino para bajar el desayuno y provó las bravas que le había servido Andrés, estaban de lujo, pero antes de poder continuar la conversación, el bueno de Andrés llegó a la mesa a dejar una jarra de zumo. —Por cierto Ibrahim, ahora que estamos todos en petit comité... —Había ensayado un par de veces lo que le iba a decir, sólo tenía que sonar convincente. —Llevo pensando un tiempo en ampliar el local, la casa de al lado está a la venta y este sitio podría beneficiarse de una cocina más amplia y un poco de espacio de almacenaje... —Miró a Quetzalli de reojo, pero regresó rápidamente la mirada a Ibrahim. —Pero claro, el piso de arriba, que es donde vivo yo, también tendré que ampliarlo. Tanto espacio vacío se me va a hacer incómodo, ¿crees que podrías venir a vivir aquí? ¡Sin costes, por supuesto, la buena compañía no se cobra, oiga. —La cara del viejo pirata fue un poema. Primero un desayuno con el Heraldo, después una oferta para vivir en su restaurante favorito GRATIS. Aquello era un sueño hecho realidad. —¡¿Que zi puedo?! ¡Mañana mizmo traigo todaz miz cozaz, jajai! Ya verá uzté zeñor André que yo no hago ruido ni na y zoy limpio, ¡eh! En miz añoz de pirata loz oficialez nunca me tenían que dar con la vara por no tené limpia la habitación. —
—Jajajaja, seguro que no viejo amigo. Avísame cuando quieras mover tus cosas y yo mismo te ayudaré, creo que podremos meter tu cama en algún sitio mientras hacemos la ampliación... —Le guiñó un ojo al Heraldo y regresó a la barra. Ibrahim le miró alejarse maravillado por la suerte que estaba teniendo, pero salió de su ensimismamiento cuando recordó la última oferta que le hizo al enmascarado. Le miró con su único ojo y esbozó una tímida sonrisa. —Dizculpe Heraldo, que me eztaba emocionando, jejei... Puez ezo, que zi quiere le acompaño hazta allí. —
Cuando terminó de relatar su historia y llegó el momento en el que Quetzalli podía hacer todas las preguntas que quisiera, Ibrahim escuchó atentamente mientras devoraba su plato de comida con una sonrisa de satisfacción, aunque se quedó boquiabierto y tuvo que parar de comer cuando el enmascarado empezó a hablar de leyes y de un cuerpo de élite para proteger a los ciudadanos de Hachinosu. También le aseguró a Ibrahim que nadie más iba a hacerle daño porque había sido visto con el Heraldo. ¿Era aquel día el día en el que la fortuna volvía a sonreírle por fin? La respuesta parecía ser afirmativa. Ser protegido por alguien importante en Hachinosu significaba volverse prácticamente invulnerable en las calles. Una lágrima recorrió la mejilla izquierda de Ibrahim mientras veía marcharse al Heraldo, era una lágrima de alegría que se limpió rápidamente, esperando que nadie le hubiese visto llorar. —Supongo que mi vida no ha llegado a su final todavía... —Murmuró para sí mismo con una sonrisa antes de volver a su delicioso desayuno.
Andrés se puso firme cuando el Heraldo se le acercó a hablarle. Al parecer, quería hablar del rumbo que iba a tomar el negocio a partir de ese momento, porque le estaba hablando una ampliación en el local, pero dicha ampliación tenía un objetivo que nada tenía que ver con la prosperidad del Bar Andrés, sino con el bienestar de Ibrahim. —Un cuarto para... —Empezó a decir con incredulidad, pero las palabras de su inversor eran para tomárselas en serio, así que sacudió su cabeza casi al instante de pronunciar aquellas palabras y asintió. —Por supuesto, Heraldo, así lo haré. —Y en cuanto Tenoch regresó a la mesa con Ibrahim, Andrés se escabulló a la cocina para preparar otra jarra del mismo zumo de mango que les había servido. Esta vez, eso sí, su cabeza estaba intentando componer un mensaje convincente para Ibrahim. Tenía que convencerle de que todo estaba bien ahora y que iba a ampliar el bar para dejarle vivir allí. Técnicamente el sitio ya estaba habilitado, porque Andrés vivía en la parte de arriba del local, pero se preocuparía de hacer más habitaciones y un baño y de proporcionarle un hogar a aquel pobre y castigado pirata para que pueda vivir le resto de sus días.
