31-08-2026, 07:58 PM
Ante la nueva mención del capitán Enji hacia su persona como "gato", Kibai notó como las garras de la mano derecha se le desplegaban por acto reflejo. No obstante, no era el momento, ni el lugar para ponerse a discutir del tema... Una vez que se hubo librado del imponente peso del comandante Juan, escuchó como este se disculpaba por haberlos arrollado antes de volver a intentar orientarse. El mink trató de hacer lo propio, respirando regularmente por la boca, tratando de adaptarse a tener sus fosas nasales tupidas por los trozos de uniforme del capitán Enji.
Por fortuna, la voz del marine peliblanco los alertó al comandante y a él que estaban de camino a una zona más concurrida. Aquello, lejos de desanimar a Kibia, representó una ráfaga de aire fresco para su ánimo. Recordando lo que le había contado el maestro Kaelith y lo que el Emperador Zartutsuki había dicho en el coliseo de los Juegos, el mink esbozó una leve sonrisa. Si había mucha gente a su alrededor, sería más facil detectar alguna de las conciencias, o al menos eso parecía decirle la lógica.
La lógica no tardó en patearle el trasero de la forma más ostentosa posible. Nunca antes Kibai se había sentido más impotente. Sin su vista ni su olfato para ayudarle, y con el oído sobrepasado por la acumulación de voces, incluyendo varios improperios dirigidos al gyojin cangrejos, Kibai trató de serenarse lo más posible, mientras iba dando excusas a cada persona con la cual se chocaba. Por esta vez, se alegraba sobremanera de no llevar el uniforme puesto, ya que así al menos el prestigio de la marina no iba a quedar comprometido debido a sus actuaciones.
Sin embargo, el mink no se limitaba a caminar a ciegas a través de la gente. Poco a poco, notaba como la misma energía que había aprendido a detectar en su interior con el maestro Kaelith se iba acumulando en su cuerpo, aunque por el momento, parecía incapaz de proyectarla fuera de su cuerpo, mucho menos de pretender siquiera el identificar a otra persona gracias a ella. A todo esto había que añadir que una buena cantidad de los transeúntes que el mink se encontraba eran notoriamente más altos que él, lo cual conllevaba un número de choques bastante más elevado a lo que estaba acostumbrado.
Tras más de una docena de disculpas entrecortadas y giros casi por acto reflejo en cuanto notaba un contacto involuntario, el mink estaba comenzando a perder el sentido de la orientación. Maldita sea, aquello no podía ser tan dificil. Las últimas palabras del capitán aún flotaban en el aire, amenazando con perderles a él y a al comandante de vista y dejarles a su suerte. Claro está aquello tenía una solución fácil: arrancarse la venda de los ojos y, en el caso del mink quitarse los tapones de tela de la nariz. Pero aquello hubiese supuesto rendirse, y eso era algo a lo que Kibai no pensaba ceder. Con más corazón que dirección, el mink logró llegar hasta una de las fachadas de los edificios que conformaban la calle, dónde se detuvo, poniendose en cuclillas.
— Vale, Kibai, está claro que esto es parte del ejercicio, así que empieza a ponerte las pilas... — pensó el mink para sí. — Ya sabes como imbuir tu cuerpo de Haki, a buen seguro esto no tiene por que ser tan distinto...
Manteniendo la misma posición, Kibai trató de recordar como era el capitán Enji: Insolente, extrovertido, con un lenguaje malsonante... Pero también parecía muy cercano a sus compañeros, alguien agradable, y con el que se podía contar cuando er necesario. Con todo eso en mente, el mink trató de poryectar aquella lluvia de conceptos de su mente hacia el exterior, con el ánimo de localizar el alma del marine peliblanco antes de que se laejase demasiado.
Por fortuna, la voz del marine peliblanco los alertó al comandante y a él que estaban de camino a una zona más concurrida. Aquello, lejos de desanimar a Kibia, representó una ráfaga de aire fresco para su ánimo. Recordando lo que le había contado el maestro Kaelith y lo que el Emperador Zartutsuki había dicho en el coliseo de los Juegos, el mink esbozó una leve sonrisa. Si había mucha gente a su alrededor, sería más facil detectar alguna de las conciencias, o al menos eso parecía decirle la lógica.
La lógica no tardó en patearle el trasero de la forma más ostentosa posible. Nunca antes Kibai se había sentido más impotente. Sin su vista ni su olfato para ayudarle, y con el oído sobrepasado por la acumulación de voces, incluyendo varios improperios dirigidos al gyojin cangrejos, Kibai trató de serenarse lo más posible, mientras iba dando excusas a cada persona con la cual se chocaba. Por esta vez, se alegraba sobremanera de no llevar el uniforme puesto, ya que así al menos el prestigio de la marina no iba a quedar comprometido debido a sus actuaciones.
Sin embargo, el mink no se limitaba a caminar a ciegas a través de la gente. Poco a poco, notaba como la misma energía que había aprendido a detectar en su interior con el maestro Kaelith se iba acumulando en su cuerpo, aunque por el momento, parecía incapaz de proyectarla fuera de su cuerpo, mucho menos de pretender siquiera el identificar a otra persona gracias a ella. A todo esto había que añadir que una buena cantidad de los transeúntes que el mink se encontraba eran notoriamente más altos que él, lo cual conllevaba un número de choques bastante más elevado a lo que estaba acostumbrado.
Tras más de una docena de disculpas entrecortadas y giros casi por acto reflejo en cuanto notaba un contacto involuntario, el mink estaba comenzando a perder el sentido de la orientación. Maldita sea, aquello no podía ser tan dificil. Las últimas palabras del capitán aún flotaban en el aire, amenazando con perderles a él y a al comandante de vista y dejarles a su suerte. Claro está aquello tenía una solución fácil: arrancarse la venda de los ojos y, en el caso del mink quitarse los tapones de tela de la nariz. Pero aquello hubiese supuesto rendirse, y eso era algo a lo que Kibai no pensaba ceder. Con más corazón que dirección, el mink logró llegar hasta una de las fachadas de los edificios que conformaban la calle, dónde se detuvo, poniendose en cuclillas.
— Vale, Kibai, está claro que esto es parte del ejercicio, así que empieza a ponerte las pilas... — pensó el mink para sí. — Ya sabes como imbuir tu cuerpo de Haki, a buen seguro esto no tiene por que ser tan distinto...
Manteniendo la misma posición, Kibai trató de recordar como era el capitán Enji: Insolente, extrovertido, con un lenguaje malsonante... Pero también parecía muy cercano a sus compañeros, alguien agradable, y con el que se podía contar cuando er necesario. Con todo eso en mente, el mink trató de poryectar aquella lluvia de conceptos de su mente hacia el exterior, con el ánimo de localizar el alma del marine peliblanco antes de que se laejase demasiado.
La Caja de Pandora
