[P.R, Fic Hasshoken] Dándole al coco
#1
[Isla Karate,
South Blue,
62 de verano, año 18]


Magnus acababa de llegar. No tardó mucho en descubrir que la isla estaba diseñada por algún cabronazo que odiaba las líneas rectas. Todos los caminos se retorcían alrededor de la montaña, subían, bajaban y se separaban en escaleras demasiado estrechas para su gusto.

Las casas, construidas con madera clara y tejados curvos, parecían encogerse cuando Magnus pasaba entre ellas. En algunas fachadas colgaban banderines con puños, peces o siluetas de bailarines. 
Cada símbolo anunciaba una escuela distinta. Más allá del pueblo se extendían los arrozales. Grandes terrazas verdes rodeaban la base de la montaña como anillos. El agua reflejaba el cielo azul y centenares de campesinos caminaban por el barro con cestas a la espalda, aunque parecía que no todos eran campesinos.

Había alumnos con cinturones de colores que cargaban sacos, arrancaban brotes o corrían ladera arriba con sacos colgados de los hombros. En Karate incluso recoger la comida tenía que convertirse en una competición de flipados. Magnus se detuvo al ver a un chaval arrodillado junto a un canal de riego. El chico había apoyado dos dedos sobre una piedra que bloqueaba el paso del agua. 

No parecía hacer fuerza, cosa que extrañó a Magnus. Tomó aire, movió la muñeca y un zumbido grave recorrió la roca.
La superficie apenas se deformó, pero un instante después la piedra se abrió desde dentro en una red de grietas perfectas, como si fuera un rayo. El agua atravesó los fragmentos y volvió a correr hacia el siguiente bancal.
Magnus estaba estupefacto. No daba crédito a lo que veía.

—Tú —dijo el buccaneer.
El chico levantó la cabeza. Su rostro perdió el color cuando vio una sombra de cinco metros tapándole el sol.
—¿Yo, señor?
—No. El arroz. Claro que tú, subnormal. ¿Cómo cojones has roto esa piedra?
—Es una aplicación muy básica del Hasshoken. Solo estaba despejando el canal.
Magnus miró los restos. Después miró los brazos del aprendiz, finos como palillos. Volvió a mirar los restos. Volvió a mirar los brazos del chaval. Se agachó hasta dejar la cara a pocos centímetros de él. El barro se hundió bajo una de sus rodillas.
—¿Me estás diciendo que puedes reventar una roca sin tener músculos de macho?
—Tengo músculos —protestó el chaval antes de entender que aquella no era la parte importante de la pregunta —Quiero decir... sí. La vibración entra en el material y lo fractura. La fuerza ayuda, pero no es lo esencial.
La sonrisa de Magnus fue creciendo. Tibias podía correr, esconderse detrás de muros, ponerse armadura o meterse dentro de una caja de hierro si le apetecía. Si aquel estilo hacía lo que el chico decía, todo eso dejaría de importar. También sería divertido usarlo contra puertas, barcos, cañones o hijos de puta.

—¿Cómo puedo aprender eso?
—La maestra Sira Matcha, en el dojo del Hasshoken. Está en la ladera oriental, justo antes de llegar al bosque de bonsáis. Puedes seguir las estacas rojas.
—Bien. Ahora vuelve a romper piedras, niño de mierda.
Magnus le dio una palmada de agradecimiento. Estaba intentando ser amable, pero enterró al chico  en el barro. El aprendiz soltó un gemido de dolor y dos compañeras corrieron a sacarlo mientras el buccaneer ya se alejaba.

Las estacas rojas conducían hasta una escalera de casi cuatrocientos peldaños. Magnus puso un pie en el primero, alzó la vista y frunció el ceño. Podía pelear durante horas o correr largas distancias, pero las escaleras le parecían una forma de tortura.

Cuando llevaba cien escalones, empezó a sudar. A los doscientos, se había quitado el abrigo. A los trescientos, le iba poniendo nombre a cada peldaño para insultarlo con propiedad.
—Escalón hijo de puta. Escalón de mierda. Escalón maricón. Gurorororo... Cuando sea el Rey del Hasshoken ese voy a prohibir las putas escaleras.

Dos aprendices con maquillaje, pantalones ceñidos y movimientos exageradamente elegantes descendían en dirección contraria. Se detuvieron al encontrar el enorme cuerpo de Magnus ocupando todo el paso.
—Abre paso, que voy ardieeendoooo~~  —dijo uno, apoyándose una mano en la cadera —La flexibilidad también consiste en saber ceder, honey.
—¡Ugh! ¡Joder, qué asco! ¿Qué cojones es esto? —dijo Magnus al aire.
Magnus se echó a un lado con cierto reparo por ser incluso rozado por aquellos estudiantes.

