- Eh Nicolás, te dejo pelear -
No hay respuesta.
- ¿Qué coño te pasa coco de mierda? -
Me moví por el camarote despacio, sin prisa. Desenfundé "La Daña Almirantes" una espada común, fuerte pero común, nada que ver con La Hoja del Luto. Eran dos mundos distintos, la primera de un filo azulado, acero templado y confección perfecta y guarda convencional, la segunda... Tenía una hoja negra y fría al tacto, un frío fuera de lo común que no tenía nada que ver con el común de los metales, su hoja estaba mellada en toda su extensión y aún así, era capaz de cortar hasta las hojas que caían de los cerezos en primavera. Esa espada susurraba, pedía... Imperaba sobre mis manos, rompiendo la línea de lo real y lo fantástico, la Hoja del Luto había crecido conmigo y se había alimentado de mi odio, de mi haki... De mi amor.
Pero ella era consciente, y sabía cual era su lugar, hoy sería relegada pues, debía mostrarme a mi mismo que estaba preparado. Así que, me puse de rodillas frente a ella y empecé a "enfundarla" y hago énfasis por que la Hoja del Luto nunca tuvo vaina capaz de sepultar su horrores, por eso, con una venda, dando vuelta por todo su filo, oculte su hoja y su voz se apagó acolchada por la tela, por unos instantes sus susurros no fueron más que silbidos lejanos, que liberaron mi mente del único pensamiento que la ocupaba "Mata y conquista"
La amarré al lado de Nicolás, con una cuero desgastado que llevaba en mi cinturón, se sentía raro no llevarla en la mano, era como si no fuera yo, pero no podía dejarla, nunca me separaba de ella, gracias a ella había llegado donde estaba y tendrían que arrebatármela de mis frías manos el día que el infierno me tragase.
Caminé hacia la puerta y me paré en frente de ella, desenfundado mi otra arma, el filo azul mordió la poca luz que había en la habitación mientras miraba a mi ojo que se veía reflejado en la hoja del arma.
- Tú - pronuncié.
- Yo - respondió el reflejo.
Esta era mi vida, la espada. Mi verdadera voz en este mundo, mi manera de expresarme.
- Solo frente a la muerte se ve la verdadera naturaleza de los animales - dije mientras miraba mi único ojo en el filo - ¿Qué eres Kisuke? ¿Qué se esconde tras el héroe? ¿Quién te salvará de tu destino? - pregunté genuinamente, sabiendo que la respuesta me esperaba en dentro del patio de armas del Bastión que presidia la isla. Para después mover el filo, perdiendo mi reflejo y abrir la puerta partiendo hacia el duelo.
No me escondí. Caminé entre la mirada de los lugareños, que cuchicheaban antes mis estruendosos pasos, la isla sabía que su líder me había retado para frenar una posible conquista, Kisuke había puesto el pecho por ellos, y aún con miedo, veía el desafío en sus ojos, como aquel que aguanta la arremetida tras el escudo, apretando en la defensa, imposibilitando su propio ataque. No tuve prisa. Disfruté cada paso mientras jugaba con la espada en mi mano, moviéndola en círculos con leves golpes que la hacían girar sobre la muñeca para recibirla de nuevo en la palma. Y por supuesto, no me mentí. Caminé eufórico ante la llamada de un duelo. Mis oídos escuchaban el tintineo del metal, mi lengua saboreaba la sangre de mis enemigos, mi corazón tamborileaba ritmos de guerra y mis dientes soñaban con morder los sueños de los demás para tragarlos, como una vez hicieron con los míos.
El sol en su cenit, dos hombres, una portón de doble hoja, yo... Mi espada. La postura de los guardias se tensa desde el momento en el que ven mi figura dibujarse a lo lejos, para cuando llego la tensión en sus cuerpos es máxima.
Dedico una mirada a ambos desde la altura de mi cuerpo, no hablan y yo tampoco. A la par, ambos abren la hoja del portón del patio de armas.
