25-09-2026, 02:30 PM
La noche en Karate arrastraba un calor pesado que no terminaba de marcharse ni con la brisa que subía desde los muelles. Hanma avanzaba despacio por el callejón de las tabernas; el peso de sus trescientos cincuenta kilos hacía gemir las tablas sueltas de los portales a cada zancada. No tenía prisa alguna. Había dejado atrás los muelles buscando algo consistente que meterse entre pecho y espalda antes de que los puestos cerraran los tenderetes, pero la mayoría de los fogones decentes ya estaban apagados o pedían más monedas de las que el bolsillo de un ogro errante acostumbraba a guardar. En su hombro izquierdo, bien asentada entre la mata de pelo rojo y áspero, Ratatouille mantenía las orejas tiesas y el hocico al aire. La rata blanca olfateaba con calma los vapores grasientos que salían por los ventanales de las cocinas, descartando fritangas viejas. El gigante oni enfiló la esquina hacia la plaza de los bebedores rascándose la base de un cuerno con el nudillo, justo en el momento en que un portazo reventó la calma de la noche.
El ruido no vino solo. Tras el estruendo de la madera salió despedido un bulto que rodó dos metros por el fango entre maldiciones sobre la nobleza del oficio de bartender, levantando una nube de polvo que tardó unos segundos en asentarse. Hanma no necesitó entrecerrar los ojos para reconocer aquella estampa: el sombrero estrambótico, el laúd colgado a la espalda y los aspavientos teatrales eran imposibles de confundir en toda la isla. Menos aún cuando un segundo golpe, seco y de hierro macizo, resonó contra las costillas del tipo en el suelo. El posadero le acababa de arrojar a la coronilla su propio kanabo, rematando el despido con una lista a gritos de jarras de cerveza, sake, absenta y tragos impagados que resonó por todo el vecindario antes de cerrar la tranca. El coloso se detuvo a escasos pasos del borracho, contemplando el cuadro con los brazos cruzados sobre el pecho. Desde su hombro, Ratatouille soltó un chillido breve, acomodándose el parche de cuero con una uña mientras miraba con juicio implacable a aquel individuo que seguía jurando venganza con el trasero en pompa y la cara enterrada en el suelo.
El oni soltó un bufido por la nariz que bajó por el callejón como un trueno corto. Con la puntera de su sandalia, empujó el extremo del kanabo caído, haciéndolo rodar un palmo hasta dejar el hierro junto a la bota del músico. Vesper ya empezaria a desenredarse del lodo, sacudiéndose la mugre de la ropa y acomodándose el laúd con la soltura de quien está demasiado habituado a que le paguen los conciertos a patadas. Ni una pizca de vergüenza en el rostro. Fiel a su costumbre de montar un circo de cualquier derrota, el trovador soltó su risotada chillona, compuso una reverencia aparatosa y comenzó a declamar títulos de poeta, devorador de pecados y pirata ante la primera cara que tuvo delante, afinando las cuerdas para arrancar otra función nocturna.
-Garararara. Tanto rollo de cronista en la plaza y tanto verso de taberna para acabar otra vez con el hocico en el fango, músico. Veo que en este tiempo no has aprendido a pagar lo que te metes al cuerpo ni a sujetar ese garrote sin que te lo estampen en las costillas.- La voz de Hanma cayó desde sus siete metros y medio de altura con esa calma pesada que no necesitaba aspavientos para llenar la calle. Sus ojos amarillos dejaron al trovador incorporándose a medias y se clavaron en la mesa redonda colocada junto a la entrada del local. En aquel rincón descansaba un sujeto de piel morena, melena blanca y un par de alas oscuras plegadas a la espalda que delataban una sangre muy distinta a la de los marineros del South Blue. El tipo apestaba a perfume de rosas barato, un hedor denso que chocaba de frente con el olor a alcohol rancio y fritanga de la calleja. A sus pies, un mono tití de pelaje anaranjado masticaba un trozo de manzana con total indiferencia hacia los gritos ajenos. Ratatouille dio dos pasos hacia el cuello del oni, clavó las uñas en su piel cobriza y entrecerró su único ojo sano al divisar al mono con ropita tejida. La rata asomó los dientecillos bajo los bigotes en una advertencia territorial clara, un recordatorio silencioso de quién mandaba en los hombros del coloso que Hanma apaciguó pasándole la yema del pulgar por el lomo.