Unos metros más arriba, tres alumnos del Gyojin Karate transportaban enormes tinajas de agua. Al verlo venir formaron una barrera por puro orgullo. Magnus continuó avanzando, sin importarle las consecuencias. Hubo un choque de hombros, dos tinajas rotas y tres hombres-pez increpando al buccaneer mientras este se alejaba despreocupado.
—A ver cómo os las apañáis ahora sin el puto agua, imbéciles —dijo Magnus sin siquiera preocuparse de que le oyeran.

La vegetación cambió al ganar altura. Los arrozales quedaron abajo. En la ladera crecían bonsáis tan grandes como casas. Eran árboles antiguos de troncos retorcidos cuyas copas daban sombra a caminos enteros. El aire olía a tierra húmeda, madera y sudor. ¿Petricor sudado? Algo así. Desde otros dojos llegaban golpes rítmicos, gritos de esfuerzo y tañidos de campanas. También se oían golpes apagados que no se parecían al impacto de un puño. Eran sonidos más profundos, como pequeños truenos atrapados bajo tierra.
Magnus siguió aquellos truenos hasta una explanada. En el centro había un edificio sencillo de madera rojiza, mucho menos ostentoso que los templos vecinos. En su fachada solo había un emblema formado por ocho líneas concéntricas y un letrero:

DOJO DEL HASSHOKEN

La puerta principal medía tres metros. Era claramente enorme para cualquier persona normal, pero a Magnus le llegaba a la altura del pecho.

—Parece un dojo para enanos —murmuró.
Podía haberse agachado, pero ese no era su estilo. En su lugar, apoyó la bota contra la puerta y la abrió de una patada. Las dos hojas se soltaron de las bisagras, cruzaron la sala y aterrizaron sobre una hilera de esterillas.
Dentro había una docena de alumnos inmóviles. Algunos practicaban posiciones mientras otros sostenían cuencos de agua entre las manos. Todos se giraron hacia Magnus a la vez.

Al fondo, una joven de pelo rojo fucsia barría el suelo. Medía poco más de metro y medio y llevaba unos pantalones cortos oscuros, unas deportivas blancas y una sudadera rosa pastel sobre una camiseta clara.
Su larguísima trenza le caía hasta la cadera. Su flequillo acentuaba unos ojos oscuros que observaron primero a Magnus, después las puertas arrancadas y finalmente las astillas repartidas por el tatami.

—Buenos días —dijo ella con serenidad —Juraría que la puerta estaba abierta.
—Ahora lo está aún más.
—Eso es verdad.

La joven dejó la escoba apoyada en la pared y se acercó a Magnus sin mostrar miedo. A cada paso, la diferencia entre ambos resultaba más llamativa. 
La cabeza de Sira apenas alcanzaba la parte baja del abdomen de Magnus. Una de las manos del buccaneer podía rodearle la cintura. Ella pesaba cuarenta y ocho kilos y él más de trescientos. Los alumnos miraban a su maestra con inquietud, pero Sira se limitó a juntar las manos delante del cuerpo.

—Soy Sira Matcha. ¿En qué puedo ayudarte?
Magnus soltó una carcajada tan grave que vibraron los cuadros que había colgados por la pared.
—¿Tú eres la puta maestra? Me cago en todo. Esperaba un viejo con una barba blanca. Y que fumase de pipa, o algo así.
—Los colores claros ayudan a no pasar tanto calor cuando entrenamos.
—Quiero que me enseñes a romper cosas con temblores.
—Vibraciones —corrigió ella amablemente —Y el Hasshoken no consiste solo en romper cosas.
—Me importa una mierda lo demás.

Sira inclinó la cabeza. No parecía ofendida. Aquello irritó a Magnus más que un insulto.
—Antes de aceptar un alumno necesito saber qué busca. El Hasshoken transmite la fuerza más allá de la superficie. Si solo deseas destruir, quizá debas aprender primero cuándo no hacerlo.
—Busco aplastar a un bandido llamado Tibias. Después ya encontraré más cosas que aplastar.
—Comprendo que estés enfadado con él.
—No estoy enfadado. Estoy ilusionado.
—También podríamos hablar de eso.
—No vamos a hablar de una puta mierda. Solo quiero romper cosas.

Magnus avanzó un paso. Las tablas se quejaron bajo su peso. Sira permaneció quieta, con una expresión casi compasiva. Cualquiera diría que no era la primera vez que lidiaba con un bruto.
—Has recorrido un largo camino —dijo Sira —Quizá tengas hambre. Puedo prepararte arroz y té mientras me cuentas por qué-
—¡Deja de tratarme como a un puto niño!
—No lo hago.
—¡Pues pelea conmigo ahora mismo!
—Preferiría que no.
—Perfecto. Así será más fácil.

Magnus lanzó la mano abierta para agarrarla. No pretendía matarla, sino solo levantarla. Quería sacudirla un poco y dejar claro quién estaba al mando. Sus dedos se cerraron sobre el aire. Sira había dado un pequeño paso lateral, tan corto que él ni siquiera percibió el movimiento. Volvió a intentarlo, pero ella se deslizó hacia el otro lado.

