07-09-2026, 11:59 PM
(Última modificación: 08-09-2026, 09:31 PM por Zhang Guolao.)
Previamente
El tiempo en la isla del cielo había pasado en un abrir y cerrar de ojos, y luego de aquel paseo sobre el gigante alado, habían llegado a la embarcación.
El Wu Wei seguía firme frente al mar, pero el viaje de regreso había sido toda una odisea.
Bajar de allá arriba dio problemas de todas las clases. Y al final, descender del cielo no es trabajo para un hombre medio ciego.
Por fortuna, el grupo ahora tenía más manos y más habilidades. Su nuevo compañero Heras era un hombre extremadamente fuerte, y gracias a los ojos del muchacho todo resultó un poco más sencillo.
Se dejaron caer por el borde poco antes de la medianoche. El viejo burro había calculado la deriva, el viento y el punto donde el mar debía estar esperándolos. Pero calcular una caída y caerse no son la misma cosa, y eso lo entendió mientras la isla se alejaba por encima de sus cabezas.
Fueron minutos muy largos. Zhang se agarró a la borda y no dijo absolutamente nada, mientras el barco entero caía hacia el mar azul. Silencio chillaba por los dos.
Y entonces llegó el golpe.
El Wu Wei entró en el agua. Zhang no lo vio, porque no veía casi nada… Pero lo oyó: la madera del casco quejándose como un animal, y algo pesado rodando por la cubierta hasta estrellarse contra la barandilla.
Aguantó. Un barco de aquella clase aguantaba más de lo que aquel navegante esperaría.
Pero no salió limpio. Abajo, en alguna parte, empezó a entrar agua, y arriba quedaron cuerdas colgando que habría que volver a atar. Nada grave, pero había trabajo.
Al caer, Zhang se aferró con fuerza a su pequeño amigo, y después buscó a sus compañeros para asegurarse de que todos estuviesen bien.
Y luego, con el mono todavía agarrado al cuello, se pasó lo que quedaba de la noche sacando agua con un cubo. Para no hundirse, quién sabe dónde.
Día 44 de Verano · Mediodía · En el Wu Wei, frente a Báltigo
Hay resacas que se curan durmiendo y otras que solo se curan navegando. Aquella mañana, frente a una isla que todavía no tenía nombre para él, el viejo burro llevaba despierto desde antes que el sol.
Zhang llevaba un buen rato en cubierta, con una taza entre las manos. La cabeza le pesaba un poco, claro. Él también había estado en las dos fiestas, y a los cincuenta y tantos esas cosas se pagan más caras. Pero el aire de mar le sentaba mejor que la cama.
Desde el amanecer tenía algo puesto al fuego. Jengibre, sal y un poco de miel. Sabía horrible, pero funcionaba, y un médico que ha visto a su tripulación en dos fiestas seguidas ya sabe cómo va a amanecer el barco.
Silencio dormía panza arriba, sin ninguna vergüenza.
Zhang giró la cara hacia la isla. No la veía, o la veía como veía todo: una mancha larga y sucia. Pero olía a tierra mojada y a humo de leña, y eso ya era bastante. Después de tanto tiempo en el mar, cualquier olor de tierra se agradece.
Abajo se cayó algo. Después un golpe seco, un cuerpo contra las tablas y dos maldiciones que el viejo burro no pensaba repetir en voz alta. Movió una oreja, y como no paso nada mayor, el burro continuo con su taza.
Un rato después empezaron los golpes en las puertas. Uno, dos, tres camarotes, incluso los que llevaban tiempo vacíos. La oyó llamar a Heras, a Mahou y a él.
—Estoy arriba —dijo, sin elevar mucho su tono. Cuando la capitana salió por fin a cubierta, el sol del mediodía le cayó encima de golpe. Zhang ya estaba de pie, con la taza en una mano.
—Hmmm… Buenos días, capitana. Bébase esto, aunque sepa a rayos. —Le tendió la taza con calma —. Y no le eche la culpa al sol, que él no la obligó a nada.
Después se apartó un poco y se apoyó en la borda, mirando hacia la isla.
—Por cierto —añadió, con la misma voz de siempre—. Debemos arreglar el barco, luego de que un viejo ciego y un gigante alado bajaran esta embarcación como podía. ¿Qué opinas de este lugar? Se ve un lugar inhóspito.
Y sin esperar respuesta, el viejo burro se quedó escuchando a su compañera, mientras el mar los empujaba a su nuevo destino.
