El paso del niño era lento, marcado por el dolor sordo de las costillas y el arrastre de los zapatos sobre la grava, pero no aflojó el ritmo ni una sola vez en toda la subida, admirable por parte del oni rojo. Hanma caminaba detrás, midiendo cada zancada para no pisarle los talones. Ratatouille viajaba en su hombro derecho, asomando el hocico con el parche torcido para seguir la estela del estofado, que a cada vuelta del camino se volvía más espesa y limpia. Cuando alcanzaron la explanada alta, el Gran Oni repasó la fachada con ojo clínico: goteras marcadas en las tejas grises, tablas podridas por la humedad del bosque y maleza trepando por los maderos viejos. No quedaba rastro del letrero en la entrada; solo dos clavos oxidados donde antes colgaba el nombre de la escuela. Se lo habían llevado. El patio exterior, por contra, estaba impecable. Una muchacha de piel plateada y orejas con aletas barría las hojas secas con un kimono floreado, deteniéndose en seco con la escoba en alto al ver a semejante mole tapar el cielo del mediodía.
Entrar en la casa fue un ejercicio de contorsión ridículo, el mundo no se hacia para gente grande. Para cruzar un marco de apenas dos metros y medio de altura, Hanma tuvo que agachar la cabeza hasta casi tocarse las rodillas, encoger los hombros y pasar de costado para no dejar los dos cuernos clavados en el dintel. El suelo de madera vieja crujió como un galeón encallado bajo sus trescientos cincuenta kilos. Al llegar a la estancia principal, el maestro koi, un anciano decrépito que tosía como si escupiera arena seca, le señaló un cojín de paja de cuarenta centímetros. Hanma lo miró de reojo. Era un chiste. Se dejó caer con cuidado, encorvado bajo unas vigas maestras que quedaban a tres metros del suelo, flexionando las piernas hasta que las rodillas le taparon media vista. La escena tenía guasa: siete metros y medio de oni pelirrojo apelotonado en una esquina, ocupando cuatro metros de tatami y rozando el techo con la nuca.
El vapor del estofado de res, en cambio, no admitía burlas. La nieta trajo una olla de barro humeante y un cuenco hondo de arroz blanco. Hanma no esperó a que se lo sirvieran con ceremonias. Tenía hambre. Agarró la vasija con tres dedos, olió el caldo con una inspiración profunda que casi apaga las velas del altar y se bebió la mitad del tirón, masticando trozos de ternera melosa y raíces cocidas en su punto justo. Sabía a fuego lento, a jengibre fresco y a grasa bien espumada; cocina de verdad, no rancho de taberna. Ratatouille bajó por su antebrazo a la velocidad del rayo, agarró un nabo cocido entre las patas delanteras y se retiró a masticar detrás de su codo.
El niño azabache interrumpió el banquete de golpe: se arrojó hacia adelante y estampó la frente contra las tablas con un chasquido seco, suplicándole a voces que salvara el dojo y recuperara el letrero. Hanma tragó la carne despacio y limpió el fondo del cuenco con el pulgar. No le levantó la cabeza. Dejó que mordiera el suelo. Dejó caer el cuenco vacío sobre la mesa baja, haciendo bailar las tazas de té, y clavó sus ojos dorados en el viejo maestro antes de mirar al chaval.
-Vaya papelón, viejo.- La voz le salió seca, retumbando en las paredes estrechas de la habitación como un trueno encerrado. -Te han robado el letrero en tu propia cara y te sientas aquí a tomar té y a esperar que un crío de diez años ponga el lomo por tu nombre. La fuerza es lo único que vale en este mundo: lo que no puedes defender con tus propios puños, no lo mereces tener colgado en la puerta. Si tu cuerpo ya no aguanta una pelea, haberte partido los cuernos antes de soltar la madera. Esconderte detrás de una olla caliente mientras los otros dojos te mean el portal da vergüenza ajena.-
El anciano no desvió la mirada y el muchacho apretó los puños contra el suelo hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No lloró. No se levantó. Siguió con la frente pegada a la madera, tragando el polvo y el orgullo roto. Aquello Hanma lo valoraba más que cien reverencias de dojo.