—Por favor, no pises las esterillas con las botas —pidió Sira con tranquilidad.
Magnus respondió con un puñetazo. Esta vez no se contuvo ni un poco. Giró la cadera, adelantó el hombro y descargó todo el peso de su cuerpo hacia la maestra. El golpe habría atravesado una pared del dojo. 
Sira levantó una mano. El puño de Magnus se detuvo contra su palma.
Durante un instante no sucedió nada. La imagen era cuanto menos curiosa: aquel brazo gigantesco, grueso como el torso de un hombre corriente, contenido por cinco dedos delgados de una jovencita.
Entonces, un zumbido recorrió la sala. El aire tembló. Las mangas de Magnus se agitaron aunque no había viento y una sacudida le penetró desde los nudillos hasta el hombro. No sintió un impacto externo, sino una explosión dentro del brazo.
Los músculos se contrajeron a destiempo, los dientes le chocaron y tuvo que retroceder dos pasos.
Los cuencos que sostenían los alumnos siguieron intactos. El agua de todos ellos formó a la vez ocho círculos perfectos.
Sira bajó la mano.
—Te he pedido que no pises las esterillas con las botas —repitió con la misma dulzura.

Magnus miró sus dedos entumecidos. Después la miró a ella. Su sonrisa se ensanchó hasta mostrar los dientes.
—Gurorororo... Otra vez.
La expresión de Sira cambió. No le dio otro aviso.
La calma desapareció de su rostro como si hubiera habido un cortocircuito. Sus ojos se abrieron con un brillo feroz, clavados en Magnus. Separó los pies, bajó el centro de gravedad y la sonrisa amable se convirtió en una mirada seria.
—¿Otra vez? —preguntó Sira.
Su voz había cambiado. Ahora sonaba más fuerte y adulta.
—Eso he dicho, niñata de mierda.
—¡PUES VEN, MONTAÑA DE CARNE!

Sira golpeó el suelo con la planta del pie. Una vibración circular atravesó las esterillas y sacudió el dojo. Magnus apenas tuvo tiempo de adoptar una guardia antes de verla delante. La joven descargó la palma contra su abdomen. El toque pareció insignificante, pero la onda cruzó la capa de grasa, atravesó los músculos y le comprimió el estómago desde dentro. El buccaneer escupió aire y saliva. Sira giró sobre sí misma, golpeó con el codo bajo sus costillas y una segunda sacudida se extendió por el pecho del buccaneer, incidiendo sobre su cicatriz.
Magnus intentó atraparla con ambos brazos. Ella se agachó, pasó entre sus piernas y le propinó un puñetazo detrás de la rodilla. La articulación vibró. Su pierna cedió y el buccaneer cayó sobre una rodilla, hundiendo las tablas.

—¡Lento! —gritó Sira —¡Y torpe! ¡Tienes un cuerpo capaz de derribar una casa y lo manejas como si lo hubieras robado esta mañana!
—¡Cállate, loca de mierda!

Magnus barrió el suelo con el brazo. Sira saltó por encima, usó el antebrazo como apoyo y corrió dos pasos sobre él. Después le plantó una patada en la cara. Su musculatura no tenía fuerza suficiente para desplazar una cabeza de su tamaño, pero la vibración sí. Magnus salió despedido hacia atrás. Chocó contra la pared, atravesó los tablones y aterrizó en el patio entre una nube de polvo.

Los alumnos dejaron los cuencos en el suelo con total tranquilidad, como si aquello fuera algo cotidiano.
—La maestra ha vuelto a ponerse contenta —comentó uno de ellos.
—Retirad los soportes de madera —ordenó otro —El grandullón va a romperlos.

