Ayer, 12:55 PM
(Última modificación: Ayer, 12:59 PM por Max D. Bambú.)
Día 84 de verano
16:00
Biblioteca de Mogaro
16:00
Biblioteca de Mogaro
Una vez Don Bambú completó sus estudios sobre el mundo, las frutas del diablo y los poderes espirituales del haki sólo le quedó un gran proyecto de investigación por completar antes de dar por completamente rematados sus estudios teóricos. En efecto, llegar a entender los legendarios textos escritos en Poneglyph era una ardua tarea que podría llevarle años y años y no había ni un sólo libro en su biblioteca que hablase de ellos. El propio Bambú se había encargado de revisarlos todos, de catalogarlos minuciosamente y de ordenarlos por materias. Había creado un libro de registro para llevar cuenta de todos los fondos de la biblioteca y tenía varios cajones de tarjetas en las que se custodiaban tarjetas que identificaban los volúmenes de distintas formas. Un cajón ayudaba a localizar los libros por su título, si tenían. Otro por el autor o autora, si éste era conocido, y un tercero los agrupaba por materias. Es decir, por la temática que abarcaba la obra. Conociendo ya todo lo que poseía la biblioteca de Mogaro y habiendo descubierto los secretos que ésta albergaba, no había ningún motivo para no promocionarla y dejar que los propios habitantes de la isla acudiesen a consultar las obras y aprender sobre el mundo que les rodeaba. Hacer de Mogaro un pequeño país de eruditos se había convertido en una de las fantasías de Bambú, que buscaba, entre otras cosas, favorecer la creación de un mundo donde la gente no estuviera limitada por una densa niebla de ignorancia fácilmente disipable con el abanico de la lectura. La mayoría de adultos, sin embargo, no tenían el menor interés por la lectura. La mayor parte de los autóctonos eran trabajadores del campo, leñadores y pescadores. Los que venían de fuera, por ejemplo los contratados por el Ejército Revolucionario para trabajar en el astillero y servir de fuerza militar, tampoco tenían un gran trasfondo erudito como podrían tenerlo los ciudadanos medios de Oykot u Ohara. Y lo cierto es que aunque hubiera una minoría que de verdad se interesase por los conocimientos ocultos en aquellos manuscritos tan antiguos, muchos no tenían el nivel necesario para llegar a comprenderlos del todo, lo que habitualmente era una fuente de angustia que favorecía el abandono de la lectura y el retorno a otros ocios menos exigentes.
Como bibliotecario mayor, un puesto que Don Bambú tomó con gusto y para el que no encontró oposición alguna, era parte de su trabajo el ayudar a la civilización de Mogaro a prosperar culturalmente. El panda intentó promocionar la biblioteca de diversas formas. Organizó clubs de lectura de las obras que él mismo consideró clásicas, pero nadie acudía. Hizo exposiciones de libre acceso por las cuales se mostró un parco interés. Contrató pequeñas orquestas para atraer a los ciudadanos a la biblioteca con alegres canciones, pero después de los conciertos la gente abandonó el edificio sin interesarse lo más mínimo por ninguno de sus volúmenes. Le propuso al consejo la idea de construir un pequeño edificio en el centro de Ciudad Kamome para hacer más accesible el inmueble de la biblioteca, pero ante la evidente falta de interés del populacho, parte del cual formaba parte del consejo, la idea fue descartada con la intención de invertir los fondos públicos en "algo más interesante para el pueblo". Aunque no estuviera de acuerdo, Bambú tuvo que ceder ante la voluntad de la mayoría.
