Hace 7 horas
Para cuando la tal '"Centella" terminó de anunciar al mundo entero que pensaba reventar la taberna con todos dentro, Vixen ya se estaba atragantando con el cuarto trago de aguardiente, pensando que juraría que la conocía de algún sitio y que, si no estuviese un poquito hasta arriba de alcohol, quizás podría recordarla bien.
—¡PUAJ!... ¡COF, COF! —el alcohol le bajó por el tubo equivocado y durante unos segundos la Humink se dobló sobre su mesa, golpeándose el pecho con el puño mientras sus orejas y su nariz se agitaban como dos aspas de molino. Cuando por fin recuperó el aire, alzó la vista hacia la entrada, donde la recién llegada seguía plantada con los brazos en alto. Kishishi... no, en serio, ¿qué clase de lógica era esa? Vixen se quedó mirándola un buen rato, con el ojo entrecerrado y la boca medio abierta, intentando decidir si aquello había sido una estrategia genial que su cerebro no alcanzaba a comprender o si, simplemente, a la mujer del casco le faltaban un par de tornillos. La casa de apuestas de su cabeza daba la segunda opción como clara favorita.
Y lo peor es que el pobre camarero se lo creyó. Vixen lo vio desplomarse detrás de la barra, las manos juntas en súplica, rogando que no rompieran nada más, que la taberna era suya, que por todos los mares... Pinga, pensó, este tipo tiene una suerte tan mierdera que si le regalaran un cofre de berries, un random se lo robaría por el camino. Primero los cobradores destrozándole el negocio, y ahora una "heroína" amenazando con volarlo todo por los aires. La puerta principal, además, ya estaba hecha un asco desde que aquella entró, y el hombre miraba la madera como quien mira un cadáver.
Luego vino la pose. Ay, la pose. Pffff
La otra mujer avanzó hacia el centro de la sala, se aclaró la garganta y desplegó con toda la solemnidad del mundo la pose más épica que su cuerpo le permitió, para después gritar a los cuatro vientos que se encontraban frente a "la única e inigualable emisaria de la justicia, ¡CENTELLA!".
—Kishishishiii... —el risotazo me salió por lo bajo—. ¡Pinga, no puedo, NO PUEDO! ¡La pose! ¡La pose con el casco y todo! ¡Kishishishi!
No la juzgaba solo por el espectáculo, que también, la juzgaba por conocimiento de causa: Vixen también tenía su forma de farmear aura, sus momentos de teatro, su propio número de "gran depredadora del barrio", así que reconocía el material cuando lo veía. Detrás de aquel visor se le notaba la cara colorada hasta a un ciego, nervios quizás… Pero ahí estaba el detalle que no se permitía ignorar por mucho teatro que hubiera en escena: la chica sabía como moverse. Había llegado desde los tejados, cruzó media sala en un suspiro y, cuando uno de los cobradores levantó una silla, se lanzó encima de él y le clavó un puñetazo en el pecho con un grito de "¡Justicia Amueblada!" que sonó por toda la taberna. El golpe fue honesto, con el hombro y el peso detrás, de los que doblan a un hombre por la mitad. Vixen asintió para sus adentros. Bien ejecutado. Cutre el nombre, pero bien ejecutado.
Después, la cereza del pastel: la pisada sobre la jarra de cerveza derramada, el resbalón, y el casco de la heroína estampándose contra la cara del segundo cobrador como un proyectil divino. Cuando la tal Centella se giró proclamando que "todo había ido de acuerdo al plan", Vixen tuvo que agarrarse el borde de la mesa para no morir de pura risa.
—Kishishishi... ¡"todo de acuerdo al plan"! ¡Pinga, no puedo más, kishishi esta me cae bien! —murmuré, limpiándome una lágrima de la comisura con el nudillo—. Dos de una sola pasada, con estilo y sin querer. Eso es talento, nena.
