23-09-2026, 10:04 PM
Día 78 de Verano, 11:30 A.M.
Ciudad Mêlée, Long Ring Long Land.
El verano se estaba haciendo un poco largo para los habitantes de aquella peculiar isla con forma de anillo, Long Ring Long Land. Casi toda la isla estaba bajo el mar, solo las mesetas más altas eran acariciadas por la brisa y los rayos del sol, formando un círculo de pequeñas islas. Una vez al año, la marea bajaba lo suficiente para volver a conectarlas, quedando a la vista el anillo entero. Sus habitantes eran, en su mayoría, nómadas agricultores que iban migrando durante este periodo de tiempo, dejando así descansar las tierras que trabajaban. Otros se habían establecido en pequeñas ciudades muy coloridas con sus propias reglas y gobierno. Nuestra historia se centra en una de estas ciudades, en la época en la que la marea está alta. Nuestros protagonistas, una pareja de marines de paso. Bueno, uno ya no formaba parte de la Marina como tal, recientemente había pasado a formar parte del CP4. Éste era Kael Omuyaga, quien seguía viajando con sus compañeros de división hasta nueva orden. El otro era el Comandante Stroud Nanashi, nieto del afamado Vicealmirante Ryu Nanashi. Con la intención de partir en un periodo corto de tiempo, ambos soldados del Gobierno Mundial se dirigían a la ciudad del islote donde estaba amarrado su navío, con la intención de hacer acopio de provisiones para la travesía por el Grand Line. Ya llevaban demasiado tiempo allí, pero no lo habían desperdiciado.
El Ford’s Transit no estaba atracado muy lejos de la ciudad que pretendían visitar. Les separaban casi cinco kilómetros, un buen paseo para charlar y contemplar los últimos sucesos, intimidades, los siguientes pasos, o simplemente caminar en silencio. Sin más que su equipo y los bolsillos llenos de Berries, la pareja que representaba la autoridad del Gobierno, se disponía a comenzar el trayecto, dejando al resto de su división en el barco. No era ni mucho menos una misión, una simple caminata de ida y vuelta, sin complicaciones. Tanto la fauna como la flora del lugar eran largas, más de lo habitual. Las copas de los árboles se perdían en cielo, con troncos demasiado largos para su diámetro, desafiando las leyes de la física. No estaban en un bosque, sino en una llanura con unos cuantos desperdigados aleatoriamente. Un zorro se les cruzó por delante del camino que recorrían, forzándolos a detenerse unos segundos, hasta que su cuerpo pasara por completo. Para tener las mismas cuatro patas que cualquier otro cánido, el torso quintuplicaba la longitud total de uno normal. Todo llamaba la atención por lo mismo, era un paisaje que atrapaba. Menos mal que no había jirafas, pues los caballos de ahí eran mucho más altos y con el cuello más largo que una. El sol iba alcanzando el cénit y el calor del verano se acumulaba lentamente en la tierra y alrededores. Al fin, la silueta de unos edificios bajos se perfiló en el horizonte.
Los últimos metros sobraban, ambos llegaban a las afueras de la pequeña y colorida ciudad empapados en sudor. Se oía un buen jolgorio ya desde más lejos, no fue hasta situarse a un par de cientos de metros, que pudieron percibir que aquel municipio estaba de celebración. Parecía una festividad a gran escala. La muchedumbre estaba aglomerada en las calles, ocupándolas por completo. La densidad de gente era sorprendente para el tamaño de la ciudad, a simple vista. Ya a menos de cincuenta metros, un grupo de cuatro personas se les anteponía frente a la marabunta. Todo era más pintoresco a medida que se acercaban a la gente. Gran cantidad de banderines de colores cruzaban de balcón a balcón, creando un ambiente más colorido, si cabía, las fachadas de las casas ya vibraban con colores llamativos de por sí. Los Marines comenzaron a percibir música entre el griterío, y definitivamente, todos iban disfrazados. Solo se había puesto de acuerdo en beber, cantar, bailar, reir y disfrutar. Había infinidad de disfraces distintos. Era curioso y a la vez atractivo. Sin casi darse cuenta, mientras recorrían los últimos veinte metros habían estado escuchando una conversación la mar de absurda. - Si un árbol cae en medio de un bosque, y no hay nadie cerca para oírlo… ¿De qué color es el árbol? -
Aquel peculiar grupo estaba formado por cuatro personas. Quien había lanzado aquella pregunta era el más anciano, un hombre de pelo blanco y pobre, con una larga barba del mismo color. Su piel estaba curtida por el sol y surcada por arrugas. Vestía una camisa gris, raída, algo larga para su talla y ajustada a su cadera con un cinturón. También llevaba unas botas de cuero que habían vivido momentos mejores. Y, por suerte, al menos llevaba calzoncillos. Los pantalones debían estar con su cordura, o había llevado al extremo el disfraz de náufrago o tal vez vagabundo. - ¿De todos los colores? - Aunque algo aflautada, aquella voz desmintió que quien vestía un corto vestido rosa fuera una mujer. Su media melena rubia, recogida parcialmente en una coleta, no había hecho más que enaltecer aquella apariencia femenina. - ¡Exactamente! - El anciano parecía estar felizmente sorprendido. Pero no más sorprendido que el muchacho del vestido. - ¿En serio? - El tono del mayor se serenó. - Sí. Ahora bien, ¿qué te ha enseñado esta experiencia? - el joven no pensó un segundo su respuesta. - Que la filosofía no vale el tiempo que le dedico. - Alzó su vaso para darle un tímido sorbo, provocando una mueca de disgusto. - Estoy muy impresionado. A la mayoría de las personas les toma años de meditación llegar a esa conclusión. Has aprendido todo lo que podías de mi. Ve por el mundo con confianza y la cabeza bien alta. - El anciano dio un par de palmadas en el hombro derecho del muchacho. - ¡Ya recuerdo dónde dejé los pantalones! - Súbitamente, el viejo corrió hacia la multitud, perdiéndose entre ella en segundos. - Adiós Herman. - Sin querer, Stroud y Kael se habían detenido a escasos cinco metros del variopinto grupo, sin llegar a atreverse a saludar.
