26-09-2026, 01:29 PM
(Última modificación: Ayer, 03:00 AM por Vixen Ventress.)
Las llaves giraban entre sus dedos largos y pálidos, reflejando de vez en cuando la poca luz del bar. No pude evitar fijarme en ellas, aunque enseguida volví la mirada hacia sus ojos. No había dejado de mirarme ni un segundo, esperando mi respuesta con aquella maldita sonrisa en los labios.
—¿Qué opino? —repetí despacio, saboreando la pregunta como el último sorbo de un buen tequila—. Kishishishi... Opino que por fin dijiste algo que me interesa, yakuza.
No esperé réplica. Cerré los dedos alrededor de las llaves que balanceaban frente a mis ojos y las arranqué de su mano de un tirón seco; el metal todavía guardaba el calor de su palma cuando lo apreté en mi puño. Dejé el vaso de tequila en la barra, vaciado de un solo trago que me quemó la garganta de puro gusto, y me di la vuelta con los tacones marcando un ritmo que ya no intenté disimular. —Vamos —le dije, sin esperar a ver si me seguía el paso.
Mientras cruzaba el salón entre mesas desordenadas y cristales que alguien tendría que recoger, repasé el hilo de los últimos minutos como quien cuenta billetes: el brindis de cristal contra cristal; su cigarrillo aplastado en el cenicero con la misma calma con la que un hombre aplasta la vida de otro; el calor de su aliento a whisky y tabaco a un centímetro de mi boca cuando soltó eso de "¿por qué no lo compruebas tú misma?", y las llaves, esas malditas llaves, sacudidas frente a mi cara como un premio de feria. Todo había pasado en el orden exacto en que se cuenta una mala decisión: primero el brindis, después la provocación, después la puerta. Y yo, como siempre, eligiendo la puerta.
El pasillo del fondo olía a tabaco viejo y madera húmeda. Una alfombra roja, gastada en el centro, se tragaba el sonido de mis pasos; la música del bar quedó atrás, apagada, como encerrada en un frasco. Sentí el pulso en el cuello, en esa puntada baja del vientre que llevaba media noche negándome. Pensé en cómo había empezado todo: el frío mordiéndome las orejas, la zanahoria entre los dientes, la idea estúpida de una copa tranquila y una noche sin problemas. Kishishishi. Las mejores noches siempre empiezan con una mentira que te cuentas a ti misma.