-Pero este renacuajo tiene más agallas que tú y que todos los que llevan uniforme limpio en esta montaña. Y tu nieta cocina mejor que la mitad de los chefs del South Blue.- Se inclinó un palmo hacia adelante, haciendo crujir el entarimado. -Pongo dos condiciones antes de mover un solo dedo. La primera: me zampo la olla entera de estofado con todo el arroz que quede en la cocina. La segunda: yo no soy el perro de caza de nadie ni voy a haceros el trabajo sucio. Si queréis ese letrero de vuelta, el chaval viene conmigo y camina delante. Vamos a ver si su karate tiene agallas de verdad o si solo sabe recibir palizas. Si aguanta el tipo, yo me encargo de que los que se llevaron el madero aprendan por las malas lo que cuesta escupir a un dojo. Llenadme el cuenco otra vez.-
Entrar en la casa fue un ejercicio de contorsión ridículo, el mundo no se hacia para gente grande. Para cruzar un marco de apenas dos metros y medio de altura, Hanma tuvo que agachar la cabeza hasta casi tocarse las rodillas, encoger los hombros y pasar de costado para no dejar los dos cuernos clavados en el dintel. El suelo de madera vieja crujió como un galeón encallado bajo sus trescientos cincuenta kilos. Al llegar a la estancia principal, el maestro koi, un anciano decrépito que tosía como si escupiera arena seca, le señaló un cojín de paja de cuarenta centímetros. Hanma lo miró de reojo. Era un chiste. Se dejó caer con cuidado, encorvado bajo unas vigas maestras que quedaban a tres metros del suelo, flexionando las piernas hasta que las rodillas le taparon media vista. La escena tenía guasa: siete metros y medio de oni pelirrojo apelotonado en una esquina, ocupando cuatro metros de tatami y rozando el techo con la nuca.
El vapor del estofado de res, en cambio, no admitía burlas. La nieta trajo una olla de barro humeante y un cuenco hondo de arroz blanco. Hanma no esperó a que se lo sirvieran con ceremonias. Tenía hambre. Agarró la vasija con tres dedos, olió el caldo con una inspiración profunda que casi apaga las velas del altar y se bebió la mitad del tirón, masticando trozos de ternera melosa y raíces cocidas en su punto justo. Sabía a fuego lento, a jengibre fresco y a grasa bien espumada; cocina de verdad, no rancho de taberna. Ratatouille bajó por su antebrazo a la velocidad del rayo, agarró un nabo cocido entre las patas delanteras y se retiró a masticar detrás de su codo.
El niño azabache interrumpió el banquete de golpe: se arrojó hacia adelante y estampó la frente contra las tablas con un chasquido seco, suplicándole a voces que salvara el dojo y recuperara el letrero. Hanma tragó la carne despacio y limpió el fondo del cuenco con el pulgar. No le levantó la cabeza. Dejó que mordiera el suelo. Dejó caer el cuenco vacío sobre la mesa baja, haciendo bailar las tazas de té, y clavó sus ojos dorados en el viejo maestro antes de mirar al chaval.
-Vaya papelón, viejo.- La voz le salió seca, retumbando en las paredes estrechas de la habitación como un trueno encerrado. -Te han robado el letrero en tu propia cara y te sientas aquí a tomar té y a esperar que un crío de diez años ponga el lomo por tu nombre. La fuerza es lo único que vale en este mundo: lo que no puedes defender con tus propios puños, no lo mereces tener colgado en la puerta. Si tu cuerpo ya no aguanta una pelea, haberte partido los cuernos antes de soltar la madera. Esconderte detrás de una olla caliente mientras los otros dojos te mean el portal da vergüenza ajena.-
El anciano no desvió la mirada y el muchacho apretó los puños contra el suelo hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No lloró. No se levantó. Siguió con la frente pegada a la madera, tragando el polvo y el orgullo roto. Aquello Hanma lo valoraba más que cien reverencias de dojo.
-Pero este renacuajo tiene más agallas que tú y que todos los que llevan uniforme limpio en esta montaña. Y tu nieta cocina mejor que la mitad de los chefs del South Blue.- Se inclinó un palmo hacia adelante, haciendo crujir el entarimado. -Pongo dos condiciones antes de mover un solo dedo. La primera: me zampo la olla entera de estofado con todo el arroz que quede en la cocina. La segunda: yo no soy el perro de caza de nadie ni voy a haceros el trabajo sucio. Si queréis ese letrero de vuelta, el chaval viene conmigo y camina delante. Vamos a ver si su karate tiene agallas de verdad o si solo sabe recibir palizas. Si aguanta el tipo, yo me encargo de que los que se llevaron el madero aprendan por las malas lo que cuesta escupir a un dojo. Llenadme el cuenco otra vez.-
Cocina del Ogro