Una tarde no tan calurosa de Verano, cuando los últimos retazos de la estación luchaban contra la inminente llegada del otoño, Bambú se encontraba dando un paseo por su biblioteca abandonada con un cierto aire de tristeza. Tenía la mirada algo perdida. Deambulaba sin rumbo por entre los pasillos llenos de libros ahora etiquetados con un código que inventó él mismo para su fácil localización. Recordaba con un cariño que nunca creyó posible a los viejos usuarios de su biblioteca en Conomi. ¿Qué tal estarían? ¿Seguiría aquella pequeña biblioteca en pie después de que Bambú la abandonase? Quizás algún día volvería a su isla natal a comprobarlo. Quizás podría llevarle flores a su madre. Una llamada a la puerta abierta le sacó de su ensimismamiento. Se giró ligeramente ilusionado por si fuera alguna persona interesada en la colección de la biblioteca, pero no era ningún adulto ávido de lectura, sino el recluta Gregorovich. —BUENAS TARDES MARISCAL MAX D. BAMBÚ HE TERMINADO LOS DEBERES COMO ME ORDENÓ Y SOLICITO PERMISO PARA IR A JU- A ENTRENAR CON MIS CAMARADAS ESCOLARES EN EL CAMPO DE BALOMPIÉ. —Bambú se echó a reír con las ocurrencias de aquel zagal. En verdad le recordaba un poco a él mismo. —Permiso concedido, recluta, páselo bi- digo, esfuércese mucho. —Una sonrisa de ilusión se dibujó en el rostro del recluta Gregorovich, que salió disparado hacia el campo de juego tan rápido como había llegado. Sus pasos, sonoros como truenos al principio, se perdieron en la distancia de los pasillos como un eco retumbante cada vez más apagado. Bambú se quedó quieto, mirando a la puerta pensativo, pensando en qué clase de juegos le gustarían a Gregory. ¿Qué aficiones tendría aquel mozo a parte de jugar con sus amigos por las tardes o dar paseos por la montaña con su hermana? Y entonces tuvo una idea.
Le sorprendió que no se le hubiera ocurrido antes, para qué mentir. Si la tasa de lectura en los adultos estaba por los suelos, lo habitual no es sólo intentar corregirla atrayéndolos a la biblioteca, sino también resolverla desde la infancia. En la escuela, después de todo, aprenden cómo funciona el mundo, a sumar, a restar y, con suerte, a leer. ¿Y si Bambú creara una biblioteca especialmente dedicada a los niños? Rápidamente se acercó a una de las mesas de estancia y se sentó a escribir en un papel todos los libros infantiles que se le ocurrían. Los cuentos de los Primos Timm, El Campesinito, Antoñito Audífonos, Los Balompiecísimos y El Cuento Terminable (lectura fácil para niños entre 3 y 5 años y adultos cansados). —Cielos, hay muchísimos y nunca lo había pensado, vaya bibliotecario estoy hecho. —La lista continuó aumentando sin mesura ni control, pero eso era exactamente lo que buscaba Bambú. Encontró en sus memorias infantiles libros tan divertidos como los Labraperros, el Zorro con Sandalias, Coletas de Cobre y El Gatito Riquiño. —Tengo que hacer un pedido... Pero no con fondos públicos, esto lo pagaré yo. —Decidió con determinación. Era una idea nueva, que ebullía en su cabeza con fuerza, pero no la plantearía al Consejo. No si no cuajaba inicialmente por lo menos. Aquella tarde Bambú salió corriendo del castillo camino al puerto. Tardó un buen rato en encontrar algún barco mercante que trazara rutas comerciales más allá de Risky Red, donde la lectura no era un hobby tan habitual como los duelos de revólver al atardecer. Necesitaba a alguien que circulase por varios rincones del Nuevo Mundo y que incluso se aventurase a los Blues y trazase toda clase de rutas comerciales por el mundo, pero que no se dedicase al mercado negro. Tardó un tiempo en encontrarse con un navío de estas características y, de hecho, pero lo encontró. Y esto no fue sólamente un producto de la increíble suerte de Bambú, sino que su suerte actuó en combinación con el hecho de que en Mogaro se encontraba el astillero más grande e importante del Nuevo Mundo. Barcos de toda clase llegaban a sus tierras, la mayor parte revolucionarios, pero muchos mercantes también. Allí era donde mejor se trabajaban los barcos que no amparaban las podridas alas del Gobierno Mundial.
