[Autonarrada T1] Un deseo egoísta
#1
53 de Verano del año 18, tarde.
Reino de Roshwan. Capital, Ciudad Pushkin

Había pasado buena parte de la tarde recorriendo la ciudad en busca de trabajo, aunque con poco éxito. Los lugareños no parecían especialmente interesados en contratar a una forastera, y mucho menos en darle la oportunidad de relacionarse con ellos. Tal vez llevaba demasiado poco tiempo en la ciudad, prácticamente acababa de llegar. Había buscado sobre todo empleos de cara al público, pues podían ser una buena fuente de información. — Y la información es poder, — se repitió mentalmente. Una parte de sí misma odiaba la frase por lo que evocaba, pero no podía dejar de repetirla una y otra vez, pues era cierto, y cerrar muy fuerte los ojos a la verdad no la hacía menos cierta.

Entró en la primera taberna en la que había preguntado por trabajo y se sentó en la barra. Había decidido dejar la capital y viajar a alguna otra ciudad cercana, pero eso tendría que esperar a otro día; ya era demasiado tarde como para emprender algún viaje. Apoyó los brazos sobre la barra mientras esperaba a que la dueña la atendiera. La taberna no estaba muy llena y una suave música eclipsaba el sonido del viento del exterior.

Aria había visitado la taberna por primera vez por la mañana, momento en el que estaba un poco más llena. Fue en esa visita en la que había “conocido” al hijo de la dueña: un niño con gran energía, que iba y venía de un lado a otro, buscando atención en cada cliente. Incluso se había acercado a ella, pero su madre le había regañado por hablar con desconocidos. No parecían especialmente temerosos de ella, aunque no le extrañaba; su apariencia nunca había hecho que nadie la temiese. Su padre solía decir que parecía una mocosa y que debía crecer más, como si ella hubiera decidido dejar de crecer.
— Qué idiota, — pensó mientras observaba la taberna en busca del niño.
Por un instante se regañó mentalmente por el insulto a su padre. De algún modo, él siempre sabía cuándo ella lo insultaba en su cabeza. Debía hacer algún gesto que la delataba. Recordó que estaba a kilómetros de distancia de él y se relajó en su asiento.
— Qué idiota. — Incluso se permitió repetir el insulto en un susurro. Una pequeña victoria para ella.
Borró la sonrisa cuando notó que el niño no estaba por ningún lado. Volvió a revisar el local, esta vez con más atención, pero no estaba por ninguna parte. Se volvió, esta vez hacia donde estaba la dueña. Ella la estaba ignorando magistralmente, decidiendo que los clientes que habían llegado más tarde que ella tenían prioridad. Aunque no le importó. Estaba agradecida por estar en el interior; el viento se había levantado afuera y hacía bastante frío.
Siguió observando a la mujer moverse tras la barra, con la misma soltura que tenía por la mañana. Sin embargo, parecía un poco más lenta, con la mente en otro lado, y cada dos por tres miraba hacia la puerta y después al gran reloj de la taberna.
— ¿Todo bien, Lena? — Preguntó uno de los clientes tras dar un largo sorbo a su jarra.
Ella asintió con una pequeña sonrisa.
— Es mi hijo, no ha vuelto todavía desde que se fue a jugar.
— ¿Ese pequeño diablo? — El cliente sonrió. Parecía que todos conocían al revoltoso mocoso, pues compartieron una mirada cómplice.— Ya volverá, siempre vuelve.
La dueña le dio la razón al cliente, aunque no parecía menos preocupada. Parecía más bien que trataba de terminar la conversación.
Dudó un poco antes de hablar. Aria estaba dudando. Seguía olvidando que ya no era Aria, y que no lo sería en un largo tiempo. Se levantó del asiento sin siquiera tratar de ser silenciosa. Luna era así, ocupaba más espacio que ella, y sin duda alguna brillaba más que ella. Siempre le pareció irónico que la que tuviera relación con las estrellas fuera Aria, mientras era Luna, un satélite, la que brillaba más.
Se acercó a ambos lugareños con una gran sonrisa.
— Yo iré a por él.
La mujer trató de negarse. Pero ella ya no la estaba escuchando. Se despidió con un “no te preocupes, yo lo traigo” y salió de la taberna. Lo último que había escuchado había sido a la mujer indicando la zona del bosque que el niño solía frecuentar cuando escapaba, con un tono un tanto resignado.

