24-09-2026, 12:10 AM
(Última modificación: 24-09-2026, 12:11 AM por Max D. Bambú.)
Abelino se dio la vuelta al final de la pasarela al escuchar las amables palabras del Heraldo y una sonrisa algo agujereada se dibujó en su rostro. —Jejeje, ¡gracias Heraldo, que tenga un buen día! —Y dicho aquello se fue con su maestro de oficio y se perdió de vista en el Niebla de Guerra. Con la perspectiva de un potente desayuno capaz de aliviar los mareos y las preocupaciones que pudieran estar aquejándole, Quetzalli Jr. se estiró y empezó a caminar por el apacible puerto de Hachinosu. Más concretamente por la zona que ya hemos establecido como "privilegiada" gracias a la imponente presencia del buque insignia del Shichibukai. Fue entonces cuando detectó a aquel pirata de aspecto gañán y ligeramente estúpido que llevaba al cuello un objeto tan importante para Quetzalli Jr. La aproximación del Heraldo fue directa. En primer lugar extendió su haki de observación y logró detectar, entre otras, el aura titilante de aquel individuo desconocido. Tenía un color marrón claro muy parecido al de la canela y oscilaba a su alrededor como pequeñas partículas de humo que se perdían a escasos centímetros de su cuerpo. Quizás fuera fuerte para la primera parte del Grand Line y sin duda habría vivido unas cuantas aventuras que le habrían ganado un lugar en el Nuevo Mundo, pero para los estándares de aquel mar infernal era un pez más bien pequeño. En comparación con el enmascarado, su aura dejaba todo que desear. Mas no era una contienda lo que buscaba él, sino respuestas a una pregunta que había llegado tan rápido y de forma tan repentina como un rayo en una tormenta.
Quetzalli se acercó a este sujeto con su cabeza bullendo con ideas sobre cómo entablar conversación con un posible adorador de su misma deidad. Se colocó a la derecha de aquel hombre que le sacaba más de una cabeza de altura y que no se dio cuenta de su presencia hasta que el enmascarado le saludó. —¡Oa! —Del susto, dio un paso hacia la izquierda, girándose para ver bien con su ojo izquierdo a la rastrera víbora que osaba acercarse por el lado por el que no veía. Si el susto de una voz repentina en su punto ciego fue grande, el de encontrarse con que la persona que lo asustó fue el mismísimo lugarteniente de la Catástrofe casi le hace cagarse encima. Pero ya sabemos que esto no es agradable, así que con una entereza que ya quisiera tener cualquier gabacho sujetavelas, el pirata apretó sus nalgas y logró que sus miedos se canalizasen en un silencio sepulcral mientras Quetzalli Jr. le hablaba con toda la amabilidad del mundo. Las neuronas del pirata tardaron unos segundos en espabilar y empezar a mandar los estímulos correctos al castigado cerebro de aquel maleante de tres al cuarto, aunque en su defensa había que decir que no todos los días se te aparecía una de las personas más influyentes de la isla en la que vives a invitarte a desayunar —¿El colgante...? —El pobre hombre no sabía dónde meterse. Se echó la mano al colgante de forma inconsciente y, finalmente, cuando su tosca mano entró en contacto con la reliquia, pareció entender de qué iba todo esto. —¡Oh! ¡Zí zeñor la Zanta Muerte que nos protege a toz! —Aquel hombre le dedicó una sonrisa medio desdentada a través de su poblada barba al Heraldo y entonces le dio un beso a su colgante antes de dejarlo reposar de nuevo sobre su pecho. —¿Un dezayuno con el Heraldo? ¡Dónde firmo! ¡Jajai! Juztamente conozco yo un local por aquí cerca que eztá mu bien. —Ahora que Quetzalli podía apreciar más de cerca a aquel sujeto, se dio cuenta de cómo olía. A pesar de su aspecto tosco y brutal, de su cuerpo salía una fragancia dulce y reconfortante idéntica al olor de la vainilla.