Como decía, Bambú encontró en el puerto de Mogaro un navío comercial que tenía la mercancía exacta que buscaba: libros. Era poco habitual, por eso tuvo suerte, pero mayor suerte tuvo cuando el viejo que lo gobernaba le permitió el paso a las bodegas interiores del barco, que servían de almacén para la mercancía más difícil de mover. El barco tenía de todo, claro, un comerciante no sobrevive únicamente vendiendo libros. Vendía toda clase de medicinas, ropa de lejanas tierras, ungüentos de belleza, conservantes alimentarios naturales como la sal, un poquito de contrabando de armas que Bambú tuvo a bien pasar por alto y otras tantas cosas, entre ellas libros. Los libros que tenía en exposición fuera del barco eran los típicos manuales de agricultura que podría adquirir el nuevo campesinado, libros de recetas para los panaderos y panaderas de la isla y otras tantas obras de más utilidad que erudición. Sin embargo, en el interior del barco Bambú se encontró con obras menos frecuentes: libros de cuentos. No había nada de gran erudición, mucho menos sobre el tema de los poneglyph. Ese tipo de obras no se compraban en cualquier barco comercial. Pero los libros infantiles sí, porque niños hay en todas partes y a veces leen. Claramente este tipo de mercancía se vendía más en islas con tradición erudita. —Aquí hay de todo, caray. —Bambú se pasó una buena parte de la tarde ojeando libros, anotando sus referencias y apartando los más interesantes para comprarlos. Tanto tiempo estuvo, que la luz del atardecer se fue difuminando cada vez más en el horizonte hasta que fueron necesarias varias lámparas distribuidas por la bodega de la corbeta mercante para ayudar al mink a seguir ojeando libros. —Uh, este no lo conozco, vamos a ver... Teo va al Zoo. —Bambú ojeó el libro, era de dibujos. La historia trataba de un niño rubio con una sonrisa permanente en su rostro que visitaba un zoo con toda clase de animales tristemente aprisionados en jaulas minúsculas. Casi parecía una historia de contrabando animal que un cuento infantil. —Oh, cielos. —Había otro de la misma serie. —Teo aprende las bondades del machete... —En este, el protagonista rubio de antes aparecía despedazando con un machete enorme a sus enemigos, que parecían ser marines y revolucionarios. La sonrisa permanecía inalterable en su rostro. —Esto... esto no es literatura infantil... ¿¡Cómo que Teo comete crímenes de guerra en el East Blue!? ¿Pero qué niños leen esto? —Y había otro que incluía un Atlas del Grand Line, pero Bambú no se atrevió siquiera a abrirlo. Los depositó con cuidado en el montón de libros que no le interesaban para los niños y continuó ojeando otras obras más aceptables.
