21-09-2026, 05:09 PM
—¡KYAAAAA!—
En el agradable mercado, el grito de una inocente muchacha pausó todas las actividades de los vecinos. Lo que precedió al chillido fue un silencio acompañado de miradas preocupadas. Si bien nadie tenía muchas ganas de moverse a causa del bochorno, cualquier ciudadano de bien daría un paso al frente si era para ayudar a una pobre chica.
El silencio, sin embargo, no fue seguido de ningún acto heroico, ningún justiciero salió al rescate de la dulce damisela. Lo que sí se pudo escuchar fueron susurros, personas murmurando de forma incriminatoria por los alrededores. No es que fuesen unos desamlados, simplemente, lo que se encontraron al girar sus cuellos no fue para nada lo que esperaban. Las madres tapaban los ojos a sus niños, quienes trataban de mirar de una u otra forma lo que tenían ante ellos.
Sus reacciones no eran para menos, pues el grito no venía de ninguna dama, se trataba del pobre Eugenio, quien se había quedado en paños menores y estaba siendo untado en su mágica loción por un hombre de dimensiones titánicas. Al ver lo que tenían frente a sus ojos, algunos de los vendedores empezaron a recoger las cosas de sus puestos, temerosos por verse envueltos en lo que estaba pasando.
—Señor… —
El vendedor intentó hablar, pero pocas palabras salieron de su boca mientras su respiración agitada y algunas lágrimas empezaban a precipitarse de sus ojos. —Sí, Señor… —Dijo finalmente mientras se acercaba paso a paso hacia el carro de los venerables ancianos. Su cuerpo, que antes lucía un sobrio tono mate ligeramente bronceado, ahora brillaba como el oro bajo la inclemente luz del sol. No sería exagerado decir que algunos de los vecinos tenían que interponer sus manos para no quedar cegados por su radiante calva.
Eugenio ahora lo entendía, este era el momento de su vida, el todo o nada. Lo primero que hizo fue pedir a los abuelos que se hiciesen a un lado. —Qué jovencito tan majo —dijo la yaya. En un principio tuvo miedo, pero tras tomar una bocanada de aire, lo entendió todo.
—Soy uno con la tierra y el cielo… —Susurró justo antes de afirmar su fundoshi tradicional. Colocó sus lustrosas manos en la madera del carro y miró con confianza al imponente revolucionario. —¿Estás listo, Maromo-kun? —Sus ojos brillaban con más pasión que su bronceada piel, provocando que algunos de los hombres de los alrededores empezaran a aplaudirle, cautivados por su virilidad, aunque las mujeres seguían mostrando rostros de desagrado ante tan dantesco espectáculo.
Y entonces sucedió, en busca de un milagro, Eugenio empujó la carretilla con todas sus fuerzas. ¿El resultado? Lubricado por la mágica loción, sus manos se resbalaron, provocando que toda su fuerza llegara a su clímax en un impacto de su nariz contra la madera del mango que trataba de empujar. Los aplausos cesaron y los vecinos, fingiendo que no habían visto nada de lo ocurrido, siguieron con lo que estaban haciendo antes.
—Menudo inútil… —Dijo el buen anciano.
—En mis tiempos, los hombres eran hombres de verdad… —añadió su amada esposa.
Olvidándose de Eugenio, ambos pusieron sus ojos en Magnus, viendo de arriba abajo sus titánicos músculos con un aire de esperanza. Era difícil saber qué buscaban en él con tanto ahínco, pero no fueron disimulados en su interés.
—Usted sí parece un buen mozo. —Afirmó la señora.
—Quien fuese mantequilla para que me untasen en esos pectorales. —Remarcó el dulce abuelito al tiempo que le guiñaba un ojo.
Tras recuperarse del golpe, el inútil vendedor se arrastró hasta el enorme buccaneer. Con su nariz sangrando y su rostro empapado en mocos y lágrimas, le suplicó. —¡Señor, le suplico clemencia! —Apuntó al bar que se encontraba a no tanta distancia mientras hacía una exagerada expresión de sufrimiento con su rostro. —¡Los marines me obligaron, me dijeron que tenía veinticuatro horas para conseguir cien mil berries! ¡NO TUVE ELECCIÓN!—
—Ciertamente, con nosotros fue igual, nos exigen cien kilos de arroz al día. Apenas nos sobra para comer… —Dijo Umberto, el buen anciano. —Mi pobre Umberto ya ni funciona en la cama… —Añadió una vez más Amparo mientras negaba con la cabeza. Los tres individuos no tuvieron problema en explicar sus problemas al enorme hombre, pero aun así no pidieron ayuda de forma directa. Después de todo, si algo caracterizaba a las gentes de Isla del Kárate, aparte de su disciplina, era su orgullo.
Tortuga Narradora

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