Comenzó a caminar. El silbido suave del viento de la mañana era ahora más fuerte. Esperaba que ninguna ventisca se levantara, pues eso podría ser bastante peligroso. Se sintió un poco culpable. No estaba ayudando a la dueña de la taberna por ninguna razón altruista ni nada por el estilo. Era el tipo de persona que se sentiría mal si había alguien cerca en peligro y no hacía nada. Así que, en cierto modo, lo estaba haciendo por sí misma, para no tener que cargar después con la culpa de no haber hecho nada. Al fin y al cabo, era tarea de los adultos cuidar a los niños. Y sin duda alguna no mejoraba la situación que, una parte de ella, esperase que la mujer se mostrase menos recelosa con ella si le traía al niño. Le hacía sentir que se estaba aprovechando de ella. A veces temía encontrar similitudes entre ella y su padre. Por nada del mundo deseaba siquiera asemejarse a ese hombre. Al fin y al cabo, a diferencia de lo que él pensaba, no todo era blanco o negro.

Llegó a la entrada del bosque cuando la noche se acercaba. Debía aprovechar las últimas horas de luz, pues, si entraba y se le hacía tarde, podría terminar perdida en medio de toda esa oscuridad. Palpó su ropa y se aseguró de que su pistola siguiese ahí. Sí, lo estaba. Eso le hacía sentir un poco más tranquila. Los primeros minutos caminando por el bosque fueron tranquilos, y los más difíciles, puesto que no tenía ningún tipo de rastro del niño. Entonces, mientras caminaba, encontró un rastro de huellas. Se agachó para examinarlas mejor. Notó que parecían de la suela de unas botas, pequeñas, coherentes con las de un niño. Sonrió con satisfacción y siguió caminando. Le recordó a las escapadas que había hecho con su hermano cuando ambos eran mucho más jóvenes. Podía contarlas con los dedos de una mano, pero las recordaba con mucho cariño.
No se dio cuenta de cuando había sacado su reloj de bolsillo y lo había abierto para “mirar la hora”, aunque como de costumbre, ni siquiera había prestado atención. Por lo que, tras guardarlo, volvió a sacarlo, esta vez para notar que las agujas se habían detenido. — Qué tonta, — pensó mientras volvía a guardarlo en el bolsillo. Era sencillo de arreglar, era un problema común, pero no se arriesgaría a abrirlo en mitad de la nieve, mucho menos cuando estaba en búsqueda de un niño perdido.
Sería problema para su yo del futuro.
En algún punto, otras huellas se unieron a las del niño. Parecían las de un lobo y podía notar el rastro de algo que parecía sangre mezclado con la nieve. Los lobos solían desplazarse en manada, pero solo había encontrado las huellas de uno. ¿Se habría separado del resto? Apuró el paso, pero trató de no hacer ruido. No escuchaba nada, por lo que o el lobo todavía no había llegado hasta el niño o el niño ya estaba muerto. Comenzó a correr tras su último pensamiento. Esperaba no llegar tarde.

