20-09-2026, 09:41 AM
Conversaciones, chismes, periódicos.
Poco pudo sacar Merlot en su camino hacia La Gruta del Coral.
Olena era hablantina, sí, pero sus palabras divagaban entre asuntos tan banales como el clima hasta los diferentes tipos de maquillaje que se había probado para encontrar la combinación que más le favoreciera a su rostro; sin embargo, nada de eso respondía a las dudas de la sirena sobre la basura de la isla, la creación de una ONG o el tipo de crianza que Olena le brindaba a Yana, pues, a final de cuentas, la pelirroja era bastante hábil para desviar las conversaciones que podían significar un problema para su persona.
Por supuesto, el periódico tampoco fue un tema de discusión, ya que la pelirroja no lo soltó ni un momento, además, en lugar de usar su abanico negro para que cumpliera la función para la que fue creado, prefirió usar el diario para abanicarse durante todo el camino, incluso cuando Merlot le preguntó directamente por aquellas arrugadas hojas de papel, pues la chica habría mirado hacia otros lado con la excusa de que alguien había intentado tocarla, a pesar de que el hombre que había pasado a su lado en ese momento, aunque las miró, no intentó nada más.
Menos mal, para Olena, que todo pareció ser olvidado en cuanto pusieron un pie en el interior de aquel restaurante que desentonaba en un ambiente tan pobre como el de aquella mugrienta calle, pues notó cierta alegría en el rostro de la muchacha de cabellos rosas que la hizo sonreír…aunque no fue el caso de Yana.
Silencio.
Desde el momento en que Olena apareció hasta que llegaron al bar, Yana permaneció en un silencio que solo era roto por su propia respiración o por el sonido de las suelas de sus botas arrastrándose por las maderas lujosas del restaurante, pero ahora que el bullicio de las voces de los comensales, el tintinar de las copas y los cubiertos y la voz cantarina de MM, incluso su respiración pasaba a segundo plano, aunque, eso sí, aun podía “escuchar” como su corazón martillaba en su cerebro como un tambor de guerra que amenaza con un ataque inminente.
“… ven Yana, siéntate a mi lado. ¿Qué deberíamos comer? ¿Qué te gusta comer a ti? Trae otra copa, Señorito Francis, quiero brindar con mi nueva amiga.”
Su nombre pronunciado por esa voz fue lo único que la pudo sacar de su trance.
Yana parpadeó, aún con su vista al frente, lo que la hizo ser consciente de lo metida que estaba en la boca del lobo. Sus ojos, que primero observaron el manchón borroso que era Francis, en ese momento, para ella, poco a poco fueron aclarándose cuando escuchó el sonido de una copa de cristal que chocaba contra la superficie de ébano de la barra en el momento exacto en que aquel artefacto fue colocado frente a ella. Estaba lleno de un jugo más rojizo que verde; se veía distinto al que Merlot tenía en su copa.
—Señorita —. La palabra salió de su boca como un suspiro bajo que se perdió en el ruido del ambiente y fue arrastrado por el viento, así como el papel en donde pedía ayuda. ¡Era inútil! Merlot no la escucharía, nadie lo haría y ahora…ahora había metido a esa chica también en un problema…No sabía en cuál exactamente, pero así lo sentía desde que Olena apareció en su camino. Habría querido advertirle que no se fiara, pero su voz pendía de un hilo y, además, ¡MERLOT HABLABA MUCHO! No podía seguirle la conversación por más que lo intentara.
Comercio, artesanías, pelirrojos… ¿Cómo confiaba en los pelirrojos? Esos eran seres sin alma… ¡No! Se estaba distrayendo, ella la estaba distrayendo. Debía concentrarse, debía ser fuerte, debía darle una señal a Merlot sin que Francis lo notara y…
De repente, cuando reunió el valor para alzar su mirada, se encontró con una bonita pulsera casi frente a su cara.
