[Fic][Pasado] La promesa
#2
Pasé el resto de la noche cavando una tumba bajo el sauce viejo, usando mis propias manos y una piedra plana para remover la tierra mojada. Enterré a Sombrita y a los dos cachorritos que no sobrevivieron… Marqué el lugar con una cruz hecha de ramas de roble atadas con lianas y me quedé ahí parado hasta que la tormenta empezó a ceder y el cielo del amanecer se tiñó de violeta y naranja regalando una postal nostálgica y melancólica. Con el cachorrito abrigado en mi pecho, emprendí el regreso a casa...

Los primeros meses fueron una prueba de fuego diaria, donde todo era difícil. El cachorro era una cosita diminuta, frágil, absolutamente dependiente... Como no tenía a su madre para amamantarlo conseguir que sobreviviera se convirtió en mi única prioridad en el mundo… La cabaña que antes solo usaba para dormir después de mis excursiones, se transformó en un centro de cuidados intensivos improvisado. Tuve que cruzar el bosque entero hasta la granja de un viejo criador de cabras para conseguir leche fresca todas las mañanas. El viejo me miraba de reojo gruñendo por lo bajo cuando me veía llegar con los pies llenos de barro antes del primer rayo de sol, pero al ver la desesperación en mis ojos, me llenaba un frasco de vidrio a cambio de que le limpiara el corral, algo que jamás en mi vida hubiera hecho, ningún tipo de trabajo… Pero esto era diferente... Volvía corriendo a casa cuidando de no romper el frasco, calentaba la leche a baño María asegurándome con el dorso de la mano de que estuviera a la temperatura justa
y trataba de alimentar al cachorro.

Las noches eran eternas y el perrito no dormía más de dos horas seguidas… Apenas el frío de la madrugada apretaba o el hambre le quemaba la panza arrancaba con un chillido agudo y desesperado. Yo saltaba de la cama en la oscuridad de la noche, tropezándome con las sillas para agarrarlo despacio entre las manos… Me sentaba en el suelo con la espalda apoyada contra las maderas de la pared, cruzaba las piernas y lo ponía sobre mi regazo envuelto en un paño de lana, justo como hacía con Sombrita..

—Ya está amiguito, tranquilo— le murmuraba en voz muy baja, dejando caer gota a gota la leche en su boquita. Él sujetaba el gotero con sus pequeñas patitas cerrando los ojos por el esfuerzo de tragar... A veces tardábamos casi una hora en completar una toma. Cuando por fin se llenaba, dejaba caer la cabeza hacia un lado, soltaba un suspiro tibio que olía a leche dulce y se quedaba dormido plácidamente sobre mis piernas... Obviamente yo no me movía al punto que se me dormían los pies y me dolía la espalda por la mala postura, me quedaba ahí a oscuras escuchando el latido rápido de su corazón diminuto contra mi muslo, sintiendo que cada minuto de sueño ganado era una pequeña victoria contra la muerte que se había llevado a su madre y hermanitos.

Con el correr de las semanas, sus ojos finalmente se abrieron del todo. Eran de un color café profundo, brillantes y curiosos. Empezó a ganar peso, el pelaje amarillo se le volvió espeso y suave, más oscuro también, y las patas, que al principio parecían hilos frágiles, empezaron a engordar y a sostenerlo con más firmeza. El día que intentó dar sus primeros pasos fuera de la manta fue una comedia total… Caminaba dando a los tropezones, abriendo las patas traseras para no perder el equilibrio, levantando el hocico con una dignidad ridícula solo para tropezarse con su propia oreja y caerse de costado. Pero lo increíble era que no se frustraba. Se sacudía el polvo, soltaba un gruñido chiquito que pretendía ser feroz y volvía a levantarse moviendo la cola como si estuviera motorizada.

Una tarde de sol, mientras lo miraba intentar cazar una mosca en el piso cayéndose de trompa a cada rato, me agaché a su altura y lo tomé de la panza para levantarlo hasta la cara. —Sape… Si que eres bravo eh— le dije, haciéndole cosquillas con la nariz en el la panza. —Sobreviviste a la peor noche, al frío, la fiebre y aquí estás… Tocándome las pelotas como si el mundo fuera tuyo eh… Sapeee— le dije riendo mientras lo observaba. —Deberías tener un nombre genial y a tu altura…— le dije entre risas comenzando a pensar mientras me rascaba la nuca con la otra mano… El perrito me miró fijo, ladeando la cabeza con una atención casi humana se podría decir mientras movía levemente la cola. —Te vas a llamar Jake… Jake Ado… Sapeee— dije a carcajadas finalmente… Él no habló, claro... No tenía poderes ni magia como algun perro amarillo quizás pudiera tener. Era un perro común y corriente, puro y simple. Pero en respuesta a su nombre soltó un yip agudo, un ladridito seco y alegre, y me pasó la lengua por la punta de la nariz… En ese instante, el pacto quedó firmado y la promesa sellada...

