19-09-2026, 07:08 PM
Sabiamente, Quetzalli Jr. escogió no bajar a las cochineras a comprobar el aciago destino que se había cernido sobre Grin, aquel pobre infeliz que osó plantarle cara a la Catástrofe y perder. Mientras el Heraldo realizaba sus matutinos estiramientos y escogía la máscara más adecuada para afrontar un nuevo día, el trajín de los tripulantes de la división de carpintería del barco llenaba todo el horizonte de sonido que normalmente ocupaban los sonidos típicos de un barco. El suave crepitar de la madera y el distante golpetear de las olas del Grand Line contra el casco del Niebla de Guerra quedaban eclipsados bajo el barullo que se estaba montando en cubierta. Y es que se oía de todo: desde monótonos y constantes martillazos hasta gritos de alguno de los capataces que intentaban manejar a sus respectivas escuadras con eficiencia. No disponían de tanto tiempo después de todo. El jefe había sido claro: el barco tenía que estar listo en cinco días o rodarían cabezas. Y Ashura no era muy de metáforas, iban a rodar cabezas de verdad y a nadie le apetecía que lo usasen para jugar al fútbol.
Cuando Quetzalli Jr. salió a cubierta logró ver la razón por la que tanto gritaba el capataz a sus escuadras: estaba subiendo un cargamento de kairoseki recién adquirido en el mercado negro para hacer las modificaciones pertinentes del barco. La mera presencia de tanta cantidad de metal del mar junta mareaba ligeramente al luchador, pero mientras no llegase a tocarlo todo iría bien. Como Quetzalli había salido ya de su cuarto y la orden era llevar sus cosas a su nueva habitación mientras trabajaban en el barco, un par de hombres fornidos se personaron delante de él antes de que bajase del barco. —¡Heraldo! Con su permiso nos llevamos sus cosas al nuevo recinto. Una habitación en la calavera con una ventana enorme para que pueda salir a volar y vistas a la playa, ya verá qué bien jeje. —Con aquellas palabras, los dos sujetos empezaron a mover cajas vacías al cuarto de Quetzalli para empezar a cargar con cuidado sus pertenencias y llevarlas a la calavera de Hachinosu.
Cuando el Heraldo bajó a tierra de un salto con fuerzas renovadas tras oler un poquito de esencia de coco, se topó con un muchacho bastante joven. Quizás unos once años de edad. Llevaba una bandana en la cabeza, le faltaba ya algún diente, tenía un par de pendientes en una oreja y llevaba un cinturón lleno de herramientas de madera y metal con aspecto pesado. Debía de ser, sin lugar a dudas, uno de los aprendices de carpintero de la tripulación. —Oe Abelino, ¡deja de molestar al Heraldo y sube de una vez! —Dijo una voz cascada desde la cubierta. El muchacho se alteró bastante con este llamado e intentó rodear a Quetzalli Jr. sin tocarle para no importunarle. —L-lo siento Heraldo, es que está usted... —Y es que Quetzalli había aterrizado justo delante de la pasarela de embarque y al muchacho le estaba costando subir sin apartarlo. Finalmente, con una finta prodigiosa que delataba un prometedor futuro como carterista, Abelino logró subirse a la pasarela sin tocar al Heraldo y desde esta subió corriendo al barco para trabajar en el recubrimiento de Kairoseki del casco.
Si bien un tanto estrafalarios, todos los sucesos acaecidos formaban parte de una rutina Mushoku habitual. Una vez liberado de las mundanas interacciones con los individuos del barco, Quetzalli Jr. pudo apreciar lo que sucedía alrededor de él en el puerto donde tenían a bien anclar su barco los dueños de la isla. Aquella era una zona relativamente privilegiada, ya que a nadie se le ocurría andar robándose los unos a otros cerca de los jefes de la isla, no fuera a ser que le intentasen robar a uno de ellos sin querer. Tampoco había peleas ni ningún tipo de trifulca, mucho menos delante del Heraldo de la Santa Muerte. Hubo un detalle extraño, sin embargo, algo que no era habitual ver por aquellos lares y que llamó poderosamente la atención de Quetzalli Jr. Se trataba de un hombre de andares simiescos. Era grande para los humanos, quizás unos dos metros de altura, completamente calvo y con una barba desaliñada que mucho tendría que acicalar para llegar a acercarse la decencia. Caminaba con las manos en paralelo a sus caderas, con las palmas hacia atrás, lo cual le hacía parecer un poco neandertal. Tenía la mirada perdida mientras caminaba hacia delante, sin percatarse de sus alrededores ni de quién le observaba, lo cual le hacía parecer un poco imbécil también. Vestía pantalones cortos negros, una camiseta roja y tenía un parche en el ojo derecho. En su conjunto no parecía nadie a destacar en Hachinosu, podría pasar por un pirata normal cualquier día del año. Sin embargo, tenía algo muy extraño en su haber. En su cuello, bamboleándose de un lado a otro con cada uno de sus burdos pasos, había un colgante de plata. Plata de la buena, además, un detalle que no escapó a la aguileña mirada del Heraldo, como tampoco escapó el detalle de que el colgante tenía grabada una figura femenina y cadavérica rodeada de una inscripción que rezaba lo siguiente: Nuestra Señora de la Santa Muerte.