Escuchó la palabra “nakama” y algo dentro de ella se removió. En su corazón sintió calidez, en sus ojos sintió ardor… ¿Qué se sentiría poder confiar en alguien de ese modo para llamarlo “nakama”? Y más aún, para fabricar algo de cero para cada persona distinta…Seis…Seis era mucho, además, uno de ellos era alguien que ¿Le gustaba? ¿Eso significaba que se había ganado su corazón? Eso sonaba bonito. ¿Cómo sería esa persona? ¿Cómo ella podía confiar en él? Se quedó viendo la pulsera un rato más y al final concluyó que si ella tuviera que fabricar una pulsera para alguien de confianza…no podría hacerse una ni a sí misma.
Sus ojos se aguaron y estuvo a punto de tomar el brazo de la chica cuando esta se volteó de manera repentina para hablar con Francis. Su mano quedó en el aire, algo que el bartender pareció notar, pues la miró extrañado, incluso alzó una ceja, como si en silencio quisiera preguntarle “¿Estas bien?” Pero no lo hizo, tal vez porque la pregunta de su invitada estaba primero.
—La especialidad de la casa depende del cliente, señorita, pero para una tan valiosa como usted, podría ofrecerle unas ostras gratinadas con champagne, para empezar y luego quizá un risotto de…
“Puru puru puru puru…”
“Puru puru puru puru…”
“Puru puru puru puru…”
—¡Ah! Mil disculpas, deme un minuto, señorita —. Antes de poder finalizar el menú, el sonido del caracol que estaba en una mesita tras la barra se robó la atención del mestizo, quien se giró sobre su eje para quedar de espalda a Yana y a Merlot. Respondió la llamada y del otro lado solo se escuchó una voz femenina dándole una orden que ninguna de las dos chicas de la barra podría haber escuchado; sin embargo, a lo que si tuvieron “acceso” fue a la contestación del muchacho.
—¿Eh? ¿Al cuarto rojo? Pero… —Pausó su habladuría, volvió a escucharse el murmullo femenino del otro lado y entonces el chico del bar soltó un suspiro y miró con pesadez al caracolito. —Está bien, las llevaré… ¿Por qué me haces subir esas escaleras? Quiero evitar la fatiga —. El chico colgó y recompuso su expresión en una más alegre antes de girarse y quedar, nuevamente, de frente a la niña y a la mujer.
—¡Señorita! Olena me ha dicho que comerán en el salón V.I.P, lo llaman “El Cuarto Rojo” —. Yana, quien ya había escuchado el nombre durante la llamada, palideció en cuanto entendió lo que el mestizo quería decir, pero su garganta se cerró antes de que pudiera quejarse. —Comer en ese sitio es toda una experiencia para los sentidos ¡Jeje! Creo que Olena está entusiasmada de que haya más chicas en este lugar ¿Sabe? —El chico caminó hasta salir de la barra y quedar frente a Merlot, para luego extender su mano y ayudar a la chica a bajar de su silla. —Tu también puedes venir Yana…Olena dice que no sería buena idea que te quedes aquí sola.
Con eso dicho, el muchacho silbó para que alguien más viniera a atender la barra y luego caminó hacia la escalera del lado derecho de la barra. Empezó a subir por el lugar, esperando a que tanto Yana como Merlot lo estuvieran siguiendo, de hecho, cada tanto miraba hacia atrás para comprobar la presencia de las chicas, hasta que, finalmente, los tres estuvieron frente a una puerta de vidrio rojizo, la cual Francis abrió utilizando una tarjeta blanca que luego metió en su bolsillo.
—Por aquí, por favor.
El espacio dentro de la zona “V.I.P” no era una sala de discoteca o un restaurante con varias mesas, era más bien un lobby, de 10 x 10 metros, en el que había una mesa con bebidas, agua, además de dos sillas con recubrimiento aterciopelado en cada lado y una mesita en medio de esta.
—Pueden sentarse mientras llega Olena, pero yo me despido, de aquí en adelante otro de mis compañeros las atenderá…Yana debe suponerlo, conoce los protocolos del restaurante, además, debo volver a la barra —. Suspiró con el pesar de alguien quien habría querido pasar más tiempo junto a la linda mestiza. —¡Ah, pero antes! Lo olvidaba, soy un grosero…
El chico se giró y buscó una botella de vidrio en el estante en donde estaban las bebidas. —Agua, agua…solo quiero agua… ¡Aquí está! —Apenas tuvo la botella en sus manos, las sirvió en dos vasos de vidrio transparentes.