A medida que Jake dejaba atrás la etapa de cachorro y se convertía en un perro joven, fuerte y de contextura pequeña, el bosque se volvió nuestro territorio absoluto. Su pelaje amarillo cobró un tono dorado intenso y cremoso, brillante bajo el sol, y sus orejas redondas se alzaban a los lados del rostro dándole una expresión entre tierna y cómica. Lo impactante de Jake no era una capacidad sobrenatural, sino su inteligencia natural y la agudeza de sus sentidos. Mapeaba el entorno como ningún humano podría soñar jamás. Mientras yo corría fijándome solo en las ramas grandes o en los senderos marcados, Jake procesaba el bosque en mil dimensiones distintas a través del olfato y el oído. Podía saber si un jabalí había cruzado el arroyo tres horas antes solo con apoyar el hocico en la humedad de la tierra. Si una tormenta se acercaba a diez kilómetros de distancia, Jake lo anunciaba mucho antes de que el primer trueno resonara: se paraba en seco, levantaba una pata delantera, orientaba las orejas hacia el viento y soltaba un resoplido bajo, mirando hacia el cielo. Yo ya no miraba las nubes; lo miraba a él. Si Jake daba la vuelta hacia la cabaña, yo lo seguía sin dudarlo.

Aprendimos a jugar de formas que solo dos seres que pasan cada segundo juntos pueden entender. El juego del palo, por ejemplo, no era un simple tirarlo y traerlo. Para Jake era un ejercicio de estrategia. Si yo le lanzaba una rama densa adentro de un matorral espeso o entre el hueco de dos rocas donde su hocico no entraba directo, no se quedaba lloriqueando. Se sentaba, evaluaba la situación con la cabeza inclinada, rodeaba el obstáculo, metía una pata con cuidado, usaba las uñas para enganchar la madera y la arrastraba milímetro a milímetro hasta liberarla. Cuando me la traía de vuelta, caminaba con el pecho inflado y la cola bien alta, soltando la rama a mis pies con un golpe seco, mirándome como diciendo: A ver qué hacés con esta ahora.

Nuestra comunicación se volvió tan fina que los vecinos del pueblo cercano que a veces nos veían cruzar por el camino principal decían que el perro y yo teníamos un alambre invisible atado entre la mente de uno y la del otro.
No hacía falta que le gritara órdenes. Si venía caminando al lado mío y yo abría la palma de la mano hacia abajo, él se frenaba y se echaba al instante en el pasto sin hacer ruido. Si apuntaba con el dedo hacia la copa de un árbol, sus ojos seguían mi dirección inmediatamente buscando lo que yo había visto. Y si yo estaba triste o enojado por algo, la respuesta de Jake era inmediata y demoledora en su simplicidad: caminaba despacio, apoyaba el costado de su cuerpo pesado contra mis piernas para darme punto de apoyo y hundía el hocico entre mis manos, obligándome a acariciarlo hasta que a mí se me pasara la bronca.
Crecimos juntos en el sentido más estricto de la palabra. Yo me volví más alto, mis hombros se ensancharon y empecé a cargar una espada corta de acero al cinto, preparándome para el sueño que siempre me había quemado por dentro: salir a recorrer el mundo, convertirme en un cazador de aventuras, explorar y enfrentar a los peligros que rondaban fuera de las fronteras del bosque.

Jake también maduró. Dejó de ser el cachorro atropellado para convertirse en un animal musculoso, de reflejos felinos y una serenidad asombrosa. Pero su espíritu juguetón nunca se apagó. Podía pasar de estar completamente dormido al sol a dar un salto mortal para atrapar una mariposa en el aire, cayendo parado sobre las cuatro patas con una elegancia impecable.

Cuando cumplí los diecisiete años, el Bosque de las Sombras nos quedó chico. Las historias que llegaban de la costa hablaban de bandas de maleantes que asolaban los caminos, de ruinas antiguas escondidas en las montañas que guardaban secretos de tiempos pasados y de la necesidad de hombres con coraje para proteger a los pueblos indefensos. Para mí no había duda: era hora de partir.