¿Quién era aquel sujeto y a dónde se dirigía? ¿O de dónde venía? ¿De dónde había sacado un abalorio como aquel?
El culto a la Santa Muerte era escaso en el mundo. Sólo unos pocos se aventuraban a su adoración y la religión no era algo que prosperase en Hachinosu con facilidad.
Cuando Quetzalli Jr. salió a cubierta logró ver la razón por la que tanto gritaba el capataz a sus escuadras: estaba subiendo un cargamento de kairoseki recién adquirido en el mercado negro para hacer las modificaciones pertinentes del barco. La mera presencia de tanta cantidad de metal del mar junta mareaba ligeramente al luchador, pero mientras no llegase a tocarlo todo iría bien. Como Quetzalli había salido ya de su cuarto y la orden era llevar sus cosas a su nueva habitación mientras trabajaban en el barco, un par de hombres fornidos se personaron delante de él antes de que bajase del barco. —¡Heraldo! Con su permiso nos llevamos sus cosas al nuevo recinto. Una habitación en la calavera con una ventana enorme para que pueda salir a volar y vistas a la playa, ya verá qué bien jeje. —Con aquellas palabras, los dos sujetos empezaron a mover cajas vacías al cuarto de Quetzalli para empezar a cargar con cuidado sus pertenencias y llevarlas a la calavera de Hachinosu.
Cuando el Heraldo bajó a tierra de un salto con fuerzas renovadas tras oler un poquito de esencia de coco, se topó con un muchacho bastante joven. Quizás unos once años de edad. Llevaba una bandana en la cabeza, le faltaba ya algún diente, tenía un par de pendientes en una oreja y llevaba un cinturón lleno de herramientas de madera y metal con aspecto pesado. Debía de ser, sin lugar a dudas, uno de los aprendices de carpintero de la tripulación. —Oe Abelino, ¡deja de molestar al Heraldo y sube de una vez! —Dijo una voz cascada desde la cubierta. El muchacho se alteró bastante con este llamado e intentó rodear a Quetzalli Jr. sin tocarle para no importunarle. —L-lo siento Heraldo, es que está usted... —Y es que Quetzalli había aterrizado justo delante de la pasarela de embarque y al muchacho le estaba costando subir sin apartarlo. Finalmente, con una finta prodigiosa que delataba un prometedor futuro como carterista, Abelino logró subirse a la pasarela sin tocar al Heraldo y desde esta subió corriendo al barco para trabajar en el recubrimiento de Kairoseki del casco.
Si bien un tanto estrafalarios, todos los sucesos acaecidos formaban parte de una rutina Mushoku habitual. Una vez liberado de las mundanas interacciones con los individuos del barco, Quetzalli Jr. pudo apreciar lo que sucedía alrededor de él en el puerto donde tenían a bien anclar su barco los dueños de la isla. Aquella era una zona relativamente privilegiada, ya que a nadie se le ocurría andar robándose los unos a otros cerca de los jefes de la isla, no fuera a ser que le intentasen robar a uno de ellos sin querer. Tampoco había peleas ni ningún tipo de trifulca, mucho menos delante del Heraldo de la Santa Muerte. Hubo un detalle extraño, sin embargo, algo que no era habitual ver por aquellos lares y que llamó poderosamente la atención de Quetzalli Jr. Se trataba de un hombre de andares simiescos. Era grande para los humanos, quizás unos dos metros de altura, completamente calvo y con una barba desaliñada que mucho tendría que acicalar para llegar a acercarse la decencia. Caminaba con las manos en paralelo a sus caderas, con las palmas hacia atrás, lo cual le hacía parecer un poco neandertal. Tenía la mirada perdida mientras caminaba hacia delante, sin percatarse de sus alrededores ni de quién le observaba, lo cual le hacía parecer un poco imbécil también. Vestía pantalones cortos negros, una camiseta roja y tenía un parche en el ojo derecho. En su conjunto no parecía nadie a destacar en Hachinosu, podría pasar por un pirata normal cualquier día del año. Sin embargo, tenía algo muy extraño en su haber. En su cuello, bamboleándose de un lado a otro con cada uno de sus burdos pasos, había un colgante de plata. Plata de la buena, además, un detalle que no escapó a la aguileña mirada del Heraldo, como tampoco escapó el detalle de que el colgante tenía grabada una figura femenina y cadavérica rodeada de una inscripción que rezaba lo siguiente: Nuestra Señora de la Santa Muerte.
¿Quién era aquel sujeto y a dónde se dirigía? ¿O de dónde venía? ¿De dónde había sacado un abalorio como aquel?
El culto a la Santa Muerte era escaso en el mundo. Sólo unos pocos se aventuraban a su adoración y la religión no era algo que prosperase en Hachinosu con facilidad.
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