[Fic][Entrenamiento][PR] la cadena del retorno - Hasshoken
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LA CADENA DEL RETORNO – HASSHOKEN
03 de Primavera | Año 18 Presente Relativo

[Imagen: Chat-GPT-Image-20-ago-2026-03-12-55-p-m.png]


PRIMER ESLABÓN: EL CAMINO QUE RECORREMOS — EL MAR BLANCO

El Mar Blanco era el nombre que le daban los forasteros a aquel sitio sobre las nubes, y ahora, frente a él, entendía perfectamente por qué lo llamaban de ese modo.

Aunque lo primero que notó no fue el color. Fue el silencio. Un océano entero extendido más allá de lo que su ojo alcanzaba a distinguir, y ni una sola ola rompiendo contra nada: ningún golpe de agua, ningún crujido de casco, ninguna de esas voces que el mar de abajo repetía sin descanso. Cincuenta y cinco años escuchando el océano, y aquel no tenía nada que decirle.

Se acercó por un momento a la orilla de aquella arena dorada, que brillaba frente a él, y movido por su curiosidad innata, se agachó para intentar agarrarla con sus manos. Bajo sus pezuñas la playa lo sostenía como cualquier otra tierra, pero unos pasos más allá, donde empezaba el mar blanco, aquello dejaba de ser suelo. ¿Sería posible?

Una vez que su mano se hundió en las nubes, su fuerza desapareció de inmediato. El demonio en su cuerpo se manifestó. Hacía muchos años que el mar le había sido negado, y pese a su intento vago de sentirlo una última vez, se lamentó por el simple hecho de no lograrlo.

El mar era su debilidad; algo que nunca había terminado de entender de las frutas del diablo. Ni siquiera allí arriba, a miles de metros del agua verdadera, el trato dejaba de cumplirse.

Cayó entonces sobre la arena, de espaldas. Dio contra el suelo y el impacto no devolvió nada; la playa se tragó el golpe como si nunca hubiese ocurrido. Y mientras observaba el cielo azul, comenzó a recuperar poco a poco las fuerzas con cada respiro.

No llevaban mucho tiempo en la isla. Después de aquel torneo relámpago, donde lamentablemente no había logrado demostrar su verdadero potencial, la tripulación se había tomaria unos días de descanso, y ahora, luego de una noche en la que él se había pasado cuidando a su compañera, que había caído ante el poder del vino de Skypiea. Era el momento perfecto de salir.

Y ahora se encontraba allí, solo en medio de las nubes... ¿Y Silencio? Movió las orejas buscándolo, como había hecho toda su vida, pero no le llegó nada: ni un chillido, ni el crujido de una rama, ni esas pisadas suyas de ladrón pequeño. Había desaparecido hacía unos minutos, aunque aquello no era algo que realmente le asustase, pues era más que justo que disfrutara de la tierra, o bueno, del cielo en este caso, ya que su vida transcurría casi siempre en medio de los mares.

La gente de la isla era amable y respetuosa; de hecho, incluso les habían dado una vivienda temporal, donde podrían quedarse una temporada. Pero el burro era un animal de costumbres, y el Wu Wei le llamaba con fuerza.

Movió sus manos en un intento vago por encontrar la pipa que había heredado de Lan, su vieja nakama, y, aún tendido en el suelo, dio unas pequeñas caladas mientras se dejaba llevar por el peso de aquel humo.

El tiempo se sentía diferente allí arriba; se respiraba diferente y se vivía diferente, en aquel lugar olvidado por los hombres que en otros mares no era más que un simple mito.

Y pese a su edad y a los años vividos, allí estaba. La vida todavía le deparaba experiencias nuevas, y eso le alegraba haber seguido aquella ruta de libertad.

Pasó varios minutos tumbado, descansando y reflexionando sobre todo lo que estaba sucediendo en ese lugar. Shandora, Skypiea, skypieanos, lunarianos... y birka… Bai era la más interesada en aquel lugar, y seguro que ya se había perdido en medio de la ciudad dorada. Las ganas de conocer, de descubrir y de aprender de su nakama eran algo que siempre le había hecho sentir bastante respeto.