Nuestra primera prueba real llegó un otoño tardío, en el Desfiladero de las Rocas Altas, un paso estrecho entre los Cerros donde los mercaderes solían ser emboscados por una banda de cazadores furtivos desalmados que habían aterrorizado la región durante meses. Aquel día caminábamos tranquilos por el desfiladero cuando el aire cambió. No vi nada extraño a simple vista; las paredes de piedra vertical se erguían a ambos lados y el viento soplaba limpio. Pero Jake se frenó en seco.

Se pegó al suelo, con los músculos del lomo en tensión absoluta, los pelos de la nuca erizados y las orejas totalmente echadas hacia atrás. Soltó un gruñido sordo, una vibración grave que le salía desde el fondo del pecho y que no era para jugar. Era su señal de amenaza real.

—¿Qué hay amiguito?— murmuré, llevando la mano derecha al empuñadura de mi espada. Jake no ladró para no delatar nuestra posición exacta. En lugar de eso, dio tres pasos sigilosos hacia la pared izquierda, miró hacia arriba a una cornisa oculta por arbustos secos y volvió a mirarme a mí, frunciendo el hocico.

Instinto puro. Apreté la empuñadura y me tiré de costado justo a tiempo.
Una flecha de hierro pasó zumbando por el lugar donde había estado mi cabeza medio segundo antes, incrustándose con un chasquido metálico en la roca viva. Desde las alturas cayeron cuatro tipos armados con garrotes, hachas de mano y rostros cubiertos con trapos sucios.

—¡Miren qué tenemos acá! — gritó el más alto, un tipo enorme con una cicatriz cruzándole la frente. Un niño jugando a ser espadachín y su perro. ¡Maten al perro primero para que no moleste!— Ese fue su mayor error.

El tipo del hacha se abalanzó sobre Jake con un hachazo descendente. Jake no entró en pánico. Tenía una agilidad que desafiaba la física: leyó la trayectoria del arma, dio un salto lateral limpio esquivando la hoja por milímetros y, antes de que el hombre pudiera recuperar el equilibrio, le clavó los dientes con una fuerza descomunal en el antebrazo. El tipo soltó un alarido de dolor y dejó caer el hacha al suelo.
Aproveché la distracción para desenfundar mi espada. El acero brilló bajo el sol de la tarde con un silbido limpio.

Me crucé con los otros tres maleantes. El combate con espada no es como en los cuentos; es rápido, sucio y depende de la distancia y el tiempo. Bloqueé un garrotazo con el plano de la hoja, desvié la fuerza del impacto hacia un lado y le metí un patadón en el pecho al segundo atacante, mandándolo a rodar contra las piedras. Pero el líder de la banda era hábil. Aprovechó que mi espalda estaba expuesta por un segundo para lanzarme una estocada a la traición con un cuchillo largo. No tuve tiempo de girarme. No llegaba con la espada.
De la nada, una masa de pelo amarillo pasó volando por el aire. Jake se lanzó con todo el peso de su cuerpo directo al pecho del tipo de la cicatriz. Los dos cayeron pesadamente contra el polvo. El tipo intentó quitárselo de encima tirándole manotazos, pero Jake no le dio espacio: le tiraba tarascones certeros cerca del cuello, gruñendo como una bestia desatada, obligando al hombre a cubrirse la cara con ambos brazos y perder por completo la iniciativa.
Giré sobre mi talón, me acerqué de dos pasos y le puse la punta de mi espada fría directamente contra la garganta del líder.

—Se acabó viejo— dije con voz helada sin titubeo y mascando el chicle. El tipo se quedó petrificado, mirando primero la hoja de acero a milímetros de su piel y después a Jake, que estaba parado sobre su pecho, enseñándole los colmillos blancos, chorreando saliva y mirándolo fijamente con unos ojos llenos de una furia asesina si intentaba el menor movimiento. Los otros tres, viendo a su líder reducido y golpeado, tiraron las armas al suelo y levantaron las manos, temblando.

—No vuelvan a aparecer por estos sitios— les ordené, bajando la espada apenas unos centímetros. —Si vuelvo a verlos causando problemas por aquí, no seré tan paciente… Sape…— Los tipos no esperaron a que se lo dijera dos veces. Levantaron a su jefe del suelo y salieron corriendo en desbandada hacia las montañas, tropezándose con sus propios pies.

Cuando el polvo se asentó, el desfiladero volvió a quedar en silencio. Guardé la espada en mi espalda y solté un respiro largo que tenía guardado en los pulmones. Me agaché inmediatamente al lado de Jake.

—¿Estás bien pequeño? ¿Alcanzaron a tocarte?— le pregunté, revisándole las patas, el lomo y la panza buscando alguna herida. Jake se sacudió el polvo del lomo con energía, volvió a poner sus orejas en la posición normal y la ferocidad desapareció de su cara como si nunca hubiera estado ahí. Me miró con esa mirada tierna y confiada de siempre, soltó un resoplido divertido y me pasó la lengua caliente por la mejilla, llenándome de barro.
Me largué a reír, abrazándolo fuerte por el cuello.

