13-12-2023, 10:47 PM
Kovashi inspiró con fuerza, levantando el torso todo lo que pudo. Cuando pasaba un gigante, dejaba tras de si unas corrientes de aires muy poderosas, debido a su colosal tamaño. Se bañó con un cálido aire que pronto terminó. Tanto tiempo allí, pasándolo mal, sin apenas comida o agua, rodeado de personas que comenzaban a ser ya más familia que compañeros, por que los momentos difíciles eran los que formaban verdaderos lazos. Cualquiera asistía a las citas divertidas, pocos a las tristes. Desde hacía ya un par de días tomó la decisión de no valerse en demasía de la habilidad de Panda. Por un lado, el mink tenía que descansar, estar todo el rato manteniendo su poder, agotaba. El propio Kovashi lo sabía, pues era usuario de akuma no mi, aunque últimamente ya no la utilizaba. No podía hacer cubos mayores al tamaño de su mano y encima se deshacían a los cinco/diez minutos. No, no estaba tan mal como Enma que apenas era capaz de manifestar voluntariamente sus poderes, pero ante tal debilidad tomó la decisión de darles el mínimo uso, centrarse más en sus capacidades físicas, en las naturales. Portaba en su diestra a Shuisui, su reflejo azulado siempre brillaba con intensidad cuando era de día. Se colocó a Dīpukatto en su espalda (no paraba de cambiarlas de posición). La que fue anteriormente su camisa, ahora adornaba su frente. Sus pantalones negros eran ya unas bermudas al más puro estilo homeless. Además, hacía ya dos semanas que no tenía zapatos, iba completamente descalzo. Encontró cierta paz en notar la tierra bajo sus pies, fría, siempre en calma salvo cuando uno de los bichos ancestrales pisaba cerca.
— Un día menos. — Contestó con cierta esperanza a todas las voces negativas que encontró al salir. Era normal, no les culpaba, ¿quién no decaería en un momento así? él tuvo sus días, por las avispas, la fiebre, la falta de recursos ... Pero por suerte Kovashi se endurecía ante los momentos adversos, era una capacidad genética, todos los Shimatsu contaban con ella. O eso decía la leyenda. — Hoy tenemos que separarnos. — Contestó a Nadja, aunque no la miró, pero si la escuchó. — Ese gigante lleva en la mano un botín de carne importante, tenemos que intentar robarle. — No era la primera vez que intentaban alguna avanzadilla. Los gigantes conocían la presencia de las moscas cojoneras de la revolución, aunque no supieran que pertenecían a tal organización. El grupo tenía mucho debate interno, pero no importaba, por que al final se solía hacer lo que decidía Kovashi. Las dudas sobre un líder dudoso desaparecieron entre las rocas. Ya no tenía opción de dudar, no quedaba nada del hombre que no sabía donde estaba o el rango que ostentaba. Ya no. — Podéis ir a por agua. Nadja, en tu forma completa, si puedes mantenerla un tiempo, podrías buscar un poco de ese mejunje. — El "Mejunje" era una salvia concreta que daba un árbol especial, ayudaba a calmar los malestares cuando se inhalaba, además, les daba cierta ... Calma, cuando la necesitaban. Una droga natural. — Yo me llevo a Panda, le sacaremos algunos pedazos de carne al gigante subnormal. — Escupió cerca. Era un gesto que solía hacer mucho, pero desde hacía tres semanas dejó de hacerlo, por el simple pensamiento de no gastar recursos físicos. Sin embargo cuando encaraba un peligro o un reto, le era imposible no llevarlo a cabo.
— ¿Tenéis todos el den den mushi? — Se dió la vuelta. Esta vez los miró a la cara. Kovashi no manifestaba miedo, pero no quería decir que no lo tuviera. Estaba dentro. El miedo de toparse con las avispas ... Pero ya no le paralizaba. Estaban completamente demacrados. Sí, Najda tenía un polvazo, Enma seguía levantándose por las mañanas aún ser el peor parado y Panda ... Bueno, tenía que utilizarlo mientras pudiera, por el bien del grupo. Atrás quedaría cualquier pensamiento sobre Khruner o Caoba. Esta segunda fue borrada de su mente con lastimosa velocidad. ¿Pero Khruner? Caló era un oso astuto, capaz y con su nula capacidad de navegación, decidió partir al no verlos regresar. No quería pensar en su hermano oso, eso le ponía un nudo en el pecho. Cada vez menos, pero seguía pasando. Desenvainó a Dīpukatto con su otra mano, dejando ambos envaines en el suelo, los dos cayeron por el agujero. — Haremos lo de siempre cuando nos dividimos. Cada veinte minutos nos pondremos en contacto con los demás. Se hará saber la situación de cada uno y si se necesita ayuda o no. — Comenzó a estirar los brazos. — En una hora tenemos que volver a este mismo punto, si algo sale mal en alguno de los grupos, abandonamos el objetivo individual y acudimos a la ayuda del otro. Como siempre. — El gigante comenzó a alejarse, cientos de metros les separaban, debían actuar ya.
Cientos de metros más lejos ...
Luar era un tipo sincero, cabezón y sobre todas las cosas, amante de lo curioso. Se ató la cuerda de cadáveres al hombro y sujetó su inmensa hacha con las dos manos. Cada suspiro, cada palabra, cada mecer del arma ocasionaba olas de corrientes de aires. Los animales se alejaban de la amenaza. Con un brutal movimiento, lanzó un ataque contra el terreno. — ¡MIO! — Fue un golpe gigantesco. La tierra tembló durante unos diez segundos. Algo parecido al poder que manifestaba Panda, pero muchísimo más salvaje y demoledor. El hacha creó un cráter de unos ciento cincuenta metros, alrededor del golpe, solo quedaba un lagarto y el arma clavada en la columna. — NO TE IBAS A MARCHAR HUEHUEHUE. — Tan tranquilo, se agachó, ató su nueva presa y comenzó a caminar. Toda vida en el perímetro del impacto, desapareció. Aquí, no se podía luchar.
