02-09-2026, 07:32 AM
El crujido rítmico de la madera del Veðrfölnir y el bullicio de los preparativos para levar el ancla componían la única melodía que Dharma toleraba con genuino estoicismo. El espadachín de Wano se encontraba en su camarote, sentado leyendo unos cuantos libros que había tomado con libertad de algún lugar en skypea. Estudiar era importante, pues el conocimiento empírico aunque era algo bueno, no era la única manera de poder aumentar su poder y su saber. Con timidez se escucho el sonido de la puerta siendo tocada por una mano temerosa, pero al mismo tiempo valiente. | ¿Hmm...? | Un murmuro salió, denso y frio. | Le esperan en la popa, el ca...capitán. | Tras eso abría la puerta con facilidad, se encontraba listo para salir, al parecer sus nuevos aliados tenían ya el rumbo fijado, el destino, el universo siempre lo había acompañado, y dios exánime que parece darle diferentes indicaciones. Salía así entonces del área de camarotes, un hombre diferente a lo que estaban acostumbrados los hijos del Ragnarok o quizá no tan diferente. Un cuerpo atlético, forjado por las batallas y un amor único al ejercicio físico y mental, oculto bajo sus cómodas vestimentas negras, acompañado de sus espadas gemelas a los costados de su cuerpo.
La brisa marina se comenzaba a menear por su toda su presencia, sus pulmones se llenaban de aquella sensación única que brindaba el mar y un navío, recordando sin nostalgia otros ayeres. Solo su memoria mostrando que todo se repite de diferentes formas. Con su cabellera ligeramente larga balanceándose desarreglada por el viento y la Jolly Roger de Ragnarok que hacia alusión al capitán Sigurd, ondeaban con violencia sobre los mástiles de la carabela. Para él, dejar atrás Skypiea no era motivo de nostalgia; las islas sólo eran escenarios transitorios en su constante e individual búsqueda de poder absoluto.
Al escuchar el llamado del Bucaneer rubio, Dharma se dirigió por los suelos del navío, con pasos medidos y parsimoniosos, deslizando una de sus manos cerca de las hendiduras y cicatrices que marcaban la madera curtida de la nave, un testimonio silencioso de que navegaba en un hogar nacido puramente para la guerra. Sus dos espadas gemelas de hojas largas y afiladas descansaban en los costados de su torso, listas e impecables para una nueva aventura. Al llegar al puente de mando, sus ojos verde oscuro pasearon una mirada cansada y fastidiada sobre el grupo, transmitiendo esa solemnidad egocéntrica y la sabiduría de alguien que ha visto cientos de muertes, como pisar hormigas. Primero evaluó el lamentable estado de resaca de su capitán, luego la pulcritud táctica de Odiseo, y finalmente se detuvo en la última y más bizarra adquisición de la banda: el Pato Patroclo. Cualquier otro hombre habría estallado en risas, pero las pérfidas facciones de Dharma no se inmolaron. Clavó su penetrante mirada en el ave acorazada; para un guerrero disciplinado, la armadura completa del pato denotaba una seriedad implícita. | Nada mal Bro... | Era lo mas amigable que podría ser con esa pequeña bestia.
La cicatriz en el lado derecho de su boca se tensó sutilmente en una mueca lineal cuando el exmonje asintió con un respeto silencioso hacia el pequeño ser. Si el animal poseía la determinación de portar el metal y no estorbar, tenía el derecho de existir en el Ragnarok. Para Dharma, las preocupaciones banales y las emociones ajenas eran poco prácticas, pero sabía reconocer la utilidad de la fuerza en cualquier presentación. La llegada de Ubbe terminó de consolidar la densa atmósfera de la cúpula. Dharma observó de reojo cómo el comandante de más de cuatro metros sostenía el periódico y su rostro transitaba a un silencio inusual y sombrío. El espadachín no titubeó cuando Ubbe, con una sonrisa torcida y visiblemente fastidiado por el estigma de su apellido, le extendió el papel doblado. Tomó el documento con su mano diestra, barriendo las líneas impresas con rapidez e ignorando lo trivial de los números, hasta dar con las nuevas cifras de las recompensas. Números que para el mundo significaban peligro, pero que para su criterio no eran más que el reflejo del miedo que el Gobierno Mundial le profesaba a la tripulación
| Bro... El mundo es tan predecible... | Pronunció Dharma. Su voz, gravosa y carente de emociones desbordadas, resonó con una firmeza espectral, mientras le devolvía el periódico con total desdén. Ajustó su postura mientras la proa cortaba el viento, guiando el movimiento del navío. La brisa aumentaba, pero Dharma se mantenía firme. Se sentía bien, con la confianza de ser parte de un grupo muy especial, sus aliados y nakamas ahora eran formidables, su poder era notorio y su sed de gloria destilaba de sus propios parpados. | Por fin salimos de aquí...|
El cambio de presión y la vista únicas, generaban en Dharma sensaciones que lo alertaban y a la vez le ponían en una posición de curiosidad, lo único que a veces llega a sentir, agudizando sus instintos primitivos a medida que el mar de nubes se mostraba. La dualidad de su ser se hizo presente una vez más: la calma imperturbable de su máscara externa mezclada con la implacable actividad mental que ya calculaba su siguiente movimiento en tierra firme. | Capitán Sigurd. | añadió Dharma, dirigiendo la mirada de sus orbes esmeraldas, afilados como siempre, hacia Sigurd y luego hacia el timón |Ya espere mucho para cazar algo... | Estiraba los músculos de su espalda con lentitud, demostrando que estaba listo para servir a la voluntad de sus nuevos hermanos. Tenia un capitán, no le molestaba, pues también el y Ubbe entendían la esencia que poseía el pelinegro y para el por ahora era suficiente, mientras la sangre y la gloria siguieran acercándose. No dudaba de sus nuevos compañeros, sabia que esta vez el mismo universo le brindaba la oportunidad de conquistar el mundo junto con el apoyo mutuo de dos bestias de guerra con la mente tan afilada como sus espadas.