Juntos, aquel pirata tan curioso y Tenoch caminaron en dirección al área residencial renovada de Hachinosu. Mientras salían del puerto, concretamente de la zona privilegiada del puerto, y se adentraban en una de las calles recientes de la isla, el pirata iba contándole su vida al luchador. —No zé muy bien que quiere zaber, Heraldo, pero yo le cuento y uzté ya me para zi me pazo. Me llamo Ibrahim y me llevo dedicando a ezto de la piratería añoz, ¡toda mi vida! Le doy al vino cuando lo hay y a las mujerez zi me dejan, jejei, pero de fumar nada eh, no zeñor, que ezo del tabaco ze llevó a mi padre y a mí no ze me va a llevar, ¡ze lo digo yo!. —Ibrahim hablaba por los codos y considerablemente rápido, pero no se hacía necesariamente desagradable. Mientras hablaban, ya se habían recorrido un par de calles de Hachinosu y acababan de adentrarse en una callejuela de las viejas, de las que no tuvieron que renovarse. Allí había un par de establecimientos nada más: una licorería sin letrero y un bar llamado Bar Andrés. Probablemente debido a que su dueño se llamaba Andrés, pero uno nunca sabía a qué atenerse en la isla del mal y de la delicuencia. —Ay pero que le eztoy contando, Heraldo, ¡que uzté zeguro que quiere zaber de mi colgante! Ez que yo encontré a la Zanta Muerte... —Volvió a besar el colgante. —...hace relativamente poco. Vamo a pedirle un dezayuno al bueno de Andrés... —Menos mal que todavía hay decencia en el mundo. —...y le cuento todo mientraz comemoz. ¡Viejo, zaca tuz mejorez galaz, mira a quien te traigo! —
El Bar Andrés era bastante pequeño. Se trataba de una estancia de 20x25 metros, con una barra modesta y tan sólo media docena de mesas repartidas por el local. Las paredes del local estaban pintadas de azul claro y las cornisas eran blancas con delgados dibujos dorados de temática floral. Salvando el marrón clarito de la madera de las mesas, en la mayor parte del local primaba esta combinación de colores blanco-azulada. Andrés era, como no podía ser de otra manera, un señor ya anciano. Era de estos que no se han jubilado porque la taberna la llevan en la sangre y el día que cierren el garito será el día que se mueran. En aquellos momentos Andrés estaba pasándole un trapito a la barra del bar y al detectar a Ibrahim, sin duda un cliente asiduo y el primero del día, le saludó con la cabeza, pero al ver quién le acompañaba se irguió como no se había erguido en los últimos 15 años de su vida de dolor reumático en la espalda. —¡Pero bueno Ibrahim, ni que fuera esto un restaurante siete estrellas de esos que les tienen los azules a los tetrumbitos! Siéntese Heraldo siéntese en esta mesa al lado de la ventana que es la mejor del bar. Ay cómo le tengo el garito por dios y yo sin saber que venía usted. —El bueno hombre se acercó a la mesa señalada, una bastante amplia de cuatro sillas, pero dos de las cuales fueron rápidamente retiradas para que los clientes gozasen de más espacio, y que estaba al lado de una ventana con vistas a la calle, que no era muy grande ni muy bonita, pero eran vistas a algo. Andrés materializó, como hacen a veces los camareros, una libretita en su mano izquierda y un lápiz en su derecha. —¿Qué toman de beber los señores? —
—Ay Andréz tú ya zabez lo que yo quiero. —Comentó Ibrahim mirando para otro lado, como quien no quiere la cosa. —Pues un vinito hombre. ¡Hoy te sirvo del bueno que me has traído a uno de los jefes! Y una tapita de bravas para empezar la mañana con fuerza. ¿Y usted Heraldo? —
Quetzalli se acercó a este sujeto con su cabeza bullendo con ideas sobre cómo entablar conversación con un posible adorador de su misma deidad. Se colocó a la derecha de aquel hombre que le sacaba más de una cabeza de altura y que no se dio cuenta de su presencia hasta que el enmascarado le saludó. —¡Oa! —Del susto, dio un paso hacia la izquierda, girándose para ver bien con su ojo izquierdo a la rastrera víbora que osaba acercarse por el lado por el que no veía. Si el susto de una voz repentina en su punto ciego fue grande, el de encontrarse con que la persona que lo asustó fue el mismísimo lugarteniente de la Catástrofe casi le hace cagarse encima. Pero ya sabemos que esto no es agradable, así que con una entereza que ya quisiera tener cualquier gabacho sujetavelas, el pirata apretó sus nalgas y logró que sus miedos se canalizasen en un silencio sepulcral mientras Quetzalli Jr. le hablaba con toda la amabilidad del mundo. Las neuronas del pirata tardaron unos segundos en espabilar y empezar a mandar los estímulos correctos al castigado cerebro de aquel maleante de tres al cuarto, aunque en su defensa había que decir que no todos los días se te aparecía una de las personas más influyentes de la isla en la que vives a invitarte a desayunar —¿El colgante...? —El pobre hombre no sabía dónde meterse. Se echó la mano al colgante de forma inconsciente y, finalmente, cuando su tosca mano entró en contacto con la reliquia, pareció entender de qué iba todo esto. —¡Oh! ¡Zí zeñor la Zanta Muerte que nos protege a toz! —Aquel hombre le dedicó una sonrisa medio desdentada a través de su poblada barba al Heraldo y entonces le dio un beso a su colgante antes de dejarlo reposar de nuevo sobre su pecho. —¿Un dezayuno con el Heraldo? ¡Dónde firmo! ¡Jajai! Juztamente conozco yo un local por aquí cerca que eztá mu bien. —Ahora que Quetzalli podía apreciar más de cerca a aquel sujeto, se dio cuenta de cómo olía. A pesar de su aspecto tosco y brutal, de su cuerpo salía una fragancia dulce y reconfortante idéntica al olor de la vainilla.