Era, por supuesto, necesario que Zhang hiciese lo mismo, pues podría ser la única vez que estarían en medio de las nubes, y había tanto pero tanto por descubrir. Pasar el día tumbado, aunque era muy tranquilo, no era más que una pérdida de tiempo.

Se acomodó como pudo y, apoyando sus manos en la arena, se levantó de nuevo mientras su cuerpo crujía por el peso de los años. Necesitaba reponer algunas medicinas, conocer algunas plantas del lugar y, de ser posible, encontrar alguna biblioteca para mejorar sus habilidades como médico. Era, como mínimo, lo que sus nakamas esperaban de él.

Por eso, justo después de una última calada, comenzó a moverse por la isla del cielo en busca de algo, aunque aún no lograba entender de qué se trataba realmente.

Pasó unos minutos saludando a algunos habitantes del lugar. Un mink parecía ser algo tan extraño que las miradas inquisidoras lo rodeaban fuera donde fuera; en unos era curiosidad, y en otros se podía sentir el desprecio. Al final, no todos estaban dispuestos a abrir las puertas de su hogar a un completo desconocido.

—Hmmmm... —Lanzó un aire helado mientras, intentando encontrar el camino correcto, esquivaba algunas preguntas de los alados. Zhang prefería el silencio, la paz, la tranquilidad, y aquella tarde era una de esas en las que uno solo se habla a sí mismo.

Caminó y caminó por mucho tiempo, sin rumbo fijo, pero algo en el aire, en el sonido que rompía la tranquilidad de la playa, le llamó la atención; y aunque pareciese contradictorio con su tarde tranquila, el destino, si se le puede llamar así, le arrastraba con fuerza hacia un rincón escondido de la isla.

Se dejó guiar entonces por su instinto, ese que tantas veces le había salvado y que otras tantas lo había empujado a los abismos del mundo, y finalmente, luego de un pequeño trayecto, escuchó unos sonidos familiares.

Niños corriendo, hombres riendo, telas en el aire y alas batiendo por doquier alertaron a Zhang de que se encontraba cerca de un pueblo. Era la primera vez que llegaba hasta allí, pero todo parecía muy diferente a lo que había visto hasta entonces.

El contraste, por supuesto, fue enorme, y a la vez tan normal que parecía un lugar completamente ajeno a aquella ciudad de oro que le había abierto sus puertas. No tenían los lujos, ni las prendas, ni el oro, pero las personas de ese rincón de la isla irradiaban más luz que la propia Shandora.

El burro… Simplemente se dejó llevar y, paso a paso, comenzó a adentrarse en ese pueblo desconocido, que casualmente lo hacía sentirse en casa… Observó a su alrededor, y la mayoría de las personas ostentaban alas blancas como su amiga. Eso le hizo sentirse seguro. Sin duda, Zhang traería a Bai hasta aquel lugar, y sin duda también, aquel era el sitio donde encontraría lo que estaba buscando.


SEGUNDO ESLABÓN: LAS MEMORIAS DE LOS HOMBRES — TALA


Luego de aquel recorrido, el sol estaba comenzando a perder la fuerza con la que arremetía en las alturas, y allí, en ese rincón escondido de la isla del cielo, en medio de tanta vida y "normalidad", el sonido le fue guiando el camino.

Sus orejas se movieron de lado a lado, mientras los tambores y el resonar de las personas eran como música para un viejo acostumbrado a usar su cuerpo como herramienta. Por ello decidió seguir el sonido, pues aquello le recordó las tardes y noches en Zou, donde aprendió a escuchar el mundo, donde aprendió a forjar su carácter a punta de oído y fuerza.

Y, así como había emprendido aquel recorrido sin entender el porqué, la vida le había empujado directo a aquel lugar. Un dojo, un templo… No tenía realmente idea de qué era, pero el sonido de los hombres al unísono le recordó los entrenamientos de su pasado.

Y como quien encuentra oro cuando busca hierbas… Allí se encontraba Zhang Guolao, frente a lo que sería una noche ardua de entrenamiento. Observó la edificación con curiosidad y, como esta se encontraba abierta, optó por ingresar con el máximo respeto que su cuerpo le permitía.