Magnus se incorporó entre los restos de la pared. Le sangraba la nariz. Se limpió con el dorso de la mano, observó la mancha roja y soltó una carcajada. No recordaba la última vez que alguien tan pequeño lo había hecho volar. Puede que aquel niño de mierda con el pelo blanco cuyo nombre ni cara ni siquiera recordaba. Lo único que recordaba era aquel puto rodillazo en la cicatriz.
Sacó un cigarro del abrigo, comprobó que estuviera en buen estado y lo encendió.
—Eso ha estado bien.
Sira cruzó el agujero de la pared de un salto.
—¿Bien? ¡Ha sido una basura! ¡He desperdiciado la mitad de la onda en tu grasa! ¡Deja de fumar y atácame como si quisieras matarme!
—Ahora sí que me caes bien.
Magnus apuró todo el cigarro de una sola calada y lo arrojó con ansias. Corrió hacia ella y levantó el pie para aplastarla. Sira esperó hasta el último instante y dio un golpe ascendente contra la suela de la bota.
Las dos fuerzas chocaron y sonó un estruendo. El cuero se abrió desde dentro y Magnus sintió la vibración trepar por la tibia y extenderse por la cadera, perdiendo el equilibrio. Sira aprovechó la caída, saltó hasta la altura de su pecho y descargó una sucesión de palmas sobre él.
Cada golpe produjo un tono diferente. Uno grave bajo las costillas, otro agudo sobre el esternón, un tercero que pareció resonar en la cicatriz. Cada impacto tenía un propósito.
Las ondas rebotaban dentro de Magnus, se cruzaban y obligaban a su cuerpo a temblar con un ritmo que no era natural. Su resistencia no servía de nada. Podía tensar los músculos hasta convertirlos en piedra, pero la vibración se introducía en aquella piedra y viajaba a través de ella.
Magnus cayó de espaldas completamente dolorido.
Sira aterrizó sobre su pecho, con los puños levantados y la trenza ondeando detrás de ella.
—¡LEVÁNTATE!
Magnus soltó humo por la nariz. El cigarro ya no estaba en su boca, pero de algún modo el gesto le pareció apropiado.
—Pesas como una puta gaviota.
—¡Y tú peleas como un armario cayéndose por unas escaleras!
Él trató de aplastarla de una palmada, pero Sira saltó y el golpe de Magnus impactó contra su propio pecho. La maestra cayó sobre su frente con ambos pies juntos, concentrando allí una última vibración. Un fogonazo blanco cruzó la vista del buccaneer y su cabeza quedó hundida varios centímetros en la tierra.
Durante unos segundos solo se oyó el crujido de las ramas.
Sira respiraba con rapidez. Seguía sonriendo como una bestia ante una presa que aún podía levantarse. Sabía que Magnus era bastante resistente.
Magnus movió una mano, palpó el suelo y consiguió sentarse. Tenía el labio partido, la nariz ensangrentada, una bota destrozada y un dolor profundo en lugares que ni siquiera sabía nombrar. También estaba contento.
—Enséñame.
—No.
—¿Cómo que no?
—Has destrozado mi puerta, mi pared y parte del patio. Has insultado y atacado a una maestra sin permiso y llamas niña a cualquiera que no mida como un campanario. No tienes disciplina.
—Tengo dinero.
—No quiero tu dinero.
—Tengo tabaco.
—Tampoco quiero tabaco.
Magnus se quedó pensativo. No estaba acostumbrado a negociar con personas a las que no podía intimidar. Sira saltó de su pecho y, casi en el mismo instante en que terminó el combate, su expresión feroz se desvaneció. Se recolocó la sudadera, apartó un mechón de pelo y contempló los daños con tristeza.
—La puerta era nueva —murmuró con tristeza.
El buccaneer se puso en pie.
—Puedo arreglarla.
Sira miró las dos hojas partidas, la pared abierta y el hueco con forma de Magnus que había quedado en el patio.
—¿Sabes carpintería?
—No.
—Entonces puedes cargar madera. Y ayudarás en los arrozales hasta pagar los destrozos. Si durante ese tiempo consigues escuchar una sola instrucción completa sin insultar a nadie, consideraré enseñarte.
—Eso es imposible.
—En ese caso, buen viaje.

Magnus apretó los dientes. Pensó en Tibias. Pensó en la roca quebrándose desde dentro. Pensó en el pie de Sira atravesando su defensa como si nada. Después miró la montaña, el camino de regreso y los cuatrocientos jodidos escalones.
—De acuerdo —gruñó —Pero no pienso beber té. No soy marica.
—Podemos empezar por ahí.

Día 1
La primera jornada de entrenamiento no incluyó un solo golpe.
Sira entregó a Magnus dos cestas de plantones y lo mandó a los arrozales. El buccaneer bajó por un camino distinto para evitar las escaleras, aunque tardó el doble y arrancó tres árboles pequeños al agarrarse a ellos. A su llegada, los campesinos se apartaron. El aprendiz que había enterrado en el barro lo vio aparecer y decidió trabajar en otro bancal.

—Planta cada brote a la misma profundidad —explicó Sira —Sujeta aquí, hunde los dedos y libera la raíz con suavidad.
Magnus tomó un plantón entre el pulgar y el índice. Era tan pequeño que casi desaparecía en su mano.
—Esto es una puta mierda.
—Hazlo.
Magnus hundió el brote. Su dedo abrió un agujero hasta la capa inferior del bancal. El agua empezó a escaparse por él. Sira cerró los ojos y contó hasta cinco.
—Con suavidad.
—Lo he hecho con suavidad.
—Has perforado la terraza.
—¿No tenéis terraza más resistente?

