16-09-2026, 11:52 AM
El descenso por la falda de la montaña se hizo al ritmo que marcaban las piernas del chaval, de haber sido el ritmo de Hanma aquel niño no habria aguantado la bajada. Hanma caminaba detrás con la tripa llena y en calma, tras haberse ventilado media olla de estofado con tres cuencos de arroz hasta dejar la cazuela limpia. Para cualquiera habría sido una digestión pesada de siesta larga. Para él solo era leña recién echada a la caldera. Akaza marchaba tres metros por delante, apartando ramas secas con las manos vendadas y cojeando un poco de la pierna izquierda, pero sin soltar un solo quejido. Por el camino, el crío soltaba frases sueltas sobre el honor del dojo para darse ánimos. Hanma no abría la boca. Se limitaba a pisar detrás, haciendo crujir la grava bajo sus trescientos cincuenta kilos y abriendo paso entre los helechos con sus hombros de casi cuatro metros. Ratatouille iba asomada en su clavícula derecha, con el parche torcido y el hocico al aire, husmeando el viento de la tarde.
El Dojo Kinkyoukan apareció tras una curva del sendero, recortado contra el cielo anaranjado del atardecer como una finca de gente con dinero. Poco tenía que ver con las goteras del Byakko Kan, muros de piedra blanca de dos metros y medio de alto, aleros de cedro barnizados y faroles de papel ya encendidos en la entrada. Sobre el dintel principal colgaba el letrero de la escuela, tallado en madera maciza de cuatro metros y con bordes dorados, presidiendo la puerta con descaro. Desde el patio interior llegaba el retumbar del entrenamiento: golpes secos a maderos forrados de cuerda, zapatazos sincronizados y gritos juveniles respondiendo al instructor. A Hanma le bastó una mirada para catalogar el sitio. Olían a jabón caro, a uniformes recién planchados y a la fanfarronería de quienes solo son valientes cuando tienen a diez compañeros aplaudiendo a la espalda.
Akaza frenó en seco a seis metros del portón, con la vista clavada en los kanjis dorados y los puños apretados contra los muslos hasta que los nudillos le quedaron blancos. Le temblaban las piernas por la rabia de verse tan poca cosa frente a semejante edificio. Hanma se detuvo a dos metros de su espalda. Su sombra de siete metros y medio cubrió al muchacho y los escalones de piedra de un solo golpe.
-Escucha bien, renacuajo, porque no lo repito dos veces.- La voz le salió seca, bajando sobre la coronilla de Akaza como una losa. -Cruzar esa cancela no es un juego de niños ni una pataleta para dar pena. Has venido a recuperar tu letrero, pero las cosas no se piden por favor ni se compran llorando. La fuerza es la única verdad: lo que no puedes defender con tus puños, no mereces tenerlo colgado en la puerta. Si pasas ese umbral, estás solo. Yo no voy a meter las manos en tu pelea ni voy a espantar a nadie. Si te parten la boca, te la partes tú; si te tiran, te levantas; y si te rompen los huesos, te toca tragar sangre hasta que no te quede aire. Esto solo tiene dos salidas: o sales con la tabla bajo el brazo o te sacan arrastrado por los tobillos. Mi palabra con tu maestro solo vale si te echan a la jauría encima o hacen trampas. Si es un duelo limpio, te lo comes entero. Así que decide ahora mismo: o entras dispuesto a que te revienten la crisma por tu dojo, o te das media vuelta y te vuelves a la choza a comer gachas con cuchara de madera.- Para el Gran Oni aquello no era más que una verdad, tan sencilla como respirar o masticar carne, pero en los oídos de un crío sonaba como una condena a muerte.
El Dojo Kinkyoukan apareció tras una curva del sendero, recortado contra el cielo anaranjado del atardecer como una finca de gente con dinero. Poco tenía que ver con las goteras del Byakko Kan, muros de piedra blanca de dos metros y medio de alto, aleros de cedro barnizados y faroles de papel ya encendidos en la entrada. Sobre el dintel principal colgaba el letrero de la escuela, tallado en madera maciza de cuatro metros y con bordes dorados, presidiendo la puerta con descaro. Desde el patio interior llegaba el retumbar del entrenamiento: golpes secos a maderos forrados de cuerda, zapatazos sincronizados y gritos juveniles respondiendo al instructor. A Hanma le bastó una mirada para catalogar el sitio. Olían a jabón caro, a uniformes recién planchados y a la fanfarronería de quienes solo son valientes cuando tienen a diez compañeros aplaudiendo a la espalda.
Akaza frenó en seco a seis metros del portón, con la vista clavada en los kanjis dorados y los puños apretados contra los muslos hasta que los nudillos le quedaron blancos. Le temblaban las piernas por la rabia de verse tan poca cosa frente a semejante edificio. Hanma se detuvo a dos metros de su espalda. Su sombra de siete metros y medio cubrió al muchacho y los escalones de piedra de un solo golpe.
-Escucha bien, renacuajo, porque no lo repito dos veces.- La voz le salió seca, bajando sobre la coronilla de Akaza como una losa. -Cruzar esa cancela no es un juego de niños ni una pataleta para dar pena. Has venido a recuperar tu letrero, pero las cosas no se piden por favor ni se compran llorando. La fuerza es la única verdad: lo que no puedes defender con tus puños, no mereces tenerlo colgado en la puerta. Si pasas ese umbral, estás solo. Yo no voy a meter las manos en tu pelea ni voy a espantar a nadie. Si te parten la boca, te la partes tú; si te tiran, te levantas; y si te rompen los huesos, te toca tragar sangre hasta que no te quede aire. Esto solo tiene dos salidas: o sales con la tabla bajo el brazo o te sacan arrastrado por los tobillos. Mi palabra con tu maestro solo vale si te echan a la jauría encima o hacen trampas. Si es un duelo limpio, te lo comes entero. Así que decide ahora mismo: o entras dispuesto a que te revienten la crisma por tu dojo, o te das media vuelta y te vuelves a la choza a comer gachas con cuchara de madera.- Para el Gran Oni aquello no era más que una verdad, tan sencilla como respirar o masticar carne, pero en los oídos de un crío sonaba como una condena a muerte.
Cocina del Ogro

![[Imagen: F53D9A35-A1CC-413F-8508-8AED186BAD49.png]](https://i.postimg.cc/vBc53stB/F53D9A35-A1CC-413F-8508-8AED186BAD49.png)