El tiempo en la isla del cielo había pasado en un abrir y cerrar de ojos, y luego de aquel paseo sobre el gigante alado, habían llegado a la embarcación.
El Wu Wei seguía firme frente al mar, pero el viaje de regreso había sido toda una odisea.
Bajar de allá arriba dio problemas de todas las clases. Y al final, descender del cielo no es trabajo para un hombre medio ciego.
Por fortuna, el grupo ahora tenía más manos y más habilidades. Su nuevo compañero Heras era un hombre extremadamente fuerte, y gracias a los ojos del muchacho todo resultó un poco más sencillo.
Se dejaron caer por el borde poco antes de la medianoche. El viejo burro había calculado la deriva, el viento y el punto donde el mar debía estar esperándolos. Pero calcular una caída y caerse no son la misma cosa, y eso lo entendió mientras la isla se alejaba por encima de sus cabezas.
Fueron minutos muy largos. Zhang se agarró a la borda y no dijo absolutamente nada, mientras el barco entero caía hacia el mar azul. Silencio chillaba por los dos.
Y entonces llegó el golpe.
El Wu Wei entró en el agua. Zhang no lo vio, porque no veía casi nada… Pero lo oyó: la madera del casco quejándose como un animal, y algo pesado rodando por la cubierta hasta estrellarse contra la barandilla.
Aguantó. Un barco de aquella clase aguantaba más de lo que aquel navegante esperaría.
Pero no salió limpio. Abajo, en alguna parte, empezó a entrar agua, y arriba quedaron cuerdas colgando que habría que volver a atar. Nada grave, pero había trabajo.
Al caer, Zhang se aferró con fuerza a su pequeño amigo, y después buscó a sus compañeros para asegurarse de que todos estuviesen bien.
Y luego, con el mono todavía agarrado al cuello, se pasó lo que quedaba de la noche sacando agua con un cubo. Para no hundirse, quién sabe dónde.
Día 44 de Verano · Mediodía · En el Wu Wei, frente a Báltigo
Hay resacas que se curan durmiendo y otras que solo se curan navegando. Aquella mañana, frente a una isla que todavía no tenía nombre para él, el viejo burro llevaba despierto desde antes que el sol.
Zhang llevaba un buen rato en cubierta, con una taza entre las manos. La cabeza le pesaba un poco, claro. Él también había estado en las dos fiestas, y a los cincuenta y tantos esas cosas se pagan más caras. Pero el aire de mar le sentaba mejor que la cama.
Desde el amanecer tenía algo puesto al fuego. Jengibre, sal y un poco de miel. Sabía horrible, pero funcionaba, y un médico que ha visto a su tripulación en dos fiestas seguidas ya sabe cómo va a amanecer el barco.
Silencio dormía panza arriba, sin ninguna vergüenza.
Zhang giró la cara hacia la isla. No la veía, o la veía como veía todo: una mancha larga y sucia. Pero olía a tierra mojada y a humo de leña, y eso ya era bastante. Después de tanto tiempo en el mar, cualquier olor de tierra se agradece.
Abajo se cayó algo. Después un golpe seco, un cuerpo contra las tablas y dos maldiciones que el viejo burro no pensaba repetir en voz alta. Movió una oreja, y como no paso nada mayor, el burro continuo con su taza.
Un rato después empezaron los golpes en las puertas. Uno, dos, tres camarotes, incluso los que llevaban tiempo vacíos. La oyó llamar a Heras, a Mahou y a él.
—Estoy arriba —dijo, sin elevar mucho su tono. Cuando la capitana salió por fin a cubierta, el sol del mediodía le cayó encima de golpe. Zhang ya estaba de pie, con la taza en una mano.
—Hmmm… Buenos días, capitana. Bébase esto, aunque sepa a rayos. —Le tendió la taza con calma —. Y no le eche la culpa al sol, que él no la obligó a nada.
Después se apartó un poco y se apoyó en la borda, mirando hacia la isla.
—Por cierto —añadió, con la misma voz de siempre—. Debemos arreglar el barco, luego de que un viejo ciego y un gigante alado bajaran esta embarcación como podía. ¿Qué opinas de este lugar? Se ve un lugar inhóspito.
Y sin esperar respuesta, el viejo burro se quedó escuchando a su compañera, mientras el mar los empujaba a su nuevo destino.
Barco
Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
❄ La Calma del Vacío
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