Pasó la mañana intentando repetir un gesto que cualquier niño de la isla realizaba sin pensar. Los primeros plantones quedaron demasiado profundos, los siguientes flotaron y otros fueron triturados. Los errores acumulados iban aumentando su impaciencia, y cuanto más impaciente estaba, más arroz destruía. Sira no le permitió avanzar hasta que plantó diez brotes seguidos sin romperlos.
Magnus tardó seis horas.
—El Hasshoken comienza antes del impacto —dijo ella cuando por fin lo consiguió —Si no puedes decidir qué parte de tu fuerza liberas, tampoco podrás decidir qué vibra cuando golpeas.
—¿Qué parte de mi fuerza? ¿Qué cojones? Además, he venido para aprender a destruir cosas, no a tratar verduras con suavidad.
—El arroz no es una verdura.
—Me da igual lo que sea.
—Y todavía te faltan dos bancales.
Al anochecer cargó sacos hasta el dojo. Sira le sirvió un cuenco de arroz y una taza de té. Magnus protestó por la taza, protestó porque el cuenco era pequeño y protestó porque nadie había incluido carne. Luego se comió ocho raciones. Durmió en el patio porque no cabía por la puerta provisional y porque Sira se negó a permitir que agrandara otra pared.

Día 2
El segundo día empezó antes del amanecer. La maestra lo condujo hasta uno de los bonsáis gigantes. Del tronco colgaban centenares de tiras de papel, sujetas con pequeños alfileres.
—Golpea el árbol —ordenó la maestra.
Magnus sonrió ansioso.
—Por fin.

Retrocedió, tomó impulso y descargó el puño contra la corteza. El impacto sonó como un cañonazo. Varias ramas se sacudieron, una lluvia de hojas cayó sobre la ladera y una bandada de pájaros huyó hacia el mar. El tronco quedó marcado por un cráter del tamaño de una mesa.
Sira señaló las tiras. Casi todas seguían sujetas.

—Has dañado el árbol y no has soltado ni veinte papeles.
—Porque los alfileres están bien clavados.

La maestra apoyó dos nudillos contra el tronco y dio un golpe corto que ni siquiera dejó marca. Una onda suave recorrió la madera. Los papeles comenzaron a desprenderse desde abajo hacia arriba, uno tras otro, hasta llenar el aire como nieve.
—El objetivo no es herir la superficie. Tienes que enviar la vibración por el tronco y hacer que alcance cada alfiler. Cuanto más rígido te pongas, más frenas la onda.
—Mis músculos no frenan nada. Son pura potencia.
—Tus músculos son una muralla. El Hasshoken necesita un camino.

Magnus golpeó otra vez, más despacio. No ocurrió nada. Volvió a hacerlo. Nada. Al cuarto intento perdió la paciencia y arrancó un pedazo de corteza.
—¡NO QUIERO QUE LE PEGUES MÁS FLOJO! —rugió Sira, entrando de nuevo en aquel estado feroz —¡QUIERO QUE DEJES DE SER UN PEDAZO DE PIEDRA CON PIERNAS! ¡RELAJA EL HOMBRO! ¡SUELTA EL CODO! ¡DEJA QUE EL MOVIMIENTO NAZCA EN EL SUELO Y ATRAVIESE TODO TU CUERPO!
—¡NO ME GRITES, TAPÓN DE MIERDA!
Sira le propinó un puñetazo en el tobillo. La vibración lo hizo caer de culo.
—¡TE GRITARÉ HASTA QUE APRENDAS!

Así transcurrió el día. Magnus se levantaba, golpeaba y era derribado cada vez que confundía control con debilidad. Al principio solo podía generar temblores accidentales. La tensión nacía en sus piernas, chocaba con la cadera rígida y se perdía antes de alcanzar el puño. Otras veces apretaba tanto la mandíbula que la vibración terminaba en sus dientes y le provocaba dolor de cabeza.
Sira le hizo apoyar la mano sobre un cuenco de agua. Debía formar ondas regulares sin tocar el líquido. Magnus produjo salpicaduras, después volcó el cuenco y por último rompió la mesa.

—Progreso —dijo ella, ya calmada —La primera vez rompiste una puerta. Esta vez solo una mesa.
—Te voy a meter el cuenco por-
Sira alzó una ceja.
Magnus terminó la frase en su cabeza. Aquello contó como la primera instrucción que escuchó sin insultar a nadie.

Día 3
El tercer día, Sira lo llevó hasta una cascada estrecha que nacía entre dos terrazas.
Magnus tuvo que colocarse debajo y mantener los brazos extendidos mientras el agua golpeaba sus hombros.

—Cierra los ojos —dijo la maestra —No intentes vencer la caída. Percibe su ritmo.
—El ritmo es agua cayendo.
—Exacto.
—Era una queja.
—Sigue siendo correcto.

Al principio solo sintió frío y ganas de fumar. Luego empezó a distinguir que el agua no caía como un bloque uniforme. Cada gota transmitía una presión diminuta. Millones de impactos recorrían su piel y desaparecían en el cuerpo. Magnus respiró despacio.
Comenzó a entender que él también estaba lleno de movimientos pequeños: el latido del corazón, el aire entrando en los pulmones, el pulso en el cuello, contracciones musculares involuntarias.
Intentó juntar esos ritmos. La cascada se abrió alrededor de sus hombros en dos cortinas desiguales.
—Otra vez —indicó Sira.