La puerta tenía una placa de latón con las letras VIP. Metí la llave, giré, y cuando el pestillo cedió, empujé a Jin por el hombro, enviándolo un paso al interior.
—Tú primero. Quiero verte caminar hacia mi trampa, caballero.
Crucé detrás, cerré y giré el pestillo. Ese "clic" me gustó casi tanto como el del bar cuando los guardias sellaron la salida del desgraciado aquel. Guardé las llaves en el escote, donde el metal me heló la piel y me bajó un escalofrío que preferí no nombrar. Ay, pinga, pensé. Y seguí caminando.
La habitación era más de lo que esperaba: sofá de cuero oscuro hundido en las sombras, mesa baja con una botella de whisky sin destapar, dos vasos, luz ámbar que lo bañaba todo en miel y suciedad, y un espejo grande en la pared que devolvía la escena dos veces. Me gustó el espejo. Dos Vixen para el precio de una. Olía a cuero, a cedro y, por debajo de todo, a él. Di la vuelta a la mesa despacio, dejando que la habitación me conociera.
—¿Nervioso? —pregunté sin mirarlo, pasando un dedo por el respaldo del sofá—. Yo estoy perfecta. Pregunta estúpida la mía. Me planté frente a él, apoyé las dos palmas en ese pecho de traje y empujé con todo el peso de mi decisión.
—Siéntate.
El empujón hizo el resto. Me subí a su regazo de un movimiento, de frente, una rodilla a cada lado, dejando caer todo mi peso sin anestesia. Bajo mis muslos, a través de la tela del pantalón, sentí el calor primero y la dureza después: ese tamaño que en la barra apenas asomaba y ahora empujaba contra mí con la honestidad que a él le faltaba. Sonreí.
—Ahí está —murmuré, frotándome una sola vez, lentísima, de atrás hacia delante—. Llevas toda la noche intentando hacer que no se note. Qué trabajador.
Tomé la corbata por la punta, la enrollé en el puño y tiré de la tela hasta tensarla. Acerqué mi boca a su oreja y mordí el lóbulo. No fue cariño: hundí los dientes hasta saborear metal, aguanté el tiempo justo para que la marca quedara, y solté con un chasquido húmedo.
—Regla número uno, yakuza —susurré contra el cartílago—: tú no me mueves a mí, yo te muevo a ti. Y si me fallas, te dejo el cuello como un colador y me vuelvo a mis zanahorias.
De cerca, la cicatriz era una cordillera pálida que le cruzaba media cara, y no pude evitar recordar la primera vez que la vi en movimiento: el estampido de su mano estampando la cabeza del borracho contra la pared, la sangre brotando entre sus dedos, ese pañuelo con el que se limpió los nudillos como quien se limpia migas de la mesa. Y yo en la barra, apretando las piernas con la boca seca, pensando que jamás un hombre me había parecido tan hermoso haciendo algo tan horrible. Un caballero con las manos sucias. Mi exacta debilidad
Le deshice el nudo de la corbata de un tirón y la dejé caer al suelo. Los botones del cuello cedieron uno a uno bajo mis dedos; el segundo, ese no: lo arranqué de un tirón y lo mandé a rodar bajo la mesa.
—Ese lo pagas tú —avisé.
Metí las uñas por la abertura y las arrastré hacia abajo, por el esternón, despacio, con la presión exacta para que se acordara de mí mañana. La piel pálida se me antojó fría bajo la mía, y me gustó esa idea: que yo fuera lo caliente en su frío. Me moví otra vez encima de él, un vaivén corto, cruel, buscando con mi calor su dureza a través de las telas, y me detuve justo cuando el ritmo empezaba a ponerse bueno. Me quedé quieta. Totalmente quieta.
—¿Ya? —me reí baja—. Joder, Jin. Yo hubiera apostado porque aguantarías más.
Me bajé de su regazo antes de que el juego me venciera y me planté entre sus rodillas. Levanté el pie derecho y apoyé la punta del tacón contra esa dureza. Primero rozando. Después apoyando. Después hundiendo, con un giro lento de tobillo que rodó la suela contra la tela, midiendo la forma como quien lee braille.
—Pinga, mírala qué cómoda se ve ahí —dije—. Como hecha a tu medida.
Apreté un poco más, solo lo suficiente para que la comodidad se volviera matemática: presión, borde, punto exacto.
—¿Duele? —incliné la cabeza, dulce—. Bien. Así duele también cuando te rompo los huevos de una patada. Pregúntale al imbécil de la barra... aunque a él no le estuvo ni de cerca tan agradable. Tú estás disfrutando la versión buena de mi maldad. De nada.
Retiré el tacón de golpe, dejando la ausencia como regalo, y me arrodillé entre sus piernas. Apoyé las palmas en sus muslos y subí por la tela del pantalón, despacio, hasta un palmo del destino; bajé de nuevo, subí otra vez, dibujando la ruta sin pisarla. Y entonces hundí los dientes en el interior de su muslo, alto, muy alto, a través de la tela. Apreté. Aguanté. Sentí la firmeza del músculo bajo la mordida y escuché, muy cerca, una respiración que se había olvidado por completo de ser tranquila.
Solté con cuidado, pasé mi lengua sobre la marca y me quedé mirando el punto exacto donde la tela subía y todo se volvía cuestión de centímetros. Me levanté, metí los dedos en su cabello por la nuca y tiré hacia atrás, exponiendo la garganta ajena como quien abre un libro por la página que le interesa. Arrastré la lengua por la cicatriz, lentísima, de un extremo al otro, saboreando tabaco, cedro y sal.
—En la barra tuviste la boca a un centímetro de la mía —murmuré contra su piel—. Ese "compruébalo tú misma" de mierda dicho como un reto... y no te moviste. Cabrón. Me hiciste esperar una copa entera, un pasillo y una puerta con pestillo. Ese tiempo lo cobro con intereses.
Y cobré. Tomé su cara entre las manos, los dedos marcándole la mandíbula, y me quedé con su boca de un mordisco: labio inferior entre los dientes, tirón, y después la lengua, profunda, desordenada, robando el sabor a whisky que me había quedado a deber en la barra. Besé como muerden los que no piensan soltar: sin permiso y sin prisa de irse. Me separé un palmo con su labio todavía entre los míos y lo solté al final con un chasquido.
Me puse en pie de un salto, me alejé dos pasos y me dejé caer en el brazo del sofá, de lado, cruzando las piernas con toda la paciencia del mundo... que no tenía. El calor entre las piernas era un incendio propio que nadie me había pedido apagar; la cola me temblaba contra el cuero y la escondí con la elegancia de una mentirosa profesional.

Extendí una pierna, apuntando la punta del tacón hacia su boca.

—Estado de la situación, yakuza: tú, caliente a medias, a propósito; yo, perfecta por fuera y en llamas por dentro, aunque eso no lo sabrás hasta que lo ganes. —Apoyé el mentón en la mano—. Regla número dos: lo que pasó en la barra se queda a deber. Lo que pase aquí, lo cobro yo. —Señalé la punta del zapato con el mentón—. Empieza por aquí. Y si lo haces bien... kishishishi... quizá te ganes el siguiente centímetro.
Y ahí me quedé, mirándolo, con las llaves heladas contra el escote y el pulso haciendo todo el ruido que mi cara se negaba a hacer.
Bolsillo Táctico
![[Imagen: HC5Abkg.png]](https://imgur.com/HC5Abkg.png)