Kovashi escuchó el golpe. Su primera reacción fue colocarse las manos en los oidos, pero decidió sacrificar aquello, para formar un cubo de tierra de poco menos de un metro y elevarse en el aire unos diez. Cuando pasó la poderosa corriente de aire, observó la maldita bomba atómica. De donde venía. Sin saber muy bien por qué, mostró lo que parecía una sonrisa decidida. — ¡Vamoooooos! — El cubo se deshizo, Kovashi cayó al suelo, emprendiendo la marcha nada más caer.
— Un día menos. — Contestó con cierta esperanza a todas las voces negativas que encontró al salir. Era normal, no les culpaba, ¿quién no decaería en un momento así? él tuvo sus días, por las avispas, la fiebre, la falta de recursos ... Pero por suerte Kovashi se endurecía ante los momentos adversos, era una capacidad genética, todos los Shimatsu contaban con ella. O eso decía la leyenda. — Hoy tenemos que separarnos. — Contestó a Nadja, aunque no la miró, pero si la escuchó. — Ese gigante lleva en la mano un botín de carne importante, tenemos que intentar robarle. — No era la primera vez que intentaban alguna avanzadilla. Los gigantes conocían la presencia de las moscas cojoneras de la revolución, aunque no supieran que pertenecían a tal organización. El grupo tenía mucho debate interno, pero no importaba, por que al final se solía hacer lo que decidía Kovashi. Las dudas sobre un líder dudoso desaparecieron entre las rocas. Ya no tenía opción de dudar, no quedaba nada del hombre que no sabía donde estaba o el rango que ostentaba. Ya no. — Podéis ir a por agua. Nadja, en tu forma completa, si puedes mantenerla un tiempo, podrías buscar un poco de ese mejunje. — El "Mejunje" era una salvia concreta que daba un árbol especial, ayudaba a calmar los malestares cuando se inhalaba, además, les daba cierta ... Calma, cuando la necesitaban. Una droga natural. — Yo me llevo a Panda, le sacaremos algunos pedazos de carne al gigante subnormal. — Escupió cerca. Era un gesto que solía hacer mucho, pero desde hacía tres semanas dejó de hacerlo, por el simple pensamiento de no gastar recursos físicos. Sin embargo cuando encaraba un peligro o un reto, le era imposible no llevarlo a cabo.
— ¿Tenéis todos el den den mushi? — Se dió la vuelta. Esta vez los miró a la cara. Kovashi no manifestaba miedo, pero no quería decir que no lo tuviera. Estaba dentro. El miedo de toparse con las avispas ... Pero ya no le paralizaba. Estaban completamente demacrados. Sí, Najda tenía un polvazo, Enma seguía levantándose por las mañanas aún ser el peor parado y Panda ... Bueno, tenía que utilizarlo mientras pudiera, por el bien del grupo. Atrás quedaría cualquier pensamiento sobre Khruner o Caoba. Esta segunda fue borrada de su mente con lastimosa velocidad. ¿Pero Khruner? Caló era un oso astuto, capaz y con su nula capacidad de navegación, decidió partir al no verlos regresar. No quería pensar en su hermano oso, eso le ponía un nudo en el pecho. Cada vez menos, pero seguía pasando. Desenvainó a Dīpukatto con su otra mano, dejando ambos envaines en el suelo, los dos cayeron por el agujero. — Haremos lo de siempre cuando nos dividimos. Cada veinte minutos nos pondremos en contacto con los demás. Se hará saber la situación de cada uno y si se necesita ayuda o no. — Comenzó a estirar los brazos. — En una hora tenemos que volver a este mismo punto, si algo sale mal en alguno de los grupos, abandonamos el objetivo individual y acudimos a la ayuda del otro. Como siempre. — El gigante comenzó a alejarse, cientos de metros les separaban, debían actuar ya.
Cientos de metros más lejos ...
Luar era un tipo sincero, cabezón y sobre todas las cosas, amante de lo curioso. Se ató la cuerda de cadáveres al hombro y sujetó su inmensa hacha con las dos manos. Cada suspiro, cada palabra, cada mecer del arma ocasionaba olas de corrientes de aires. Los animales se alejaban de la amenaza. Con un brutal movimiento, lanzó un ataque contra el terreno. — ¡MIO! — Fue un golpe gigantesco. La tierra tembló durante unos diez segundos. Algo parecido al poder que manifestaba Panda, pero muchísimo más salvaje y demoledor. El hacha creó un cráter de unos ciento cincuenta metros, alrededor del golpe, solo quedaba un lagarto y el arma clavada en la columna. — NO TE IBAS A MARCHAR HUEHUEHUE. — Tan tranquilo, se agachó, ató su nueva presa y comenzó a caminar. Toda vida en el perímetro del impacto, desapareció. Aquí, no se podía luchar.
Kovashi escuchó el golpe. Su primera reacción fue colocarse las manos en los oidos, pero decidió sacrificar aquello, para formar un cubo de tierra de poco menos de un metro y elevarse en el aire unos diez. Cuando pasó la poderosa corriente de aire, observó la maldita bomba atómica. De donde venía. Sin saber muy bien por qué, mostró lo que parecía una sonrisa decidida. — ¡Vamoooooos! — El cubo se deshizo, Kovashi cayó al suelo, emprendiendo la marcha nada más caer.
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