Magnus resopló y volvió a empezar.
Durante horas, aprendió a conducir el temblor desde los pies hasta el pecho. No era una fuerza ajena. Siempre había estado allí, escondida detrás de cada movimiento tosco que realizaba, desperdiciada en todas las direcciones. Debía impedir que se dispersara. Cuando consiguió hacerla avanzar por un brazo, el agua que corría sobre su piel se separó en círculos concéntricos.
Sira sonrió.
—Ahora golpea sin perder esa sensación.
Magnus salió de la cascada y se plantó frente a una roca. Apoyó el puño, flexionó las rodillas y recordó el ritmo. Su cuerpo empezó a emitir un temblor apenas visible. La vibración ascendió por las piernas, giró en la cadera, cruzó el hombro relajado y llegó a los nudillos.
Dio un golpe corto y la roca zumbó.
Una grieta delgada apareció en el lado opuesto.
Magnus miró su puño extrañado. Ni siquiera había golpeado fuerte. Podría haber empleado cien veces más potencia y, aun así, nunca había sentido con tanta claridad el camino de un ataque.

—Gurorororo...
—No te emociones —dijo Sira —Esa piedra tenía una fisura.
—La he hecho yo.
—La fisura estaba antes.
—No tienes pruebas.
Sira suspiró, pero no ocultó la satisfacción.

Los cuatro días siguientes repitieron las mismas lecciones con variaciones cada vez más dolorosas.
Magnus transportó agua sin derramarla, algo que consideró una humillación mucho peor que recibir una paliza. Golpeó campanas sin permitir que se movieran y aprendió a hacerlas sonar desde el interior. Sostuvo huevos entre los dedos mientras enviaba vibraciones por el brazo contrario. Rompió los primeros catorce. El decimoquinto sobrevivió, aunque Magnus aseguró que había sido porque aquel huevo era especialmente resistente.
También reparó el dojo. O, al menos, cargó los troncos y sostuvo las vigas mientras los alumnos trabajaban. Nadie confiaba en él con un martillo. La puerta nueva se construyó con dos hojas más altas y una anchura suficiente para que Magnus pudiera atravesarla inclinando solo un poco la cabeza.

—No pienso agradecerlo. Esto es accesibilidad e inclusión. Es lo mínimo que me merezco. —dijo al verla.
—No esperaba que lo hicieras —respondió Sira.
—Gracias.
La maestra sonrió. Magnus fingió no verlo.

Día 8
Al octavo amanecer, Sira no lo llevó a los arrozales ni al bosque. Lo esperaba frente al dojo con los brazos cruzados y una mochila a la espalda. Su trenza estaba recogida en un moño para que no arrastrara por el suelo.
—Hoy subimos a la cima.
Magnus contempló la montaña. El estadio Ki parecía un pequeño círculo de piedra contra el cielo.
—¿Hay escaleras?
—Muchas.
—Me cago en la puta.

El ascenso duró varias horas. Atravesaron los caminos de los dojos, el bosque de bonsáis y una zona de roca desnuda donde el viento golpeaba sin obstáculos. Alumnos de distintas escuelas se apartaban para dejarlos pasar. Algunos ya conocían al buccaneer que plantaba arroz y recibía puñetazos de una mujer vestida de rosa. Otros lo miraban con la mezcla habitual de curiosidad y miedo. Magnus insultó a pocos. Sira consideró aquello una mejora.

Mientras subían, la cicatriz del pecho volvió a picarle. Tibias seguía en la isla. Magnus no había olvidado por qué había llegado ni la deuda que pensaba cobrar. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, la persecución podía esperar. Aprender a atravesar una defensa con una vibración prometía una satisfacción suficiente en sí misma. Magnus se encendió un cigarro para hacer más llevadera la subida.
El estadio Ki ocupaba toda la cima. Era una plataforma circular rodeada por gradas de piedra, columnas bajas y estandartes de las diferentes escuelas que había por la isla. Desde allí se veía la isla completa: el pueblo junto al puerto, los arrozales y el mar extendiéndose en todas direcciones.
En el centro de la arena había un escudo de metal sujeto a un armazón. Medía casi tanto como Magnus y tenía varias capas superpuestas, remaches gruesos y refuerzos cruzados en la parte posterior.

—Ese escudo se usa para probar golpes en el torneo —explicó Sira —Ha resistido martillos, lanzas y embestidas de luchadores mucho más grandes que yo.
Magnus golpeó el metal con los nudillos. El sonido fue compacto, sin huecos.
—Parece duro. Duro de cojones.
—Lo es. Por eso no vas a romperlo con fuerza.
—Puedo romperlo con fuerza.
—Entonces no habrás aprendido nada.

Sira se acercó al borde de la arena y señaló una marca pintada a veinte metros del escudo.
—La técnica se llama Buto. Cabeza Militar. Tomas impulso, saltas, inviertes el cuerpo y concentras la onda en el punto de contacto. La caída añade potencia, pero no debes depender de ella. El cráneo conduce la vibración, no es un ariete.
Magnus se palpó la frente.
—Mi cabeza es lo más duro de mi cuerpo.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Qué has dicho?
—Que primero practicarás el giro.