Juntos, aquel pirata tan curioso y Tenoch caminaron en dirección al área residencial renovada de Hachinosu. Mientras salían del puerto, concretamente de la zona privilegiada del puerto, y se adentraban en una de las calles recientes de la isla, el pirata iba contándole su vida al luchador. —No zé muy bien que quiere zaber, Heraldo, pero yo le cuento y uzté ya me para zi me pazo. Me llamo Ibrahim y me llevo dedicando a ezto de la piratería añoz, ¡toda mi vida! Le doy al vino cuando lo hay y a las mujerez zi me dejan, jejei, pero de fumar nada eh, no zeñor, que ezo del tabaco ze llevó a mi padre y a mí no ze me va a llevar, ¡ze lo digo yo!. —Ibrahim hablaba por los codos y considerablemente rápido, pero no se hacía necesariamente desagradable. Mientras hablaban, ya se habían recorrido un par de calles de Hachinosu y acababan de adentrarse en una callejuela de las viejas, de las que no tuvieron que renovarse. Allí había un par de establecimientos nada más: una licorería sin letrero y un bar llamado Bar Andrés. Probablemente debido a que su dueño se llamaba Andrés, pero uno nunca sabía a qué atenerse en la isla del mal y de la delicuencia. —Ay pero que le eztoy contando, Heraldo, ¡que uzté zeguro que quiere zaber de mi colgante! Ez que yo encontré a la Zanta Muerte... —Volvió a besar el colgante. —...hace relativamente poco. Vamo a pedirle un dezayuno al bueno de Andrés... —Menos mal que todavía hay decencia en el mundo. —...y le cuento todo mientraz comemoz. ¡Viejo, zaca tuz mejorez galaz, mira a quien te traigo! —
El Bar Andrés era bastante pequeño. Se trataba de una estancia de 20x25 metros, con una barra modesta y tan sólo media docena de mesas repartidas por el local. Las paredes del local estaban pintadas de azul claro y las cornisas eran blancas con delgados dibujos dorados de temática floral. Salvando el marrón clarito de la madera de las mesas, en la mayor parte del local primaba esta combinación de colores blanco-azulada. Andrés era, como no podía ser de otra manera, un señor ya anciano. Era de estos que no se han jubilado porque la taberna la llevan en la sangre y el día que cierren el garito será el día que se mueran. En aquellos momentos Andrés estaba pasándole un trapito a la barra del bar y al detectar a Ibrahim, sin duda un cliente asiduo y el primero del día, le saludó con la cabeza, pero al ver quién le acompañaba se irguió como no se había erguido en los últimos 15 años de su vida de dolor reumático en la espalda. —¡Pero bueno Ibrahim, ni que fuera esto un restaurante siete estrellas de esos que les tienen los azules a los tetrumbitos! Siéntese Heraldo siéntese en esta mesa al lado de la ventana que es la mejor del bar. Ay cómo le tengo el garito por dios y yo sin saber que venía usted. —El bueno hombre se acercó a la mesa señalada, una bastante amplia de cuatro sillas, pero dos de las cuales fueron rápidamente retiradas para que los clientes gozasen de más espacio, y que estaba al lado de una ventana con vistas a la calle, que no era muy grande ni muy bonita, pero eran vistas a algo. Andrés materializó, como hacen a veces los camareros, una libretita en su mano izquierda y un lápiz en su derecha. —¿Qué toman de beber los señores? —
—Ay Andréz tú ya zabez lo que yo quiero. —Comentó Ibrahim mirando para otro lado, como quien no quiere la cosa. —Pues un vinito hombre. ¡Hoy te sirvo del bueno que me has traído a uno de los jefes! Y una tapita de bravas para empezar la mañana con fuerza. ¿Y usted Heraldo? —
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