Porque eso había hecho, gustara o no: dos cobradores menos. El de la silla, doblado y fuera de combate entre las mesas, y el del cascazo, viendo estrellitas en el suelo. Nueve eran al principio —Vixen había estado contando desde que cruzaron la puerta, vieja costumbre de quien prefiere saber cuántas patadas va a repartir antes de empezar—. Quedaban siete. Cuatro desperdigados entre la zona de mesas, cada uno por su lado entre sillas rotas y madera astillada... y tres junto a la barra, a un palmo del camarero, que seguía plantado en medio de la barra como un clavo torcido.
Y de esos tres, uno era ÉL. El de la voz cantante. El de "seis meses", y el de "vamos, heroínas, enséñadnos qué sabéis hacer". El que había mirado al camarero como se mira una factura vencida mientras un hombre bueno temblaba pidiendo un poco de tiempo para alimentar a su familia.
La risa se le fue secando a Vixen gota a gota, como agua en arena caliente. Algo se le movió en el pecho, ese algo viejo y rabioso que llevaba años viviendo debajo de las costillas, el que se encendía siempre que veía a los grandes pisándole la cabeza a los pequeños por el simple gusto de pisar. La vena de su sien volvió a latir. Sus dedos crujieron a la vez, todos, como una orquesta afinándose.

—Enseñadnos qué sabéis hacer, ¿eh? —repetí en voz baja, y la sonrisa que me salió entonces no tuvo nada de graciosa—.
—Perdóname, estofado —murmuré, dándole una palmadita cariñosa al cuenco de barro, todavía tibio—. Vuelvo enseguida. Primero, la basura fuera.
Media taberna la observaba sin querer mirarla; Vixen no les regaló ni un vistazo. Sus ojos carmesí ya tenían dueño: la barra. Se inclinó hacia delante, apoyó el peso en las puntas de los pies y sintió cómo sus piernas —esas piernas que en Baterilla aprendieron a saltar más alto que el miedo— se cargaban como dos resortes de acero comprimiéndose.
Miró el camino: cuatro metros y pico hasta la barra, una zona de mesas destrozadas de por medio, escombros y cristales. Para cualquiera, un obstáculo. Para ella, una alfombra roja. Arrancó a correr a toda velocidad y, al saltar, una sonrisa desquiciada se dibujó en su rostro. El impulso la levantó del suelo como si el tabernero le debiera dinero a ella también, las orejas pegadas al cráneo, el aire silbándole entre ellas. Su sombra cruzó por encima de los clientes arrinconados en las paredes, y entonces la gravedad recordó que tenía trabajo que hacer.
Vixen cayó en medio de los tres de la barra, como un meteoro con rabia.
El impacto partió las tablas del suelo en abanico, escupió astillas a todas direcciones y sacudió la barra entera hasta hacer tintinear las botellas de arriba abajo. La onda de choque levantó el polvo y el olor a alcohol derramado. Cuando el polvillo se apartó, la Humink ya estaba en medio de los tres cobradores, con las rodillas flexionadas, el puño derecho rozando el suelo y una sonrisa hecha de pura dentadura.

Al de la izquierda no le dio ni el tiempo de parpadear. Vixen giró sobre el talón, toda su cadera y su peso detrás del movimiento, y su pierna salió en un arco seco y sonoro que se estrelló contra el costado de la cabeza del hombre. El crujido fue el de una puerta vieja cediendo. El cobrador salió despedido en diagonal, se llevó por delante un taburete de la barra y terminó hecho un ovillo entre madera rota y charcos de licor, con los brazos colgando de un modo en que los brazos no deberían colgar. Fuera. No se levantaba de ahí ni con instrucciones.
—Uno —conté, girando ya la cabeza hacia el segundo.
El segundo estaba a un paso de la barra, más cerca del camarero. Vixen no caminó hacia él: dejó caer el peso hacia delante y llegó en una zancada que sonó a golpe de martillo, lo levantó del suelo con la facilidad con la que se levanta una caja vacía. Lo cargó un instante por encima de su cabeza, entero, colgando, y luego lo trajo abajo contra el borde de la barra con toda la fuerza de sus brazos.