Para cuando el dueño del barco carraspeó, con una cierta molestia, para interrumpir la infatigable búsqueda del saber literario infantil de Bambú, porque de verdad que quería irse a dormir, el panda ya tenía un montón enorme de libros en la pila de los que se quería llevar. Había encontrado clásicos de los que ni siquiera se acordaba, como Miguel el Ratón, Fortadelo y Milemón (que eran más juveniles que infantiles, todo sea dicho), El Ganso Godofredo y las simpáticas aventuras de Al-Tuntún, un periodista originario de Arabasta que busca desentrañar la verdad en una serie de casos increíblemente misteriosos. —¡Ahí va, qué horas son! Nika mío cuánto lo siento. —Alborozado, Bambú se apresuró a cargar con los libros a fuera del barco en varios viajes, ya que eran demasiados para uno solo. Fácilmente habría de llevarse unas 150 obras, algunas de ellas repetidas, eso sí, porque podría darse el caso de que varios niños acudiesen a leer los mismos libros. El coste de los libros fue un poco escandaloso, pero Bambú lo pagó sin miramientos con la firme convicción de que lo que hacía era, al fin y al cabo, lo correcto. El señor, que la verdad se portó muy bien a lo largo de todo el proceso, le regaló al panda una carretilla bastante grande para poder llevarse todos los libros al mismo tiempo, aunque la verdad es que eran tantos que iban apilados un poco por encima de sus posibilidades en aquella carretilla. En el camino de regreso, como ya era bastante tarde y la gente estaba durmiendo, nadie interrumpió al panda. Los únicos sonidos en la calle eran el roce de las ruedas de la carretilla por el pavimento de piedra de las calles de Ciudad Kamome y el distante sonido de las olas del Grand Line chocando contra los rompeolas del puerto. Al cabo de unos veinte minutos, el panda llegó a las dependencias del castillo y tuvo que hacer malabares para maniobrar con la carretilla por sus pasillos y muchos más malabares para subir los libros por las escaleras, esta vez sin carretilla alguna. Una hora después de llegar al castillo, las mesas de la biblioteca rebosaban con nuevos libros para los futuros ávidos lectores de la República Popular Bananera de Mogarolandia (nombre no oficial). Bambú, en la oscuridad de la habituación pobremente iluminada con un par de lámparas de lámparas de aceite, sonreía satisfecho con su trabajo. —Veamos... —Estaba demasiado oscuro para empezar a revisar todos los libros que había comprado, pero se aventuró a coger uno al azar. Resultó ser Los Tres Caseros, una historia de tres malvados individuos con múltiples casas que se dedicaban a especular con el mercado de la vivienda para lucrarse sin mesura ni control. En el cuento, un apuesto y valiente mink lobo se dedicaba a perseguirlos hasta sus viviendas personales y les obligaba a regular el precio de los alquileres. —Tengo mucho trabajo por delante. Hay que ordenar los libros por rangos de edad adecuados. Esta historia a los niños de 5 a 8 años no les va a gustar, pero los de 10 ya podrían entenderla bien... —¿Podría dormir Bambú con la emoción de su pequeño proyecto personal? La respuesta era no, probablemente. Pero necesitaba más luz para trabajar, así que apagó las lámparas de aceite (no fuera a ser) y bajó rápidamente a los cuarteles del Ejército regular de Mogaro para pedir lámparas de las gordas y un poco de mano de obra para trasladarlas. Su condición de mariscal le facilitó este último trabajo enormemente y no le costó obtener ayuda de hasta cinco reclutas que se encontraban en medio de su descanso. Entre todos trasladaron un total de doce lámparas de aceite con un sistema de seguridad alrededor de la zona central donde ardía la llama. El sistema consistía en una cámara de agua gelificada que impedía que el aceite se esparciera por el suelo mucha distancia si la lámpara terminaba rompiéndose. Al cabo de media hora, toda la estancia de la biblioteca estaba iluminada como si fuera de día y Bambú pudo ponerse a trabajar inmediatamente. Dejó que los reclutas se marcharan, ya que pronto deberían volver a sus trabajos habituales, y se puso manos a la obra.
