01-09-2026, 07:39 PM
(Última modificación: 01-09-2026, 10:47 PM por Stroud Nanashi.)
Al despuntar el alba, Stroud, puntual, había comenzado a hacer la maleta y a poner en orden las escasas posesiones que había llevado consigo a la Isla del Cielo. Hubiera resultado sencillo pararse a pensar en lo mucho que había significado aquel lugar, y en el camino que los mismos cielos parecían haber abierto para él con la entrada en juego del célebre mantra; pero aquel no era el estilo del Marine. En silencio, prácticamente sin pensar, se había limitado a vestirse, abrir las ventanas y a permitir que la luz dorada del sol lo bañase mientras disponía todo para la partida. En cuestión de tan solo un rato, volvería a estar a bordo del viejo Royal Quiver, listo para un paso más en aquella gran odisea que era el Grand Line y las incontables sorpresas que aguardaban siempre tras su horizonte. Fuera, más allá de las estancias proporcionadas por el Emperador de aquel lugar, podía oírse el ajetreo habitual en Shandora, al que se sumaba el ruido de algunos de los habitantes del Mar Azul preparándose, como él, para partir de vuelta al mundo. Stroud acometió todo el proceso de manera mecánica, sin que un solo pensamiento recorriese su cabeza, y sin musitar más que algún "la Justicia que me parió" al darse cuenta de que se había dejado algo por meter en la maleta.
Se sentó al borde de la cama, respirando hondo y contemplando la habitación a su alrededor, en un último vistazo, y un último descanso, antes de salir de allí y poner rumbo hacia el barco. El bostezo que se estaba generando en su interior se vio entonces cortado de golpe cuando su Den Den Mushi comenzó a sonar de manera abrupta, sus berridos inundando la habitación incluso desde el interior de la maleta, con el resto de sus enseres: berep berep berep berep.
Corrió hasta donde se encontraba y abrió la cremallera a toda velocidad, sacando el Den Den Mushi y preguntándose por qué leches lo había dejado allí en lugar de guardárselo en la chaqueta. Lo observó: el caracol había adoptado unos ojos de un extraño color rojizo, así como un tono violáceo, y, sobre sus hombros, las charreteras propias del abrigo de un alto rango. Arqueó una ceja con inquietud y descolgó, expectante. "Comandante Nanashi, dígame," dijo con propiedad. "¿Qué se le ofrece, capitán Saint Vangelis?," inquirió, entendiendo rápidamente quién se encontraba tras la extraña apariencia que había adoptado el Den Den Mushi. Sin embargo, quedó en silencio por unos instantes. "¿Eh?," fue únicamente capaz de mascullar al cabo de un rato. Tragó saliva. "Entendido, capitán Saint Vangelis," dijo finalmente, tras vacilar por un momento, "los veo en un momento. Gracias, capitán."
La mano de Stroud corrió por la madera de la quilla del Royal Quiver, acariciándola una vez más. Aquel navío había sido un compañero de división más para él. Finalmente, y conteniendo un suspiro, puso rumbo hacia el lugar acordado con Enji, quien aparentemente sería su nuevo capitán. A medida que se acercó al enorme velero de su nueva división, pudo observar en detalle su aspecto y su construcción. No pudo evitar alzar una ceja antre lo estrafalario de su diseño. ¿Aquello era... un gato? No, la cabeza de un gato, absolutamente enorme. ¿Quién había ideado aquella monstruosidad, aquel atentado contra la estética náutica? Esperó de corazón que el capitán Enji no hubiese tenido nada que ver.
En cuanto comenzó a aproximarse, sin embargo, pudo observar al Comandante Cangrejo Tortuga Juan Sebastián, que lo saludaba con brío desde la cubierta y parecía estar ya plenamente al corriente de su incorporación y las novedades en su distribución. Stroud inspiró hondo, ajustándose el cuello de la camisa con la mano que tenía libre, y caminó por los tablones hasta subir al enorme navío. "Gracias, comandante Juan Sebastián," agradeció con una sutil, aunque formal, reverencia hacia el enorme crustáceo, que parecía haber estado disponiéndolo todo para la navegación. "Si no os importa, voy a dejar mis enseres dentro."
Al cabo de unos instantes, Stroud volvió a emerger a través de una de las puertas y caminó por las escaleras, subiendo hasta lo alto del alcázar, donde se encontraba el enorme timón. Como todo el barco en su conjunto, era de un tamaño significativamente mayor al del Royal Quiver. Llevar un barco extraño siempre era toda una experiencia, y conllevaba pasar a conocer el navío como si se tratase de un compañero de división más. Es más: conocer adecuadamente y en suficiente profundidad el navío a dirigir podía ser más importante, y un elemento clave a la hora de navegar aguas tan complicadas como podían llegar a ser las del Grand Line. Supo que le resultaría imprescindible familiarizarse lo antes posible con aquel horror náutico que era el Ford's Transit. Sin embargo, había algo mucho más importante que todo aquello: como la más reciente incorporación, debía asegurarse de cumplir su rol inmaculadamente, acomodarse con su nuevo papel en aquella división.