La brisa marina se comenzaba a menear por su toda su presencia, sus pulmones se llenaban de aquella sensación única que brindaba el mar y un navío, recordando sin nostalgia otros ayeres. Solo su memoria mostrando que todo se repite de diferentes formas. Con su cabellera ligeramente larga balanceándose desarreglada por el viento y la Jolly Roger de Ragnarok que hacia alusión al capitán Sigurd, ondeaban con violencia sobre los mástiles de la carabela. Para él, dejar atrás Skypiea no era motivo de nostalgia; las islas sólo eran escenarios transitorios en su constante e individual búsqueda de poder absoluto.
Al escuchar el llamado del Bucaneer rubio, Dharma se dirigió por los suelos del navío, con pasos medidos y parsimoniosos, deslizando una de sus manos cerca de las hendiduras y cicatrices que marcaban la madera curtida de la nave, un testimonio silencioso de que navegaba en un hogar nacido puramente para la guerra. Sus dos espadas gemelas de hojas largas y afiladas descansaban en los costados de su torso, listas e impecables para una nueva aventura. Al llegar al puente de mando, sus ojos verde oscuro pasearon una mirada cansada y fastidiada sobre el grupo, transmitiendo esa solemnidad egocéntrica y la sabiduría de alguien que ha visto cientos de muertes, como pisar hormigas. Primero evaluó el lamentable estado de resaca de su capitán, luego la pulcritud táctica de Odiseo, y finalmente se detuvo en la última y más bizarra adquisición de la banda: el Pato Patroclo. Cualquier otro hombre habría estallado en risas, pero las pérfidas facciones de Dharma no se inmolaron. Clavó su penetrante mirada en el ave acorazada; para un guerrero disciplinado, la armadura completa del pato denotaba una seriedad implícita. | Nada mal Bro... | Era lo mas amigable que podría ser con esa pequeña bestia.
La cicatriz en el lado derecho de su boca se tensó sutilmente en una mueca lineal cuando el exmonje asintió con un respeto silencioso hacia el pequeño ser. Si el animal poseía la determinación de portar el metal y no estorbar, tenía el derecho de existir en el Ragnarok. Para Dharma, las preocupaciones banales y las emociones ajenas eran poco prácticas, pero sabía reconocer la utilidad de la fuerza en cualquier presentación. La llegada de Ubbe terminó de consolidar la densa atmósfera de la cúpula. Dharma observó de reojo cómo el comandante de más de cuatro metros sostenía el periódico y su rostro transitaba a un silencio inusual y sombrío. El espadachín no titubeó cuando Ubbe, con una sonrisa torcida y visiblemente fastidiado por el estigma de su apellido, le extendió el papel doblado. Tomó el documento con su mano diestra, barriendo las líneas impresas con rapidez e ignorando lo trivial de los números, hasta dar con las nuevas cifras de las recompensas. Números que para el mundo significaban peligro, pero que para su criterio no eran más que el reflejo del miedo que el Gobierno Mundial le profesaba a la tripulación
| Bro... El mundo es tan predecible... | Pronunció Dharma. Su voz, gravosa y carente de emociones desbordadas, resonó con una firmeza espectral, mientras le devolvía el periódico con total desdén. Ajustó su postura mientras la proa cortaba el viento, guiando el movimiento del navío. La brisa aumentaba, pero Dharma se mantenía firme. Se sentía bien, con la confianza de ser parte de un grupo muy especial, sus aliados y nakamas ahora eran formidables, su poder era notorio y su sed de gloria destilaba de sus propios parpados. | Por fin salimos de aquí...|
El cambio de presión y la vista únicas, generaban en Dharma sensaciones que lo alertaban y a la vez le ponían en una posición de curiosidad, lo único que a veces llega a sentir, agudizando sus instintos primitivos a medida que el mar de nubes se mostraba. La dualidad de su ser se hizo presente una vez más: la calma imperturbable de su máscara externa mezclada con la implacable actividad mental que ya calculaba su siguiente movimiento en tierra firme. | Capitán Sigurd. | añadió Dharma, dirigiendo la mirada de sus orbes esmeraldas, afilados como siempre, hacia Sigurd y luego hacia el timón |Ya espere mucho para cazar algo... | Estiraba los músculos de su espalda con lentitud, demostrando que estaba listo para servir a la voluntad de sus nuevos hermanos. Tenia un capitán, no le molestaba, pues también el y Ubbe entendían la esencia que poseía el pelinegro y para el por ahora era suficiente, mientras la sangre y la gloria siguieran acercándose. No dudaba de sus nuevos compañeros, sabia que esta vez el mismo universo le brindaba la oportunidad de conquistar el mundo junto con el apoyo mutuo de dos bestias de guerra con la mente tan afilada como sus espadas.
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