La figura de Kisuke se dibujó entre las hondas de calor de los últimos días del verano. Una vuelta más a la espada mientras mis pies entraban en la arena. Mi haki de visión estalló mientras con mi ojo disfrutaba de la hermosa edificación. Murallas y colmenas para la defensa, piedras sobre piedras que de poco valían en un mundo de hombres capaces de hacer temblar el suelo con sus puños, pero aún así, los patéticos intentaban cubrir sus vergüenzas en la arquitectura. No parecía haber nadie a parte de los guardias y nosotros en lo alrededores.
Quité la vista y volví a mirar a Kisuke, quien estaba en medio del patio, esperando mi llegada. Sin mediar palabra caminé hasta que llegué a 15 metros de él, 35 metros a mi espalda el portón, el cual se cerraba con un estruendoso sonido. El lugar era enorme, pero no necesitaríamos más espacio.
Centré mi haki en Kisuke, sintiendo su aura, sus colores e intenciones... Viendo a través del manto negro de comunista tras el que se defendía. No había miedo. Casi gruñí, pero sin embargo, sonreí mientras ladeaba mínimamente la cabeza desconcertado.
Entonces agarré con ambas manos a "La daña almirantes" mientras fundía sobre su hoja el poder del haki, tiñéndola de un negro oscuro que tragó desde el agarre el filo azul de la espada y resoplé, el humo escapó por mis fosas nasales como una locomotora.
- He esperado mucho tiempo este momento - me sinceré - el momento en el que nuestras espadas se encuentren. Dónde te demuestre que mi visión del mundo es la más poderosa, para que entiendas por que lo conquistaré y lo sumergiré en la ruina, dejaré que mi hoja hable por mi. Kageyama - dije con respeto, el respeto a la esgrima y el poco que le tenía a él - yo seré el humo que bailará sobre tus cenizas -
Dije mientras giraba los talones anclando la postura en el suelo y bajaba la guardia de la espada flexionando levemente las piernas y tensando los cuádriceps, en una postura que invitaba al combate al igual que amenazaba con empezarlo.
Nuestras hojas cargaban con nuestros ideales, y era aquí y ahora dónde demostraría que el odio era el único combustible capaz de cambiar el mundo.
No hay respuesta.
- ¿Qué coño te pasa coco de mierda? -
Me moví por el camarote despacio, sin prisa. Desenfundé "La Daña Almirantes" una espada común, fuerte pero común, nada que ver con La Hoja del Luto. Eran dos mundos distintos, la primera de un filo azulado, acero templado y confección perfecta y guarda convencional, la segunda... Tenía una hoja negra y fría al tacto, un frío fuera de lo común que no tenía nada que ver con el común de los metales, su hoja estaba mellada en toda su extensión y aún así, era capaz de cortar hasta las hojas que caían de los cerezos en primavera. Esa espada susurraba, pedía... Imperaba sobre mis manos, rompiendo la línea de lo real y lo fantástico, la Hoja del Luto había crecido conmigo y se había alimentado de mi odio, de mi haki... De mi amor.
Pero ella era consciente, y sabía cual era su lugar, hoy sería relegada pues, debía mostrarme a mi mismo que estaba preparado. Así que, me puse de rodillas frente a ella y empecé a "enfundarla" y hago énfasis por que la Hoja del Luto nunca tuvo vaina capaz de sepultar su horrores, por eso, con una venda, dando vuelta por todo su filo, oculte su hoja y su voz se apagó acolchada por la tela, por unos instantes sus susurros no fueron más que silbidos lejanos, que liberaron mi mente del único pensamiento que la ocupaba "Mata y conquista"
La amarré al lado de Nicolás, con una cuero desgastado que llevaba en mi cinturón, se sentía raro no llevarla en la mano, era como si no fuera yo, pero no podía dejarla, nunca me separaba de ella, gracias a ella había llegado donde estaba y tendrían que arrebatármela de mis frías manos el día que el infierno me tragase.
Caminé hacia la puerta y me paré en frente de ella, desenfundado mi otra arma, el filo azul mordió la poca luz que había en la habitación mientras miraba a mi ojo que se veía reflejado en la hoja del arma.
- Tú - pronuncié.
- Yo - respondió el reflejo.