Las otras dos personas que estaban ahí eran dos chicas que mantenían una conversación totalmente ajena a la que acababa de suceder a su lado, sin prestar la más mínima atención a ésta. Una de cabellos rojizos, vestida de pirata, pero se veía a la legua que no lo era. Esta se percató de la presencia de los marines, haciendo un gesto a su compañera, que estaba de espaldas a los soldados, para que se girara a verlos, susurrando algo que solo los que estaban a un metro pudieron escucharlo. La otra muchacha, de cabello verde muy oscuro y vestida con un kimono naranja y una katana, se giró con la misma sonrisa pícara que su compañera. El joven rubio pareció molestarse con aquel comentario y se bebió de trago su brebaje, produciéndole una arcada seca y una cara de enfado más exagerada que antes. - Acercaos soldados, que no mordemos. Bienvenidos a Mêlée, nuestra humilde ciudad. Soy Elaine Marley, su gobernadora. Y esta es Carla, mi soltera amiga y guardaespaldas. - La joven de tez morena se ruborizó - Creo que hay información de más ahí, perra. - Ambas rieron con picardía y complicidad. - Y este de aquí es… Bueno… Mi… - El joven del vestido la interrumpió abruptamente. - Sssoy Garauiburussshh Thr*hip*gushhhsh, su prrome*hip*tido. Seeeguro que peleas co*hip*mo un grrannnjero. - Esas fueron sus últimas palabras antes de desplomarse hacia delante con los puños en alto, en posición de ataque. - No lo toméis en serio, por favor, no le sienta demasiado bien el alcohol… Bueno, ¿qué os trae por aquí? Si habéis venido a bailar y divertiros, os recomiendo que os pongáis un disfraz, llamáis demasiado la atención. - La gobernadora se acercó hasta ellos. - Por aquí pasa infinidad de gente de todo tipo. Somos generosos de antemano con todos, para evitar problemas con los más peligrosos. Así hemos sobrevivido durante generaciones. - Elaine se giró para echar un vistazo a la multitud. - Seguramente haya alguna que otra banda pirata por aquí y gente de dudosa reputación. No creo que sea buena idea adentrarse exponiendo quién sois, jugarían con ventaja. De todas formas os pido, por favor, que seáis discretos y no montéis ningún espectáculo. La gente está disfrutando de esta iniciativa que organizó un grupo de comerciantes que llegó hace unas semanas. - La gobernadora hizo una leve pausa mientras escudriñaba a la gente más cercana. - Mirad, esa pareja de ahí son de los comerciantes que os he mencionado. - Dijo señalando a un par de hombres que iban disfrazados, uno de boxeador y el otro de guepardo. Estaban pegados a la multitud, en la parte izquierda de la entrada a la ciudad. - Y aquellos tres también lo son. - Señaló entonces a un grupo formado por dos hombres y una mujer. Uno iba disfrazado de luchador de sumo, el otro de alce y la chica vestía pieles y portaba un hueso en la cabeza. Cabe decir que ésta apoyaba su espalda en la fachada de una casa, durmiendo de pie. - Su grupo proporcionó los disfraces para todo el pueblo y sus invitados temporales. Preguntad a cualquiera de ellos, seguro que todavía tienen alguno. - Elaine volvió con Carla. - Disfrutad mucho y no os metáis en ningún lío. Hio hio hio hio. Nos vemos. - Ambas se despidieron con un gesto con la mano y se dirigieron hacia la fiesta, desapareciendo entre los participantes, dejando atrás a la pareja de marines y al tipo del vestido rosa, tirado panza a tierra en el suelo.
Frente a ellos se dibujaron varios caminos. Podían desconectar y unirse a la celebración, buscando previamente atuendos para la ocasión. Podían adentrarse sin más en la multitud, en busca de alguna tienda para adquirir los víveres que pretendían, a riesgo de no encontrar ninguna abierta y de ser asaltados por maleantes, como les había advertido la gobernadora. Podían dar media vuelta y buscar otra manera de hacer acopio de comida y demás en otro lugar, pero el calor no invitaba a ello. En ellos quedaba ahora la decisión, cuáles serían sus siguientes pasos.
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