24-09-2026, 04:36 AM
Las ventiscas constantes del Reino de Roshwan traían consigo un eco gélido que entumecía los sentidos de los hombres ordinarios, pero sobre el rostro tranquilo y siempre atento de Dharma, el invierno no era más que otra circunstancia ordinaria del mapa. Su clara resistencia a cualquier clima y su voluntad eran el abrigo perfecto. El espadachín de Wano avanzaba por las calles empedradas de la capital, Pushkin, manteniendo sus pasos perfectos, no tenia necesidad alguna de medirlos, pues su caminar era el de alguien con gran solemnidad, cada paso le permitía observar más y más de este lugar, que mostraba un cielo friolento, con poca iniciativa por parte del astro rey, la hora del día era cercana a la tarde o eso podía suponer sin mucha exactitud. Sus vestimentas negras casuales absorbían los pocos destellos de luz que lograban filtrarse a través de la nevada, y a los costados de su torso, sus espadas gemelas descansaban bajo sus sujeciones de cuero, siempre al alcance de sus manos, siempre alerta, pero con una postura confiada.
Para alguien de su estirpe, la arquitectura extravagante de Pushkin resultaba un espectáculo un tanto singular. Los edificios de ladrillo rojizo se alzaban desafiando la lógica del clima con sus tejados de colores llamativos y geometrías esféricas que simulaban cúpulas suspendidas en el espacio, parecía una ciudad diferente, más bien parecía una ciudad a diferencia de muchas islas que son pequeñas y muestran claramente ser solo pueblos. Era una estética vistosa, pero que para el pelinegro no pasaba de ser un envoltorio trivial; el verdadero interés de Roshwan radicaba en la llanura helada de su tundra y en los secretos bélicos o sociales que este inmenso territorio del South Blue pudiera ocultar. La mirada de sus ojos verde oscuro ligeramente afilados, registraba cada calle de la plaza central y el sutil olor alcohol que escapaba de los residentes y de las tabernas locales. Los habitantes de este gélido país se volcaban al alcohol por una necesidad biológica de regular su temperatura corporal, un vicio que Dharma consideraba poco práctico para la aptitudes físicas y mentales, pero no le importaba si los demás lo consumían así como cualquier otra cosa dañina, dejaba que los demás pensaran e hicieran a su antojo.
El místico y exmonje se dirigió de forma lineal hacia una banca, el color era indiferente pues en su mayoría estaba cubierta de una fina capa de nieve, cercana al centro de la plaza comercial, donde los copos de nieve acumulada comenzaba a blanquear los techos esféricos de los quioscos. Despejó la superficie con un sutil movimiento de su diestra y se sentó de forma tranquila, como casi un ritual, recostando su robusto cuerpo contra el frío material y estirando sus brazos a los costados, disfrutando de su propia libertad mientras observaba el transcurrir de los habitantes locales envueltos en gruesos abrigos de piel. Su anatomía imponente y bien trabajada por el rigor físico no respondía a un anhelo superficial de vanidad o belleza vana; para él, la simetría de sus músculos y su porte atlético eran la manifestación física de la eficiencia, la estética del poder puro hecha carne para servir a su voluntad en batalla. Exhaló de forma larga y pausada sintiéndose bastante tranquilo en ese lugar. | Bro... Pensaría que hay mas caos en una ciudad grande... | Decía para si mismo, mientras observaba la cotidianidad de los transeúntes. Dharma Sostenía una mueca lineal, una sutil sonrisa de desdén y absoluta confianza junto a la cicatriz en el lado derecho de su boca. No tenía la necesidad de hablar con nadie, ni solía buscar la interacción banal con la gente que atestaba el lugar; consideraba aquellas conversaciones triviales como un opio para la sociedad y un desperdicio de su tiempo.
| Hmm... |
Murmuró para sí mismo de forma sutil, regresando sus orbes esmeralda hacia el movimiento constante de la multitud. Para Dharma, las preocupaciones de esos seres mundanos que corrían a refugiarse en las tabernas eran banales; eran solo vasijas que contenían emociones innecesarias, cargadas de detalles inútiles que las volvían presas ante el destino. Sabía que en algún rincón de esta inmensa tundra o entre los callejones de Pushkin debían existir poderes y conocimientos útiles para su propia evolución hacia el poder absoluto, pero no tenía prisa por forzar las circunstancias. Dejaba que el ambiente inmersivo de la nevada fluyera, manteniendo sus espadas listas a su costado mientras seguia un poco pensativo, comenzando a estirar lentamente los musculos de su espalda aprovechando la tranquilidad.