Colocó una mano sobre el aro del timón, y otra sobre una de las cabillas, inspirando lentamente. Allí se sentía como en casa. "¡Soy el comandante Stroud Nanashi! Solía llevar la división 60, pero parece que necesitáis un nuevo navegante," exclamó con tanta decisión como seriedad. Su tono no cambió, como de costumbre, mientras hablaba, limitándose a subir el volumen. "¡Lo haré lo mejor posible!," añadió. Ejerció algo de fuerza contra la cabilla, midiendo la resistencia que ofrecía el navío, así como su respuesta general. Stroud sentía aquel proceso como algo no muy distinto de domar una bestia. Escuchó con atención los crujidos del dasco, las vibraciones de los cabos. "¡Todos a sus puestos!," exclamó entonces de forma casi automática, completamente acostumbrado a comandar su navío anterior. "Manos a las drizas y cazad las escotas. ¡Comandante Juan Sebastián, foques arriba!," ordenó, anticipándose al inicio del lento y pesado movimiento del barco. Aunque, ahora que lo pensaba... ¿Cómo iban a bajar?
"Preparaos," masculló, consciente de lo que se avecinaba.
Se sentó al borde de la cama, respirando hondo y contemplando la habitación a su alrededor, en un último vistazo, y un último descanso, antes de salir de allí y poner rumbo hacia el barco. El bostezo que se estaba generando en su interior se vio entonces cortado de golpe cuando su Den Den Mushi comenzó a sonar de manera abrupta, sus berridos inundando la habitación incluso desde el interior de la maleta, con el resto de sus enseres: berep berep berep berep.
Corrió hasta donde se encontraba y abrió la cremallera a toda velocidad, sacando el Den Den Mushi y preguntándose por qué leches lo había dejado allí en lugar de guardárselo en la chaqueta. Lo observó: el caracol había adoptado unos ojos de un extraño color rojizo, así como un tono violáceo, y, sobre sus hombros, las charreteras propias del abrigo de un alto rango. Arqueó una ceja con inquietud y descolgó, expectante. "Comandante Nanashi, dígame," dijo con propiedad. "¿Qué se le ofrece, capitán Saint Vangelis?," inquirió, entendiendo rápidamente quién se encontraba tras la extraña apariencia que había adoptado el Den Den Mushi. Sin embargo, quedó en silencio por unos instantes. "¿Eh?," fue únicamente capaz de mascullar al cabo de un rato. Tragó saliva. "Entendido, capitán Saint Vangelis," dijo finalmente, tras vacilar por un momento, "los veo en un momento. Gracias, capitán."
La mano de Stroud corrió por la madera de la quilla del Royal Quiver, acariciándola una vez más. Aquel navío había sido un compañero de división más para él. Finalmente, y conteniendo un suspiro, puso rumbo hacia el lugar acordado con Enji, quien aparentemente sería su nuevo capitán. A medida que se acercó al enorme velero de su nueva división, pudo observar en detalle su aspecto y su construcción. No pudo evitar alzar una ceja antre lo estrafalario de su diseño. ¿Aquello era... un gato? No, la cabeza de un gato, absolutamente enorme. ¿Quién había ideado aquella monstruosidad, aquel atentado contra la estética náutica? Esperó de corazón que el capitán Enji no hubiese tenido nada que ver.
En cuanto comenzó a aproximarse, sin embargo, pudo observar al Comandante Cangrejo Tortuga Juan Sebastián, que lo saludaba con brío desde la cubierta y parecía estar ya plenamente al corriente de su incorporación y las novedades en su distribución. Stroud inspiró hondo, ajustándose el cuello de la camisa con la mano que tenía libre, y caminó por los tablones hasta subir al enorme navío. "Gracias, comandante Juan Sebastián," agradeció con una sutil, aunque formal, reverencia hacia el enorme crustáceo, que parecía haber estado disponiéndolo todo para la navegación. "Si no os importa, voy a dejar mis enseres dentro."
Al cabo de unos instantes, Stroud volvió a emerger a través de una de las puertas y caminó por las escaleras, subiendo hasta lo alto del alcázar, donde se encontraba el enorme timón. Como todo el barco en su conjunto, era de un tamaño significativamente mayor al del Royal Quiver. Llevar un barco extraño siempre era toda una experiencia, y conllevaba pasar a conocer el navío como si se tratase de un compañero de división más. Es más: conocer adecuadamente y en suficiente profundidad el navío a dirigir podía ser más importante, y un elemento clave a la hora de navegar aguas tan complicadas como podían llegar a ser las del Grand Line. Supo que le resultaría imprescindible familiarizarse lo antes posible con aquel horror náutico que era el Ford's Transit. Sin embargo, había algo mucho más importante que todo aquello: como la más reciente incorporación, debía asegurarse de cumplir su rol inmaculadamente, acomodarse con su nuevo papel en aquella división.
Colocó una mano sobre el aro del timón, y otra sobre una de las cabillas, inspirando lentamente. Allí se sentía como en casa. "¡Soy el comandante Stroud Nanashi! Solía llevar la división 60, pero parece que necesitáis un nuevo navegante," exclamó con tanta decisión como seriedad. Su tono no cambió, como de costumbre, mientras hablaba, limitándose a subir el volumen. "¡Lo haré lo mejor posible!," añadió. Ejerció algo de fuerza contra la cabilla, midiendo la resistencia que ofrecía el navío, así como su respuesta general. Stroud sentía aquel proceso como algo no muy distinto de domar una bestia. Escuchó con atención los crujidos del dasco, las vibraciones de los cabos. "¡Todos a sus puestos!," exclamó entonces de forma casi automática, completamente acostumbrado a comandar su navío anterior. "Manos a las drizas y cazad las escotas. ¡Comandante Juan Sebastián, foques arriba!," ordenó, anticipándose al inicio del lento y pesado movimiento del barco. Aunque, ahora que lo pensaba... ¿Cómo iban a bajar?
"Preparaos," masculló, consciente de lo que se avecinaba.
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