Y justo antes de saludar, escuchó la voz de una mujer que lanzaba órdenes con un tono sereno, puntual y fuerte.

El Hasshoken era el arte de entender el cuerpo, de entender las vibraciones del mismo, de ser uno con la fuerza bruta y transformarla en una resonancia poderosa... Era como si la vida misma empujase a Zhang a escuchar el mundo, a sentirlo con sus manos, y luego de aprender aquella técnica en la isla Karate, el burro podía sentirlo desde lejos.

Pudo ver que la mujer era alta y poderosa; sus alas, su fuerza, su voz. Y aunque no parecía una mujer de muchos amigos, su temple y su disciplina lograban transformar aquella clase en una danza de golpes.

Logró verlo con su único ojo, y al hacerlo entendió el porqué la vida lo había arrastrado hasta allí. Luego de tanto viaje y de tantas experiencias vividas, se le presentaba un nuevo reto, y por ello la investigación médica tendría que tomarse un descanso.

Permaneció en silencio todo lo que pudo, pues no quería interrumpir aquella lección que estaba presenciando. Conocía aquel movimiento, la fuerza centrífuga, el mareo en la cabeza, la vibración en su cuerpo, y aun así le era inevitable reconocer una dura realidad: durante todo aquel tiempo, Zhang no lo había estado haciendo bien.

—Buenas tardes —dijo el burro, luego de que se tomaran un descanso; y como si aquella mujer lo hubiese visto entrar hacía ya varios minutos, hizo una pequeña mueca de desagrado y finalmente se dio la vuelta.

—Así que sabes hablar —dijo Tala con voz fuerte, mientras le lanzaba una mirada inquisidora de arriba abajo. ¿Qué podría ser lo que un viejo burro quisiera de ella? No dijo nada más.

—No quería interrumpir, maestra, pero veo que están practicando Hasshoken —dijo entre dientes, y aquello hizo que Tala abriese un poco los ojos e, incrédula, observase de nuevo a Zhang, preguntándose cómo aquel ser sabía de lo que hablaba.

—Hmmmmm, me gustaría pedirle que me enseñe a mejorar mi destreza. Lunas atrás aprendí Hasshoken en la isla Karate, y me gustaría aprender lo que hacen ellos.

Zhang apuntó a los ángeles que ahora entrenaban junto a ella y, aunque cuchicheaban entre ellos, para el burro aquello era totalmente indiferente.

Por ello prefirió respirar profundo, pues la mujer frente a sus ojos permanecía inmutable, apacible y tranquila; pero de su boca no salía ninguna palabra, ninguna intención, y extrañamente, Zhang no lograba leerla.

Recordó entonces, por un instante, su anterior entrenamiento, en medio de arroz, jazmín, rocas y Sira Matcha, su antigua maestra. ¿Qué tan diferentes eran las personas? Sira lo había puesto a prueba y finalmente lo había entrenado, pero aquella mujer frente a él parecía arena de otro costal. No era nada parecido a ella, y eso le… ¿incomodaba?

Sin entenderlo aún, aquella mujer que se convertiría en su segunda maestra… Era un reflejo opuesto del burro, cuyo silencio y cuya paz contrastaban con la fuerza y la potencia de ella.

—Soy aprendiz de Sira Matcha.

Y así, Tala finalmente cedió.


TERCER ESLABÓN: COMO AGUA Y ACEITE


Zhang dejó sus objetos a un lado y se preparó para el entrenamiento que tendrían sobre el cielo. Observó a la mujer, quien sin pestañear plantó su cabeza contra el suelo y, con la facilidad de los años, giró a gran velocidad y danzó por todo el lugar. Para Zhang aquello era impensable; controlar el movimiento era algo que él no había logrado hacer, y de nuevo sintió un pequeño vacío en su estómago.

Finalmente, y dada su falta de reflejos, no logró ver venir el golpe de la mujer, que a gran velocidad se estrelló contra su cuerpo. Pero Tala no sabía a quién estaba golpeando. La vibración viajó buscando carne y hueso, y solo encontró nieve; el cuerpo del burro se deshizo en un remolino helado que se apoderó del lugar y volvió a juntarse unos pasos más allá, intacto. De haberlo sabido, la alada habría imbuido aquel golpe en Haki, y la historia habría sido bien distinta.

