16-09-2026, 05:39 AM
Dos días pasaron desde la pelea. Dos días durmiendo por turnos, tomando relevos en la vigilancia y, en su caso particular, dos días haciéndose cargo de que ninguno de los prisioneros muriera a causa de las heridas que ellos mismos les habían procurado. El peor de los casos, irónicamente, era el único de ellos que había terminado la batalla en pie: La Epidemia, Varo Ganchin, tenía una importante fractura en el cráneo. Dejarlo sin tratamiento significaba condenarlo a morir antes de llegar a la prisión y eso, bajo su punto de vista, era inadmisible. Por ello, y pese a las opiniones que pudiera tener el resto, Enji se encargó personalmente de estabilizar la zona y vendarlo. Ford lo acompañaba en las visitas médicas, llevado por la curiosidad, y el frote de su lomo contra los maniatados criminales era probablemente el último tacto amable que sentirían en mucho tiempo.
No cruzó una sola palabra con los piratas, y, bajo su órden, ninguno de los integrantes de la GLORIOSA División 30 tenía permitido hablarles. El silencio era su único regalo.
El Ford’s Transit los acercó al punto de encuentro. Según las comunicaciones que habían mantenido con el cuartel, el barco atracaría ese día, cerca del mediodía, recogería a los prisioneros y se los llevaría para ser juzgados. Muy probablemente acabarían encerrados en la prisión de máxima seguridad, Impel Down, aunque, después de lo que había pasado allí… nada estaba seguro.
Saint Vangelis Enji, como era costumbre, renegaba del uniforme sin importar la ocasión. Parado en la playa con nada más que unos boxers azules, sus botas, sus guantes y la capa blanca reglamentaria descansando sobre sus hombros, el capitán de la división degustaba un cigarrillo mientras, diez metros por delante, sobre la línea de la costa, el navío de transporte echaba el ancla. Lo miró de arriba abajo, desde el mascarón hasta las velas y el carajo, y chistó la lengua a la vez que soltaba una voluta de humo blanco entre los labios.
—Ñeh, el Transit es más impresionante —aseguró, convencido, a sus acompañantes.
Stroud Nanashi estaba de un lado y Kael Omuyaga del otro, fungiendo de escolta. Eran los tres que habían participado del combate, los tres que estaban entrenando cuando los Piratas de la Sepultura decidieron acercarse.
¿Y dónde estaban los mencionados piratas?
El barco terminó las maniobras y un puente se desplegó, conectando la cubierta con la playa. Enji se adelantó un paso con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada que se debatía entre el aburrimiento y el cansancio. La marina tenía la mala costumbre, según él, de ser demasiado estirada. Podía apostar que ahora descendería algún rango superior, como un Contraalmirante, de punta en blanco e indignado por su falta de protocolo. Empezarían las preguntas, los papeles, las mil firmas y, por fin, se llevarían a esos tres y lo dejarían en paz.
Nada más lejos de la realidad.
Del barco descendió un marine de rango superior, sí, pero no se trataba de un contraalmirante. Tampoco era sólo un vicealmirante, ni estaba de punta en blanco. El felino de piel morada y lampiña, que imitaba su estilo de usar el chaquetón sobre el torso desnudo, era un miembro del Zodiacool, la élite elegida y liderada por el fallecido Tucrow. Uno de los muchos que pelearon en Impel Down para impedir el escape masivo de piratas. Uno de los que vivieron para contar lo que ocurrió ese día.
Mardano Madtinez, el mink que superó a la estética, descendió a la playa y les pidió presentarse.
—Enji —respondió tras verlo escupir una cosa extraña al suelo. ¿Sería una bola de pelos? Para no ser menos, y como si estuviera correspondiendo a un saludo, se sacó el cigarrillo de los labios y escupió una gotón de veneno en la playa—. Sólo Enji —agregó después—. El apellido me suena a mierda. Soy comodoro y el capitán de la GLORIOSA División Treinta. Estamos aquí los tres que luchamos contra los Sepultura. —Extendió los brazos a sus costados, señalando tanto a Stroud como a Kael, para después retraer el que señalaba a Stroud y usar el pulgar de la otra mano para seguir apuntando al tesorero—. Él los tiene en el culo ahora mismo.
No cruzó una sola palabra con los piratas, y, bajo su órden, ninguno de los integrantes de la GLORIOSA División 30 tenía permitido hablarles. El silencio era su único regalo.
El Ford’s Transit los acercó al punto de encuentro. Según las comunicaciones que habían mantenido con el cuartel, el barco atracaría ese día, cerca del mediodía, recogería a los prisioneros y se los llevaría para ser juzgados. Muy probablemente acabarían encerrados en la prisión de máxima seguridad, Impel Down, aunque, después de lo que había pasado allí… nada estaba seguro.
Saint Vangelis Enji, como era costumbre, renegaba del uniforme sin importar la ocasión. Parado en la playa con nada más que unos boxers azules, sus botas, sus guantes y la capa blanca reglamentaria descansando sobre sus hombros, el capitán de la división degustaba un cigarrillo mientras, diez metros por delante, sobre la línea de la costa, el navío de transporte echaba el ancla. Lo miró de arriba abajo, desde el mascarón hasta las velas y el carajo, y chistó la lengua a la vez que soltaba una voluta de humo blanco entre los labios.
—Ñeh, el Transit es más impresionante —aseguró, convencido, a sus acompañantes.
Stroud Nanashi estaba de un lado y Kael Omuyaga del otro, fungiendo de escolta. Eran los tres que habían participado del combate, los tres que estaban entrenando cuando los Piratas de la Sepultura decidieron acercarse.
¿Y dónde estaban los mencionados piratas?
El barco terminó las maniobras y un puente se desplegó, conectando la cubierta con la playa. Enji se adelantó un paso con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada que se debatía entre el aburrimiento y el cansancio. La marina tenía la mala costumbre, según él, de ser demasiado estirada. Podía apostar que ahora descendería algún rango superior, como un Contraalmirante, de punta en blanco e indignado por su falta de protocolo. Empezarían las preguntas, los papeles, las mil firmas y, por fin, se llevarían a esos tres y lo dejarían en paz.
Nada más lejos de la realidad.
Del barco descendió un marine de rango superior, sí, pero no se trataba de un contraalmirante. Tampoco era sólo un vicealmirante, ni estaba de punta en blanco. El felino de piel morada y lampiña, que imitaba su estilo de usar el chaquetón sobre el torso desnudo, era un miembro del Zodiacool, la élite elegida y liderada por el fallecido Tucrow. Uno de los muchos que pelearon en Impel Down para impedir el escape masivo de piratas. Uno de los que vivieron para contar lo que ocurrió ese día.
Mardano Madtinez, el mink que superó a la estética, descendió a la playa y les pidió presentarse.
—Enji —respondió tras verlo escupir una cosa extraña al suelo. ¿Sería una bola de pelos? Para no ser menos, y como si estuviera correspondiendo a un saludo, se sacó el cigarrillo de los labios y escupió una gotón de veneno en la playa—. Sólo Enji —agregó después—. El apellido me suena a mierda. Soy comodoro y el capitán de la GLORIOSA División Treinta. Estamos aquí los tres que luchamos contra los Sepultura. —Extendió los brazos a sus costados, señalando tanto a Stroud como a Kael, para después retraer el que señalaba a Stroud y usar el pulgar de la otra mano para seguir apuntando al tesorero—. Él los tiene en el culo ahora mismo.
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