En primer lugar anotó en el libro de registro todos los libros que había comprado. El orden de anotación era irrelevante, porque todos habían llegado al mismo tiempo, así que los fue anotando según los encontraba. Intentaba, eso sí, mantener las series juntas para que no se desperdigasen innecesariamente en el propio libro. Después de anotarlos y escribir en cada uno de ellos su correspondiente número de registro, el siguiente paso era sellarlos. El sello consistía en una pequeña estampa de una cara de oso panda con tinta neutra y una inscripción que rezaba "Biblioteca de Mogaro". Así los libros quedaban permanentemente ligados a las biblioteca y no había problemas de extravío. El siguiente paso fue algo más complicado y, sin duda, el más laborioso de todos ellos. Bambú se dedicó durante gran parte de la noche a clasificar los libros por edades. Ciento cincuenta libros, recordemos, que debían de ser revisados y evaluados para darles una clasificación adecuada. Así, ningún niño de 4 años intentaría leerse los retalos de Al-Tuntún, que a veces incluían algún crimen más serio que un inocente hurto, y los niños de 11 años no se aburrirían con las desventuras de los Labraperros, que ya les pillaban un poco mayores. Con todo, no era un trabajo desagradable. La lectura y en muchas ocasiones relectura de aquellos libros le traía recuerdos de su infancia. Una infancia que no fue perfecta, como la mayoría de ellas, pero que no fue catastrófica tampoco. Aprendió a leer cuando era chiquito. Con apenas cuatro años ya sabía leer palabras largas porque las leía con su madre todas las noches. Con seis ya se había leído algo de Al-Tuntún, aunque le gustaba más Ignacio el Inmoral, un maltratado vasallo que soñaba con ser Tenryuubito en lugar del Tenryuubito. Y a los 8 años ya se estaba terminando las novelas juveniles clásicas como Brunhilda, una niña muy lectora que se comió una fruta del diablo que le otorgó poderes telequinéticos o Antonio en la República de los Cosas Sorprendentes. Los primeros albores de la mañana siguiente todavía no habían llegado cuando todos los libros infantiles y juveniles se encontraban ordenados en cinco secciones diferentes distribuidas en cinco de las mesas de la modesta biblioteca de Mogaro.
En una de las mesas estaban los cuentos con muy pocas palabras o incluso sin palabra alguna. La carga del contenido estaba en las imágenes y en su mayoría estaban hechos de un cartón relativamente denso capaz de soportar las mordeduras sin dientes de los más pequeños. Bambú tendría que comprar juguetes para ellos. En la siguiente mesa estaban los libros más fáciles de entender y con el lenguaje más simple para que los padres les leyesen a los niños, o para que ambos aprendiesen a leer juntos. La siguiente mesa ya contenía algunos cuentos repetitivos, pero con suficiente carga de contenido como para entretener a los chavalines de 5 a 8 años. El penúltimo conjunto de obras eran cuentos ya más densos, generalmente series protagonizadas por personajes tan reconocibles como Antónimo Smithson, un reputado mink roedor lingüista que viaja por el mundo documentando las variedades dialectales de cada isla. Finalmente, en la última de las mesas, se encontraban apilados los libros de literatura juvenil. Pequeñas novelas que terminarían de avivar la llama lectora de las juventudes prepúberes de Mogaro. Esta sección era la que más libertades podía tomarse, ya que podía haber tanto libros sencillos como libros bastante complejos y que podrían ameritar una segunda o tercera lectura en el futuro. Obras tan llevaderas como ¡Reclutas! ¿Reclutas? de Terence Pritchett o El Tontatta, de Jay Ray Ray Talking. Lecturas que, en cierto modo, construyeron al Bambú del pasado en el Bambú del ahora.
Los primeros rayos del sol ya empezaban a pintar el cielo en el horizonte. Bambú se había arruinado los horarios, pero tenía que irse a dormir o difícilmente llegaría a hacer algo de provecho con todo aquel material. Se levantó de la silla en la que llevaba horas trabajando sin descanso y apagó todas las lámparas o las que quedaban encendidas al menos. —Mañana... bueno hoy, pero más tarde, vaciaré la habitación de al lado y encargaré unas estanterías... Bueno qué coño, las hago yo que soy carpintero HONHONHON. —Ya no sabía ni de qué se reía, quizás se había vuelto definitivamente loco. O quizás era insufriblemente feliz. Lo importante era que Bambú se fue a dormir muy contento aquella mañana, sabiendo que estaba haciendo lo posible por asegurar un futuro más brillante para las jóvenes promesas de Mogaro entre las que se encontraba la brillante estrella que era Gregory Gregorovich.
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