04-09-2026, 02:10 PM
Día 31 de Verano, Año 18 (mediodía)
La tercera taberna de la mañana olía a lo mismo que las dos primeras, a sal vieja y a pescado frito y tambien tenia algo en común con las otras dos, un silencio sepulcral cuando Hanma entraba al lugar. No hacía falta girarse para saber que el tabernero se santiguaba al verle salir, rezando a todos y cada uno de los angeles si es que en este mundo existia de aquello y no individuos con alas negras que echaban fuego. En el umbral se detuvo, se echó los codos atrás y juntó los omóplatos hasta que la espalda sonó como un viejo engranaje: el tic de toda la vida, el de descongestionar los huesos después de una mañana de preguntas sin respuesta una pequeña relajación momentánea. Del cuello de la camiseta asomó un hocico blanco. Ratatouille olisqueó el aire del mediodía, encontró el olor de la isla igual que siempre, aburrido y a pescado, y no opinó. A sus espaldas quedaba el barrio de los dojos, encajado en la falda de la montaña: tejados de pizarra, patios de arena rastrillada, voces de críos contando golpes contra los postes de entrenamiento. Hanma lo recorrió con la vista y no le tembló nada. De aquella isla no guardaba puertas abiertas, solo muros, y de los muros se había escapado de crío para aprender a pelear en la calle, que en los dojos no le querían.
-Busco a un gigante. Más alto que yo, uno de verdad de estos que se ven a leguas, de los que tapan el sol. Se llama Akuma y es mi padre. Si alguno de vosotros sabe dónde ronda su nombre, que hable: hoy come gratis de mi cocina.- Se quedó callado, esperando, y la plaza hizo lo que llevaban haciendo toda la mañana encontrar algo urgente que hacer en otra parte, porque nadie queria verselas con el cornudo pelirrojo. Hanma soltó un "garararara" corto, sin humor, y se sentó en el brocal del pozo. La piedra que no estaba acostumbrada a esa carga replicó pero aguantó. Sacó el fardo de tela que llevaba en la faja y lo abrió sobre las rodillas dos bolas de arroz especiado, un trozo de pescado salado y una hoja de perejil que no servía para nada salvo para hacer bien las cosas y darle algo de color como habia aprendido de un tal Arguiñano. Comió despacio, mirando la calle. Ratatouille bajó por su brazo, arrancó un grano de arroz con la pata y volvió al hombro.
El mediodía caía sobre la plaza y nadie recogió el anzuelo de la pregunta. Los críos del dojo de enfrente entrenaban en fila, el maestro les corregía la postura con una vara, y el golpe seco del poste llegaba acompasado hasta el pozo; Hanma masticaba y repasaba las caras que se le habían cerrado en tres tabernas. Los "no sé nada" dichos de espaldas y con la boca muy pequeña. El barrio encogido de hombros ante el nombre de su padre. Ni una palabra que valiera una comida. Guardó el pescado salado en el fardo y se quedó con la segunda bola de arroz en la mano, sin hambre ni prisa por morderla. Iba a levantarse y bajar a probar suerte en el puerto cuando se dio cuenta de que alguien no se había movido. No había oído pasos a sus espaldas. Ninguna sombra cruzó la plaza, y nadie más se quedó a hablar con él. Solo esa presencia quieta, esperando, sin prisa por marcharse como el resto del barrio. Hanma terminó de masticar, se limpió los dedos y alzó la vista.
Al otro lado de la plaza, donde la calle bajaba al puerto, un chaval estaba apoyado contra la pared de un dojo. ¿Pelo blanquecino con puntas casi negras? No podía divisarlo bien. Piel blanca que parecía no ver el sol. Ojos rojos, grandes, clavados en él sin pestañear. En las manos, unos guanteletes que le tapaban hasta la muñeca. No llevaba el uniforme de los aprendices ni la vara de los maestros: solo ropas anchas, como si quisiera ocupar más sitio del que tenía, un poco retaco la verdad. De toda la gente que la plaza había vaciado en un minuto, era el único que no se había movido. El único que no había apartado la vista. El único que seguía mirándole ahora. -Tú, el de los guanteletes. ¿Qué es lo tuyo hablar, buscarte un problema o ambas? Porque llevo toda la mañana ofreciendo una comida a cambio de una palabra y tú eres el único que se ha quedado a escucharla entera. Si la palabra es buena, la comida es tuya. Si lo que buscas es otra cosa, eso también se puede hablar.- El chaval no respondió. Tampoco se movió. Se quedó donde estaba, con los guanteletes quietos a los costados y los ojos puestos en él. Hanma se quedó mirándole por encima de la bola de arroz, esperando.
