15-09-2026, 12:27 AM
El tonatta sonríe con gran satisfacción al comprobar que su golpe llega a buen puerto. Tanto es así que, durante unos segundos, mantiene la mano contra la piel de Devon, hundiéndola apenas en ella. En su mente, aquel golpe que desde fuera parece poco más que una caricia adquiere dimensiones épicas y gloriosas; un triunfo que, en una realidad alternativa, hubiera sido digno de ser contado durante años. La realidad, sin embargo, resulta bastante menos amable para él.
Y es que, mientras saborea aquel pequeño instante de victoria, Devon, que para el diminuto tonatta se alza como una torre gigantesca y magnánima, se agacha de una forma que ni siquiera alcanza a percibir. Cuando el hombrecillo levanta la cabeza, dispuesto a gritarle algo a la mujer, lo único que encuentra es un puño sobre su mandíbula. De hecho, el impacto es tan violento que el chasquido de su mandíbula al partirse rompe el silencio del lugar.
Y va a pasar bastante tiempo hasta que vuelva a utilizarla para hablar.
Después de aquello, el que todavía sangra profusamente se asusta. Quizás sea la visión de su compañero, quizás el dolor o quizás simplemente el miedo pero, sea como fuere, entre el sangrado y el susto, apenas pasan unos segundos antes de que sus piernas cedan y su cuerpo termine desplomándose, inconsciente.
Uno, dos, tres.
Solo hacen falta tres segundos de silencio para que Devon vuelva a romper la tranquilidad de la noche declarqndo sus intenciones. Después, comienza a rebuscar entre las pertenencias de los malechores. Sin embargo, pese a que son tres, ninguno parece haber conectado las suficientes neuronas como para haber acumulado un botín particularmente digno. No hay grandes cantidades de dinero, ni joyas, ni objetos que puedan considerarse especialmente valiosos. O, al menos, asta que aparece.
Es una especie de pepita de pirita: pequeña, brillante y deformada, con un aspecto que recuerda sospechosamente al oro. Pesa como el oro, brilla como el oro y... Y, como suele decirse, si parece oro, pesa como el oro y brilla como el oro... Entonces debe de serlo.
No hay mucho más de valor. Unas cuantas plumas, accesorios de madera, alguna daga y poco más. Ese es, en definitiva, el gran tesoro acumulado por aquellos tres ladronzuelos.
Aunque, sobre una mesa, casi como si alguien hubiera tenido la delicadeza de dejarla allí a propósito, aparece una botella de vino. Una botella hermosa, caliente y que le llama con un canto mudo como si se tratara de una sirena.
Y es que, mientras saborea aquel pequeño instante de victoria, Devon, que para el diminuto tonatta se alza como una torre gigantesca y magnánima, se agacha de una forma que ni siquiera alcanza a percibir. Cuando el hombrecillo levanta la cabeza, dispuesto a gritarle algo a la mujer, lo único que encuentra es un puño sobre su mandíbula. De hecho, el impacto es tan violento que el chasquido de su mandíbula al partirse rompe el silencio del lugar.
Y va a pasar bastante tiempo hasta que vuelva a utilizarla para hablar.
Después de aquello, el que todavía sangra profusamente se asusta. Quizás sea la visión de su compañero, quizás el dolor o quizás simplemente el miedo pero, sea como fuere, entre el sangrado y el susto, apenas pasan unos segundos antes de que sus piernas cedan y su cuerpo termine desplomándose, inconsciente.
Uno, dos, tres.
Solo hacen falta tres segundos de silencio para que Devon vuelva a romper la tranquilidad de la noche declarqndo sus intenciones. Después, comienza a rebuscar entre las pertenencias de los malechores. Sin embargo, pese a que son tres, ninguno parece haber conectado las suficientes neuronas como para haber acumulado un botín particularmente digno. No hay grandes cantidades de dinero, ni joyas, ni objetos que puedan considerarse especialmente valiosos. O, al menos, asta que aparece.
Es una especie de pepita de pirita: pequeña, brillante y deformada, con un aspecto que recuerda sospechosamente al oro. Pesa como el oro, brilla como el oro y... Y, como suele decirse, si parece oro, pesa como el oro y brilla como el oro... Entonces debe de serlo.
No hay mucho más de valor. Unas cuantas plumas, accesorios de madera, alguna daga y poco más. Ese es, en definitiva, el gran tesoro acumulado por aquellos tres ladronzuelos.
Aunque, sobre una mesa, casi como si alguien hubiera tenido la delicadeza de dejarla allí a propósito, aparece una botella de vino. Una botella hermosa, caliente y que le llama con un canto mudo como si se tratara de una sirena.
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Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
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