—Si que eres una fiera eh, sapeee— le dije riendo. Él movió la cola contra la tierra haciendo un repiqueteo alegre, dándome un empujón suave con la cabeza en el hombro. No necesitábamos palabras. Éramos un equipo perfecto: mi acero y sus sentidos, mi ímpetu y su lealtad indestructible.

Las semanas siguientes se convirtieron en una travesía inolvidable. Viajamos hacia la costa sur, cruzando valles verdes, arroyos cristalinos y pequeños poblados donde la gente nos recibía con los brazos abiertos. Para los lugareños, éramos una estampa curiosa: un joven espadachín de mirada serena y un perro amarillo gigante que lo seguía a todos lados como su propia sombra. En los pueblos, Jake se volvía la atracción de los chicos. Aunque era un perro de combate tremendo cuando las cosas se ponían feo, con los niños tenía una paciencia infinita. Se echaba en la plaza del pueblo y dejaba que los chicos le acariciaran las orejas, le tiraran suavemente de la cola o se sentaran a su lado a contarle secretos. Jake los escuchaba a todos con los ojos entrecerrados, moviendo la punta de la cola apenas un milímetro, disfrutando del calor de la gente. Por las noches, acampábamos bajo el cielo abierto. Esas eran mis horas favoritas del día.
Buscábamos un claro cerca de la playa o al borde del camino, juntábamos leña seca y yo encendía una fogata usando un pedernal y una piedra. Mientras las llamas empezaban a crepitar y a soltar chispas doradas hacia el cielo nocturno, preparamos la cena. Jake era un fanático absoluto de la comida. Tenía un apetito feroz que parecía no tener fondo. Yo cortaba pedazos de carne de venado o pescado fresco que habíamos pescado por la tarde, los ponía sobre piedras calientes junto al fuego y el olor a grasa tostada llenaba el aire. Jake se sentaba exactamente a un metro del fuego, con las patas delanteras bien cruzadas, siguiendo cada uno de mis movimientos con los ojos desorbitados por la tentación. La saliva se le juntaba en las comisuras del hocico y le caía en gotas gruesas sobre el pasto, soltando unos gimoteos bajitos, dramáticos, casi de sufrimiento puro.

—Tienes que esperar no seas ansioso amiguito, tiene que cocinarse bien— le decía yo, aguantándome la risa. Jake soltaba un resoplido indignado, miraba hacia el cielo como pidiendo paciencia divina y volvía a clavar la mirada en la carne. Cuando por fin le tiraba su porción, la atrapaba en el aire con un chasquido impecable de las mandíbulas y la tragaba de un solo bocado, sin masticar siquiera. Después me miraba a mí, miraba mi plato, volvía a mirarme a mí y ladeaba la cabeza con una cara de lástima tan perfecta que era imposible no convidar parte de mi propia comida.
Después de cenar, el cansancio del viaje nos envolvía a los dos. Yo me acostaba sobre mi manta, usaba el saco de viaje como almohada y me cruzaba de brazos mirando la inmensidad del firmamento.

En Baterilla, las noches son limpias. Las estrellas parecen miles de diamantes colgando de una manta de terciopelo negro, y la brisa marina trae consigo el olor a sal, a algas y a libertad.
Jake no se acostaba lejos. Siempre buscaba ponerse pegado a mí. Se daba dos o tres vueltas en el piso para aplanar el pasto, soltaba un suspiro profundo, ese suspiro largo de perro satisfecho que parece sacar todo el cansancio del día, y apoyaba su cabeza pesada directamente sobre mi pecho o sobre mis piernas. Sentir el calor constante de su cuerpo, el subir y bajar de su respiración tranquila y el sonido suave de sus latidos era la mejor medicina del mundo. Apoyaba una mano sobre sus orejas suaves, acariciándole el lomo lentamente mientras los dos mirábamos las brasas del fuego extinguirse despacio.

En esos momentos de silencio absoluto, mi mente volvía inevitablemente a la noche en que nos conocimos.
Recordaba la lluvia helada del Bosque de las Sombras, las espinas del matorral cortándome las manos, la mirada cansada de Sombra apagándose en la oscuridad y el barro pegoteado en mis rodillas mientras cavaba la tumba bajo el sauce viejo. Recordaba el miedo que sentí al ver a sus hermanos sin vida y la desesperación de sentirme solo frente a una injusticia tan grande del mundo.
Pero después miraba abajo. Miraba al cachorro frágil que había cabido en la palma de mi mano, transformado ahora en este animal fuerte, fiel y lleno de vida que descansaba a mi lado.