La madera del mostrador se partió con un estampido. Las botellas que sobrevivían en aquella zona estallaron en una lluvia de vidrio y licor que bajó chorreando por el frente de la barra. El cuerpo del cobrador rebotó una vez, se dobló por la cintura, y Vixen remató la faena con la rodilla: un solo golpe seco en el estómago que lo dobló como una navaja cerrándose. Cuando lo soltó, se desplomó de costado y se quedó allí, con la boca abierta y el aire negándosele a volver. Fuera.
—Dos —me sacudí el licor de la manga y escupí a un lado—. Kishishi. Dicen que son rápidos. Mienten. Y entonces levanté la vista. El jefe seguía allí, a un par de metros del camarero, con la barra a su espalda. Y por primera vez en toda la noche, la sonrisa de oreja a oreja ya no le quedaba.
—Oye, tú —dije, y mi voz salió tranquila. Demasiado tranquila, del tipo de tranquilidad que hace más ruido que un grito—. ¿Te acuerdas de lo que dijiste? "No vamos a irnos hoy con las manos vacías." —Di un paso hacia él. Otro—. Pues mira qué casualidad. Yo tampoco. No esperé respuesta. No la merecía.
Vixen cerró la distancia de un tirón y lo agarró por el cuello, arrastrándolo lejos del camarero y hacia el centro de la zona de la barra, procurando que ni una gota de lo que venía a continuación salpicara al hombre que solo quería cuidar su negocio. Después lo estampó boca abajo contra el mostrador, lo agarró de su calva y arrastró su cara a lo largo de toda la madera, barriendo con lo que quedaba de botellas y vasos a su paso. El vidrio crujió bajo sus mejillas; el licor barato y el caro terminaron formando la misma sopa sobre él. Cuando Vixen lo levantó del mostrador tirando de su cabeza, su rostro era un mapa de cortes finos.

Los puños cayeron como mazas, con los dedos juntos a modo de yunque. Uno, dos, tres, a pleno pulmón contra el pecho, y cada impacto sonó distinto: los primeros apagados, los últimos con ese húmedo crujido de costilla rompiéndose. El aire le salió al hombre en pedazos. Vixen no paró. La sangre salió a chorro corto, salpicándole a ella el antebrazo.
—¡Por el estofado! —primer golpe—. ¡Por la taberna! —segundo golpe—. ¡Y por joder mi CENA, imbécil! —el último, de revés, con todo el torso detrás.
—Kishishi... —dije entre dientes, cargando la cadera con todo el peso del cuerpo—. "Enseñadnos qué sabéis hacer." Espero que hayáis tomado notas.
Lo solté en pleno giro, dejando que todo el impulso del lanzamiento hiciera el resto: el jefe salió volando de costado y se estrelló contra el pilar de madera que sostenía el techo, a un lado de la barra. La madera crujió de arriba abajo, y el cuerpo rebotó una sola vez antes de desplomarse entre las astillas, dejando en el pilar una mancha roja del tamaño de un plato. Quedó allí, en un ángulo bastante jodido la verdad. Fuera. Muy fuera.
Vixen se quedó de pie un momento, con el pecho subiendo y bajando, escuchando ese silencio raro que queda cuando se acaba la música. Luego caminó hasta el que había sido el jefe, levantó el pie y lo dejó caer con su peso completo sobre los cojones del hombre.
Cruj.

—Por si acaso —dije, encogiéndome de hombros.
Se giró entonces hacia el resto de la taberna, pasándose el pulgar por la mejilla para limpiarse una salpicadura ajena. La cosa no había acabado, ni de lejos. Cuatro seguían en pie entre la zona de mesas.
—¡Eh, casco! —llamé, señalando con la barbilla la zona de las mesas, sin dejar de sonreír—. Quedan cuatro de los tuyos dando vueltas por ahí. ¿Los compartimos o los quieres para ti solita?
Y bajando la voz, girando apenas la cabeza hacia la barra, hacia donde el camarero seguía en su sitio:
—Oye, camarero... —dije, con la sonrisa torciéndose en algo casi amable—. El estofado de antes... ¿se puede repetir? Creo que me lo he ganado.
Bolsillo Táctico
![[Imagen: HC5Abkg.png]](https://imgur.com/HC5Abkg.png)