La mochila de Sira contenía una cuerda, varias esterillas y un pequeño saco de arena. Marcó la posición de los pies, mostró cómo impulsar la cadera y realizó un salto limpio.
En el punto más alto recogió las piernas, giró hacia delante y descendió con la cabeza orientada al saco. Un instante antes del impacto abrió el cuerpo, apoyó las manos a los lados y detuvo la caída. La frente apenas rozó la tela. El saco vibró y la arena salió por las costuras en ocho chorros finísimos.
Magnus aplaudió una vez.
—Ahora yo.
Su primer salto no tuvo giro suficiente. Cayó de hombro, rodó por la arena y derribó una columna ornamental.
—Otra vez —dijo Sira con paciencia.
El segundo fue demasiado largo. Magnus pasó por encima del saco y aterrizó de cabeza contra el suelo. La plataforma tembló, pero no hubo vibración controlada. Solo trescientos kilos de buccaneer chocando contra piedra.
—Eso ha dolido bastante —admitió con la cara todavía pegada a la arena.
—Bien. El dolor te da información.
—¿Qué información?
—Información de que lo has hecho mal.
—Qué maestra tan sabia.
—Otra vez.

Repitió el movimiento hasta el mediodía. Su tamaño le dificultaba la rotación. Tenía que saltar lo bastante alto para invertir el  cuerpo y, al mismo tiempo, conservar el ritmo interno que había aprendido bajo la cascada. Cuando pensaba en las piernas olvidaba relajar el cuello. Cuando concentraba la onda en la frente abría demasiado pronto el cuerpo. Cuando Sira gritaba, Magnus le devolvía el grito y perdía la respiración. En el vigésimo intento rozó el saco con la coronilla y lo aplastó.
En el trigésimo primero consiguió caer en el punto señalado, pero la vibración escapó hacia sus hombros. Los dos brazos se le quedaron entumecidos.
En el cuadragésimo sexto, el saco emitió un zumbido antes de reventar.

Sira levantó una mano.
—Descansa.
—Puedo seguir.
—Precisamente por eso debes descansar. Estás empezando a sustituir la precisión por terquedad. Y a terquedad no te gana nadie.
—Gracias.
—No era un halago.

Magnus se sentó contra una grada. Se encendió un cigarro y contempló el escudo. El viento de la cima se llevaba el humo antes de que pudiera saborearlo. Sira se sentó a varios metros y abrió una caja de arroz.
—¿Por qué se llama Cabeza Militar? —preguntó el buccaneer.
—Porque quien la creó decía que un ejército disciplinado y una mente disciplinada funcionan igual. Muchas fuerzas pequeñas avanzan en una sola dirección. Si cada parte combate por su cuenta, el ataque fracasa. Es como un ejército.
—Suena a frase de viejo.
—No estás para hablar.

Magnus observó sus manos. Durante toda su vida había confiado en ser más grande, más fuerte y más resistente. Cada músculo luchaba como un animal separado para imponer su voluntad. El Hasshoken exigía lo contrario: que piernas, cadera, espalda, cuello y respiración trabajasen en conjunto con un mismo objetivo. El nombre no le gustaba, pero entendía la idea.

Apagó el cigarro contra la piedra y se levantó.
—Ya he descansado.
—Han pasado dos minutos.
—Pero vaya dos minutos. Estoy como nuevo.

Sira retiró los restos del saco y caminó hasta las gradas.
—Entonces hazlo contra el escudo. Solo tienes un intento.
—¿Y si fallo?
—Mañana volverás a plantar arroz.
Magnus palideció.
—Eso es crueldad.
Se colocó en la marca. El viento agitó su abrigo y los estandartes. Frente a él, la plancha de metal devolvía una imagen deformada de su cuerpo. No pensó en romperla. Sira le había repetido aquella orden cientos de veces: la superficie no era el objetivo. Pensó en los remaches de la parte posterior, en las capas ocultas, en cada punto que mantenía unida la estructura.

Apoyó primero un pie y después el otro. Sintió la piedra bajo las botas. Inspiró. El aire llenó sus pulmones, descendió y se detuvo. 
El latido del corazón marcó el primer ritmo. 
La tensión nació en las piernas. Magnus corrió.
Cada zancada dejó una huella en la arena. El escudo creció ante él. 
A mitad del recorrido inclinó el torso, cargó el peso sobre la pierna derecha y empujó el suelo con toda su fuerza. La plataforma se agrietó bajo la bota.
Su cuerpo ascendió.
Por un momento, los más de cinco metros del buccaneer quedaron suspendidos en el aire a cierta altura. Recogió las rodillas. Llevó la barbilla al pecho. El cuerpo de Magnus empezó a girar hacia delante y el estadio desapareció de su campo de visión. Vio el mar, los arrozales, la montaña invertida. El viento rugió en sus oídos.
Esta vez no apretó el cuello para permitir que la vibración subiera.
Desde los dedos de los pies, la onda recorrió los gemelos y los muslos. La cadera la recibió y la multiplicó con el giro. Atravesó el abdomen, rodeó las costillas doloridas por los entrenamientos y ascendió por la espalda. Cada parte de su cuerpo empujó a la siguiente. Ninguna intentó imponerse. El pulso llegó a los hombros, avanzó por la nuca y se reunió detrás de la frente.