—Qué increíble destreza, mujer —dijo Zhang, intentando felicitarla, pero sus palabras hirieron el ego de la alada, quien se puso de pie y le ordenó.

—Una Logia. Jum. Al suelo, viejo.

Zhang, por supuesto, hizo caso de inmediato y, como pudo, tras un crujir de sus huesos, se plantó de cabeza para iniciar su técnica. Bueno, la primera vez, tal vez por pena o por la falta de entrenamiento, cayó de espaldas al intentarlo.

Tala era sin duda una gran maestra, pero no había tenido un aprendiz como él: viejo, lento y tuerto. Le gritaba de vez en cuando, le corregía la postura, o decía cosas como "Fija la vista aquí, corrige allá". Su método era impecable, y a la vez completamente inútil para un tuerto.

Pero la terquedad de un burro era más grande que cualquier cosa, y por ello, cada vez que caía, Zhang se levantaba tranquilo, se limpiaba el mugre y felicitaba a su maestra por ello.

Y continuaron. Cabeza plantada, manos juntas, piernas abiertas, y el mundo comenzaba a girar sobre él. Avanzó en línea recta logrando ejecutar la técnica con destreza, pero luego de unos segundos de giros, su cuerpo salió despedido hacia una de las paredes, donde chocó con fuerza; tendido de cabeza, con las piernas al aire, y su orgullo en el suelo.

Zhang se rio por un instante. Aquello le recordó su primer entrenamiento y, como todo en la vida, parecía que la historia volvía a repetirse una vez más.

Un gran chillido cortó el silencio de inmediato, y en medio de la burla, el pequeño Silencio llegó al lugar de forma tan misteriosa como había desaparecido hacía horas. Como siempre, entre saltos, gritos y alboroto, comenzó a aplaudir mientras imitaba al burro: daba un par de vueltas, luego salía volando hasta chocar contra algo o alguien, y repetía.

Zhang estaba contento de verlo, y se rio junto a su amigo, hasta que el mundo a su alrededor giró de nuevo y el mareo se apoderó de él por un instante. Tuvo que detenerse para recomponerse.

Pero no todos estaban alegres. Tala, por su parte, se mostraba inmutable, aunque en su rostro se veía un tono rojo de enojo; y aquel sentimiento no era realmente contra el burro, sino por la frustración de no lograr enseñar aquello con el método que siempre había empleado. Con este… burro, no funcionaba.

—¡DE NUEVO! ¡VAMOS A INTENTARLO DIEZ VECES! ¡Y TÚ TE CALMAS, PEQUEÑO MONO!

Le gritó a Silencio, y este se asustó de inmediato, por lo que salió corriendo directo hacia Zhang y se cobijó en su cuerpo helado. El burro le frotó la cabeza para tranquilizarlo.

—Tranquilo, Silencio. Ve a jugar a otro lugar, esto es una reunión de adultos —le ordenó, para luego apuntar hacia una de las puertas, donde los niños jugaban bajo el ocaso. Y así fue.

—Señorita, creo que algo estoy haciendo mal. Lo intentaré mil veces de ser necesario.

Esas palabras no la alentaron, y ante la posibilidad de estar parada frente a él mil veces más, finalmente estalló:

—¡CABEZA AL PISO! ¡GIRAS BIEN, PERO DEBES AUMENTAR LA FUERZA DEL GIRO! ¡PON LAS MANOS MÁS CERCA AL PECHO, LAS ESTÁS ALEJANDO Y ESO TE FRENA! ¡INTENTA CAMBIAR DE DIRECCIÓN, INTÉNTALO AL MENOS!

Zhang lo hizo, pero con la velocidad habitual de aquel viejo monje acostumbrado a caminar despacio, a tomar el té y a orar en silencio.

—Hmmmm... —Aquella chica necesitaba un buen té caliente, pero no era el momento para ello. Zhang continuó.