El Gran Oni echó un vistazo de reojo a la propaganda mal pegada en la pared de madera, donde unos garabatos torpes prometían reclutar gente aburrida para algo llamado los Hijos de la Libertad. Luego volvió a mirar al alado que mantenía las piernas sobre la mesa y a Vesper, que ya empezaba a rasguear su instrumento como si estuviera en un salón de banquetes. Hanma dio un paso al frente, haciendo crujir los guijarros bajo su peso, y dejó caer los brazos a los costados. -Vaya cuadro tenéis montado aquí fuera. Uno buscando tripulantes con papeles que no sabe ni redactar, el otro viviendo de asaltar barriles ajenos para que le partan el lomo, y los animales mirando el espectáculo. Dime, alado. ¿De verdad esperas encontrar a alguien de provecho en esta isla esperando sentado mientras este borracho te desafina en la cara, o es que tu banda no tiene nada mejor que hacer esta noche?-
El ruido no vino solo. Tras el estruendo de la madera salió despedido un bulto que rodó dos metros por el fango entre maldiciones sobre la nobleza del oficio de bartender, levantando una nube de polvo que tardó unos segundos en asentarse. Hanma no necesitó entrecerrar los ojos para reconocer aquella estampa: el sombrero estrambótico, el laúd colgado a la espalda y los aspavientos teatrales eran imposibles de confundir en toda la isla. Menos aún cuando un segundo golpe, seco y de hierro macizo, resonó contra las costillas del tipo en el suelo. El posadero le acababa de arrojar a la coronilla su propio kanabo, rematando el despido con una lista a gritos de jarras de cerveza, sake, absenta y tragos impagados que resonó por todo el vecindario antes de cerrar la tranca. El coloso se detuvo a escasos pasos del borracho, contemplando el cuadro con los brazos cruzados sobre el pecho. Desde su hombro, Ratatouille soltó un chillido breve, acomodándose el parche de cuero con una uña mientras miraba con juicio implacable a aquel individuo que seguía jurando venganza con el trasero en pompa y la cara enterrada en el suelo.
El oni soltó un bufido por la nariz que bajó por el callejón como un trueno corto. Con la puntera de su sandalia, empujó el extremo del kanabo caído, haciéndolo rodar un palmo hasta dejar el hierro junto a la bota del músico. Vesper ya empezaria a desenredarse del lodo, sacudiéndose la mugre de la ropa y acomodándose el laúd con la soltura de quien está demasiado habituado a que le paguen los conciertos a patadas. Ni una pizca de vergüenza en el rostro. Fiel a su costumbre de montar un circo de cualquier derrota, el trovador soltó su risotada chillona, compuso una reverencia aparatosa y comenzó a declamar títulos de poeta, devorador de pecados y pirata ante la primera cara que tuvo delante, afinando las cuerdas para arrancar otra función nocturna.
-Garararara. Tanto rollo de cronista en la plaza y tanto verso de taberna para acabar otra vez con el hocico en el fango, músico. Veo que en este tiempo no has aprendido a pagar lo que te metes al cuerpo ni a sujetar ese garrote sin que te lo estampen en las costillas.- La voz de Hanma cayó desde sus siete metros y medio de altura con esa calma pesada que no necesitaba aspavientos para llenar la calle. Sus ojos amarillos dejaron al trovador incorporándose a medias y se clavaron en la mesa redonda colocada junto a la entrada del local. En aquel rincón descansaba un sujeto de piel morena, melena blanca y un par de alas oscuras plegadas a la espalda que delataban una sangre muy distinta a la de los marineros del South Blue. El tipo apestaba a perfume de rosas barato, un hedor denso que chocaba de frente con el olor a alcohol rancio y fritanga de la calleja. A sus pies, un mono tití de pelaje anaranjado masticaba un trozo de manzana con total indiferencia hacia los gritos ajenos. Ratatouille dio dos pasos hacia el cuello del oni, clavó las uñas en su piel cobriza y entrecerró su único ojo sano al divisar al mono con ropita tejida. La rata asomó los dientecillos bajo los bigotes en una advertencia territorial clara, un recordatorio silencioso de quién mandaba en los hombros del coloso que Hanma apaciguó pasándole la yema del pulgar por el lomo.
El Gran Oni echó un vistazo de reojo a la propaganda mal pegada en la pared de madera, donde unos garabatos torpes prometían reclutar gente aburrida para algo llamado los Hijos de la Libertad. Luego volvió a mirar al alado que mantenía las piernas sobre la mesa y a Vesper, que ya empezaba a rasguear su instrumento como si estuviera en un salón de banquetes. Hanma dio un paso al frente, haciendo crujir los guijarros bajo su peso, y dejó caer los brazos a los costados. -Vaya cuadro tenéis montado aquí fuera. Uno buscando tripulantes con papeles que no sabe ni redactar, el otro viviendo de asaltar barriles ajenos para que le partan el lomo, y los animales mirando el espectáculo. Dime, alado. ¿De verdad esperas encontrar a alguien de provecho en esta isla esperando sentado mientras este borracho te desafina en la cara, o es que tu banda no tiene nada mejor que hacer esta noche?-
