Hace 4 horas
El gigante no tenía la menor intención de seguir el camino de los eruditos y eso Bambú podía entenderlo. Él mismo había hecho sacrificios importantes para seguirlo. Podría haber aprendido a cocinar, a tratar las heridas de los demás o a explorar el mundo que le rodeaba, pero escogió los libros, la historia y los secretros del mundo. No se arrepentía lo más mínimo, aunque a veces era cierto que veía a Kisuke manejar el barco con absoluta destreza y le asaltaba la pasajera culpabilidad de no poder ayudarle correctamente. Al menos, y esto era un consuelo pequeño en comparación con la culpa, sabía arreglar barcos. El Grand Prix, sin embargo, era tan grande que ni siquiera podía acometer la tarea él solo con su nivel actual de habilidad carpintera.
Kelvin hizo lo propio y se sentó delante de Bambú, colocando su enorme bisento sobre su regazo y cerrando los ojos para meditar. La clave de una buena meditación consistía en dejar la mente en blanco y tratar de acceder a una suerte de mundo interior en el que poder sentir con claridad el poder espiritual de uno mismo. Esto podría ser fácil para unos y difícil para otros, pero una vez logrado llegaba la parte difícil de verdad: llevarse ese poder al mundo exterior. En comparación con esto último, utilizar los hakis mientras se ejercía la meditación era sencillo. —Kelvin, parece que te aflige algo. —Y ahí estaba, el primer obstáculo en el camino del gigante. Podía sentirlo en su aura difuminada, que oscilaba entre una infinidad de colores, algunos desconocidos para Bambú, y al mismo tiempo se presentaba como una suerte de bruma grisácea que no se decidía por una forma u otra. Sus emociones denotaban una cierta tensión que no debería existir en el ejercicio de la meditación. ¿Tal vez un pasado trágico persiguiéndole? Parecía ser el caso para un sin fin de personalidades relevantes en el mundo. Desde luego, lo fue en el caso de Bambú en su momento, aunque su pasado turbulento fue también un combustible ideal para mantenerlo focalizado en lo que verdaderamente importaba. —Despeja tu mente, no dejes que tus recuerdos te jueguen malas pasadas. —Le aconsejó. Bambú cerró los ojos en ese instante y en su cabeza se disiparon sus pensamientos. Concentró su haki más fuerte específicamente en Kelvin, supervisando su meditación.
Kelvin hizo lo propio y se sentó delante de Bambú, colocando su enorme bisento sobre su regazo y cerrando los ojos para meditar. La clave de una buena meditación consistía en dejar la mente en blanco y tratar de acceder a una suerte de mundo interior en el que poder sentir con claridad el poder espiritual de uno mismo. Esto podría ser fácil para unos y difícil para otros, pero una vez logrado llegaba la parte difícil de verdad: llevarse ese poder al mundo exterior. En comparación con esto último, utilizar los hakis mientras se ejercía la meditación era sencillo. —Kelvin, parece que te aflige algo. —Y ahí estaba, el primer obstáculo en el camino del gigante. Podía sentirlo en su aura difuminada, que oscilaba entre una infinidad de colores, algunos desconocidos para Bambú, y al mismo tiempo se presentaba como una suerte de bruma grisácea que no se decidía por una forma u otra. Sus emociones denotaban una cierta tensión que no debería existir en el ejercicio de la meditación. ¿Tal vez un pasado trágico persiguiéndole? Parecía ser el caso para un sin fin de personalidades relevantes en el mundo. Desde luego, lo fue en el caso de Bambú en su momento, aunque su pasado turbulento fue también un combustible ideal para mantenerlo focalizado en lo que verdaderamente importaba. —Despeja tu mente, no dejes que tus recuerdos te jueguen malas pasadas. —Le aconsejó. Bambú cerró los ojos en ese instante y en su cabeza se disiparon sus pensamientos. Concentró su haki más fuerte específicamente en Kelvin, supervisando su meditación.
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