CUARTO ESLABÓN: LA CACERÍA

Y continuó, sí, pero no hacia delante. Después del sexto intento, el viejo burro dejó de plantar la cabeza. Se sentó sobre las patas, apoyó su cuerpo contra la pared del dojo y se quedó quieto, escuchando el ruido de los alados que seguían girando a su alrededor. No estaba rindiéndose. Estaba retrocediendo, que no es lo mismo, aunque desde fuera se parezcan bastante.

Porque había una técnica que sí conocía. Una que llevaba dos años en sus huesos, que había roto un monolito en Isla Karate y una manada entera en una selva, y que jamás le había fallado. El Buto kaiten de siempre.

Se levantó despacio, plantó la frente contra el suelo y giró. Pero lo hizo a la cuarta parte de la velocidad, como quien repasa un camino conocido buscando la piedra donde tropezó la primera vez.

—¿Qué haces? —La voz de Tala le llegó desde algún punto a su espalda, cortante—. Así no golpeas ni a un niño.

—Hmmm... Recordar —contestó el burro, sin dejar de girar y sin cambiar el tono—. A veces hay que caminar hacia atrás para ver dónde se torció el camino. —La alada no respondió, y Zhang tampoco esperaba que lo hiciera.

Y en la tercera vuelta lenta lo encontró. Con el Buto kaiten normal, su cuerpo tenía tiempo de sobra: giraba, buscaba el final del giro con su único ojo, corregía la trayectoria y salía disparado hacia donde quería. Un parpadeo entero para pensar. Con el ranbu ese parpadeo no existía; para cuando el ojo le decía dónde estaba, el mundo ya era otro.

Lo intentó de tres maneras distintas, y las tres fracasaron. Primero marcó el suelo con la punta de la pezuña, un surco largo que le sirviera de referencia al pasar; pero aquello no era tierra ni arena, y la nube se cerró sobre la marca antes de que terminara de trazarla.

Después probó a fijar la vista en un punto de la pared, una viga oscura, algo a lo que volver en cada vuelta. Aguantó dos giros. Al tercero la viga se había convertido en una mancha y el mink había terminado tendido en el suelo, de nuevo. Y en el último intento probó a contar. Uno, dos, tres, cuatro… Perdió la cuenta en el cinco y volvió a chocar contra la pared.

No gritó. No dio un puñetazo al suelo ni maldijo a nadie. Simplemente se sentó otra vez, más veces de las que hacía falta, y se quedó escuchando su propia respiración. La paciencia era lo único que aquel cuerpo viejo tenía de sobra.

—Fuera —dijo Tala entonces, y por primera vez en toda la tarde no lo dijo gritando—. Coge tus cosas. —El burro obedeció sin preguntar. Fuera del dojo el ocaso ya se había terminado de caer sobre Birka, y los niños habían desaparecido de las puertas; en algún lugar, Silencio seguía haciendo de las suyas. La alada caminaba delante, con un arco corto colgado al hombro, y sus pasos sonaban distinto de los del resto del poblado. Uno firme, otro apenas apoyado. Siempre el mismo, siempre el izquierdo. Zhang lo escuchó, y no dijo nada.

El bosque de nube era otro mundo. Los helechos crecían, los árboles bailaban junto a ellos, y el viejo mink, que llevaba media vida escuchando sus pasos, se encontraba en silencio.

—Si haces ruido, no cenamos —fue lo único que dijo.

Caminaron mucho tiempo. Y en algún momento, sin detenerse del todo, el burro levantó una de sus orejas y luego la otra, y apuntó hacia un matorral que quedaba a la derecha, a unos treinta pasos, donde no se veía absolutamente nada.

—Ahí. —Tala lo miró como se mira a un viejo que ha perdido la cabeza. Pero la cazadora se acercó igualmente, apartó los helechos y allí estaba: un animal pequeño, gris, aplastado contra el suelo, con el corazón latiéndole tan rápido que Zhang logró sentir el miedo del pequeño. Y no huyó. Levantó el hocico hacia el mink, y lo olfateó, y se quedó donde estaba, tranquilo, como si el burro de las nieves fuera parte del paisaje.

