11-09-2026, 08:52 AM
El tirón de brazo con el que el chaval se soltó el guantelete no movió a Hanma ni un milímetro del sitio. Las dos palmadas secas que le arreó en el dedo índice, como si estuviera despidiendo a un mozo de muelle después de cargar un barril, tuvieron el mismo efecto que si un moscardón gordo se hubiera posado a descansar en su nudillo. Ni pestañeó. Lo que sí se agitó fue la melena cobriza alrededor de su nuca; Ratatouille, al escuchar la ocurrencia sobre el pelo de rata en los tímpanos, asomó el morro con el parche torcido, erizó los bigotes blancos y soltó un castañeo de dientes que sonó como dos piedras chocando. Quería morderle la nariz al insolente. Hanma, en cambio, se tomó la burla de una mejor manera, de esas que no gastan bilis ni palabras mas grandes que otras. A los mocosos de ciudad siempre les pasaba igual: confundían el orgullo con tener la piel más fina que un papel de cigarro. Se creían los reyes del callejón solo porque nadie les había bajado los humos a mano abierta, una buena ostia...
La ocurrencia de la amistad le hizo gracia. ¿Amigos? ¿Dueños? En su cabeza no cabían esas tonterías. Luego llegó el desafío: ver si los guantes cumplían ahora mismo. Kai se quedó plantado a dos metros justos, con los pies bien afirmados en la grava de la plaza, el mentón arriba y los ojos rojos fijos como dos clavos en la cara del oni. No dio un paso atrás. No le tembló la postura. Aquello, en una isla donde todo el mundo doblaba la esquina en cuanto asomaba un cuerno por el tejado, valía su peso en pescado fresco. A Hanma le fue subiendo una sonrisa socarrona desde el fondo de la garganta, enseñando los colmillos torcidos. La Ley del Ogro era bien clara jamás se rechaza un reto cantado a la cara. Al que venía buscando candela con el pecho inflado se le contestaba con el cuerpo entero. Además, las palabras se habían terminado. Si el renacuajo no pensaba soltar el nombre del gigante con una bola de arroz caliente, se lo sacaría a base de partirle los dientes y sacudirle el polvo de las costillas. -Amigos dice el pincher, como si estuviéramos jugando a las canicas en un orfanato.- La voz le salió cavernosa, profunda, rebotando en los aleros de madera de los dojos cercanos. -A mí me da igual de qué cloaca te hayas escapado y quién te haya roto el corazón antes de llegar a esta isla. No te he pedido cariño, te he pedido un nombre. Pero si tienes prisa por que te rompa esos dedales de hojalata, no voy a ser yo quien te quite el capricho.-
Dejó caer el brazo enorme a un costado. El peso de su mano golpeó contra el muslo con un chasquido seco, como un saco de grano contra una losa de piedra. No adoptó guardia de dojo ni levantó los codos. Un Gran Oni de siete metros y medio y trescientos cincuenta kilos no necesita cubrirse la cara para torear a un gallo de corral: su propia carne era el muro. Dio un paso corto al frente con la pierna derecha; los adoquines viejos de la plaza crujieron bajo la suela y una nube fina de polvo blanco se levantó alrededor de sus tobillos. A quince metros, tras las celosías de papel del dojo vecino, varias cabezas rapadas contenían la respiración pegadas a la ventana, temiendo que la sacudida les echara abajo las vigas del techo. Hanma clavó su mirada dorada en los ojos del muchacho, disfrutando del momento como quien descorcha un barril de sake antes de la merienda.
-Garararara. Vamos a ver si esos guantes tuyos sirven para algo más que espantar moscas. Pero te advierto una cosa para que luego no me vengas con lloros de taberna: como me hayas hecho perder la mañana y no sepas un carajo de Akuma, te voy a estampar contra el brocal de ese pozo hasta que cantes el nombre del gigante en verso. Tira cuando quieras, retaco. Tienes el primer golpe gratis.-
La ocurrencia de la amistad le hizo gracia. ¿Amigos? ¿Dueños? En su cabeza no cabían esas tonterías. Luego llegó el desafío: ver si los guantes cumplían ahora mismo. Kai se quedó plantado a dos metros justos, con los pies bien afirmados en la grava de la plaza, el mentón arriba y los ojos rojos fijos como dos clavos en la cara del oni. No dio un paso atrás. No le tembló la postura. Aquello, en una isla donde todo el mundo doblaba la esquina en cuanto asomaba un cuerno por el tejado, valía su peso en pescado fresco. A Hanma le fue subiendo una sonrisa socarrona desde el fondo de la garganta, enseñando los colmillos torcidos. La Ley del Ogro era bien clara jamás se rechaza un reto cantado a la cara. Al que venía buscando candela con el pecho inflado se le contestaba con el cuerpo entero. Además, las palabras se habían terminado. Si el renacuajo no pensaba soltar el nombre del gigante con una bola de arroz caliente, se lo sacaría a base de partirle los dientes y sacudirle el polvo de las costillas. -Amigos dice el pincher, como si estuviéramos jugando a las canicas en un orfanato.- La voz le salió cavernosa, profunda, rebotando en los aleros de madera de los dojos cercanos. -A mí me da igual de qué cloaca te hayas escapado y quién te haya roto el corazón antes de llegar a esta isla. No te he pedido cariño, te he pedido un nombre. Pero si tienes prisa por que te rompa esos dedales de hojalata, no voy a ser yo quien te quite el capricho.-
Dejó caer el brazo enorme a un costado. El peso de su mano golpeó contra el muslo con un chasquido seco, como un saco de grano contra una losa de piedra. No adoptó guardia de dojo ni levantó los codos. Un Gran Oni de siete metros y medio y trescientos cincuenta kilos no necesita cubrirse la cara para torear a un gallo de corral: su propia carne era el muro. Dio un paso corto al frente con la pierna derecha; los adoquines viejos de la plaza crujieron bajo la suela y una nube fina de polvo blanco se levantó alrededor de sus tobillos. A quince metros, tras las celosías de papel del dojo vecino, varias cabezas rapadas contenían la respiración pegadas a la ventana, temiendo que la sacudida les echara abajo las vigas del techo. Hanma clavó su mirada dorada en los ojos del muchacho, disfrutando del momento como quien descorcha un barril de sake antes de la merienda.
-Garararara. Vamos a ver si esos guantes tuyos sirven para algo más que espantar moscas. Pero te advierto una cosa para que luego no me vengas con lloros de taberna: como me hayas hecho perder la mañana y no sepas un carajo de Akuma, te voy a estampar contra el brocal de ese pozo hasta que cantes el nombre del gigante en verso. Tira cuando quieras, retaco. Tienes el primer golpe gratis.-