Para alguien de su estirpe, la arquitectura extravagante de Pushkin resultaba un espectáculo un tanto singular. Los edificios de ladrillo rojizo se alzaban desafiando la lógica del clima con sus tejados de colores llamativos y geometrías esféricas que simulaban cúpulas suspendidas en el espacio, parecía una ciudad diferente, más bien parecía una ciudad a diferencia de muchas islas que son pequeñas y muestran claramente ser solo pueblos. Era una estética vistosa, pero que para el pelinegro no pasaba de ser un envoltorio trivial; el verdadero interés de Roshwan radicaba en la llanura helada de su tundra y en los secretos bélicos o sociales que este inmenso territorio del South Blue pudiera ocultar. La mirada de sus ojos verde oscuro ligeramente afilados, registraba cada calle de la plaza central y el sutil olor alcohol que escapaba de los residentes y de las tabernas locales. Los habitantes de este gélido país se volcaban al alcohol por una necesidad biológica de regular su temperatura corporal, un vicio que Dharma consideraba poco práctico para la aptitudes físicas y mentales, pero no le importaba si los demás lo consumían así como cualquier otra cosa dañina, dejaba que los demás pensaran e hicieran a su antojo.
El místico y exmonje se dirigió de forma lineal hacia una banca, el color era indiferente pues en su mayoría estaba cubierta de una fina capa de nieve, cercana al centro de la plaza comercial, donde los copos de nieve acumulada comenzaba a blanquear los techos esféricos de los quioscos. Despejó la superficie con un sutil movimiento de su diestra y se sentó de forma tranquila, como casi un ritual, recostando su robusto cuerpo contra el frío material y estirando sus brazos a los costados, disfrutando de su propia libertad mientras observaba el transcurrir de los habitantes locales envueltos en gruesos abrigos de piel. Su anatomía imponente y bien trabajada por el rigor físico no respondía a un anhelo superficial de vanidad o belleza vana; para él, la simetría de sus músculos y su porte atlético eran la manifestación física de la eficiencia, la estética del poder puro hecha carne para servir a su voluntad en batalla. Exhaló de forma larga y pausada sintiéndose bastante tranquilo en ese lugar. | Bro... Pensaría que hay mas caos en una ciudad grande... | Decía para si mismo, mientras observaba la cotidianidad de los transeúntes. Dharma Sostenía una mueca lineal, una sutil sonrisa de desdén y absoluta confianza junto a la cicatriz en el lado derecho de su boca. No tenía la necesidad de hablar con nadie, ni solía buscar la interacción banal con la gente que atestaba el lugar; consideraba aquellas conversaciones triviales como un opio para la sociedad y un desperdicio de su tiempo.
| Hmm... |
Murmuró para sí mismo de forma sutil, regresando sus orbes esmeralda hacia el movimiento constante de la multitud. Para Dharma, las preocupaciones de esos seres mundanos que corrían a refugiarse en las tabernas eran banales; eran solo vasijas que contenían emociones innecesarias, cargadas de detalles inútiles que las volvían presas ante el destino. Sabía que en algún rincón de esta inmensa tundra o entre los callejones de Pushkin debían existir poderes y conocimientos útiles para su propia evolución hacia el poder absoluto, pero no tenía prisa por forzar las circunstancias. Dejaba que el ambiente inmersivo de la nevada fluyera, manteniendo sus espadas listas a su costado mientras seguia un poco pensativo, comenzando a estirar lentamente los musculos de su espalda aprovechando la tranquilidad.
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| D e v i l s | N e v e r | C r y |
