17-09-2026, 06:19 AM
El murmullo suave y delicado de las aguas cristalinas que corrían cercano a su posición, pareció absorber las últimas sílabas que Dharma grabó en el papel, como también las que decía. El pelinegro cerró la pequeña libreta con un movimiento parsimonioso y seco, guardándola junto al lápiz entre las sujeciones de cuero que portaba sobre su cuerpo, estas le servían para guardar diferentes cosas además de sostener y reposar habitualmente sus espadas. Los orbes esmeralda del pelinegro, se veían serenos, mas tranquilos y enfocados, al menos así se sentía, se tomaba unos segundos, donde sus ojos contemplaron el fluir del riachuelo por un instante. La densidad de su respiración, ahora más honda tras el trance de la escritura, expandía su tórax lentamente, que hacía vibrar su propio cuerpo.
Para Dharma, la catarsis no era un concepto poético para pregonar en altares vacíos. Era una herramienta de dominación. Mientras el resto del universo se debatía en contradicciones banales y miedos a la muerte, él había aprendido a habitar su propia bestia interna, fundiendo el caos y la divinidad en un solo vector de voluntad consciente. Desvió la mirada de reojo hacia la copa de los árboles, donde las flores exponían sus propias maneras de existir, en la penumbra imitaban noches estrelladas. El Bosque Utsukushi continuaba emitiendo sus dulces tintineos y destellos exóticos, pero bajo el criterio del espadachín, toda esa belleza, la agradecía en su interior, el poder seguir y existir, no olvidándose de la peculiaridad de esta realidad.
La naturaleza misma parecía sostener el aliento, receptiva ante el peso místico de un hombre que se sabía suficiente para desafiar las leyes del cosmos. Extendió la diestra hacia donde estaban sus armas. Al tacto con el metal largo y afilado, recorriendo sus espadas con su mano como si de una extensión de su cuerpo se tratara. Unos cuantos suspiros, pausados y calmados, mientras su mano hacia una presión pesada directamente hacia el filo. Sintiendo su poder, el poder que puede ejercer.
El por ahora poeta y pensador, entendía que el día de la batalla estaba cerca, no solo en esta isla, sino en todas las que llegaran a venir, aguardaba en algún punto de la espesura del futuro incierto. Pero este breve espacio de tiempo, donde el dios y la bestia se habían reconciliado en el papel, era la firma definitiva de su preparación. Se incorporó de la roca con una agilidad lineal, reajustando sus armas en los costados de su cuerpo. Una ligera sonrisa irónica se dibujó junto a la cicatriz de su boca; la duda y el miedo habían sido desterrados, dejando únicamente el fulgor de su férrea voluntad.
| La oscuridad ya no borbotea de mí y la santidad es un lienzo difícil de iluminar. No tengo lugar, no pertenezco a nadie. Libertad y olvido. Nada me cubre y nada me sostiene. Ya estoy por entenderme, lo sé. Pero aún tengo esta coraza, llamada humanidad. |
Solía hablar solo, ahora que estaba solo, realmente era mas sencillo. Sigurd y Ubbe eran buenos compañeros, eran lo que necesitaba como Nakamas. Sabia que era lo ideal y eso le agradaba. Pero sus pensamientos parecían ir solos, no era un sentir negativo, era un sentimiento de ser algo en especifico, único. Y eso también le agradaba. Dharma se había levantado y enfundo sus espadas con facilidad dejándolas en su posición habitual, a los costados de su torso. Su meditación había dado buenos resultados, estaba complacido consigo mismo. Ahora estiraba su cuerpo con calma, sus hombros, sus brazos, su cuello y cada parte de sus extremidades recibían un tratamiento digno y eficiente en sus movimientos. Ya sintiéndose completamente finalizado en su tiempo de meditación, tomo rumbo de nuevo hacia donde estaba el campamento de los Ragnarok.
Para Dharma, la catarsis no era un concepto poético para pregonar en altares vacíos. Era una herramienta de dominación. Mientras el resto del universo se debatía en contradicciones banales y miedos a la muerte, él había aprendido a habitar su propia bestia interna, fundiendo el caos y la divinidad en un solo vector de voluntad consciente. Desvió la mirada de reojo hacia la copa de los árboles, donde las flores exponían sus propias maneras de existir, en la penumbra imitaban noches estrelladas. El Bosque Utsukushi continuaba emitiendo sus dulces tintineos y destellos exóticos, pero bajo el criterio del espadachín, toda esa belleza, la agradecía en su interior, el poder seguir y existir, no olvidándose de la peculiaridad de esta realidad.
La naturaleza misma parecía sostener el aliento, receptiva ante el peso místico de un hombre que se sabía suficiente para desafiar las leyes del cosmos. Extendió la diestra hacia donde estaban sus armas. Al tacto con el metal largo y afilado, recorriendo sus espadas con su mano como si de una extensión de su cuerpo se tratara. Unos cuantos suspiros, pausados y calmados, mientras su mano hacia una presión pesada directamente hacia el filo. Sintiendo su poder, el poder que puede ejercer.
El por ahora poeta y pensador, entendía que el día de la batalla estaba cerca, no solo en esta isla, sino en todas las que llegaran a venir, aguardaba en algún punto de la espesura del futuro incierto. Pero este breve espacio de tiempo, donde el dios y la bestia se habían reconciliado en el papel, era la firma definitiva de su preparación. Se incorporó de la roca con una agilidad lineal, reajustando sus armas en los costados de su cuerpo. Una ligera sonrisa irónica se dibujó junto a la cicatriz de su boca; la duda y el miedo habían sido desterrados, dejando únicamente el fulgor de su férrea voluntad.
| La oscuridad ya no borbotea de mí y la santidad es un lienzo difícil de iluminar. No tengo lugar, no pertenezco a nadie. Libertad y olvido. Nada me cubre y nada me sostiene. Ya estoy por entenderme, lo sé. Pero aún tengo esta coraza, llamada humanidad. |
Solía hablar solo, ahora que estaba solo, realmente era mas sencillo. Sigurd y Ubbe eran buenos compañeros, eran lo que necesitaba como Nakamas. Sabia que era lo ideal y eso le agradaba. Pero sus pensamientos parecían ir solos, no era un sentir negativo, era un sentimiento de ser algo en especifico, único. Y eso también le agradaba. Dharma se había levantado y enfundo sus espadas con facilidad dejándolas en su posición habitual, a los costados de su torso. Su meditación había dado buenos resultados, estaba complacido consigo mismo. Ahora estiraba su cuerpo con calma, sus hombros, sus brazos, su cuello y cada parte de sus extremidades recibían un tratamiento digno y eficiente en sus movimientos. Ya sintiéndose completamente finalizado en su tiempo de meditación, tomo rumbo de nuevo hacia donde estaba el campamento de los Ragnarok.
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