—¿Cómo lo has oído? —preguntó, y era la primera pregunta que le hacía en todo el día.

—Hmmm... Del mismo modo en que un ciego encuentra la puerta de su casa —respondió el burro, con la misma voz de siempre.

Y mientras lo decía, algo muy antiguo se removió en el fondo de su memoria. Un arrozal, un monje arrugado y una frase que le había costado tres días entender: tu cuerpo es como un río que no sabe a dónde va. Zhang se quedó quieto en medio del bosque blanco, con una idea empezando a formarse en su cabeza.

Todavía no sabía cuál era. Pero por primera vez en toda la tarde, no tenía ganas de volver al dojo.


QUINTO ESLABÓN: LA HERIDA


Volvieron al dojo con la cena y sin una palabra más. Afuera la noche ya se había cerrado sobre Birka, pero dentro seguían encendidas las lámparas y seguían sonando los golpes contra el suelo; los alados no parecían tener ninguna intención de dormir. El viejo burro dejó sus cosas apoyadas contra la pared y caminó de vuelta al centro del salón.

¿Qué hacía un burro a miles de metros en el cielo? ¿O qué hacía un viejo colocándose de cabeza y dando vueltas como loco? Eso era algo que realmente aún no comprendía, y luego de casi un año de haber zarpado de nuevo al mar, su cuerpo seguía siendo un río que no tenía cauce.

Su cuello se encontraba algo adolorido, tal vez por la posición, pero seguramente por su edad; aquellos movimientos podrían matarle, y aunque tal vez era algo extremista de su parte, llegado a este punto no entendía qué hacía allí.

Una duda que no era solo suya. Miró a su alrededor intentando encontrar a sus compañeras, pero no las halló por ningún lado. Pese a seguir navegando juntos en una gigantesca embarcación, no tenían claro el porqué lo hacían realmente.

Decidió descansar un poco e ignoró por un instante los gritos a su alrededor y, buscando entre sus ropas, sacó unas hojas de su morral y comenzó a mambearlas con tranquilidad. No había nada mejor para despejar la mente, y el alma.

Luego se dio una rápida revisión a su estado. El dolor era punzante, pero no era una herida del cuerpo, sino tal vez del alma, por lo que permaneció en silencio e introspección por un momento. Sanar cuerpos no era simplemente medicinas; era el interior del ser lo que determinaba realmente esa mejora que tanto deseaba.

Recordó entonces las veces en las que aquella técnica le había ayudado tiempo atrás, y de nuevo el recuerdo del torneo del cielo, y su pésimo desempeño en la prueba de resistencia, le dieron la motivación necesaria para colocarse de nuevo de pie. El Hasshoken, así como el templo del Retorno Lento, hablaban de lo mismo, y aunque a veces era bueno retroceder, esta no era una de esas ocasiones.

Suspiró profundo y estiró sus manos al aire, intentando recargar energías del mundo, de la tierra, la vida y la muerte… Pues de eso se trataba aquella habilidad, de tocar el interior sin fragmentar la forma física.

—Será mejor que lo olvides, anciano —dijo la mujer con antenas en su cabeza, y por un instante logró romper la calma del monje, quien le lanzó una mirada de rechazo.

Zhang no dijo nada, pues a veces el silencio era la mejor respuesta, y de nuevo se lanzó al suelo en busca de la mejor posición, y apretó el cuerpo con fuerza para comenzar nuevamente con la práctica de aquella técnica.


SEXTO ESLABÓN: LA DANZA SALVAJE — RANBU

Golpeó el suelo con su pezuña, y aunque el sonido desapareció casi al instante, Zhang lo hacía como un mantra interno, algo que lo conectaba con la tierra, con el aire y con el cielo. ¿Podría un burro pacifista apoderarse de aquella danza salvaje?

Tala lo miraba desde lejos y, aunque se encontraba cansada por tantas horas de entrenamiento, se mantuvo junto a él, expectante. Luego de aquella cacería algo en ella había cambiado; algo en su respiración la delataba, y pese a no tener nada en común, tanto el burro como la alada comenzaban a respetarse mutuamente.

