14-09-2026, 08:43 AM
La oscuridad lo acompañaba, incluso cuando se encontraba dentro de un espacio donde estaba protegido. Los ánimos habían abandonado su cuerpo a lo largo de los días, sus esperanzas también, tan solo le quedaba escuchar esas palabras que se repetían en su cabeza, junto a ese sonido horripilante que parecía ser su único acompañante.
“De nuevo”
Una y otra vez.
“De nuevo”
Como si repetir esa frase hiciera posible cambiar lo que ya había asumido como una verdad.
“De nuevo”
Esa última vez, la frase fue acompañada por el movimiento de su brazo, forzando el nudo que creó con la soga blanca y dando por terminada su pequeña artesanía. Dejó sobre la mesa frente a él la katana, una de las tantas que tenía, cuya empuñadora ahora se encontraba forrada con una soga blanca en vez de la que tenía antes. La observó por un momento, se aseguró de que todo estuviera firme, luego la acercó al otro par que ya había terminado de decorar. 3 katanas poderosas, 3 acompañantes que no dejarían su lado hasta su muerte.
Habían pasado ya semanas desde ese día que él y sus compañeros se separaron, ese mismo día que se quedó cuidando el barco luego de escuchar en la lejanía lo que supuso que eran disparos dados por Kiyoshi. Burbujitas volvió, alguien lo había mandado en su dirección, se quedó sentado fuera del barco para esperarlos, conocer si acaso se habían metido en problemas y que tan complicada había sido la lucha. Esperó por horas, sólo cuando el hambre lo golpeó fue que abandonó su lugar y cocinó algo. Para 4 personas, como siempre hacía. Tampoco vinieron esa noche, tuvo que comer el resto de la comida en los días siguientes para que no se desperdiciara, y aún así los siguió esperando.
No volvieron a aparecer. Tal vez estaban atrapados, tal vez estaban descansando en algún pueblo, pero tampoco habían usado sus den den mushi para notificarle algo. Si estuvieran atrapados por un enemigo, no sería inteligente llamarlos él, solo revelaría que aún existe un Sepultura. Y si ese enemigo los había asesinado…
Observó cada una de las katanas que tenía frente a él. - Tú serás Shiro -. Habló mientras tomaba el arma que acababa de terminar, aquella que ahora llevaba una same blanquecina. - La más veloz de todas, la más reconocible y aquella cuya apariencia no reflejará la cantidad de sangre que me ayudarás a derramar -. Una bestia bajo un carácter puro, un animal capaz de hacer tanto daño como de otorgar gran compañía, justo así como el explorador de la tripulación. Una dualidad que el mink dejaba ver incluso en su aura. Al terminar de hablarle, devolvió el arma a su funda, dejándola descansar al lado derecho de su cuerpo como siempre hacía.
- Tú… serás Sukai -. Tomó otra de las katanas, esta vez la que tenía una soga celeste decorándola. - Igual de letal que el resto, pero tu trabajo será ayudarme a no perder el foco. Me recordarás algo tan objetivo como el color del cielo, una verdad que no se escape de mi mente para poder mantener la compostura en tiempos difíciles -. Aquel miembro de la tripulación que mostraba ese color en su aura también lo había ayudado de esa manera. El primero que conoció, el primero que le habló con sinceridad, que lo ayudó a ver que su camino y su mente podía ser complicado, pero que eso no significaba que se había convertido en un monstruo.
En cuanto guardó esa espada, tomó la que quedaba en la mesa. - Y tú… Mi verdadera fuerza estará en tu filo, serás quien proteja tanto mi cuerpo como a tus compañeras. Serás quien rompa a aquellos que nos dañan, a aquellos que osan meterse en nuestro camino, a aquellos que se creen dioses mientras pisan a personas inocentes. Les darás muerte, y lamento que no vayan a ser tan dignas como mi compañero hubiera querido -. El capitán era alguien con gran fuerza, con gran capacidad de hacer daño, y aún así siempre busco protegerlos a ellos o a quien lo necesitara. Tal vez su forma de encargarse de los enemigos no fuera a ser algo que alguien como él quisiera realizar, pero Uker no conocía otra forma de honrar su nombre. El color de su aura era brillante, por mucho que esos tonos morados de la empuñadura no pudieran hacerle justicia a aquello que distinguía a su capitán. - Te llamarás Murasaki, y completaras el grupo de 3 espadas que de ahora en más me acompañaran a cumplir mi objetivo -. Guardó la katana en su funda mientras hablaba, finalmente dejando en evidencia los 3 colores que ahora adornaban su costado.
