04-09-2026, 04:27 PM
El bombardeo estaba cumpliendo con sus expectativas. Tanto Juan como Kibai se notaban frustrados, luchando por mantener la compostura y concentrarse pese a los golpes, las risas, el ruido; todas las distracciones que había planeado y puesto en práctica para llevar sus sentidos al límite. La verdad sea dicha, durante su propio entrenamiento había tenido que meditar en completo silencio, completa oscuridad, totalmente aislado del mundo que lo rodeaba; todo lo contrario a lo que estaba practicando con sus “alumnos”. Por eso mismo, después de aprender a despertar esa extraña visión o sexto sentido, se había topado bastante fuerte con la realidad: nunca se estaba tan tranquilo en el mundo. De nada le serviría esa técnica si no podía aplicarla en combate, en el día a día, estuviera andando, caminando o golpeando. Tuvo que acostumbrarse a usarla incluso mientras cagaba, y pensaba ahorrarles ese paso a ellos.
—¡Vamos, no sean llorones! ¡Nadie va a esperar a que se concentren en una situación real! ¡No hay silencio en mitad de una guerra! —advirtió, parado veinte metros por delante de ellos mientras los locales observaban con curiosidad todo lo que estaba pasando—. ¿Qué harán si alguien los ataca? ¿Cavar un pozo donde poder meditar para volver a centrarse? ¡Veeeenga! ¡Que he visto yo más lío en un burdel a medianoche! ¡Shihahaha!
Algunos padres lo miraron mal después de soltar ese último comentario y al grito de “Rigoberto, Carlitos, Mario Barro” empezaron a llamar a sus niños para alejarse del lugar. Nadie quería afrontar preguntas innecesarias antes de tiempo, en especial cuando en Skypiea… ¿no había burdeles?
Hm, tendría que corroborar ese dato antes de descender de los cielos.
Al cabo de unos minutos, los niños, como no, se aburrieron, su atención se dispersó y poco a poco terminaron por dejar en paz al gato y al cangrejo, no sin antes pasar junto a Enji para que este les pagase los berries prometidos por llevar a cabo esa maldad. El tumulto de la hora pico también parecía haber amainado y lo que antes era un murmullo perpetuo se convirtió en apenas media docena de susurros lejanos.
—¿Empiezan a sentir algo? —Le preguntó a sus compañeros, parado de cuclillas veinte metros por delante de los dos—. ¿O tengo que sacar la fusta? Por favor, digan que sí —bromeó, pero contuvo la risa y en su lugar suspiró—. Suficiente negrura por hoy. Quítense las vendas y síganme, vamos a buscar un lugar más tranquilo.
El bosque no estaba lejos. Por suerte, la Ciudad Dorada estaba rodeada de selva y follaje, así que bastaba con seguir por esa misma calle hasta el final para regresar a la selva de la que emergieron el primer día.
—¡Vamos, no sean llorones! ¡Nadie va a esperar a que se concentren en una situación real! ¡No hay silencio en mitad de una guerra! —advirtió, parado veinte metros por delante de ellos mientras los locales observaban con curiosidad todo lo que estaba pasando—. ¿Qué harán si alguien los ataca? ¿Cavar un pozo donde poder meditar para volver a centrarse? ¡Veeeenga! ¡Que he visto yo más lío en un burdel a medianoche! ¡Shihahaha!
Algunos padres lo miraron mal después de soltar ese último comentario y al grito de “Rigoberto, Carlitos, Mario Barro” empezaron a llamar a sus niños para alejarse del lugar. Nadie quería afrontar preguntas innecesarias antes de tiempo, en especial cuando en Skypiea… ¿no había burdeles?
Hm, tendría que corroborar ese dato antes de descender de los cielos.
Al cabo de unos minutos, los niños, como no, se aburrieron, su atención se dispersó y poco a poco terminaron por dejar en paz al gato y al cangrejo, no sin antes pasar junto a Enji para que este les pagase los berries prometidos por llevar a cabo esa maldad. El tumulto de la hora pico también parecía haber amainado y lo que antes era un murmullo perpetuo se convirtió en apenas media docena de susurros lejanos.
—¿Empiezan a sentir algo? —Le preguntó a sus compañeros, parado de cuclillas veinte metros por delante de los dos—. ¿O tengo que sacar la fusta? Por favor, digan que sí —bromeó, pero contuvo la risa y en su lugar suspiró—. Suficiente negrura por hoy. Quítense las vendas y síganme, vamos a buscar un lugar más tranquilo.
El bosque no estaba lejos. Por suerte, la Ciudad Dorada estaba rodeada de selva y follaje, así que bastaba con seguir por esa misma calle hasta el final para regresar a la selva de la que emergieron el primer día.
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