—Sabes Jake…— murmuré una noche en voz muy baja, para no romper la calma del aire. Jake movió apenas una oreja, escuchándome sin levantar la cabeza. —A veces recuerdo esa vez en el bosque si no hubiera escuchado ese quejido de Sombrita… Tu y yo no estaríamos juntos… Ella lo dió todo para que sobrevivas amiguito y túme enseñaste a no rendirme chiquito…— Jake no habló. No emitió ningún sonido mágico ni hizo nada extraño. Simplemente abrió los ojos, me miró durante unos segundos largos con esa profundidad única que tienen los perros, levantó despacio el hocico y me dio un toque suave con la nariz seca en la barbilla. Después volvió a acomodar la cabeza sobre mi regazo, cerró los ojos y soltó un ronquido bajo, rítmico, perfecto.
En esa mirada y en ese gesto estaba todo dicho. No hacían falta palabras. No hacían falta discursos. Había una lealtad pura, transparente, forjada en la tormenta y consolidada en miles de kilómetros de caminos compartidos.

Al día siguiente, el sol amaneció radiante sobre la costa. El aire olía a salitre fresco y el graznido de las gaviotas anunciaba que estábamos muy cerca del gran puerto del norte.
Nos levantamos temprano. Yo me ajusté las cintas de las botas, me acomodé la espada a la cintura y me eché el saco al hombro. Jake se sacudió el rocío de la mañana del lomo con un movimiento rápido que le hizo sacudir las orejas con un chasquido alegre, dio dos vueltas alrededor mío a pura velocidad y se paró al frente del sendero, mirándome sobre el hombro como diciendo: ¿Qué esperamos? Caminamos juntos hasta la cima de la colina que dominaba el puerto. Desde ahí arriba, la vista era impresionante.

El mar del South Blue se extendía infinito, de un azul profundo que se fundía con el cielo en el horizonte. Abajo, en la bahía, se mecían decenas de barcos con mástiles altos, velas recogidas y banderas flameando al viento. El murmullo de la ciudad portuaria subía por la colina: gritos de marineros, el golpe de las olas contra los muelles de madera, el bullicio de los mercados de pescado y la promesa de mil historias esperando a ser descubiertas. Dicen que en ese puerto hay barcos que se preparan para cruzar hacia mares desconocidos, que hay mapas antiguos que marcan islas que no figuran en ninguna carta de navegación y que el mundo está lleno de misterios esperando a quienes tengan el valor de salir a buscarlos.
No busco fama, ni riquezas exorbitantes, ni convertirme en una leyenda de los mares por el solo hecho de que pronuncien mi nombre. Lo que busco es la aventura en su estado más puro: la emoción de caminar hacia lo desconocido, la satisfacción de defender a quienes no pueden protegerse y la libertad absoluta de elegir mi propio camino bajo el sol. Me paré en la cumbre de la colina, dejando que el viento marino me despeinara el pelo. Acomodé la empuñadura de mi espada, respiré hondo ese aire salado que me llenó los pulmones de energía y miré hacia abajo. Jake se puso exactamente a mi lado. Se alineó con mi pierna derecha, levantó la cabeza bien alta, mirando fijamente hacia los barcos del puerto con las orejas erguidas y la cola moviéndose despacio, con un ritmo constante. Le apoyé la mano sobre la cabeza, sintiendo el calor de su pelaje dorado y la firmeza de su postura.

—Sape Jake— dile sonriendo, mirando el mar infinito. —El puerto está allí abajo en Baquella, dicen qje hay buenos barcos, buena comida y saben aparecer piratas, y un mundo entero esperando del otro lado del agua… ¿Quieres ir?— Jake se dio la vuelta hacia mí, me miró a los ojos con un brillo de pura felicidad, soltó un ladridito seco, claro y rotundo, y dio un salto hacia adelante empezando a bajar la colina a trote firme. Sonreí, eché a correr tras él y dejamos que nuestros pasos resonaran en la tierra del camino. La aventura recién empieza, y mientras estemos juntos, no hay nada en este mundo que pueda frenarnos.
[Imagen: 4ZOZ7IA.jpeg]
~Pensamiento~—Hablar—
[Imagen: PuthOpc.gif]
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[Fic][Pasado] La promesa - por Finn Ikitado - 22-09-2026, 09:36 PM
RE: [Fic][Pasado] La promesa - por Finn Ikitado - 26-09-2026, 05:30 PM

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