24-09-2026, 09:29 AM
La risa de Hanma le subió desde el fondo de la andorga, ronca como una tolva de carbón. Un retumbar sordo. Hizo vibrar las lajas de pizarra bajo las botas del enano. El mocoso tenía los pómulos colorados por el forcejeo, la sudadera rota y el descaro de quien no sabe lo que pesa una mano de Gran Oni. Soltó aquel eructo como si estuviera en la barra de su casa. Ni pestañeó. Hanma se pasó la palma por la barba rojiza, torciendo los colmillos con una mueca que era mitad desprecio y mitad diversión. Aquel retaco de Spider Miles era un bicho correoso, como un chucho callejero que ladra desde una esquina con las costillas pegadas al pellejo. -Garararara. Tienes la lengua muy suelta para la poca carne que gastas, renacuajo. Moai. Llámame así otra vez y te salto los piños de un revés antes de oler el guiso. Mi nombre es Hanma. Guárdatelo en esa mollera dura, que no suelo repetirlo a quien no se lo ha ganado.- Del cuello de la camiseta asomó un hocico blanco. Ratatouille tenía los bigotes tiesos y las uñas clavadas en la tela, enseñando los incisivos hacia el chaval. Estaba que trinaba. El peliblanco la miraba con ojos de despiece, como calculando cuánto sacaría en un puesto de pinchos morunos. Hanma bajó el pulgar y le acomodó el lomo con un toque suave. La fiera ni pestañeó. La rata se acurrucó contra su clavícula con el parche torcido. -Y quítate de la cabeza lo de hacer brochetas con ella. En mi cocina y en mi mesa, la rata come antes que nadie. Manda más que tú y tiene bastante más seso. Si estiras la zarpa para tocarle un pelo, te quedas sin dedos antes de pestañear.-
El mocoso torció el gesto con esa chulería de arrabal que da el hambre vieja, preguntando con sorna si en donde sea que fuera Hanma comían pedruscos. Hanma resopló por la nariz. Las piedras las usaba para tirarlas a los barcos de la Marina o para machacar cabezas ajenas sin pagar aduanas. El arroz se trataba de otra manera. Exigía lumbre viva, caldero limpio y calma para no volverse engrudo. No era comida de ratero. -No como piedras, renacuajo. Las piedras no levantan un brazo. Ese arroz que desprecias lo amasé con estas manos de hacer mantequilla que tanto te gustan, mientras andabas pegando brincos para cazar una migaja.- Hanma alzó la vista hacia la ladera verde que Kai señalaba con el dedo. Miró arriba. El camino de tierra subía retorcido entre pinos, lejos de los dojos. -Me da igual si en ese tugurio te cruzaron la cara de un sopapo o si mandaste al mozo a volar contra las vigas. Conozco esa clase de antros. Mientras el tiro tire y tengan una sartén de hierro sin grasa podrida, esa cocina sirve. Y si al dueño le entran nervios al ver entrar a un gigante, ya me encargaré yo de pagarle lo que toque o de enderezarle el juicio.-
Dio un paso al frente y los adoquines gimieron bajo sus trescientos cincuenta kilos. El combate había quedado atrás; no había rabia en sus ojos amarillos. Se echó los codos atrás despacio. Los omóplatos se juntaron en la espalda con una detonación seca. CLAC. Era el tic de siempre: descongestionar los huesos tras la pelea y estirar la piel antes de la marcha. Ratatouille dio un chillido corto y clavó el ojo sano en la cuesta. Hanma echó a andar dejando atrás la plaza y el brocal del pozo. Cada zancada suya obligaba al chico a meter tres trotes cortos para no quedarse oliendo el polvo. La estampa era ridícula. Siete metros y medio de carne cobriza frente a un mocoso de diecisiete años que no abultaba lo que una de sus pantorrillas.
El sendero ganó altura entre bancales de piedra y zarzas secas. El aire olía a resina y a tierra caliente. Hanma no cocinaba por caridad ni por compadreo con vagabundos; su palabra de hierro se pagaba con carne fresca y verdades. Y aquel renacuajo aún tenía mucha cuenta pendiente por desglosar. Bajó la mirada por encima del hombro, sin frenar el paso pesado que hacía temblar las raíces. -Ahora vas a soltar lo que falta, Kai.- El nombre sonó seco en su garganta, sin adornos. -Una giganta en el South Blue no pasa desapercibida ni metida en una cueva marina. Dime de dónde carajos ha salido esa Annie. ¿Qué clase de barco espera en esta isla? ¿Lleva las marcas de guerra de Elbaph en el escudo o es solo otra renegada que le huye al Gobierno? Escúpelo mientras subes la cuesta, que todavía te queda fuelle para largar esa bocaza.-
El mocoso torció el gesto con esa chulería de arrabal que da el hambre vieja, preguntando con sorna si en donde sea que fuera Hanma comían pedruscos. Hanma resopló por la nariz. Las piedras las usaba para tirarlas a los barcos de la Marina o para machacar cabezas ajenas sin pagar aduanas. El arroz se trataba de otra manera. Exigía lumbre viva, caldero limpio y calma para no volverse engrudo. No era comida de ratero. -No como piedras, renacuajo. Las piedras no levantan un brazo. Ese arroz que desprecias lo amasé con estas manos de hacer mantequilla que tanto te gustan, mientras andabas pegando brincos para cazar una migaja.- Hanma alzó la vista hacia la ladera verde que Kai señalaba con el dedo. Miró arriba. El camino de tierra subía retorcido entre pinos, lejos de los dojos. -Me da igual si en ese tugurio te cruzaron la cara de un sopapo o si mandaste al mozo a volar contra las vigas. Conozco esa clase de antros. Mientras el tiro tire y tengan una sartén de hierro sin grasa podrida, esa cocina sirve. Y si al dueño le entran nervios al ver entrar a un gigante, ya me encargaré yo de pagarle lo que toque o de enderezarle el juicio.-
Dio un paso al frente y los adoquines gimieron bajo sus trescientos cincuenta kilos. El combate había quedado atrás; no había rabia en sus ojos amarillos. Se echó los codos atrás despacio. Los omóplatos se juntaron en la espalda con una detonación seca. CLAC. Era el tic de siempre: descongestionar los huesos tras la pelea y estirar la piel antes de la marcha. Ratatouille dio un chillido corto y clavó el ojo sano en la cuesta. Hanma echó a andar dejando atrás la plaza y el brocal del pozo. Cada zancada suya obligaba al chico a meter tres trotes cortos para no quedarse oliendo el polvo. La estampa era ridícula. Siete metros y medio de carne cobriza frente a un mocoso de diecisiete años que no abultaba lo que una de sus pantorrillas.
El sendero ganó altura entre bancales de piedra y zarzas secas. El aire olía a resina y a tierra caliente. Hanma no cocinaba por caridad ni por compadreo con vagabundos; su palabra de hierro se pagaba con carne fresca y verdades. Y aquel renacuajo aún tenía mucha cuenta pendiente por desglosar. Bajó la mirada por encima del hombro, sin frenar el paso pesado que hacía temblar las raíces. -Ahora vas a soltar lo que falta, Kai.- El nombre sonó seco en su garganta, sin adornos. -Una giganta en el South Blue no pasa desapercibida ni metida en una cueva marina. Dime de dónde carajos ha salido esa Annie. ¿Qué clase de barco espera en esta isla? ¿Lleva las marcas de guerra de Elbaph en el escudo o es solo otra renegada que le huye al Gobierno? Escúpelo mientras subes la cuesta, que todavía te queda fuelle para largar esa bocaza.-