Zhang decidió no esperar. Luego de tanto ensayo y error, de chocar contra medio dojo, de ser la burla de aquella tarde de entrenamiento, por fin se sentía preparado para continuar. Y es que estrellándose es como las personas aprenden todo, y un viejo pirata, por supuesto, no era la excepción.

Se lanzó de nuevo al piso, y ante el silencio que para otro podría ser incómodo, o ante las miradas de los pocos espectadores que quedaban, que tal vez solo esperaban otro golpe, allí estaba él; pues como le había dicho horas atrás, si era necesario, lo haría mil veces más para lograrlo.

Plantó su cabeza contra el suelo y, en un ejercicio de equilibrio, se mantuvo en esa posición un instante, ignorando el dolor punzante de su cuello y el de su viejo cuerpo. Tenía que girar. Tenía que hacerlo con todas sus fuerzas, y por ello optó por cerrar su único ojo bueno.

No lo cerró para concentrarse. Lo cerró porque aquel ojo llevaba toda la noche mintiéndole, entregándole manchas donde debía haber paredes y vacío donde debía haber suelo, y un hombre que no puede fiarse de lo que ve tiene que fiarse de otra cosa. Ya lo había hecho una vez, en un arrozal de Isla Karate, con un monje arrugado mirándolo desde las sombras.

Aquella noche había buscado cuatro sonidos para encontrarse a sí mismo: el eco de su propio rebuzno, el crujir de la nieve bajo sus patas, la vibración de sus grebas y el chillido de Silencio. Ahora, de cabeza contra el suelo de un dojo a miles de metros de altura, volvió a buscarlos uno por uno.

El rebuzno lo tenía. El chillido del pequeño también, en algún rincón del salón. Las grebas seguían colgando de sus patas, con sus campanillas heredadas de una tormenta de Zou. Pero el cuarto no estaba. En Birka no había nieve que crujiera; solo nube, blanda y muda, un suelo que se tragaba los pasos y no devolvía nada.

Así que el viejo burro se lo fabricó.

Un vapor helado brotó de su cuerpo y se extendió por el piso del dojo, y la nube blanda se cubrió de una capa fina y quebradiza que sí sabía hablar. Zhang apoyó la frente, y por primera vez en toda la noche, el suelo le contestó.

El control era algo difícil de obtener, pero no era imposible para un hombre labrado en golpes y caídas, en triunfos y derrotas… Y por ello comenzó a girar una vez más.

Poco a poco, comenzó a moverse sin moverse. En aquella posición su cuerpo fue adquiriendo gran velocidad, y más velocidad, hasta que algo en él notó cómo se desbloqueaba. Y entonces lo escuchó: las campanillas de las grebas sonando una y otra vez, siempre a la misma distancia. Tin. Tin. Tin. Cuando el eje se le torcía, aquel repique se acortaba de un lado, y le bastaba con corregir hacia el silencio.

No necesitaba ver el giro. Podía oírlo.

Avanzar era lo más difícil, pues tenía arraigada en el cuerpo la técnica base, el Buto kaiten de siempre, y a pesar de ser tan parecidas, eran a su modo dos técnicas completamente diferentes. Una empujaba hacia delante como un carro sin frenos; la otra pedía elegir el camino a mitad de la vuelta.

Zhang comenzó a moverse en un torbellino helado que tomó un tono blanco y avanzó por el dojo con naturalidad y destreza, y finalmente, sin pensarlo, logró cambiar la dirección de su golpe, controlar su cuerpo, su peso, su inercia.

Repitió aquello en varias ocasiones, recordando y obligándose a tatuarse aquella técnica en la memoria: en sus brazos juntos, en sus piernas, en su cabeza que giraba. Por un momento olvidó dónde se encontraba, dejó de lado los gritos de su maestra y los gruñidos del pequeño; ahora, luego de tantas repeticiones, Zhang era uno con aquella danza salvaje.

Y cuando la luz del amanecer dictaba que iniciaba un nuevo día, finalmente Zhang Guolao, el ermitaño del mar, había logrado ejecutar aquella técnica con soltura y, más importante, de pie. Sin estrellarse contra una de las paredes ni causar algún alboroto que incomodase a los demás.

