El bueno, los malos y el feo [P.R - T4] [Juan & Shin]
#4
Caos.
 
El niño herido trajo caos al pueblo.
 
Los rastros de sangre que el marine albino le limpió de la cara y de las rodillas fueron una muestra mínima de la brutalidad de un ser que no tendría compasión ni siquiera con los más débiles.
 
¿Desde cuándo Long Ring Long Land era una isla tan insegura?
 
Los murmullos empezaron a extenderse por todo el mercado y fueron los padres y madres que iban acompañados de sus hijos los primeros en marcharse de aquel lugar. Poco a poco el mercado se fue vaciando, pues a pesar de que hubiera dos marines cerca, nadie podía asegurarles que en verdad ellos podrían protegerlos, por lo que, pronto, alrededor del herido, solo quedaron un par de pescadores, la chica que lo auxilió en un inicio y la alta señora que se identificó como su abuela.
 
—¿De verdad estará bien? —Las palabras de la señora solo salieron cuando el marine albino se apartó del lado del chico y ella aprovechó para casi abalanzarse sobre el más joven para observar los vendajes que ahora cubrían buena parte de su rostro. Ahora que estaba limpio, las heridas no parecían tan graves como antes, pero la preocupación de su abuela era latente, más al saber que su otro nieto había sido capturado por quien sabe qué clase de criatura.
 
 La abuela se giró, quiso agradecer al albino; sin embargo, antes de que pudiera pronunciar palabra, la voz del muchacho se alzó para dar una orden que ninguno de los presentes pudo contradecir. Era algo simple, sencillo, quedarse en el sitio…tal vez si alguno fuera más temerario habría desafiado esas palabras, pero ellos eran pueblerinos comunes y ahora…ahora se habían llenado de miedo. Solo pudieron ver como uno de los marines, el gyojin rojo, empezaba a correr a toda velocidad mientras que el otro parecía casi desaparecer en un halo de luz.
 
¿Qué clase de unidades conformaban el cuerpo de la Marina?
 

 
7:45 p.m.
Noreste de L.R.L.L.
 
Entre simples discusiones de precios y las curaciones al niño herido, los últimos rayos del sol se habían ocultado, dando espacio a un cielo negro azulado que esa noche, en especial, estaba cubierto de nubes densas que parecían pronosticar un posible aguacero. No había estrellas y aunque había luna, no llena, su luz era opacada, la mayor parte del tiempo, por las pesadas nubes que pasaban frente a ella. La oscuridad se había tomado el terreno.
 
Cuando los marines llegaron a la parte más al noreste de la isla, el silencio acompañaba a la oscuridad; sin embargo, al este, es decir, a la derecha del punto en donde se encontraban los marines en ese instante, a unos 500 metros, se lograban ver varias casitas viejas, de madera o eso parecía en la oscuridad, cuyo soporte eran palos que se clavaban a la tierra y alzaban la estructura, manteniéndola alejada del agua de mar cuando la marea crecía, pues estas viviendas estaban no solo cerca del mar, si no casi sobre el mismo, aunque, a esta hora, se podía acceder a ellas con facilidad aprovechando la marea baja.
 
Si se acercaban a ellas podrían darse cuenta de que no había nadie viviendo ahí. Estaban vacías, aunque no se veían del todo abandonadas de derruidas por el tiempo, más bien se veían como casas a las que una persona llega una vez al año para pasar una temporada y luego se retiran… ¿Nómadas? Posiblemente, sea como sea, no importaba cuando, pues para cualquiera que tuviera haki de observación era obvio que sus habitantes no estaban, aunque, si llegaban a acercarse a la última de las casas, una que se veía más pequeña en comparación al resto, podrían sentir, dentro de la casa, el aura de dos personas.
 
Una de ellas estaba quieta, casi dormida, de hecho, apenas y podía sentirse su energía, que tenía un color celeste pálido, como las aguas de un lago manso, mientras que, otra de las energías se notaba más activa. Tenía un tono rosáceo oscuro que se movía de un lado a otro como la llama de una vela expuesta al viento, mirándolo bien, podía verse inquieto, pues sea quien sea, se movía a un lado a otro de la habitación tal como un animal enjaulado.
 
Pero no era todo, una presencia más los acompañaba a unos 20 metros, pero no estaba en tierra, no, estaba en el mar, reposando tranquilo, no sobre el agua, si no bajo ella. ¿El problema? Estaba lejos de ser una amenaza, tenía un aura rosa pálido, tranquila, pacífica, casi como la de un niño que solo desea jugar…No podía ser a quien buscaban ¿o sí? Imposible de saber cuándo, desde su lugar, ni siquiera podían ver su apariencia, sea quien sea estaba sumergido por completo y no parecía dar señales de querer moverse de su elemento, pues desde su lugar solo se escuchaban unos cuantos chapoteos que se confundían con el sonido de las corrientes marinas chocando contra la arena de la costa.
 