Mientras el regente del local meditaba sobre todo esto, Quetzalli había regresado a la mesa para preguntarle a Ibrahim sobre los tiempos de Shinji Kagayaku. Muchos de los piratas que habitaban Hachinosu hoy en día habían servido bajo su nombre, incluyendo entre ellos a Ibrahim, pero su lealtad por el Shichibukai murió con la llegada del nuevo líder. En concreto, el Heraldo parecía interesadísimo en saber algo de Ugama, la mano derecha del antaño líder de los piratas Mittsuami. —Puez no zé que decirle Heraldo... —Se rascó la nuca ante la pregunta. Lo cierto es que nunca había entablado conversación con el enorme wotan de 7 metros y, de hecho, le sorprendió que Quetzalli dijera que lo que tenía en el rostro no era una máscara, sino que era su rostro de verdad. —Creo que nunca dijo nada parecido, pero... Bueno, quien zabe zi en la privacidad de la calavera tenía algún zantuario o algo azí, pero yo no apoztaría por ello. —Dijo simplemente. Sin embargo, no quería que su benefactor saliera de aquel intercambio con las manos vacías. —Pero zi quiere puedo llevarle al navío del que le hablé. Creo que dijeron que iban a quedarze un par de zemanaz mientraz preparaban algo, como un homenaje. ¡Igual puede venir uzté también! Zeguro que eztarán encantadoz de contar con el Heraldo para la ceremonia. —Dio un traguito a su jarra de vino para bajar el desayuno y provó las bravas que le había servido Andrés, estaban de lujo, pero antes de poder continuar la conversación, el bueno de Andrés llegó a la mesa a dejar una jarra de zumo. —Por cierto Ibrahim, ahora que estamos todos en petit comité... —Había ensayado un par de veces lo que le iba a decir, sólo tenía que sonar convincente. —Llevo pensando un tiempo en ampliar el local, la casa de al lado está a la venta y este sitio podría beneficiarse de una cocina más amplia y un poco de espacio de almacenaje... —Miró a Quetzalli de reojo, pero regresó rápidamente la mirada a Ibrahim. —Pero claro, el piso de arriba, que es donde vivo yo, también tendré que ampliarlo. Tanto espacio vacío se me va a hacer incómodo, ¿crees que podrías venir a vivir aquí? ¡Sin costes, por supuesto, la buena compañía no se cobra, oiga. —La cara del viejo pirata fue un poema. Primero un desayuno con el Heraldo, después una oferta para vivir en su restaurante favorito GRATIS. Aquello era un sueño hecho realidad. —¡¿Que zi puedo?! ¡Mañana mizmo traigo todaz miz cozaz, jajai! Ya verá uzté zeñor André que yo no hago ruido ni na y zoy limpio, ¡eh! En miz añoz de pirata loz oficialez nunca me tenían que dar con la vara por no tené limpia la habitación. —
—Jajajaja, seguro que no viejo amigo. Avísame cuando quieras mover tus cosas y yo mismo te ayudaré, creo que podremos meter tu cama en algún sitio mientras hacemos la ampliación... —Le guiñó un ojo al Heraldo y regresó a la barra. Ibrahim le miró alejarse maravillado por la suerte que estaba teniendo, pero salió de su ensimismamiento cuando recordó la última oferta que le hizo al enmascarado. Le miró con su único ojo y esbozó una tímida sonrisa. —Dizculpe Heraldo, que me eztaba emocionando, jejei... Puez ezo, que zi quiere le acompaño hazta allí. —
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