Aunque, al levantarse, logró notar que no quedaba casi nadie. Eran él y ella, en medio de una danza caótica y salvaje. Por su parte, Tala no dijo nada; asintió un poco con la cabeza, como aprobando su ejecución, y pese a no decirle nada, aquello le sacó una gran sonrisa al burro de las nieves.

Zhang rebuznó de alegría y, buscando a Silencio para abrazarle, ignoró por un instante lo que pasaba a su alrededor. Tala lo hizo mil veces mejor, mil veces más rápido, mil veces más fuerte. Y esta vez sí sabía a quién estaba golpeando. No logró percatarse de ello hasta que sintió el impacto que lo mandó a volar de nuevo contra uno de los muros.

Y terminando así su celebración, Zhang sintió dolor luego de tantos años. ¿Le había golpeado? Aquello no tenía precedente alguno; o bueno, de hecho sí. Recordó entonces la batalla del hombre de luz y el tipo grandote de la arena, y las palabras de Heras recorrieron su mente por un instante. Era cierto que había muchas cosas aún por aprender.

—¿Cómo es que me has golpeado? —preguntó Zhang, un poco perdido y sorprendido, pues no esperaba tal fuerza, tal dolor ni tal dominio. Pero al fin y al cabo aquella mujer era una maestra del Hasshoken, y estaba muy por encima del nivel del burro.

La mujer simplemente sonrió y dio una pequeña vuelta sin responder la pregunta del anciano. Estaba cansada, igual que él, y aquel choque de danzas había dado por terminado ese encuentro casual, esa noche de entrenamiento y de introspección.

Zhang agradeció con sinceridad la ayuda e hizo una pequeña reverencia a la joven, que había dedicado su noche a ayudar a un viejo del mar azul sin siquiera pedir nada a cambio. ¿Será posible que el cielo siguiera sorprendiéndolo?


SÉPTIMO ESLABÓN: CAMINO A CASA


El amanecer en las alturas no se parecía a ningún otro que hubiese visto, aunque a decir verdad, el viejo burro lo notó primero por el ruido: los telares empezando a golpear, un cuchillo afilándose en alguna parte, las primeras alas batiendo sobre los tejados. Birka despertaba mucho antes que el sol.

Zhang salió del dojo con el cuello agarrotado, la espalda quejándose a cada paso y una sonrisa que no lograba quitarse de la cara. Silencio dormía  entre su pecho, agotado de tanto imitarlo y de tanto estrellarse. Los dos olían a sudor y esfuerzo.

Antes de marcharse, el mink se detuvo junto a la entrada. Buscó en su morral, y de entre los frascos y los atados de hierbas sacó un ungüento y unas hojas secas, para que sanaran el cuerpo, y los dejó allí, sobre la madera. No dejó ninguna nota. Tampoco era necesario.

Llevaba toda la noche escuchando aquella mujer. Un paso firme y otro apenas apoyado, siempre el izquierdo, y una respiración que se le cortaba cada vez que giraba. Un dolor viejo, mal curado, de esos que uno lleva tantos años encima que acaba confundiéndolo con su propio carácter. Ella no se lo había preguntado, y él no podía ofrecerlo sin que se lo pidiera. Pero podía dejarlo ahí.

—Hmmm... —resopló el burro, mirando por última vez el interior del salón—. La próxima vez traeré el té.

Bajó por el camino de nube agotado, y mientras caminaba de vuelta hacia la ciudad dorada, hacia Bai y hacia Mahou, hacia Heras, Zhang Guolao pensó que tenía que volver a aquel pueblo. Para devolver el favor, para curar aquella cadera, y sobre todo para traer a su capitana hasta el lugar donde la gente tenía las mismas alas que ella.

La danza salvaje ya vivía en sus huesos. Lo demás, como siempre, tendría que esperar al siguiente paso.


Bitácora del Burro
Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
❄ La Calma del Vacío
฿ 226,000,000
?Nv.19 — Logia Yuki Yuki
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[Fic][Entrenamiento][PR] la cadena del retorno - Hasshoken - por Zhang Guolao - 20-08-2026, 10:34 PM

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