Al acercarse a esa última casita, a la que podrían llegar, ya sea por la arena o por los “puentes” de madera que conectaban cada casa, podrían notar que la puerta de entrada, si es que se le puede llamar así a la cortina de conchas marinas que intentaba cubrir el interior de la casa, estaba corrida hacia un lado y desde dentro, podía escucharse el refunfuño de una vocecita infantil. Parecía una niña…una que se giró de forma violenta apenas sintió la presencia de dos extraños. Era quien poseía la inquieta aura rosa oscuro.
 
—¿Qui…quiénes son? —Desde la ventana trasera de la casa, que consistía en una única habitación de 8 x 8 metros, la luz de la luna entraba y bañaba la silueta de la niña quien ahora sostenía un enorme cuchillo que apuntaba directamente a los marines. Sus manos temblaban, haciendo que el “arma” se moviera de forma errática; sin embargo, no era lo único notable en ella, pues si la luz de la luna, que en ese momento no estaba tapada por ninguna nube, mostró marcas de moretones alrededor de sus tobillos y de sus muñecas. Era obvio que había estado atada con algo, sogas o cadenas, sea cual sea la opción, por los moretones y raspones al rojo vivo, no parecía haber estado mucho tiempo en “libertad”. —Ma…marines —. En lugar de alegrarse, palideció más de lo que ya estaba. Su respiración comenzó a ser errática y sus ojos se desorbitaron cuando prestó la suficiente atención a Juan, específicamente. Dio unos pasos atrás, temblando más que al inicio. —No…no…no lo son…es una trampa…un…eres un Leviatán…como ellos…Leviatán…Leviatán…Leviatán…
 
La pequeña, de no más de 12 años, dejó de retroceder cuando sus pies se encontraron un bulto más pequeño con el que tropezó, haciendo que cayera sentada sobre el piso de madera y que su cabeza chocara contra la madera de la casa. El cuchillo voló por los aires y se clavó en medio de la habitación.
 
—¡Ah! —Ella se levantó con rapidez al ver su arma alejada de su cuerpo. El miedo no se le había pasado, pero ahora era movida por pura supervivencia. Ignoró el bulto con el que tropezó, que en realidad era un niño que yacía dormido en el suelo, con sus manos y pies maniatados con nudos que incluso a un escapista se le haría difícil romper. Era el poseedor del aura celeste pálido. —¡Dijeron que me dejarían libre si lo cuidaba mientras no estaban! No me van a vender a ustedes…No…no me van a vender a un Leviatán y a un…un…
 
Su escaso vocabulario no le surtió de una palabra para llamar a Shin, pero, no hacía falta, sus acciones hablaban por si sola, pues había recuperado el cuchillo y se acercaba peligrosamente hacia los marines.
 
Mientras tanto, en el mar, aquel de aura angelical abrió sus ojos con pereza, se removió en el agua y sacudió su cabeza cuando salió solo un poco a la superficie, dejando solo su cabeza y ojos a la vista, aunque lo cierto es que podía confundirse con algún animalito acuático. Miró con pereza y luego algo de curiosidad hacia la casita en donde de repente empezaba a haber mucho ruido. —¿Por qué…? —Afiló su mirada y desde su lugar, alcanzó a divisar dos uniformes blancos con la palabra “marine” escrito a sus espaldas. —¿Uh? —La criatura no se inmutó de buenas a primeras; sin embargo, giró su cabeza hacia el horizonte, en donde, al menos a unos 100 metros desde donde estaba, es decir, a unos 120 metros de la casita en donde estaban los marines, había una formación rocosa en la que fácilmente podría ocultarse algo o alguien. —Creí que tardarías menos —. Susurró, ahora bajo el agua, el ser que ahora se veía impaciente, esperaba a alguien y ese alguien parecía estar tardando. —Mira el problema en que nos metiste…sabía que debíamos habernos ido antes de esta isla —. Siguió hablando sola, entre dientes, mientras se hundía más en la mar.
 
Desde donde estaban Shin y Juan, si alguno de los dos decidía voltear, no se vería nada extraño, además de la formación rocosa en el horizonte, cerca de ellos, solo se notaba un burbujeo espumoso en el agua que bien podría pertenecer al movimiento natural de las olas o a un animalito jugueteando.
 
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Mercado de Mariscos
[Imagen: hyakocheja.png]
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RE: El bueno, los malos y el feo [P.R - T4] [Juan & Shin] - por Hyákinthos - 26-09-2026, 08:07 AM

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