Contenido Oculto
—Es agua…aquí no puedo servir bebidas y aún les debo la especialidad de la casa —. Le entregó un vaso a Yana y otro a Merlot. En la bebida no había nada extraño, era agua común y corriente, tampoco se veía nada raro en ella, además, el chico, tan servicial como era, solo quería quedar bien con una chica linda…Yana lo notó, así que apenas recibió su vaso de agua lo bebió hasta el fondo, la niña estaba nerviosa por el sitio en que las habían citado. —¡Wow! Mejor te dejo la botella, Yana…solo por si quieres más agua —. Con una leve reverencia, el chico dejó la botella de vidrio sobre la mesa en medio de ambas sillas y se retiró del lugar, no sin antes cerrar la puerta del “Cuarto Rojo”, el cual se llamaba así, no solo por el vidrio rojo desde el que se podía ver hacia abajo, sino porque las luces del lugar eran también rojas.
—Necesito más agua —. Comentó Yana mientras se sentaba y se servía más agua en su vaso. —Es un día caluroso —. Mintió y se maldijo a si misma, pues cuando por fin era capaz de decir algo, decidió mentir…Sí, definitivamente, ella era una persona poco confiable.
Yana se acomodó mejor en su silla y se quedó mirando hacia el fondo del lobby, en el cual había un largo pasillo que debía recorrer al menos unos 40 metros hacia el fondo y que medía, de ancho, unos 4 metros. En cada lado había 4 puertas. La más cercana estaba a cinco metros del inicio del pasillo y las que seguían se separaban entre ellas por 10 metros, a excepción de la última que, al igual que la primera, estaba separada del final de la pared por unos 5 metros, además, al fondo se veía una puerta distinta al resto, que medía al menos 2 metros de ancho y estaba justo en medio de la pared, dejando de cada lado 1 metro de pared sobrante. Parecía más un hotel que un restaurante.
Fue de esa última puerta que Olena salió.
Con paso calmo, jugando con un mechón de su cabello y con una sonrisa angelical en su rostro, la pelirroja caminó hacia Merlot y Yana y cuando estuvo frente a ellas, quedó parada justo frente a un espejo de cuerpo completo que estaba en el lado izquierdo de la pared.
—¡Linda! Viniste… ¡Ven conmigo! —Tomó a Merlot de la mano para incitarla a caminar con ella hasta el final de la habitación. —Convencí al jefe de cocineros que nos dejara comer acá arriba, es un restaurante, que no te engañen las luces…Es que ¿Sabes? No me gusta hablar mal de nadie, pero a cierta hora los clientes del restaurante se ponen algo pesados y no nos dejan comer en paz a las chicas, así que preferí que mejor pudiéramos tener algo de privacidad, así podemos tener charla de chicas ¿No sería genial? ¡Ah! La mayoría de mis compañeras son muy mayores o muy jóvenes para eso —. Habló con dramatismo mientras empezaba a jalar a Merlot hasta llevarla al inicio del pasillo; sin embargo, algo o, mejor dicho, alguien, la detuvo.
—¡Espera! —Yana se había puesto de pie y en un acto de valentía, tomó la otra mano libre de Merlot. —No quiero…no vayas a ese restaurante, comamos abajo…es mejor...me gusta más la comida de Francis que del otro chef…
—¿Qué dices? Francis es genial, pero nuestro jefe de cocineros es aún mejor —. Olena le sonrió a la niña, pero su mirada no fue tan dulce como antes; sin embargo, al mirar a Merlot, si que había un dejo de dulzura en su expresión. —Lo siento, Yana ve a Francis como un hermano mayor, pero ya tendremos tiempo de hablar con él cuando el restaurante esté más vacío, por ahora, valoro más la privacidad…no quiero tanto…acoso...Lo siento...no debería hablar de eso —. Olena bajó la mirada, como si se avergonzara de sus palabras, mostrando una incomodidad clara ante el ambiente lleno de testosterona que había en aquel restaurante a esas horas, según ella.
¡Ah! Decisiones.
¿Qué haría Merlot?
¿Iría con Olena a su conversación privada o preferiría el ambiente común y corriente que le proponía Yana?
Envase de jugo
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