Magnus abrió el cuerpo en el punto más alto.
Entonces comenzó a caer.
El escudo ocupó todo su horizonte. El metal parecía esperar, inmóvil y orgulloso.
Magnus extendió los brazos para estabilizarse, corrigió el último grado del giro y dirigió la coronilla hacia el centro exacto de la plancha.
—¡BUTO! —gritó sin pensar en nada que no fuera la técnica con ese nombre.
Su cabeza impactó de lleno contra el escudo.
El primer sonido fue decepcionante: un golpe corto, casi mudo. El escudo apenas se hundió. Desde las gradas, cualquiera habría pensado que la prueba había fracasado.
Después llegó la vibración.
Un círculo invisible nació bajo la frente de Magnus y se expandió por la plancha. El metal emitió un gemido profundo. La onda atravesó la primera capa sin detenerse, entró en la segunda y vibró entre ambas. Los remaches comenzaron a saltar uno a uno. Las barras de refuerzo de la parte trasera se retorcieron en direcciones opuestas. El armazón entero tembló con tanta violencia que el suelo alrededor se cubrió de pequeñas grietas.
El escudo no se dobló, sino que se deshizo.
Las capas se separaron, divididas en centenares de fragmentos. Una nube de polvo metálico salió despedida por los bordes. El soporte resistió un poco más y luego se abrió por la mitad. La onda continuó hasta la arena, cruzó la plataforma en ocho líneas y murió justo antes de alcanzar las gradas donde esperaba Sira.

Magnus quedó clavado de cabeza entre los restos, con las piernas apuntando al cielo.
Hubo silencio.
Las piernas se inclinaron lentamente hacia un lado. El buccaneer cayó de espaldas con un estrépito. Permaneció inmóvil, mirando las nubes. Tenía un chichón gigantesco, arena en la perilla y una expresión de felicidad.
—Gurorororororo...
La risa creció hasta retumbar por toda la cima. Estaba realmente satisfecho.
Sira bajó a la arena. Ya no quedaba rastro de la bestia que gritaba durante el combate. Volvía a ser la joven tranquila de ropa rosa, sonrisa suave y voz apacible. Se arrodilló junto a Magnus y examinó su frente.
—Has conducido bien la onda —dijo —Has abierto los hombros un poco tarde y has dejado escapar parte de la energía hacia el suelo, pero ha sido un Buto auténtico.
—He reventado tu escudo.
—El escudo pertenecía al estadio.
—Entonces he reventado el escudo del estadio. Mejor todavía.
Sira le ofreció una mano. Magnus miró aquella mano diminuta y se echó a reír de nuevo. Se incorporó por su cuenta de un salto, sacudiéndose la arena del abrigo.
—¿Ya he terminado?
—Has aprendido la técnica. Dominarla será cosa tuya. Si tensas el cuello antes del impacto puedes quedarte inconsciente. Si pierdes el control de la onda, toda esa fuerza regresará a tu cráneo. Y si vuelves a usarla contra una puerta de mi dojo, te arrojaré por esas escaleras que tanto te gustan.
—Qué carácter. Con lo amable que parecías.
—Soy amable.
—Permíteme dudarlo.
—Cállate de una vez, por favor.

Magnus se acercó a los restos del escudo. Recogió un fragmento grueso de metal, lo observó y se lo guardó en el abrigo como recuerdo. Después sacó el cuaderno. Apoyó una página sobre su antebrazo y escribió:

Esta niña es muy pequeña.
Mi cabeza es muy poderosa.
El escudo era una mierda.

Sira leyó por encima de su brazo.
—Eso no es un haiku.
—Tú no entiendes mi arte.

Guardó el cuaderno y encendió un cigarro. Desde la cima podía distinguir el camino que descendía hacia el pueblo y, más allá, el puerto. 
En algún lugar de la isla, Tibias seguía respirando sin saber que estaba siendo la presa de un auténtico cazador que no hacía más que fortalecerse.
Magnus tocó con dos dedos el chichón de la frente. Dolía como un demonio. Bajo el dolor había otra sensación: un temblor obediente a la espera de ser usado para destruir cosas ignorando sus defensas. Sonrió mientras expulsaba el humo por las comisuras de sus labios.
Hasta entonces había usado la cabeza bastante poco, o eso le decía la gente.
Ya era hora de sacarle provecho.
[Imagen: qWhXPFX.png]
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[P.R, Fic Hasshoken] Dándole al coco - por Magnus Brand - 20-09-2026, 11:02 AM

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