Esta era mi vida, la espada. Mi verdadera voz en este mundo, mi manera de expresarme.
- Solo frente a la muerte se ve la verdadera naturaleza de los animales - dije mientras miraba mi único ojo en el filo - ¿Qué eres Kisuke? ¿Qué se esconde tras el héroe? ¿Quién te salvará de tu destino? - pregunté genuinamente, sabiendo que la respuesta me esperaba en dentro del patio de armas del Bastión que presidia la isla. Para después mover el filo, perdiendo mi reflejo y abrir la puerta partiendo hacia el duelo.
No me escondí. Caminé entre la mirada de los lugareños, que cuchicheaban antes mis estruendosos pasos, la isla sabía que su líder me había retado para frenar una posible conquista, Kisuke había puesto el pecho por ellos, y aún con miedo, veía el desafío en sus ojos, como aquel que aguanta la arremetida tras el escudo, apretando en la defensa, imposibilitando su propio ataque. No tuve prisa. Disfruté cada paso mientras jugaba con la espada en mi mano, moviéndola en círculos con leves golpes que la hacían girar sobre la muñeca para recibirla de nuevo en la palma. Y por supuesto, no me mentí. Caminé eufórico ante la llamada de un duelo. Mis oídos escuchaban el tintineo del metal, mi lengua saboreaba la sangre de mis enemigos, mi corazón tamborileaba ritmos de guerra y mis dientes soñaban con morder los sueños de los demás para tragarlos, como una vez hicieron con los míos.
El sol en su cenit, dos hombres, una portón de doble hoja, yo... Mi espada. La postura de los guardias se tensa desde el momento en el que ven mi figura dibujarse a lo lejos, para cuando llego la tensión en sus cuerpos es máxima.
Dedico una mirada a ambos desde la altura de mi cuerpo, no hablan y yo tampoco. A la par, ambos abren la hoja del portón del patio de armas.
La figura de Kisuke se dibujó entre las hondas de calor de los últimos días del verano. Una vuelta más a la espada mientras mis pies entraban en la arena. Mi haki de visión estalló mientras con mi ojo disfrutaba de la hermosa edificación. Murallas y colmenas para la defensa, piedras sobre piedras que de poco valían en un mundo de hombres capaces de hacer temblar el suelo con sus puños, pero aún así, los patéticos intentaban cubrir sus vergüenzas en la arquitectura. No parecía haber nadie a parte de los guardias y nosotros en lo alrededores.
Quité la vista y volví a mirar a Kisuke, quien estaba en medio del patio, esperando mi llegada. Sin mediar palabra caminé hasta que llegué a 15 metros de él, 35 metros a mi espalda el portón, el cual se cerraba con un estruendoso sonido. El lugar era enorme, pero no necesitaríamos más espacio.
Centré mi haki en Kisuke, sintiendo su aura, sus colores e intenciones... Viendo a través del manto negro de comunista tras el que se defendía. No había miedo. Casi gruñí, pero sin embargo, sonreí mientras ladeaba mínimamente la cabeza desconcertado.
Entonces agarré con ambas manos a "La daña almirantes" mientras fundía sobre su hoja el poder del haki, tiñéndola de un negro oscuro que tragó desde el agarre el filo azul de la espada y resoplé, el humo escapó por mis fosas nasales como una locomotora.
- He esperado mucho tiempo este momento - me sinceré - el momento en el que nuestras espadas se encuentren. Dónde te demuestre que mi visión del mundo es la más poderosa, para que entiendas por que lo conquistaré y lo sumergiré en la ruina, dejaré que mi hoja hable por mi. Kageyama - dije con respeto, el respeto a la esgrima y el poco que le tenía a él - yo seré el humo que bailará sobre tus cenizas -
Dije mientras giraba los talones anclando la postura en el suelo y bajaba la guardia de la espada flexionando levemente las piernas y tensando los cuádriceps, en una postura que invitaba al combate al igual que amenazaba con empezarlo.
Nuestras hojas cargaban con nuestros ideales, y era aquí y ahora dónde demostraría que el odio era el único combustible capaz de cambiar el mundo.
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