Se quedó inmovilizada cuando vio al niño sollozando, con un palo entre las manos, amenazando al lobo. La bestia, que parecía haber retrocedido al escucharla a ella, gruñía en dirección a ambos. No le costó notar que la sangre no provenía del niño, sino de una de las patas del lobo. No parecía extremadamente grave, pero debía ser lo bastante incapacitante como para mantenerlo acorralado. No le quitó los ojos de encima al animal y comenzó a avanzar, lenta y cuidadosamente. El niño seguía sollozando. Ella trató de no hacer ruidos que pudieran asustar al lobo, pues sabía que, si el animal se sentía amenazado o veía cortada su única vía de escape, podía reaccionar atacándolos. Llegó hasta donde estaba el niño y, con mucho cuidado, lo abrazó por la espalda. Este se asustó al instante y pegó un chillido que puso en alerta máxima al lobo. Aria casi dejó de respirar del susto. Afortunadamente, en cuanto el niño notó que no era otra bestia, se calmó un poco e incluso se refugió en su abrazo, tembloroso y llorando.
— Ya está, ya está. — Murmuró mientras acariciaba la espalda del niño.
Comenzó a retroceder con cuidado, sin darle la espalda a la bestia, e incorporándose poco a poco. El lobo no bajó la guardia, y ella tampoco. Seguramente el animal estaba tan asustado como ella. Eso la tranquilizaba un poco. Le habría gustado intentar acercarse para curarlo, pero tampoco era tonta. Un lobo salvaje no era un perro. Si ya sería difícil tratarlo estando sola, ni siquiera se lo planteaba con un niño llorando en brazos.

En cuanto el lobo consideró que ambos estaban lo suficientemente lejos, retrocedió también y echó a correr bosque adentro, dejando un suave rastro de sangre tras él.
—Ya se ha ido, ¿ves?
El niño miró hacia donde ella señalaba. Solo después de ver que el lobo había desaparecido, hipó y volvió a ocultarse en el abrazo. Por lo menos había dejado de llorar.
—Vamos, te llevaré con tu mamá.
Apegó un poco más al niño contra ella. Quería hacerle sentir mejor, pero no estaba segura de qué hacer. Afortunadamente, parecía que su presencia le tranquilizaba lo suficiente, pues se había pegado a ella como un koala.

— ¡Dennis! — Exclamó la dueña de la taberna en cuanto vio a su hijo abrazado a Aria.
El niño, Dennis, se bajó de sus brazos a la velocidad del rayo y se lanzó a los brazos de su madre. Comenzó a sollozar mientras le contaba cómo un gigante lobo lo había acorralado y cómo una chica genial (ella) lo había salvado.
La dueña le dio una rápida mirada de sorpresa. Cuando notó el alivio y el agradecimiento destellar en los ojos de la mujer que tantas malas miradas le había dado, no pudo evitar sentir que se le calentaba el corazón. ¿Sus mejillas también se habían calentado? ¿Por qué justo en ese momento se sentía avergonzada? No era como si fuera la primera vez que alguien le agradecía.
Oh. Tal vez sí lo era.
— ¡No ha sido nada! — Respondió con una sonrisa y una falsa confianza cuando la madre comenzó a agradecerle con palabras y halagos.
Seguramente, Luna estaba acostumbrada a esa clase de cosas, pero Aria no. Las palabras “gracias” eran tan raras de escuchar que parecían de otro idioma.
— Déjame recompensarte. — Insistió la madre. El niño ya se había quedado dormido en sus brazos.
Aria rechazó nuevamente. — Lo hice porque quería.
Ambas permanecieron en silencio. La dueña, con el ceño fruncido, la miraba con una expresión que parecía ofendida. Eso permitió a Aria calmarse un poco. Había dicho que quería que los lugareños fueran más receptivos, pero si comenzaban a tratarla demasiado bien, iba a darle un paro cardíaco. Sí, para ella una sutil indiferencia ya estaba bien. Mientras pudiera conseguir información sería suficiente.
—Dijiste estar buscando trabajo… — La mujer sonrió en el mismo instante en el que Aria hizo evidente que estaba interesada. — Espero que se te dé bien atender a clientes.
—No planeo permanecer mucho tiempo en la isla... — Advirtió Aria.
— Mejor, así no tendré que soportarte por mucho tiempo. — Bromeó ella, dirigiéndose hacia la puerta tras la barra. Seguramente sería donde vivía. — Te espero mañana por la mañana.




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[Autonarrada T1] Un deseo egoísta - por Aria Áster - 12-09-2026, 06:52 PM
RE: [Autonarrada T1] Un deseo egoísta - por PX-7 - 14-09-2026, 04:59 AM

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