- Porque ellos ya no podrán estar a mi lado -.
Debía suponer que estaban muertos, debía suponer que habían alcanzado llegar al otro lado, que ahora podían ver ahí a sus familias o seres queridos. ¿Se encontrarían con sus padres? ¿Con su hermana? ¿Podrían hablarles de las cosas que él hizo en su nombre? No estarían orgullosos, él no lo estaba, pero era la única manera que conocía de seguir adelante.
Avanzó en la oscuridad del barco, entre habitaciones silenciosas y que ahora ya pertenecían a nada más que unos recuerdos de quienes las habitaron. Nada acompañaba el ruido de sus pasos sobre la madera más que ese sonido que se repetía una y otra vez en su cabeza, impidiéndole pensar con claridad.
Su andar lo llevó hasta la cocina. Tomó de un estante una botella de ron y miró hacia la ventana que llevaba al exterior. Podía ver desde ahí como las nubes se formaban para comenzar una tormenta, incluso en la oscuridad de la noche. Los locales le habían dicho que cuando empezaba a llover rara vez paraba en poco tiempo, cosa que tampoco lo tranquilizaba. El agua borraría cualquier rastro de un combate, cualquier rastro de sus amigos, cualquier rastro que lo lleve a quienes los asesinaron. No podía dejar solo el barco, no podía dejar sola a la única mascota que ellos dejaron, pero podía hacer que su objetivo tenga nuevas personas sobre las que apoyarse.
- Varo, fuiste la la paz de este grupo, aquel que nos permitía tranquilizarnos y bajar a tierra. Tus conocimientos no se perderán, no mientras yo esté vivo, no mientras mi corazón lata -. Dio un trago a la botella al terminar de hablar. - Kiyoshi, aquellos que te lo quitaron todo morirán por mi espada, tenlo por seguro. Nos sanaste y te preocupaste por nosotros incluso con tu actitud gruñona, nunca nos dejaste a la suerte. Fuiste capaz de tranquilizarme cuando pensaba que me convertía en un monstruo, pudiste darme una perspectiva distinta y avivaste mis ganas de alcanzar mi meta -. Repitió la acción de antes antes de seguir hablando. - Eros, fuiste el más fuerte de esta tripulación, física y mentalmente. Estuviste para mi cuando pensé que iba a sobrevivir solo, acepté unirme a ustedes conociendo la fuerza de ese grupo y suponiendo que solo me necesitaban por mis cualidades de navegante. No me arrepiento de haberme unido a ustedes, no me arrepiento de haber cocinado para ustedes -. Volvió a tomar otro trago, mientras que las nubes se iluminaban levemente por culpa de un rayo en la lejanía del mar.
- No podré acompañarlos, me temo, mi inmortalidad lo impedirá, pero tengan por seguro que sus muertes no serán en vano -. Apretó con fuerza la botella en su mano. - Quien haya sido el culpable de su muerte la pagará, estas espadas van en honor a ustedes, a toda esa sangre que me falta por derramar, a todo ese camino que no podré recorrer con ustedes -. Apoyó la botella en la mesa con un estruendo, tomándose un segundo para respirar.
Pensó que alejarlos aliviaría la despedida, que considerarlo sólo como compañeros de trabajo haría que todo fuera más fácil cuando tuvieran que separarse. Aún así dolía, dolía tanto como ver su hogar en llamas, como visitar la tumba de su maestro, quemaba sus venas y en su mente no aparecía nada más que ese ruido molesto.
Eran sus amigos, eran su familia, lo más cercano a uno que tuvo en mucho tiempo. Ya no podía decir que el mundo se los había arrebatado, que suceda 3 veces no era coincidencia. Él tenía la culpa, por juntarse con ellos, por su culpa sufrieron el mismo destino que todo aquel que pudo amar. Estaba maldito, no había duda de eso, ahora podía confirmarlo.
Ya no importaba. De ahora en más ninguna vida era lo suficientemente valiosa, ninguna persona se pondría en medio de su objetivo. Iba a conseguir la inmortalidad, por sus padres y su hermana, por su maestro, por Varo, por Kiyoshi, por Eros.
Y por él mismo, porque ya nada le quedaba en este mundo más que ese barco donde ahora sufría solo.
